
Publicado en julio 31, 2025, última actualización en agosto 29, 2026.
Pocos personajes del Antiguo Testamento reúnen tantos extremos en una sola vida como el Rey Salomón. Quien se pregunta quién fue el rey Salomón en la Biblia encuentra al hombre que pidió un corazón sabio en lugar de riquezas, al constructor del primer templo de Jerusalén, al monarca cuya fama cruzó fronteras… y también al anciano del que el propio texto dice que su corazón se desvió tras otros dioses. El relato no elige entre esas dos mitades: las cuenta las dos, y con la misma tinta.
Su historia ocupa once capítulos del primer libro de los Reyes y nueve del segundo de Crónicas, y ha dejado además un rastro largo fuera de la Biblia: leyendas medievales y un debate abierto entre arqueólogos sobre cuán grande fue realmente aquel reino. Lo que sigue recorre el arco completo: de dónde venía, cómo llegó al trono, qué levantó, qué dicen las fuentes históricas sobre la escala de su reinado y cómo terminó todo.
Retrato Rápido
Salomón, hijo de David y Betsabé, fue el tercer rey del Israel unido y reinó unos cuarenta años, hacia mediados del siglo X a.C. Llegó al trono tras una disputa sucesoria con su medio hermano Adonías, pidió a Dios un corazón capaz de gobernar, edificó el templo de Jerusalén y llevó al reino a su mayor esplendor.
El mismo relato que lo elogia lo juzga al final: «sus mujeres desviaron su corazón tras otros dioses y ya no perteneció íntegramente al Señor» (1 Reyes 11:4). Su historia está en 1 Reyes 1-11 y en 2 Crónicas 1-9.
⚖️ Algunos puntos debatidos. El retrato bíblico es amplio y coherente, y su desenlace se cuenta sin adornos. Lo discutido queda fuera del texto: la escala real del reino según la arqueología y cómo deben leerse las cifras enormes de riqueza y de esposas.
Puntos Clave
- Nació de una relación que empezó en adulterio. Fue el segundo hijo de David y Betsabé, y aun así el texto dice que el Señor lo amó y que el profeta Natán le puso el sobrenombre de Jedidías, «amado del Señor».
- Su nombre anunciaba su papel. Salomón se relaciona con shalom, paz: sería el rey constructor que su padre, un guerrero, no podía ser.
- Pidió discernimiento, no riqueza. En Gabaón se describió como joven e inexperto y pidió un corazón atento para gobernar, lo que el relato presenta como la mejor decisión de su vida.
- El templo fue su obra mayor. Siete años de trabajo, un pacto comercial con Tiro y un reclutamiento forzoso que el pueblo no olvidó.
- La arqueología discute la escala del reino, no su existencia: el desacuerdo es si las grandes puertas de Jasor, Meguido y Guézer son del siglo X o del IX.
- El narrador bíblico lo condena sin rodeos. La idolatría de sus últimos años aparece como la causa directa de que el reino se partiera en dos.
¿De dónde venía Salomón y cómo llegó al trono?
Salomón nació en Jerusalén, dentro del palacio, en la familia más señalada y más marcada de Israel. Su madre, Betsabé, había sido esposa de Urías el hitita, y su unión con David empezó en adulterio y terminó con la muerte deliberada del primer marido. El primer hijo murió; Salomón fue el siguiente. El texto no suaviza nada de eso y, aun así, añade una frase inesperada: «David le puso de nombre Salomón. El Señor lo amó y envió al profeta Natán, que le puso de sobrenombre Jedidías» (2 Samuel 12:24-25). Jedidías significa «amado del Señor». Toda la biografía de David está contada aparte.
El reino que iba a heredar tenía apenas dos generaciones de vida: lo había inaugurado Saúl, ungido por el profeta Samuel, y lo había consolidado David a fuerza de campañas militares. Por eso mismo David quedó excluido de la obra que más deseaba: «has derramado mucha sangre y has librado grandes batallas», le dice el texto, y anuncia un hijo que «será un hombre apacible» y a quien corresponderá edificar el templo (1 Crónicas 22:8-10).
El nombre del futuro rey, emparentado con shalom, marcaba el contraste: un monarca criado para administrar y no para pelear, heredero de las promesas hechas a su padre dentro del hilo de los pactos bíblicos.
Su llegada al poder, sin embargo, no tuvo nada de apacible. Con David ya anciano, su hijo mayor vivo, Adonías, se proclamó rey por su cuenta con el apoyo del general Joab y del sacerdote Abiatar. Betsabé y Natán intervinieron ante David, que ordenó ungir a Salomón en la fuente de Guihón antes de que el golpe se consolidara (1 Reyes 1).
