
Publicado en agosto 14, 2025, última actualización en agosto 17, 2026.
La frase «el pueblo escogido» aparece en sermones, en documentales y en conversaciones de sobremesa como si su significado fuera obvio. Y sin embargo, apenas uno se detiene a pensarla, surge la pregunta incómoda: ¿escogido de entre quiénes? Cuando Dios habla con Abraham en Génesis 12, no existe ninguna nación hebrea entre la cual elegir. Existe un hombre de setenta y cinco años, con una esposa estéril, viviendo en Harán.
Ahí está el nudo del debate sobre si Israel fue escogido o creado, y es un debate real: gente que ama la Escritura y la lee con cuidado ha llegado a conclusiones distintas, y varias de esas conclusiones tienen versículos fuertes de su lado.
Voy a presentar esas posturas como las presentarían sus mejores defensores, porque quiero que quien las sostiene se sienta bien representado antes de leer por qué, a mi entender, no se sostienen.
Mi postura es que Israel no fue seleccionado de un catálogo de naciones: fue creado, desde cero y con un destino específico, para ser un escalón en la escalera que nos llevaría hasta Jesús.
Mi postura en breve
Israel no fue escogido; fue creado. Dios no miró el mapa del mundo antiguo, comparó pueblos y se quedó con uno: hizo existir una nación que no existía, a partir de un matrimonio sin hijos, precisamente para que por ella viniera el Mesías.
El lenguaje de «elección» que sí aparece en la Biblia describe la misión que Dios le encomendó a Israel, no el origen de Israel.
✅ Convicción firme: las razones me parecen sólidas y la postura contraria, débil.
Puntos Clave
- En Génesis 12 no hay ninguna nación disponible para escoger: hay un hombre sin descendencia, y la nación aparece después como resultado directo de la promesa.
- Isaías aplica a Israel los verbos hebreos de la creación, bará y yatsar, los mismos de Génesis 1, y no los verbos de la selección.
- Ezequiel 16 describe el origen de Israel como el de una recién nacida abandonada que vive únicamente porque Dios le ordenó vivir.
- El patrón se repite en los profetas: Jeremías es formado en el vientre para la misión, y solo después recibe el mandato.
- Gálatas identifica el destino de todo el proceso: la descendencia prometida a Abraham es Cristo, y la Ley funcionó como guía hasta que Él llegara.
- Sostener que Israel fue creado no equivale a decir que fue desechado: un escalón cumplido no es un escalón anulado.
¿De qué trata realmente este debate?
El punto en disputa no es si la Biblia usa la palabra «escoger». La usa, y con todas sus letras: «Jehová, tu Dios, te ha escogido para que le seas un pueblo especial» (Deuteronomio 7:6). Negar eso sería discutir contra el texto, y no es lo que propongo.
Lo que se discute es otra cosa: si Israel era un pueblo que ya existía entre los pueblos y Dios lo prefirió sobre los demás, o si Israel llegó a existir porque Dios decidió hacerlo existir con una misión específica. Es la diferencia entre un director que audiciona actores y se queda con uno, y un artesano que fabrica la herramienta exacta que necesita para un trabajo que todavía no ha empezado.
De esa distinción cuelga casi todo lo demás. Si Israel fue preferido, la pregunta natural es «¿por qué él y no otro?», y la respuesta siempre huele un poco a favoritismo. Si Israel fue creado para una tarea, la pregunta cambia por completo: deja de ser «¿por qué él?» y pasa a ser «¿para qué?».
¿Qué dicen las otras posturas?
Cuatro lecturas distintas compiten en este terreno, y ninguna es un invento reciente ni una ocurrencia sin base. Vale la pena verlas en su mejor forma.
La elección clásica. Es la postura mayoritaria y la más fuerte de todas. Sostiene que Dios eligió libremente a un pueblo por puro amor y por fidelidad al juramento hecho a los patriarcas, sin mérito alguno de parte de Israel. Su argumento central es el propio texto de Deuteronomio 7:7-8: «No por ser vosotros el más numeroso de todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido… sino porque Jehová os amó». Es una lectura seria, ancla la elección en la gracia y no en el mérito, y está bien expuesta en este artículo de Coalición por el Evangelio.
Israel como destinatario final. Esta postura, articulada con cuidado por la teología dispensacional, sostiene que Israel no es un medio para otra cosa sino un fin en sí mismo, con promesas nacionales y territoriales que le pertenecen de forma permanente. Su mejor argumento es de coherencia divina: si Dios prometió una tierra y un reino a un pueblo concreto, esas promesas no pueden evaporarse en un símbolo sin que la palabra de Dios pierda su valor.
La teología del reemplazo. En el extremo opuesto, sostiene que Israel falló, fue apartado y la Iglesia ocupó su lugar como pueblo de Dios. Su punto más razonable no es de resentimiento sino de continuidad: el Nuevo Testamento aplica a la Iglesia títulos que eran de Israel, como «pueblo adquirido» y «linaje escogido». Está resumida y discutida en esta explicación.
