
El Antiguo Testamento describe a un Mesías que reinaría desde el trono de David, reuniría a los exiliados, traería paz a las naciones y edificaría el Templo. Jesús murió crucificado sin que el mundo viera nada de eso, y sobre esa base descansan las principales objeciones judías sobre Jesús como Mesías. Si te preguntas cómo responden los cristianos a esas objeciones, la pregunta merece una respuesta cuidadosa y apoyada en las mismas Escrituras.
Los primeros cristianos eran judíos que conocían bien esas profecías. No las dejaron de lado: volvieron a leerlas a la luz de la muerte y la resurrección de Jesús, y encontraron en las mismas Escrituras un camino que no siempre se había visto. El Nuevo Testamento está lleno de esa relectura, desde el camino a Emaús hasta las cartas de Pablo.
Las objeciones se presentan en detalle en el artículo ¿Por qué los judíos no reconocen a Jesús como el Mesías?. Aquí se retoman una por una para presentar la respuesta cristiana con base bíblica: las dos venidas, el Mesías que sufre, el momento de su llegada, el reinado ya iniciado, la maldición del madero, Elías y la Ley.
Veredicto Rápido
Los cristianos responden a las objeciones judías sobre Jesús como Mesías afirmando que el Antiguo Testamento presenta dos retratos del mismo Mesías: uno que sufre y muere por su pueblo, y otro que reina con gloria.
Según esta lectura, Jesús cumplió el primero en su venida, comenzó a reinar con su resurrección y cumplirá el segundo cuando regrese. Además, profecías como Daniel 9:26 y Hageo 2:7-9 sitúan la llegada del Mesías antes de la destrucción del segundo Templo, en el año 70 d.C.
⚖️ Tema debatido: esta es la respuesta de la fe cristiana; la tradición judía lee los mismos textos de otra manera.
Puntos Clave
- Las dos venidas son la clave de la respuesta cristiana: las profecías de gloria no se descartan, se esperan.
- El Mesías que sufre aparece, según los cristianos, en Isaías 53, el Salmo 22, Zacarías 12:10 y Daniel 9:26.
- El momento de su llegada importa: varias profecías lo ubican mientras el segundo Templo seguía en pie.
- El reinado de Jesús comenzó con su resurrección y ascensión, aunque su plenitud todavía se espera.
- La maldición del madero se entiende como una carga que Cristo tomó en lugar de otros, y la resurrección como la prueba de que Dios lo respaldó.
- Juan el Bautista cumplió el papel de Elías, y Jesús se presentó como el cumplimiento de la Ley, no como su abolición.
¿Por qué los cristianos hablan de dos venidas del Mesías?
El Antiguo Testamento presenta al Mesías de dos maneras que parecen difíciles de unir. En una aparece como un rey humilde, rechazado y herido; en la otra, como un soberano glorioso que recibe dominio sobre todas las naciones.
Dos retratos en las mismas Escrituras
Zacarías anuncia a un rey justo que llega a Jerusalén «humilde, y cabalgando sobre un asno» (Zacarías 9:9). Daniel, en cambio, ve a «uno como un hijo de hombre» que viene con las nubes del cielo y recibe un reino que no será destruido (Daniel 7:13-14).
La propia tradición judía notó esta tensión. El Talmud (Sanedrín 98a) recoge la explicación de Rabí Alexandri: si Israel lo merece, el Mesías vendrá con las nubes del cielo; si no, vendrá humilde sobre un asno, según explica el sitio Judios.org. Para los cristianos, ambos textos se cumplen en la misma persona, en dos momentos distintos.
La respuesta del Nuevo Testamento
Jesús entró en Jerusalén sobre un asno, y los evangelistas lo presentan como el cumplimiento de Zacarías (Mateo 21:4-5). Ante el sumo sacerdote, el mismo Jesús se aplicó Daniel 7:13: verían al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo en las nubes del cielo (Marcos 14:61-62).
Después de la ascensión, los ángeles anunciaron que Jesús volvería de la misma manera en que lo vieron irse (Hechos 1:10-11). La carta a los Hebreos resume así la idea: Cristo se ofreció una vez para llevar los pecados de muchos y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que lo esperan (Hebreos 9:28).
Desde esta lectura, las profecías sobre el reinado universal, la reunión de Israel y la paz entre las naciones no quedan anuladas. Siguen en pie como promesas que se cumplirán cuando Cristo regrese.