El capítulo siguiente cuenta cómo se aseguró el trono: Adonías ejecutado tras pedir en matrimonio a una concubina de David, Joab muerto agarrado a los cuernos del altar, el sacerdote Abiatar desterrado (1 Reyes 2). El reino más brillante de Israel arrancó con una purga de corte, y el relato la registra sin justificarla.
¿Por qué Salomón pidió sabiduría y qué recibió?
La escena fundacional del reinado ocurre pronto y de noche. En el santuario de Gabaón, Dios se le aparece en sueños y le dice: «Pídeme lo que quieras» (1 Reyes 3:5). Ante una oferta sin condiciones, el rey no pide larga vida, ni riqueza, ni la derrota de sus enemigos.
Lo que pide viene precedido de una confesión: «tú has hecho rey a este tu siervo… aunque soy muy joven e inexperto» (1 Reyes 3:7). Y entonces formula la petición: «Dale a tu siervo un corazón atento para gobernar a tu pueblo y para discernir entre el bien y el mal» (1 Reyes 3:9). El orden importa: primero reconoce que no le alcanza, después pide. La respuesta divina concede lo pedido y añade lo que no pidió, riqueza y honra.
El texto ilustra enseguida de qué clase de sabiduría se trata. Dos mujeres se disputan a un bebé vivo y el rey ordena partirlo en dos con una espada; la verdadera madre renuncia al niño con tal de que siga vivo y se delata así ante todos (1 Reyes 3:16-28). No es erudición: es capacidad de leer a las personas y de convertir esa lectura en una sentencia justa. El pleito lo traen, además, dos prostitutas sin nombre y sin testigos, la clase de caso que un tribunal antiguo habría archivado.
Sobre esa fama creció después toda una tradición. El relato afirma que Salomón «inventó tres mil proverbios» y compuso millares de canciones (1 Reyes 5:12), y la tradición judía y cristiana le atribuyó Proverbios, el Eclesiastés y el Cantar de los Cantares. Esa atribución lleva siglos discutiéndose —el hebreo tardío del Eclesiastés, con arameísmos y préstamos posteriores, es el argumento más citado en contra—, y el contenido y la autoría de esos libros pertenecen al artículo sobre los libros de la Biblia. Lo que sí forma parte de esta vida es la petición de Gabaón, que sigue siendo el modelo bíblico de pedirle sabiduría a Dios para actuar.
¿Qué construyó Salomón y cómo era su reino?
El templo fue el centro de todo. Las obras empezaron en el cuarto año de su reinado (1 Reyes 6:1) y duraron siete (1 Reyes 6:38); el palacio real, levantado después, se llevó trece más. Para conseguir madera y artesanos, Salomón firmó un tratado con Jirán, rey de Tiro, que le envió cedro y ciprés del Líbano a cambio de trigo y aceite (1 Reyes 5:26). La diplomacia formaba parte de la obra tanto como la cantería.
La mano de obra es el dato que conviene no saltarse. El texto habla de un reclutamiento obligatorio de treinta mil israelitas por turnos en el Líbano, y de setenta mil acarreadores y ochenta mil canteros en la montaña (1 Reyes 5:27-30). Aquel sistema pagó el esplendor y, una generación después, encendió la revuelta que partió el reino.
La dedicación es la cima del relato. El arca de la alianza —que tiene artículo propio— se trasladó desde la ciudad de David hasta el camarín del nuevo edificio, y entonces «la nube llenó el Templo del Señor» de tal modo que los sacerdotes no pudieron seguir su servicio (1 Reyes 8:10-11). En la misma ceremonia, el propio Salomón pronuncia la frase que impide leer el templo como una jaula para Dios: «¿Puede Dios habitar realmente en la tierra? Si ni los cielos, en toda su inmensidad, pueden contenerte, ¿cómo podría hacerlo este Templo?» (1 Reyes 8:27).
Fuera de Jerusalén, el reinado se describe como una era de abundancia: un pueblo numeroso que «comía y bebía feliz» (1 Reyes 4:20), plazas fuertes reconstruidas en Jasor, Meguido y Guézer (1 Reyes 9:15), flotas comerciales, y visitantes extranjeros. El más famoso es el de la reina de Sabá, que llega con preguntas difíciles y se marcha diciendo que no le habían contado ni la mitad (1 Reyes 10:1-13). Justo después, el texto cifra en seiscientos sesenta y seis talentos el oro que entraba cada año (1 Reyes 10:14): entre veinte y veinticinco toneladas, según el peso que se asigne al talento.
