
Publicado en agosto 8, 2025, última actualización en agosto 30, 2026.
Un cristiano entra en un templo y ve estatuas, vitrales e iconos con velas encendidas delante. Otro entra en el suyo y ve paredes blancas, una cruz sin figura y ningún rostro. Los dos leen la misma frase: «No te harás escultura alguna o imagen de nada de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra». Y los dos están convencidos de estar obedeciéndola.
El desacuerdo sobre el mandamiento de no hacer imágenes no viene de que un bando lea la Biblia y el otro no. Viene de que el propio texto bíblico contiene datos que empujan en direcciones distintas, y de que ambas lecturas tienen que explicar los datos del otro lado. Unas páginas después de esa prohibición, Dios ordena esculpir dos querubines de oro y colocarlos justo encima del arca; siglos más tarde, un rey destroza una imagen que Dios mismo había mandado fabricar.
Lo que sigue repasa todos los pasajes implicados, incluidos los incómodos para cada postura, presenta las dos lecturas con la misma profundidad y recoge lo que muestran la arqueología y la historia de la iglesia.
Veredicto Rápido
El texto prohíbe dos cosas en una misma frase —hacer y postrarse ante— y ahí está el nudo. Quienes leen las dos partes como una sola orden entienden que la prohibición alcanza a fabricar imágenes con destino religioso.
Quienes las leen como orden y finalidad entienden que lo prohibido es rendirles culto. La Biblia aporta munición a las dos lecturas: prohíbe representar a Dios y a la vez manda fabricar figuras para el santuario (Éxodo 20:4-6; Éxodo 25:18-22).
⚖️ Algunos puntos debatidos: Es firme que la adoración corresponde solo a Dios, que el becerro de oro fue pecado y que Dios ordenó fabricar ciertas figuras. Se discute si la prohibición recae sobre el objeto o sobre el culto que se le rinde, y si el uso religioso de imágenes deriva inevitablemente en idolatría.
Puntos Clave
- Las iglesias ni siquiera numeran igual los mandamientos. Para unas tradiciones «no harás imágenes» es el segundo mandamiento; para otras forma parte del primero, y eso ya condiciona el peso que se le da.
- Dios ordenó fabricar figuras. Dos querubines de oro sobre el arca, más querubines, palmeras y flores talladas en el templo de Salomón: ninguna postura discute que esas órdenes están en el texto.
- El becerro de oro no era otro dios. Aarón proclamó una fiesta «en honor del Señor»: el problema fue representar al Dios verdadero, no adorar a un rival.
- La serpiente de bronce recorrió el camino completo. Fue mandada por Dios, sirvió para salvar vidas y acabó destrozada por un rey fiel cuando el pueblo empezó a quemarle incienso.
- Los cristianos pintaban antes de que un concilio lo prohibiera. La casa-iglesia de Dura Europos, del año 232, ya tenía frescos; el canon que prohíbe las pinturas es de unos setenta años después.
- El punto de fondo es la encarnación. Quien sostiene que Cristo puede representarse apela a que Dios se hizo visible; quien lo niega responde que su divinidad sigue siendo irrepresentable.
¿Qué dice exactamente la Biblia sobre el mandamiento de no hacer imágenes?
El texto del decálogo une dos frases: «No te harás escultura alguna o imagen de nada de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto» (Éxodo 20:4-6). Toda la discusión posterior nace de cómo se relacionan esas dos frases: si la segunda explica el alcance de la primera o si son dos prohibiciones acumuladas.
El Deuteronomio añade un argumento propio y da la razón de fondo. Recuerda que en el Horeb el pueblo oyó una voz desde el fuego pero «no vieron figura alguna», y por eso advierte contra fabricar estatuas con forma de hombre, de mujer, de animal o de astro (Deuteronomio 4:15-19). El motivo no es que las imágenes sean sucias: es que Dios no se mostró con forma, y cualquier forma que se le atribuya dirá algo falso de él.