¿Dónde habla el Antiguo Testamento de un Mesías que sufre y muere?
La objeción más fuerte contra Jesús era su muerte, porque se esperaba un Mesías que reinara. Los cristianos responden que el Antiguo Testamento también anuncia a un enviado de Dios que sería rechazado, herido y quitado de la tierra de los vivientes.
El siervo de Isaías 53
El cuarto cántico del siervo describe a alguien despreciado por los hombres, herido por las rebeliones de otros y llevado como cordero al matadero (Isaías 52:13–53:12). El texto añade que, después de poner su vida en expiación por el pecado, «verá descendencia, vivirá por largos días» (Isaías 53:10), algo que los cristianos entienden como un anuncio de la resurrección.
El Nuevo Testamento aplica este pasaje a Jesús de forma explícita. Cuando un funcionario etíope leía Isaías 53 y preguntó de quién hablaba el profeta, Felipe «le anunció el evangelio de Jesús» a partir de ese mismo texto (Hechos 8:30-35).
El Salmo 22 y el traspasado de Zacarías
El Salmo 22 comienza con el grito que Jesús pronunció en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Salmo 22:1; Mateo 27:46). El salmo describe también las manos y los pies horadados y el reparto de los vestidos echando suertes (Salmo 22:16-18), detalle que el Evangelio de Juan ve cumplido al pie de la cruz (Juan 19:23-24).
Zacarías anuncia que los habitantes de Jerusalén mirarán «a quien traspasaron» y llorarán como por un hijo único (Zacarías 12:10). Juan cita este versículo cuando un soldado abre el costado de Jesús con una lanza (Juan 19:34-37).
Conviene notar que la literatura judía posterior también relacionó a este «traspasado» con una figura mesiánica, el Mesías hijo de José, que moriría antes de la llegada del Mesías hijo de David, como resume la entrada de Zacarías 12 en Wikipedia.
El Mesías al que se le quitaría la vida
La profecía de las setenta semanas anuncia que, después de un período determinado, «se quitará la vida al Mesías» (Daniel 9:25-26). Para los cristianos, este es uno de los textos más directos: el Antiguo Testamento no solo permite que el Mesías muera, sino que lo anuncia.
El mismo Jesús, según Lucas, explicó a sus discípulos que era necesario que el Cristo padeciera y resucitara al tercer día, conforme a lo escrito en la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos (Lucas 24:44-46).
¿Por qué el Mesías tenía que venir antes de la destrucción del Templo?
Uno de los argumentos que los cristianos consideran más sólidos tiene que ver con el calendario. Varias profecías sitúan la llegada del Mesías mientras el segundo Templo de Jerusalén seguía en pie, y ese Templo fue destruido en el año 70 d.C., cuando el general romano Tito tomó la ciudad tras un asedio de cinco meses.
Daniel: primero el Mesías, después la destrucción
La profecía de las setenta semanas sigue un orden preciso. Primero «se quitará la vida al Mesías», y después «el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario» (Daniel 9:26). Según esta lectura, el Mesías debía venir y morir antes de que Jerusalén y su Templo fueran destruidos.
Jesús anunció esa destrucción con lágrimas y la vinculó con que la ciudad no había reconocido «el tiempo de tu visitación» (Lucas 19:41-44). Unos cuarenta años después de su muerte, el Templo fue arrasado.
Hageo y Malaquías: el Señor vendrá a su templo
Cuando se reconstruía el segundo Templo, mucho más modesto que el de Salomón, Hageo anunció que vendría «el Deseado de todas las naciones» y que la gloria de esa casa sería mayor que la de la primera (Hageo 2:7-9). Malaquías añade que el Señor a quien buscaban vendría «súbitamente a su templo» (Malaquías 3:1).
Para los cristianos, estas promesas solo podían cumplirse mientras ese Templo existiera. Los Evangelios presentan a Jesús llevado al Templo siendo niño (Lucas 2:25-32), enseñando en sus atrios y purificándolo (Juan 2:13-17).
Génesis: el cetro de Judá
En su bendición final, Jacob declara que el cetro no sería quitado de Judá hasta que viniera Siloh, «y a él se congregarán los pueblos» (Génesis 49:10). Muchos intérpretes cristianos entienden a Siloh como el Mesías y observan que, en tiempos de Jesús, Judea ya estaba bajo gobierno romano directo y pronto perdería su Templo y su capital. Desde esta lectura, el plazo profético para la llegada del Mesías se cerraba en el siglo I.