¿Qué dice la arqueología sobre el Israel salomónico?
En los años cincuenta y sesenta, Yigael Yadin excavó en Jasor una puerta monumental de seis cámaras, la comparó con las de Meguido y Guézer y concluyó que las tres respondían a un mismo plano y, por tanto, a una misma autoridad. Su guía fue el versículo que nombra esas tres ciudades juntas (1 Reyes 9:15). Durante décadas se las llamó «puertas salomónicas».
Israel Finkelstein propuso en los años noventa una cronología baja que rebaja en torno a un siglo la datación de esos estratos y atribuye las puertas y los palacios a la dinastía omrida del reino del norte, en el siglo IX. Sus argumentos: dataciones por radiocarbono, marcas de cantería que coinciden con las de Samaría y Yizreel, puertas del mismo tipo en yacimientos posteriores como Laquis, y un problema de método —la cerámica se fechaba por las puertas y las puertas por el versículo—. Puede leerse en su «A Great United Monarchy? Archaeological and Historical Perspectives» (¿Una gran monarquía unida? Perspectivas arqueológicas e históricas).
Amihai Mazar respondió con una cronología convencional modificada: sitúa el Hierro IIA entre 980 y 830 a.C. aproximadamente, un tramo amplio que absorbe las correcciones del radiocarbono sin expulsar el siglo X, apoyándose sobre todo en las series de fechas de Tel Rejov. Su exposición está en «The Iron Age Chronology Debate: Is the Gap Narrowing? Another Viewpoint» (El debate sobre la cronología de la Edad del Hierro: ¿se estrecha la distancia? Otro punto de vista). Un panorama accesible del conjunto lo ofrece la Biblical Archaeology Society.
| Cronología baja (Finkelstein) | Cronología convencional modificada (Mazar) | |
|---|---|---|
| Fecha de las puertas | Siglo IX, dinastía omrida | El siglo X sigue siendo posible |
| Apoyo principal | Radiocarbono y paralelos con Samaría y Yizreel | Series de radiocarbono de Tel Rejov |
| Escala del reino | Una jefatura de las tierras altas | Un reino real, más modesto que el del relato |
Qué comparten los dos bandos, y es más de lo que suele decirse: ninguno niega que David y Salomón fueran figuras históricas; ambos aceptan que no existe ningún texto del siglo X, dentro ni fuera de Israel, que nombre a Salomón; ambos admiten que hubo construcción monumental en esos yacimientos y que los libros de los Reyes se pusieron por escrito bastante después de los hechos. El desacuerdo es de fecha y de tamaño, no de existencia.
¿Cómo terminó la historia del rey Salomón en la Biblia?
El giro llega en el capítulo once y el narrador no lo disimula. «Cuando Salomón llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras otros dioses y ya no perteneció íntegramente al Señor, como el corazón de su padre David» (1 Reyes 11:4). El rey levantó santuarios a Quemós y a Milcón en el monte que hay frente a Jerusalén (1 Reyes 11:7), y el texto añade la valoración sin atenuantes: «el Señor se encolerizó contra Salomón por haber apartado su corazón» (1 Reyes 11:9). Quien había construido la casa del Dios de Israel acabó construyendo las de los demás.
La ley del rey vuelve el asunto todavía más incómodo, porque enumera de antemano exactamente lo que Salomón hizo: no acumular caballos ni depender de Egipto, no tener muchas mujeres «para que no se descarríe su corazón», no atesorar oro y plata en cantidad excesiva (Deuteronomio 17:16-17). Los carros, la esposa egipcia, el harén y las toneladas de oro están todos en el relato de su reinado. El verbo que Deuteronomio usa para advertir es el mismo que Reyes usa para condenar.
Setecientas esposas y trescientas concubinas: cómo se lee esa cifra
El número aparece en 1 Reyes 11:3 y admite dos lecturas serias.
| Lectura | Qué sostiene | Su mejor apoyo |
|---|---|---|
| Cifra literal | Un harén diplomático real: cada matrimonio sellaba un tratado con una casa reinante vecina | La costumbre está documentada en el Próximo Oriente, y el propio texto empieza por la hija del faraón |
| Cifra convencional | Un total redondo de mil, propio de la retórica cortesana antigua, que expresa magnitud más que censo | La regularidad sospechosa de 700 + 300, y el paralelo de los seiscientos sesenta y seis talentos de oro |
Las dos coinciden en lo que el narrador quiere que se vea: no un dato demográfico, sino la acumulación que Deuteronomio había prohibido. Y coinciden en que la crítica del texto no recae sobre el número, sino sobre los altares que vinieron con él.