Ahora los datos que complican el cuadro. En las mismas páginas, Dios ordena hacer dos querubines de oro macizo y colocarlos sobre la tapa del arca, precisamente en el lugar donde promete hablar con Moisés (Éxodo 25:18-22). El templo de Salomón se llenó de querubines, palmeras y flores talladas, con doce bueyes de bronce sosteniendo la gran pila (1 Reyes 6:23-29). Y en el desierto, Dios manda fabricar una serpiente de bronce y ponerla en alto para que quien la mire viva (Números 21:8-9).
Esa serpiente tiene el final más instructivo de toda la Biblia sobre este asunto. Siglos después, el rey Ezequías «hizo trizas la serpiente de bronce que había hecho Moisés, pues los israelitas seguían quemándole incienso todavía; la llamaban Nejustán» (2 Reyes 18:4). El objeto no cambió; cambió lo que la gente hacía delante de él, y con eso bastó para destruirlo.
El episodio del becerro de oro aporta el matiz decisivo, y suele contarse mal. El pueblo no cambió de dios: cuando Aarón vio la figura terminada, «construyó un altar delante del becerro y proclamó: mañana será un día de fiesta en honor del Señor» (Éxodo 32:4-6). Estaban representando al Dios que los había sacado de Egipto. Eso es exactamente lo que el mandamiento prohíbe, y por eso el caso pesa tanto en la discusión.
En el Nuevo Testamento el vocabulario cambia de plano. Pablo argumenta ante los atenienses que la divinidad no puede parecerse a oro, plata o piedra esculpida por el ingenio humano (Hechos 17:29), Juan cierra su carta con un «guárdense de los ídolos» (1 Juan 5:21), y a la vez aparece una afirmación que reordena todo el problema: «Cristo es la imagen del Dios invisible» (Colosenses 1:15).
¿Por qué unas iglesias lo llaman segundo mandamiento y otras no?
Este detalle explica buena parte de la tensión y casi nunca se menciona. El texto de Éxodo no viene numerado: la división en diez es posterior, y se hizo de maneras distintas.
| Tradición | Cómo divide el comienzo del decálogo |
|---|---|
| Judía | El primero es «Yo soy el Señor tu Dios»; no tener otros dioses e imágenes van juntos como segundo |
| Católica y luterana | No tener otros dioses e imágenes forman un solo primer mandamiento; el décimo se desdobla en dos deseos |
| Reformada, anglicana y ortodoxa | No tener otros dioses es el primero; las imágenes son un mandamiento aparte, el segundo |
Ninguna de las tres divisiones altera una sola palabra del texto. Pero cuando una tradición cataloga la frase como mandamiento independiente, esa frase pesa como una de las diez columnas de la ley; cuando otra la lee como la explicación de por qué no debe haber otros dioses, pesa como una cláusula subordinada. Buena parte del desacuerdo se juega ahí antes de llegar a la exégesis.
Perspectiva 1: la prohibición alcanza a las imágenes usadas en el culto
Esta lectura sostiene que las dos frases del mandamiento forman una unidad y que separarlas vacía la primera. Si solo estuviera prohibido postrarse, la orden de no fabricar sobraría.
Su argumento central. El becerro de oro. Quienes lo hicieron no habían renunciado al Dios de Israel: le pusieron una forma y celebraron una fiesta en su honor. Si la idolatría consistiera únicamente en dar culto a otra divinidad, aquel episodio no sería idolatría, y el texto lo trata como el pecado más grave del desierto. Lo que se condena es representar al Dios verdadero.
Su lectura de los querubines. No son una excepción, sino un caso distinto. Los dos del arca estaban en el recinto más interior, fuera de la vista del pueblo, y los relieves de palmeras y flores del templo eran ornamento arquitectónico: nadie rezaba a un bajorrelieve ni le encendía nada delante. La diferencia no está en la talla, sino en si alguien se dirige a ella. Y una orden puntual de Dios para un objeto concreto no autoriza la categoría entera.