El reinado, el Templo y los exiliados: lo ya cumplido y lo pendiente
La respuesta cristiana a las profecías de gloria no es solo «eso será en el futuro». El Nuevo Testamento enseña que el reino del Mesías ya comenzó con la resurrección, pero todavía no se ha manifestado en plenitud, una tensión que muchos teólogos resumen con la expresión «ya, pero todavía no».
El trono de David
Los Evangelios abren presentando a Jesús como «hijo de David» (Mateo 1:1), y el ángel anuncia a María que Dios le dará el trono de David y que su reino no tendrá fin (Lucas 1:31-33). Es la misma promesa de 2 Samuel 7:12-16, aplicada directamente a él.
En Pentecostés, Pedro explica que David, como profeta, habló de la resurrección del Cristo, y que Jesús, exaltado a la diestra de Dios, ocupa ahora ese trono (Hechos 2:29-36). Pedro cita el Salmo 110: «Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Salmo 110:1). Ese «hasta que» indica un reinado que ya empezó mientras sus enemigos todavía no han sido sometidos del todo (1 Corintios 15:24-26).
El Templo
Cuando Jesús dijo «destruid este templo, y en tres días lo levantaré», el Evangelio aclara que hablaba del templo de su cuerpo (Juan 2:19-21). Pablo extiende esa idea a la comunidad de creyentes, a la que llama templo de Dios en el que habita su Espíritu (1 Corintios 3:16; Efesios 2:19-22).
La promesa de Ezequiel, que Dios pondría su santuario en medio de su pueblo para siempre (Ezequiel 37:26-28), encuentra su plenitud en la visión final del Apocalipsis: el tabernáculo de Dios con los hombres, en una ciudad donde el templo es el Señor mismo y el Cordero (Apocalipsis 21:3; Apocalipsis 21:22).
Los exiliados y las naciones
Isaías ya había anunciado que el siervo de Dios no solo restauraría a las tribus de Jacob, sino que sería luz de las naciones hasta lo último de la tierra (Isaías 49:6). El Evangelio de Juan interpreta la muerte de Jesús en esa línea: murió no solo por la nación, sino para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (Juan 11:51-52).
En el concilio de Jerusalén, Santiago cita a Amós (Amós 9:11-12) para explicar que la entrada de los gentiles es parte de la reconstrucción del tabernáculo caído de David (Hechos 15:14-17). Y Pablo mantiene una esperanza específica para Israel: cuando haya entrado la plenitud de los gentiles, «todo Israel será salvo» (Romanos 11:25-26).
La paz y el conocimiento de Dios
Pablo afirma que Cristo ya «es nuestra paz», porque derribó la pared que separaba a judíos y gentiles (Efesios 2:14). La paz universal entre las naciones y la tierra llena del conocimiento del Señor siguen siendo, para el cristiano, la meta hacia la que avanza la historia, cuando Dios enjugará toda lágrima y ya no habrá muerte (Apocalipsis 21:4).
¿Cómo explica el cristianismo la maldición del madero?
La Ley declara maldito al que es colgado en un madero (Deuteronomio 21:22-23). Los apóstoles no esquivaron este versículo; lo pusieron en el centro de su predicación y le dieron un sentido nuevo.
Una maldición cargada en lugar de otros
Pablo, que había perseguido a la iglesia precisamente por creer que un crucificado no podía ser el Mesías (Gálatas 1:13-16), cita Deuteronomio de forma directa: «Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, hecho por nosotros maldición» (Gálatas 3:13). Para él, Jesús sí murió bajo la maldición, pero no por su propio pecado, sino cargando el de otros.
Esta idea conecta con el siervo de Isaías, herido por las rebeliones de su pueblo y sobre quien el Señor cargó el pecado de todos (Isaías 53:4-6). Pedro usa el mismo lenguaje: Cristo «llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pedro 2:24). Incluso en sus sermones, Pedro elige la expresión «colgándole en un madero», aludiendo a propósito al texto de Deuteronomio (Hechos 5:30; Hechos 10:39).
