
Publicado en abril 22, 2026, última actualización en abril 24, 2026.
Hay momentos en la vida donde las palabras se nos escapan, donde el dolor es tan profundo que solo podemos susurrar: «¿Dónde estás, Dios?» Me he encontrado en esos lugares oscuros más veces de las que me gustaría admitir. Y cada vez que leo sobre el grito de Jesús desde la cruz, siento que alguien más ha estado exactamente donde yo he estado.
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Estas palabras me conmueven de una manera especial porque revelan algo que a veces preferimos no ver: Jesús sufrió de verdad, como tú y como yo. No fue una actuación, no fue una referencia intelectual a las Escrituras. Fue el grito desgarrador de alguien que estaba viviendo el momento más oscuro de su existencia.
Durante mucho tiempo escuché explicaciones que convertían este momento en algo casi teatral, como si Jesús estuviera citando el Salmo 22 para darnos una lección de teología. Pero mientras más reflexiono en esto, más me convenzo de que estamos ante algo mucho más real y profundo: la prueba definitiva de que Jesús experimentó completamente lo que significa ser humano.
En esta reflexión descubrirás:
• Por qué el grito de Jesús fue genuino sufrimiento y no solo cumplimiento profético
• Cómo este momento revela la humanidad completa de Cristo
• La diferencia entre profecía como descripción anticipada versus guión obligatorio
• Por qué es reconfortante saber que Jesús sintió abandono como nosotros
• Cómo la fe auténtica puede incluir preguntas honestas a Dios
• El significado profundo de la encarnación en nuestras propias luchas
¿Fue el grito de Jesús una cita bíblica o sufrimiento real?
Me pregunté durante años si Jesús realmente estaba sufriendo o simplemente citando el Salmo 22:1 para cumplir una profecía. La respuesta que encontré me cambió la perspectiva completamente.
Cuando alguien está muriendo en una cruz, con los pulmones colapsando y el cuerpo destrozado, no tiene energía para dar clases de teología. Cada palabra le costaba un esfuerzo sobrehumano. ¿De verdad creemos que en ese momento Jesús estaba pensando: «Ahora cito este salmo para que entiendan que soy el Mesías»?
Lo que me impactó fue darme cuenta de que las profecías no son guiones que debemos seguir, sino descripciones anticipadas de lo que sucederá. David, inspirado por el Espíritu Santo, describió siglos antes exactamente lo que Jesús sentiría. Pero Jesús no actuó ese sufrimiento para darle credibilidad al salmista; lo vivió porque era completamente real.
La diferencia es enorme. Una cosa es actuar un papel para cumplir expectativas, y otra muy distinta es vivir una experiencia que alguien más había descrito con precisión profética. Jesús no estaba representando el abandono; lo estaba experimentando en carne propia.
¿Por qué era necesario que Jesús sintiera abandono?
Algo que he aprendido es que para cargar verdaderamente con nuestros pecados, Jesús tenía que experimentar todas las consecuencias que el pecado trae, incluida esa sensación terrible de separación de Dios. Como dice 2 Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.»
En mi caminar de fe he llegado a entender que no se trataba solo de un castigo físico. El peso del pecado de la humanidad incluía esa desconexión espiritual que todos hemos sentido alguna vez. Jesús no podía cargar genuinamente con nuestras cargas sin experimentar también nuestro sentido de abandono.
Me sorprendió descubrir que este momento no representa una falla en la fe de Jesús, sino todo lo contrario: muestra la profundidad de su identificación con nosotros. Hebreos 4:15 nos dice que «no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.»
Ese «en todo según nuestra semejanza» incluye los momentos donde sentimos que Dios está en silencio, donde nuestras oraciones parecen rebotar en el techo, donde el dolor es tan intenso que cuestionamos si realmente Dios nos ve y nos cuida.
¿Cómo puede un grito de abandono ser también un acto de fe?