Su lectura de la serpiente. Es la demostración empírica de que el sistema falla. Un objeto mandado por Dios, con propósito bueno y origen impecable, terminó recibiendo incienso, y la solución de un rey fiel no fue enseñar a usarlo bien: fue destruirlo. Si eso pasó con lo que Dios ordenó, la probabilidad de que no pase con lo que ordena una comisión parroquial es escasa.
Su tradición. Es la posición del mundo reformado. El Catecismo de Heidelberg responde a la objeción de que las imágenes sirven como libros para los que no saben leer: «no debemos ser más sabios que Dios, que no quiere instruir a su pueblo por imágenes mudas, sino por la predicación viva de su Palabra». Calvino dedicó al asunto un capítulo entero de su Institución de la religión cristiana, y la sostienen también los anabautistas, buena parte del mundo evangélico, los adventistas y, en su forma más estricta, los testigos de Jehová.
Lo que reconoce. Que el arte religioso no es en sí mismo pecado: la Biblia describe un templo lleno de tallas y bordados, y la objeción se dirige al uso cultual, no a la belleza. Y que muchos creyentes que rezan ante una imagen no están confundiendo la madera con Dios.
Perspectiva 2: lo prohibido es el culto, no la fabricación
Esta lectura sostiene que la segunda frase define el alcance de la primera. Lo que el mandamiento persigue es la adoración indebida, y la fabricación se menciona porque en el mundo antiguo se fabricaba precisamente para eso.
Su argumento central. Si hacer figuras fuera pecado en sí, Dios se habría contradicho a sí mismo unas páginas más adelante al mandar los querubines, y luego otra vez con la serpiente, y otra vez con el templo. Ninguna lectura puede sostener que Dios ordenó pecar. La única salida coherente es que lo prohibido no es el objeto sino el culto.
Su distinción clave. Adorar y venerar no son lo mismo. La adoración —el reconocimiento de alguien como Dios— corresponde solo a Dios. La veneración es el respeto que se da a lo que remite a él. La formulación clásica es del segundo Concilio de Nicea, del año 787, que autorizó honrar las imágenes con incienso y luces pero negó expresamente que se les debiera la adoración «que según nuestra fe sólo conviene a la naturaleza divina», y estableció que «el honor de la imagen se dirige al original». El Concilio de Trento repitió el principio en 1563: el honor se refiere a los originales representados, y no «porque se crea que hay en ellas divinidad, o virtud alguna» (texto del decreto).
Su argumento de fondo. La encarnación cambió lo que puede representarse. Antes, Dios no se había mostrado con forma alguna y por eso ponerle una era mentir sobre él. Después, según esta lectura, sí tiene un rostro humano concreto, y negarse a representarlo equivale a negar que se hiciera verdaderamente hombre. Es la razón por la que el Catecismo católico afirma que el culto cristiano de las imágenes «no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos» y lo funda «en el misterio del Verbo encarnado» (Catecismo, 2129-2132). La sostienen la Iglesia católica, las iglesias ortodoxas, el luteranismo y buena parte del anglicanismo.
Lo que reconoce. Que el peligro es real y que la propia tradición lo ha admitido: el decreto de Trento se ocupa expresamente de corregir supersticiones en el uso de imágenes, y la historia de Ezequías con la serpiente es un aviso que esta postura no puede desactivar. Reconoce también que la distinción entre venerar y adorar, clara sobre el papel, se difumina en la práctica popular.
¿Qué dicen los historiadores sobre las imágenes en la iglesia antigua?
Los datos arqueológicos no dan la victoria a ninguna de las dos posturas, y por eso conviene ordenarlos.