Figuras del Antiguo Testamento
Los cristianos ven anticipos de esta sustitución en la Ley misma. En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote ponía los pecados del pueblo sobre un macho cabrío que era enviado fuera del campamento (Levítico 16:21-22), y la carta a los Hebreos recuerda que Jesús padeció fuera de la puerta de la ciudad (Hebreos 13:11-12).
Jesús mismo usó la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto: quien la miraba vivía (Números 21:8-9), y así era necesario que el Hijo del hombre fuera levantado (Juan 3:14-15).
La resurrección como respuesta de Dios
Si la cruz parecía mostrar que Dios había rechazado a Jesús, la resurrección, para los cristianos, muestra lo contrario. Pedro proclama que Dios lo levantó porque era imposible que la muerte lo retuviera, y cita el Salmo 16: «no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu Santo vea corrupción» (Hechos 2:24-27; Salmo 16:10).
Pablo resume el mensaje que él mismo recibió: Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día, «conforme a las Escrituras» (1 Corintios 15:3-8). Por la resurrección, Jesús fue declarado Hijo de Dios con poder (Romanos 1:3-4), y con ella se responde también a la objeción del reinado eterno: el Mesías murió, pero vive para siempre.
¿Vino Elías antes del Mesías y respetó Jesús la Ley?
Malaquías anuncia que Elías vendría antes del día del Señor (Malaquías 4:5), y Deuteronomio advierte contra el profeta que aparta al pueblo de los mandamientos (Deuteronomio 13:1-5). Los cristianos responden a ambos criterios desde los mismos textos.
Juan el Bautista, con el espíritu de Elías
Malaquías dice que Elías haría volver el corazón de los padres hacia los hijos (Malaquías 4:5-6). El ángel que anuncia el nacimiento de Juan usa casi las mismas palabras: iría delante del Señor «con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos» (Lucas 1:17). Incluso su vestimenta de pelo de camello y cinto de cuero recuerda la de Elías (2 Reyes 1:8; Mateo 3:4).
Cuando Juan negó ser Elías (Juan 1:21), negaba ser el profeta regresado en persona; se presentó en cambio como la voz que clama en el desierto de Isaías 40:3 (Juan 1:23). Jesús afirmó que Juan era «aquel Elías que había de venir» (Mateo 11:13-14), y después de la transfiguración, donde Elías aparece junto a Jesús, los discípulos entendieron que hablaba de Juan (Mateo 17:3; Mateo 17:10-13).
El cumplimiento de la Ley, no su abolición
La advertencia de Deuteronomio 13 se dirige al profeta que invita a seguir a otros dioses (Deuteronomio 13:1-3). Los cristianos señalan que Jesús hizo exactamente lo contrario: resumió la Ley en el Shemá, el amor al único Dios de Israel, y en el amor al prójimo (Marcos 12:28-31), y declaró que no vino a abolir la Ley ni los Profetas, sino a cumplirlos (Mateo 5:17-18). Este punto se desarrolla con más detalle en ¿Vino Jesús a abolir o a cumplir la ley?.
Sobre el sábado, Jesús defendió sus acciones con ejemplos de la misma Escritura: David comió los panes de la proposición, los sacerdotes trabajan en el Templo en sábado, y la circuncisión se practica aunque caiga en día de reposo (Marcos 2:23-28; Mateo 12:5-8; Juan 7:22-23). Deuteronomio también anunciaba un profeta como Moisés al que el pueblo debía escuchar, y Pedro aplicó ese texto a Jesús (Deuteronomio 18:15-19; Hechos 3:22-26).
¿Y la acusación de blasfemia?
Para los cristianos, las afirmaciones divinas de Jesús tienen raíz en el Antiguo Testamento. Isaías llama al niño prometido «Dios fuerte» (Isaías 9:6), Jeremías llama al renuevo de David «Jehová, justicia nuestra» (Jeremías 23:5-6), y el hijo de hombre de Daniel recibe un dominio en el que todos los pueblos le sirven (Daniel 7:14).
Jesús mismo preguntó cómo podía David llamar «Señor» a su propio hijo, citando el Salmo 110 (Marcos 12:35-37).