Una de las cosas que más me ha impactado de este momento es que, incluso en su punto más bajo, Jesús sigue dirigiéndose al Padre. No dice: «No hay Dios» o «Todo fue una mentira.» Dice: «Dios mío, Dios mío…» Sigue reconociendo la relación, sigue creyendo en quién es Dios, pero pregunta honestamente por qué se siente abandonado.
Te invito a reflexionar conmigo en esto: las preguntas honestas no cancelan la fe; la profundizan. Jacob luchó toda la noche con Dios y no lo soltó hasta recibir una bendición. De la misma manera, Jesús no suelta su relación con el Padre, pero sí expresa la realidad de lo que está sintiendo.
Esto me ha liberado enormemente en mi propia vida de fe. He aprendido que puedo llevarle a Dios mis preguntas más difíciles, mis momentos de duda, mis experiencias de aparente silencio divino. No tengo que fingir que todo está bien cuando no lo está, ni tengo que tener todas las respuestas para mantener mi fe intacta.
La fe auténtica incluye esos momentos donde gritamos: «¿Dónde estás?» Y el ejemplo de Jesús me enseña que puedo hacer esa pregunta sin soltar la mano de Dios, sin dejar de dirigirme a Él como «mi Dios.»
¿Qué revela este momento sobre la humanidad completa de Jesús?
Como tú, yo también me he preguntado qué tan humano era realmente Jesús. ¿Sentía el miedo como nosotros? ¿Experimentaba la soledad, la confusión, el dolor emocional además del físico? Este grito desde la cruz me respondió esas preguntas de manera definitiva.
Juan 1:14 nos dice que «el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros.» Pero a veces interpretamos eso como si Jesús fuera humano solo por fuera, como si tuviera un cuerpo humano pero mantuviera una especie de «modo Dios» activado que lo protegiera del sufrimiento real.
El grito desde la cruz destruye esa idea completamente. Aquí vemos a Jesús experimentando lo más profundo del sufrimiento humano: no solo el dolor físico, sino esa sensación existencial de estar completamente solo, de que incluso Dios nos ha dado la espalda.
Buscando respuestas encontré que este momento representa el punto más profundo de la encarnación. Jesús no estaba observando el sufrimiento humano desde afuera; lo estaba viviendo desde adentro. No era Dios disfrazado de hombre, sino Dios hecho genuinamente hombre, experimentando todas las limitaciones, vulnerabilidades y dolores que eso implica.
¿Por qué este grito nos conecta tan profundamente con Jesús?
Lo que más me conmueve de este momento es su universalidad. Millones de personas a través de la historia han gritado esas mismas palabras en diferentes idiomas, en diferentes circunstancias, pero con el mismo corazón quebrantado. Y ahora sabemos que Jesús estuvo exactamente en ese lugar.
He estado en hospitales donde padres preguntan por qué Dios permitió que su hijo se enfermara. He consolado amigos que perdieron el trabajo y no entienden por qué, si han sido fieles, ahora todo se está desmoronando. He pasado mis propias noches oscuras preguntándome si Dios realmente escucha mis oraciones o si estoy hablando solo.
En todos esos momentos, Hebreos 2:17-18 cobra un significado increíble: «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos… pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.«
Jesús no nos consuela desde la distancia de alguien que nunca ha sufrido. Nos comprende desde la experiencia de alguien que estuvo exactamente donde nosotros estamos. Cuando siento que Dios está en silencio, puedo recordar que Jesús también sintió ese silencio. Cuando me pregunto si Dios me ve en mi dolor, puedo recordar que Jesús también se hizo esa pregunta.
¿Cómo cambia esto nuestra comprensión del sufrimiento?
En mi caminar de fe he descubierto que este grito de Jesús no solo revela su humanidad, sino que también dignifica nuestro propio sufrimiento. Ya no tengo que sentir vergüenza por los momentos donde mi fe tambaleó, donde las preguntas fueron más fuertes que las certezas, donde el dolor me hizo cuestionar todo lo que creía saber sobre Dios.
Filipenses 3:10 habla de «conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos.» A veces nos enfocamos tanto en la resurrección que olvidamos que también estamos llamados a participar de sus padecimientos, y eso incluye esos momentos de aparente abandono.