La evidencia más antigua es material. La casa-iglesia de Dura Europos, en la actual Siria, está fechada hacia el año 232 y su sala bautismal conservaba frescos con el Buen Pastor cargando una oveja, la curación del paralítico y Jesús caminando sobre el agua. Es la iglesia cristiana más antigua documentada, y estaba pintada. En las catacumbas de Roma hay pinturas de época semejante.
Pero unos setenta años después, un concilio reunido en Elvira, cerca de la actual Granada, acordó lo contrario: «que no haya pinturas en las iglesias, para que no se pinte en las paredes lo que se venera o se adora». Es la primera legislación eclesiástica conocida sobre el asunto, y prohíbe. Los dos datos son igual de firmes y no van en la misma dirección: los cristianos pintaban, y algunos obispos querían que dejaran de hacerlo.
La disputa estalló en el siglo VIII. El emperador León III ordenó retirar las imágenes hacia el año 726, un concilio celebrado en Hieria las condenó en 754 y el segundo Concilio de Nicea las restableció en 787 con la distinción entre veneración y adoración. En Occidente la recepción fue accidentada: el sínodo de Fráncfort de 794 rechazó las conclusiones de Nicea, en parte porque las leyó en una traducción latina defectuosa que confundía los dos términos griegos.
La segunda ola llegó con la Reforma. En Wittenberg, Andreas Karlstadt promovió en 1522 la retirada violenta de imágenes, y Lutero regresó de su encierro para frenarlo: sostenía que las imágenes eran indiferentes y que romperlas por la fuerza sustituía un error por otro. Zwinglio vació las iglesias de Zúrich en 1524, y en 1566 la llamada furia iconoclasta recorrió los Países Bajos destruyendo el interior de centenares de templos. El sitio trata este período en las primeras iglesias protestantes y en la biografía de Martín Lutero.
Un último dato que ninguna de las dos posturas discute: la crisis del siglo VIII no fue solo teológica. Hubo intereses imperiales, presión política y episodios de violencia por ambos lados, y quien reduzca aquel conflicto a un debate limpio sobre exégesis se estará perdiendo la mitad de lo que ocurrió.
¿Qué puede enseñarte hoy el mandamiento de no hacer imágenes?
Más allá de dónde caiga cada uno, el mandamiento de no hacer imágenes plantea cuatro preguntas que sirven en cualquier tradición.
Revisa qué haces delante del objeto, no solo qué objeto es. La serpiente de bronce fue buena mientras la gente miraba a través de ella y dejó de serlo cuando empezaron a quemarle incienso. Si algo en tu vida de fe —una estampa, un lugar, una costumbre— empezó siendo ayuda y ahora es la cosa misma, ese es el momento de revisarlo.
Ten cuidado con las imágenes que no se ven. El mandamiento apunta a fabricarle a Dios una forma que no tiene. Eso se puede hacer sin madera ni pintura: un Dios recortado a la medida de tus preferencias, que aprueba justo lo que tú apruebas, es una imagen tallada con el mismo cincel.
No confundas la práctica con el corazón de quien la practica. Un creyente arrodillado ante una imagen y otro que no pondría una en su casa pueden estar haciendo lo mismo: dirigirse a Dios con lo que su tradición le enseñó. Preguntar qué entiende cada uno que está haciendo cuesta menos que suponerlo.
Mira dónde miran los dos bandos. Las dos lecturas repasadas coinciden en que la adoración es exclusiva de Dios, en que el becerro de oro fue pecado y en que Dios ordenó fabricar ciertas figuras. Todo el desacuerdo cabe en el espacio que queda, y ese espacio es más pequeño de lo que parece cuando la discusión se calienta.
El sitio trata de cerca otras piezas de esta cuestión: por qué los cristianos aceptan unas prácticas de otras culturas y rechazan otras, si se puede orar a los ángeles, si Jesús vino a abolir o a cumplir la ley y qué es la iglesia primitiva y por qué cada iglesia la entiende distinto.



