
Publicado en agosto 3, 2025, última actualización en enero 2, 2026.
Durante mis años de estudio de las tradiciones religiosas, me he encontrado repetidamente con una pregunta que genera tanto curiosidad como malentendidos: ¿por qué nuestros hermanos judíos no reconocen a Jesús como el Mesías? Al profundizar en esta cuestión, he llegado a comprender que las razones van mucho más allá de una simple diferencia de opinión; tocan las fibras más profundas de la fe, la tradición y la interpretación bíblica.
Lo que más me impactó al estudiar este tema fue descubrir que no se trata de una negativa arbitraria o de falta de conocimiento, sino de diferencias fundamentales en cómo cada tradición entiende conceptos como mesianismo, divinidad y salvación. Me sorprendió descubrir que estas diferencias tienen raíces tan profundas que se remontan a los primeros siglos de nuestra era.
Puntos Clave
- Expectativas mesiánicas distintas: El judaísmo espera un mesías humano que traiga paz mundial y restauración nacional
- Interpretación de las profecías: Las escrituras se leen desde marcos hermenéuticos completamente diferentes
- Concepto de Dios: La doctrina de la Trinidad contradice la comprensión judía de la unidad absoluta de Dios
- Autoridad religiosa: El judaísmo no acepta que la revelación divina haya cesado o sido reemplazada
- Experiencia histórica: Siglos de persecución cristiana han marcado profundamente la perspectiva judía
- Visión de la salvación: Conceptos fundamentalmente diferentes sobre cómo el ser humano se relaciona con lo divino
¿Qué Esperan los Judíos del Mesías?
Al estudiar las fuentes judías tradicionales, me he dado cuenta de que la figura del mesías en el judaísmo difiere radicalmente de la presentación cristiana de Jesús. En la tradición judía, el mesías será un líder humano, descendiente del rey David, que cumplirá profecías específicas y tangibles.
Las expectativas incluyen el establecimiento de la paz mundial, como describe Isaías 2:4: «Y él juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra.»
También se espera la reunificación de todas las tribus de Israel, la reconstrucción del Templo de Jerusalén, y el reconocimiento universal de Dios. Para el pensamiento judío tradicional, estas profecías deben cumplirse literalmente durante la vida del mesías, no en un sentido espiritual o futuro.
Me ha llamado la atención que, desde esta perspectiva, Jesús no cumplió estos criterios fundamentales. Durante su vida, no hubo paz mundial, el Templo no fue reconstruido, y las naciones no abandonaron la idolatría para servir al Dios de Israel.
Las Profecías Mesiánicas: ¿Se Cumplieron Realmente?
Una de las áreas más fascinantes de mi investigación ha sido examinar cómo judíos y cristianos interpretan las mismas profecías de maneras completamente diferentes. Los textos que los cristianos consideramos claras predicciones sobre Jesús, los eruditos judíos los interpretan en contextos históricos completamente distintos.
Por ejemplo, la famosa profecía de Isaías 7:14 sobre la «virgen» que concebirá, en el texto hebreo original usa la palabra «almah», que simplemente significa «mujer joven», no necesariamente virgen. Además, el contexto del capítulo sugiere que se refería a un evento contemporáneo al rey Acaz, no a un evento futuro.
La profecía del «siervo sufriente» en Isaías 53, que los cristianos aplicamos a Jesús, tradicionalmente se ha interpretado en el judaísmo como una referencia al pueblo de Israel como colectivo, sufriendo por las naciones del mundo.
Lo que me ha resultado más revelador es comprender que estas no son interpretaciones modernas creadas para rechazar el cristianismo, sino tradiciones de interpretación que existían mucho antes del surgimiento del cristianismo.
¿Cómo Entiende el Judaísmo la Naturaleza de Dios?
Quizás ningún punto sea tan fundamental como las diferencias en el concepto de Dios mismo. Al profundizar en la teología judía, he llegado a apreciar cuán central es para ella el concepto del «Shema»: Deuteronomio 6:4, «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.»
Para el judaísmo tradicional, esta unidad de Dios es absoluta e indivisible. La doctrina cristiana de la Trinidad, por más que intentemos explicarla, resulta incompatible con esta comprensión fundamental. No es que los judíos no entiendan la Trinidad; es que la consideran una violación del monoteísmo más básico.
Me sorprendió descubrir que, para muchos judíos, la idea de que Dios se haga hombre es no solo imposible, sino casi blasfema. Dios, en el pensamiento judío, es completamente trascendente y no puede limitarse a forma humana. Como dice Números 23:19: «Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.»