Me pregunté durante mucho tiempo si sentir que Dios estaba lejos significaba que mi fe era débil. Pero el ejemplo de Jesús me enseñó lo contrario: a veces sentir el abandono de Dios es precisamente lo que nos acerca más profundamente a la experiencia de Cristo. No es señal de fe débil; es señal de fe auténtica que no huye de la realidad.
Algo que he aprendido es que Dios no nos abandona realmente, pero sí permite que a veces sintamos ese abandono para que podamos entender mejor tanto nuestra necesidad de Él como la profundidad de lo que Jesús vivió por nosotros.
Aplicación práctica: Viviendo con fe auténtica
Después de reflexionar en la humanidad completa de Jesús revelada en su grito desde la cruz, estas son algunas maneras prácticas de aplicar esta verdad:
- Abraza tus preguntas honestas: Cuando pases por momentos difíciles, no sientas que tienes que fingir estar bien. Lleva tus preguntas más difíciles directamente a Dios, siguiendo el ejemplo de Jesús que preguntó honestamente pero sin soltar su relación con el Padre.
- Encuentra consuelo en la identificación de Cristo: En momentos de dolor o aparente silencio de Dios, recuerda que Jesús estuvo exactamente donde tú estás. Su grito desde la cruz significa que nunca estás solo en tu sufrimiento, porque Él ya caminó ese sendero.
- Distingue entre sentir abandono y ser abandonado: Aprende a reconocer que los sentimientos de abandono no reflejan necesariamente la realidad de la presencia de Dios. Jesús sintió abandono pero no fue realmente abandonado, como lo demostró la resurrección.
- Permite que otros vean tu humanidad: Así como la vulnerabilidad de Jesús nos acerca a Él, tu honestidad sobre tus luchas puede ser un ministerio para otros que están pasando por situaciones similares.
- Busca la comunidad en los momentos oscuros: Aunque Jesús experimentó el abandono en la cruz, durante su ministerio se rodeó de personas que lo acompañaron. No trates de enfrentar tus momentos más difíciles completamente solo.
Reflexión final: La belleza de un Salvador completamente humano
Al leer este pasaje una y otra vez, me he dado cuenta de que el grito de Jesús desde la cruz no es una falla en su divinidad; es la prueba más hermosa de su humanidad completa. No tenemos un Salvador que nos mira desde las alturas preguntándose por qué no podemos simplemente «tener más fe.» Tenemos un Salvador que descendió hasta lo más profundo de la experiencia humana y gritó las mismas preguntas que nosotros gritamos.
Esta realidad ha transformado mi manera de orar, de sufrir, y de acompañar a otros en sus momentos más oscuros. Ya no tengo que temer que mis preguntas ofendan a Dios o que mis momentos de duda cancelen mi fe. Jesús me enseñó que se puede preguntar «¿por qué me has abandonado?» y seguir dirigiéndose a Dios como «Dios mío.»
La profecía del Salmo 22 no obligó a Jesús a actuar un papel; describió anticipadamente lo que Él viviría genuinamente. Y esa diferencia lo cambia todo, porque significa que cada lágrima fue real, cada momento de dolor fue auténtico, y cada pregunta nacía de un corazón verdaderamente humano que estaba cargando con el peso de nuestro quebrantamiento.
Te invito a reflexionar en esto: el próximo vez que te sientas abandonado, recuerda que tienes un Salvador que gritó esas mismas palabras. Y el próximo vez que tengas preguntas difíciles para Dios, recuerda que incluso Su Hijo las hizo. No estás solo en tu humanidad, porque Dios mismo eligió experimentarla completamente, hasta en sus momentos más oscuros.
En esa cruz, Jesús no solo murió por nuestros pecados; vivió nuestra experiencia más dolorosa. Y por eso, cuando llegue nuestra propia resurrección, sabremos que viene de Alguien que realmente entiende lo que significa estar donde hemos estado.