Respuesta cristiana a las objeciones judías sobre Jesús como Mesías, una por una
La tabla reúne cada requisito del Antiguo Testamento, la respuesta cristiana y los textos del Nuevo Testamento en los que se apoya.
| Requisito | Texto del Antiguo Testamento | Respuesta cristiana | Textos del Nuevo Testamento |
|---|---|---|---|
| Reinar en el trono de David | Isaías 9:6-7; 2 Samuel 7:12-16 | Reina desde su resurrección; su reino se manifestará en plenitud al regresar | Lucas 1:31-33; Hechos 2:29-36 |
| Reinado eterno | Ezequiel 37:25; Salmo 89:35-37 | Murió, pero resucitó y vive para siempre | Romanos 1:3-4; 1 Corintios 15:3-8 |
| Venir humilde y venir en gloria | Zacarías 9:9; Daniel 7:13-14 | Dos venidas del mismo Mesías | Mateo 21:4-5; Hechos 1:10-11; Hebreos 9:28 |
| Morir por su pueblo | Isaías 53; Salmo 22; Daniel 9:26 | Cumplido en la crucifixión | Hechos 8:30-35; Lucas 24:44-46 |
| Venir antes de la destrucción del Templo | Daniel 9:26; Hageo 2:7-9; Malaquías 3:1 | Jesús vino y murió antes del año 70 d.C. | Lucas 19:41-44; Juan 2:13-17 |
| Edificar el Templo | Zacarías 6:12-13; Ezequiel 37:26-28 | Su cuerpo y su iglesia son templo; plenitud en la nueva creación | Juan 2:19-21; Efesios 2:19-22; Apocalipsis 21:3 |
| Reunir a los dispersos | Isaías 11:11-12; Isaías 49:6 | Congrega a judíos y gentiles; esperanza futura para Israel | Juan 11:51-52; Romanos 11:25-26 |
| Paz universal | Isaías 2:4; Isaías 11:9 | Paz ya iniciada; plenitud en su regreso | Efesios 2:14; Apocalipsis 21:4 |
| No morir maldito | Deuteronomio 21:22-23 | Cargó la maldición en lugar de otros; la resurrección lo vindica | Gálatas 3:13; 1 Pedro 2:24 |
| Elías vendría primero | Malaquías 4:5-6 | Juan el Bautista vino con el espíritu de Elías | Lucas 1:17; Mateo 11:13-14 |
| Fidelidad a la Ley | Deuteronomio 13:1-5; Deuteronomio 18:15-19 | Cumplió la Ley y es el profeta como Moisés | Mateo 5:17-18; Hechos 3:22-26 |
Lo que esta pregunta significa para tu vida espiritual
Conocer cómo responden los cristianos a las objeciones judías sobre Jesús como Mesías no es solo una cuestión de argumentos. Estas respuestas tocan la manera en que lees la Biblia, esperas el futuro y entiendes el sufrimiento.
Tu fe tiene raíces en el Antiguo Testamento. Los apóstoles no predicaron a Jesús desde cero; lo predicaron desde Moisés, los Profetas y los Salmos. Te invito a leer Isaías 53, el Salmo 22 y Daniel 9 con calma, y a notar por qué los primeros creyentes volvían a ellos una y otra vez.
La espera también es parte de la fe. Si el Mesías viene dos veces, el cristiano vive entre ambas venidas. La paz entre las naciones, la justicia plena y el fin del llanto no son promesas olvidadas, sino promesas pendientes. Vale la pena preguntarte si esa esperanza tiene un lugar real en tu oración y en tu manera de mirar el mundo.
Dios puede obrar a través del sufrimiento. El camino del Mesías pasó por el rechazo y la cruz antes de la gloria. Cuando atraviesas momentos en que Dios parece ausente, el Salmo 22, que comienza con un grito de abandono y termina con alabanza, muestra que el dolor no es la última palabra.
Las dudas de los discípulos son también un consuelo. Pedro reprendió a Jesús cuando habló de su muerte (Marcos 8:31-33), y los de Emaús caminaban tristes porque sus expectativas no se habían cumplido (Lucas 24:17-21). Si alguna vez lo que esperabas de Dios no coincide con lo que ves, quizás te ayude recordar que Jesús respondió a esas dudas abriendo las Escrituras.
Conocer la otra lectura enriquece la propia. Esta respuesta cristiana convive con la lectura judía de los mismos textos, que puedes repasar en ¿Por qué los judíos no reconocen a Jesús como el Mesías?. Leer ambas con respeto te permite entender con más profundidad qué crees, por qué lo crees y cómo hablar de ello con humildad.