El favoritismo divino. Es la versión popular, la que uno escucha fuera de los libros: Dios simplemente tuvo un pueblo preferido. Su fuerza está en que describe con honestidad lo que mucha gente percibe al leer el Antiguo Testamento, sin adornarlo con vocabulario teológico.
| Postura | Origen de Israel | Propósito de Israel | Argumento más fuerte |
|---|---|---|---|
| Elección clásica | Pueblo existente elegido por gracia | Ser pueblo santo de Dios | Deuteronomio 7:6-8 usa el verbo escoger |
| Destinatario final | Pueblo elegido con pacto propio | Fin en sí mismo, con promesas nacionales | La fidelidad de Dios a su palabra literal |
| Teología del reemplazo | Pueblo elegido y luego apartado | Sustituido por la Iglesia | El NT aplica títulos de Israel a la Iglesia |
| Favoritismo divino | Pueblo preferido sin razón visible | Ninguno explícito | Refleja la impresión inmediata del lector |
| Creado con propósito (mi postura) | Nación formada desde la nada | Escalón hacia el Mesías | Génesis 12 no ofrece nación que escoger |
¿Cuál es mi postura y sobre qué bases la sostengo?
Israel fue creado, y las bases están repartidas por toda la Escritura.
En Génesis 12 no hay de dónde escoger. Cuando Dios promete «haré de ti una nación grande» (Génesis 12:1-3), la nación está enteramente en futuro. Isaías lo dice sin rodeos siglos después: «Mirad a Abraham, vuestro padre, y a Sara, que os dio a luz; porque cuando no era más que uno solo, lo llamé, lo bendije y lo multipliqué» (Isaías 51:2). Uno solo. No un pueblo entre pueblos: un hombre. Y Pablo describe a ese Dios como el que «llama las cosas que no son, como si fueran» (Romanos 4:17).
Isaías usa los verbos de la creación, no los de la selección. Me ayudó entender que en Isaías 43:1 Dios se presenta como «Creador tuyo, oh Jacob» y «Formador tuyo, oh Israel». Los verbos hebreos son bará y yatsar, exactamente los que Génesis 1 y 2 emplean para el mundo y para el hombre. Cuatro versículos después insiste: «para gloria mía los he creado, los formé y los hice» (Isaías 43:7). Y luego cierra el asunto con una frase que junta las dos mitades de mi tesis, el origen y la finalidad, en once palabras: «Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará» (Isaías 43:21). No dice «este pueblo he preferido». Dice creado, y dice para qué.
Ezequiel describe un origen sin nada que mereciera ser escogido. El retrato de Ezequiel 16:3-6 es brutal: «Tu origen, tu nacimiento, es de la tierra de Canaán; tu padre fue un amorreo y tu madre una hetea». Una recién nacida arrojada al campo, sin cordón cortado, sin lavar, sin que nadie se compadeciera. Y entonces Dios pasa y le dice: «¡Vive!». Israel no aporta al encuentro una identidad previa que Dios evalúe y apruebe. Aporta una sentencia de muerte. Lo único que hay antes de Israel es la palabra de Dios que lo hace vivir.
Los profetas siguen el mismo patrón, y ese patrón es la clave. A Jeremías, Dios le dice: «Antes que te formara en el vientre, te conocí, y antes que nacieras, te santifiqué, te di por profeta a las naciones» (Jeremías 1:5). El orden importa: primero la formación, después el mandato. Dios no encuentra a un joven con talento oratorio en Anatot y lo recluta; lo forma para la tarea y luego se la entrega. Israel es ese mismo movimiento a escala de nación.
Y la escalera tiene un destino identificado por nombre. Pablo no deja lugar a dudas sobre hacia dónde apuntaba todo: «a Abraham fueron hechas las promesas, y a su descendencia… como de uno: «Y a tu descendencia», la cual es Cristo» (Gálatas 3:16). Sobre la Ley dice que «fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniera la descendencia» (Gálatas 3:19) y que «ha sido nuestro guía para llevarnos a Cristo» (Gálatas 3:24). Guía que lleva hacia. Escalón que sube hasta. Ese vocabulario de trayecto no es mío: es el del texto.
¿Por qué no se sostienen las otras posturas?
Cada una acierta en algo, y por eso conviene decir primero en qué acierta.
La elección clásica tiene razón en lo esencial y falla en el momento. Acierta plenamente en que Israel no aportó ningún mérito y en que todo se debe al amor de Dios: eso es exactamente lo que dice Deuteronomio 7:8. Donde no me convence es en dónde ubica la elección. Leído completo, el pasaje no describe a Dios comparando naciones; describe a Dios cumpliendo «el juramento que hizo a vuestros padres», es decir, ejecutando un compromiso anterior a la existencia del pueblo. Deuteronomio no está en el origen de la historia, está en el capítulo cuarenta. Para cuando Dios dice «te ha escogido», el pueblo ya lleva cuatrocientos años existiendo por obra de una promesa. La elección de Deuteronomio 7 no explica de dónde salió Israel: presupone un Israel que Dios ya había hecho existir.