Las consecuencias llegaron en vida del rey. Se le levantaron adversarios: Hadad el edomita (1 Reyes 11:14), Rezón en Damasco (11:23) y su propio funcionario Jeroboán (11:26). Y llegó el anuncio: el reino sería arrancado, aunque no en sus días ni del todo, «en consideración a tu padre David» (1 Reyes 11:11-13).
Su final es discreto para un reinado tan sonoro. Reinó cuarenta años y «lo enterraron en la ciudad de su padre David»; le sucedió su hijo Roboán (1 Reyes 11:42-43). No hay escena de muerte, ni últimas palabras, ni tumba identificada por la arqueología. Lo que vino después fue inmediato: las tribus del norte pidieron a Roboán que aligerara «un yugo insoportable», él prometió aumentarlo y diez tribus se separaron (1 Reyes 12:4, 12:14 y 12:16). El trabajo forzado del templo se cobró el reino unido.
Conviene señalar dos cosas sobre cómo las propias fuentes bíblicas lo tratan. La primera: el segundo libro de las Crónicas cuenta su reinado completo y se detiene antes del desvío; ni las mujeres extranjeras ni los santuarios ni la cólera divina aparecen allí, y el relato cierra con su muerte y su sucesión (2 Crónicas 9:30-31). La segunda: otros textos sí lo usan como advertencia. Nehemías recuerda que «no hubo entre las naciones un rey como él, a quien Dios amó», y añade que aun así «las mujeres extranjeras le hicieron pecar» (Nehemías 13:26); el Eclesiástico lo elogia con largueza y luego le reprocha: «te dejaste seducir por las mujeres… echaste un borrón sobre tu fama» (Eclesiástico 47:19-21).
Fuera de la Biblia, su nombre siguió creciendo durante siglos. Se le atribuyeron obras que no escribió —el libro de la Sabiduría, redactado en griego en Alejandría siglos más tarde; los Salmos de Salomón; el Testamento de Salomón, que lo convierte en dominador de demonios mediante un anillo—, la epopeya etíope Kebra Nagast hizo de Menelik el hijo que tuvo con la reina de Sabá, y el islam lo cuenta entre sus profetas con el nombre de Sulaymán.
Ninguna es contemporánea suya ni aporta datos históricos sobre su vida. En el Nuevo Testamento, Jesús lo nombra dos veces para relativizarlo: ni con todo su esplendor se vistió como un lirio del campo (Mateo 6:29), y quien está delante de sus oyentes es «más importante que Salomón» (Mateo 12:42).
¿Qué nos enseña hoy la vida del rey Salomón?
Saber quién fue el rey Salomón en la Biblia sirve para algo más que ordenar una cronología antigua. Su vida está construida como una advertencia, y el propio texto la deja a la vista.
Empezar bien no basta. Ningún personaje bíblico arranca con mejores credenciales: un encuentro con Dios, una petición acertada, una obra monumental terminada. Nada de eso lo sostuvo cuarenta años después. Si apoyas tu fe en una decisión que tomaste hace mucho, el relato invita a revisar dónde estás hoy, no dónde empezaste.
El corazón se desvía despacio. El texto no describe una apostasía repentina, sino una acumulación: un matrimonio conveniente, luego otro, después un altar para no ofender a nadie. Las concesiones pequeñas que hoy te parecen razonables son el material del que estaba hecha la caída de un hombre que sabía perfectamente lo que hacía.
Saber y obedecer no son lo mismo. Salomón conocía la ley del rey y la incumplió punto por punto. Nadie está protegido por lo que entiende. La formación bíblica sirve si cambia decisiones; si no, se convierte en un adorno.
Lo que construyes puede costar más de lo que ves. El templo salió adelante sobre un reclutamiento forzoso, y esa factura la pagó su hijo con la mitad del reino. Antes de sostener un proyecto —en casa, en el trabajo, en una comunidad— vale la pena preguntar quién está cargando el peso real.
La honestidad del texto es una buena noticia. La Biblia podría haber cerrado en el capítulo diez, con el oro y la reina de Sabá; en cambio escribió el once. Un libro que cuenta así a sus propios héroes no te está vendiendo nada, ni te exige un expediente limpio para acercarte.
Para seguir el hilo, la biografía de David cuenta el reinado que Salomón heredó, las de Saúl y Samuel explican cómo nació la monarquía en Israel, y el artículo sobre el arca de la alianza sigue el objeto que Salomón instaló en el templo y del que se pierde el rastro siglos después.