Diferencias en la Interpretación de las Escrituras
Al estudiar la hermenéutica judía, he quedado impresionado por cuán diferentes son los métodos de interpretación bíblica entre nuestras tradiciones. El judaísmo desarrolló un sistema complejo de interpretación que incluye la Torah Oral, el Talmud y siglos de comentarios rabínicos.
Mientras que los cristianos leemos el Antiguo Testamento a través de la lente del Nuevo Testamento, buscando tipos y sombras que apunten a Cristo, el judaísmo interpreta estos textos dentro de su propio contexto histórico y cultural. No aceptan la premisa cristiana de que las escrituras hebreas sean meramente preparatorias para el evangelio.
Esta diferencia se extiende al canon bíblico mismo. El judaísmo no reconoce la autoridad del Nuevo Testamento, viéndolo como una adición posterior que no forma parte de la revelación divina. Para ellos, la Torah y las escrituras hebreas contienen toda la revelación necesaria.
El Rechazo a los Intermediarios Espirituales
Una de las diferencias más profundas que he encontrado es el concepto de mediación espiritual. En el cristianismo, Jesús es nuestro mediador ante el Padre, como dice 1 Timoteo 2:5. Sin embargo, el judaísmo tradicional enfatiza la relación directa entre el individuo y Dios.
Los judíos citan pasajes como Deuteronomio 4:35: «A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él.» Para ellos, dirigir oraciones o adoración hacia cualquier figura que no sea Dios mismo constituye idolatría.
Me ha llamado la atención que esta no es una posición anti-Jesús específicamente, sino una aplicación consistente de principios teológicos fundamentales. El judaísmo rechaza cualquier forma de intermediario divino, ya sea Jesús, María, o santos.
Aplicación Práctica
Para el Diálogo Interreligioso: Te invito a acercarte a estas conversaciones con humildad y respeto genuino. En lugar de intentar «convencer» o «demostrar» puntos teológicos, busca primero entender realmente las perspectivas judías en sus propios términos.
En el Estudio Bíblico: Cuando estudies profecías mesiánicas, considera examinar también las interpretaciones judías tradicionales. Esto no debilitará tu fe, sino que te dará una perspectiva más rica y matizada de los textos.
En la Adoración y Oración: Reflexiona sobre cómo estas diferencias pueden profundizar tu propia comprensión de conceptos como la unidad de Dios, la naturaleza del mesianismo, y la relación entre lo humano and lo divino.
Para la Enseñanza: Si tienes oportunidades de enseñar sobre estos temas, presenta las perspectivas judías con precisión y respeto, evitando caricaturas o simplificaciones que puedan perpetuar malentendidos.
En Relaciones Personales: Si tienes amigos o colegas judíos, permite que estas comprensiones informen tus interacciones de manera que construyan puentes de entendimiento mutuo en lugar de crear divisiones.
Reflexiones Finales
Al concluir este recorrido por las razones del no reconocimiento judío de Jesús como Mesías, me siento profundamente conmovido por la riqueza y complejidad de ambas tradiciones de fe. Lo que he aprendido no ha debilitado mi fe cristiana, sino que la ha enriquecido con una comprensión más profunda de nuestras diferencias y similitudes.
Me impacta darme cuenta de que estas diferencias no son meramente académicas o históricas, sino que tocan los aspectos más profundos de cómo entendemos a Dios, la revelación, la salvación y nuestro propósito como seres humanos. Cada tradición ha desarrollado sistemas teológicos coherentes y profundos que merecen nuestro respeto y consideración cuidadosa.
Al mismo tiempo, reconozco que estas diferencias son reales y significativas. No se trata simplemente de malentendidos que puedan resolverse con mejor comunicación, sino de diferencias fundamentales en presuposiciones básicas sobre la naturaleza de Dios y la revelación divina. Aceptar esta realidad es el primer paso hacia un diálogo genuino y respetuoso.
Te invito a considerar cómo este conocimiento puede informar tu propia fe y práctica. Tal vez, como me ha pasado a mí, descubras que entender profundamente por qué otros no comparten nuestras creencias puede en realidad fortalecer y clarificar nuestra propia comprensión de lo que sí creemos. En un mundo que necesita desesperadamente más comprensión y menos división, este tipo de conocimiento mutuo no es solo académico, sino profundamente necesario para la paz y el entendimiento entre los pueblos de fe.