La postura de Israel como fin en sí mismo protege algo valioso, pero se detiene un escalón antes. Tiene toda la razón en que las promesas de Dios no se evaporan y en que Dios no descarta lo que empeñó su palabra en sostener. El problema del argumento es que Gálatas 3:16 identifica al destinatario último de la promesa abrahámica, y no es una nación: es una persona, Cristo. Cuando el propio Nuevo Testamento nombra el destino, dejar el relato en la nación es interrumpir la lectura justo antes del versículo que la explica.
La teología del reemplazo comete el error inverso. Acierta al notar que el Nuevo Testamento aplica a la Iglesia el lenguaje de Israel; eso está en el texto y no se puede negar. Pero de ahí no se sigue una sustitución. Un escalón que ya cumplió su función no se derriba, y Pablo responde a esta idea de forma explícita: «¿Ha desechado Dios a su pueblo? ¡De ninguna manera!» (Romanos 11:1). Decir que Israel fue creado para llevarnos a Cristo es lo opuesto a decir que fue descartado: es decir que hizo exactamente aquello para lo que fue hecho.
El favoritismo divino describe bien una impresión y mal un texto. Es cierto que la primera lectura del Antiguo Testamento puede dar esa sensación. Pero el favoritismo es, por definición, preferencia sin propósito, y aquí el propósito está escrito desde el primer día: «serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3). Una bendición dirigida a todas las naciones es lo contrario de un club cerrado. Este argumento se cae porque confunde el privilegio de ser el canal con el privilegio de ser el destino.
¿Qué objeciones reconozco a mi propia postura?
Tres objeciones me parecen serias y prefiero ponerlas sobre la mesa.
«La Biblia dice literalmente que Dios lo escogió.» Es la más fuerte, y es cierta: el verbo aparece en Deuteronomio 7:6 y también en Isaías 41:8-9, donde Dios llama a Israel «siervo mío… a quien yo escogí». Así lo entiendo: en la Escritura, escoger a Israel es asignarle una función, no explicar su origen. Isaías 41 y 43 están en el mismo bloque de capítulos, del mismo profeta, hablando del mismo pueblo: en uno lo escoge como siervo, en el otro declara haberlo creado y formado. No son dos versiones rivales, son dos momentos. Dios crea al pueblo, y al pueblo creado le encomienda la misión. El mismo orden que en Jeremías 1:5.
«Llamar ‘escalón’ a Israel lo rebaja.» Entiendo el reparo, y a alguien que ama la historia de Israel puede sonarle a instrumento desechable. Pero un escalón no es un objeto menor cuando es el escalón por el que baja Dios hasta nosotros. La genealogía con la que abre el Nuevo Testamento no dice que Jesús llegó a pesar de Israel, sino a través de Israel: «hijo de David, hijo de Abraham» (Mateo 1:1). Ser el camino por el que llega el Mesías es la dignidad más alta que se le puede atribuir a una nación.
«Un pueblo creado para una función no es amado, es usado.» Es la objeción que más me hizo pensar, y la respuesta está en el mismo Deuteronomio que suele citarse en mi contra: «sino porque Jehová os amó». Que exista un propósito no cancela el afecto. Ningún padre ama menos al hijo que decidió tener. El texto pone las dos cosas juntas sin verlas en conflicto, y me parece que nosotros somos los que las separamos.
¿Qué cambia esta convicción en tu vida de fe?
Definir si Israel fue escogido o creado no es un ejercicio de curiosidad histórica: cambia la manera de leer la Biblia completa y la manera de leerte a ti mismo dentro de ella.
Deja de haber capítulos de relleno. Las genealogías, las medidas del tabernáculo, las listas de sacrificios y las guerras territoriales dejan de ser el material que uno se salta. Si toda esa maquinaria existe para sostener una línea que desemboca en Cristo, cada pieza tiene una razón de estar ahí.
El Antiguo Testamento se lee hacia adelante. Cuando uno sabe hacia dónde va la escalera, los sacrificios que nunca terminaban de resolver el problema del pecado dejan de ser un sistema fallido y pasan a ser una pregunta abierta esperando su respuesta.
Tu propósito también antecede a tu currículum. Si el patrón de Dios es formar primero y encomendar después, entonces tu utilidad para Él no depende de las capacidades que acumulaste. Jeremías protestó que no sabía hablar, y Dios no le respondió con un curso de oratoria, sino recordándole quién lo había formado.
Se sostiene mejor la espera. Entre la promesa a Abraham y el nacimiento de Jesús pasan siglos en los que, visto de cerca, casi nada parecía avanzar. Un plan que se construye escalón por escalón durante dos mil años reorganiza la escala de lo que uno llama «tardanza».
Y cambia el trato con quien no piensa igual. Defiendo esta postura con firmeza, pero quien sostiene la elección clásica no está leyendo mal por descuido: está leyendo un versículo que dice exactamente lo que dice. Si algo aprendí ordenando este debate es que el desacuerdo no está en el texto sino en dónde ubicamos el momento de la elección. Sopésalo tú, con la Biblia abierta y sin apuro. Si terminas en otro lugar que yo, habremos recorrido el mismo camino: uno que en cualquiera de las dos lecturas termina en la misma persona.





