
La objeción más fuerte contra la existencia de Dios, el problema del mal, aparece en la Suma Teológica antes que cualquier argumento a favor. En la cuestión 2, justo antes de exponer las cinco vías, Tomás de Aquino escribe la dificultad con toda su crudeza: si Dios existe y es un bien infinito, no debería haber mal alguno en el mundo; pero hay mal; luego Dios no existe.
Esa objeción vertebra buena parte de la Primera Parte. La respuesta se reparte entre varios bloques: la providencia divina en la cuestión 22, la predestinación en la 23, la naturaleza y la causa del mal en las cuestiones 48 y 49, y el gobierno del mundo en las cuestiones 103 a 119.
Este artículo reúne ese material y explica el problema del mal según Santo Tomás: qué es el mal, de dónde viene, por qué Dios lo permite y cómo encaja todo eso con la libertad humana. Pertenece a la serie sobre la Suma Teológica y desarrolla un tema de la Primera Parte de la obra.
Retrato Rápido
La Suma Teológica sostiene que el mal no es una cosa ni una sustancia, sino una privación: la ausencia de un bien que debería estar presente. La ceguera no es algo que exista por sí mismo, sino la falta de visión en un ojo que debería ver. De ahí se sigue la tesis central del tratado: Dios no crea el mal, porque el mal no es una realidad que pueda ser creada.
Sobre la permisión, Aquino responde que Dios permite males particulares en vista de un bien mayor del conjunto, y que la libertad de las criaturas racionales es precisamente uno de esos bienes: un mundo con seres capaces de elegir es superior a uno donde nadie puede fallar, aunque eso abra la posibilidad del pecado.
⚖️ Algunos puntos debatidos: La doctrina del mal como privación está bien documentada y goza de amplia aceptación. Lo que sí divide a los teólogos, y desde hace siglos, es cómo compaginar la providencia y la predestinación divinas con la libertad real del ser humano. Es uno de los debates más largos de la historia cristiana y sigue abierto.
Puntos Clave
El tratamiento del mal en la Suma se apoya en unas pocas afirmaciones que ordenan todo lo demás.
- El mal no es una sustancia, sino una privación de bien. No es algo que exista por sí mismo, sino la falta de una perfección debida.
- Dios no es causa del mal. Causa todo lo que tiene ser, y el mal no tiene ser propio; solo se da como defecto en un bien.
- El mal moral nace de la voluntad creada. El pecado no viene de Dios ni de la materia, sino de una voluntad libre que se aparta del orden debido.
- Dios permite el mal en vista de un bien mayor. No lo quiere, pero no lo impide, porque de él saca bienes que sin él no existirían.
- La providencia alcanza hasta el último detalle. Nada queda fuera del gobierno divino, ni siquiera lo que ocurre por azar o por decisión libre.
- La causalidad divina no anula la libertad humana. Aquino sostiene que Dios mueve a cada cosa según su naturaleza, y la naturaleza de la voluntad es ser libre.
¿Qué es el mal según la Suma Teológica?
La respuesta empieza por descartar la explicación más intuitiva y también la más antigua: que el mal sea un principio o una fuerza que compite con el bien. Esa era la posición de los maniqueos, que postulaban dos principios eternos y enfrentados, uno bueno y otro malo. Aquino la rechaza de plano, y su argumento es de una economía notable: si el mal fuera algo, tendría ser; y todo lo que tiene ser es bueno en la medida en que es. Un principio del mal tendría que ser, para existir, algo bueno, lo cual se contradice.
Su alternativa, heredada de San Agustín, es que el mal es privación: la ausencia de un bien que corresponde a un ser por su naturaleza. La distinción entre privación y simple negación es la clave. Que una piedra no vea no es un mal, porque a la piedra no le corresponde ver; eso es una negación. Que un ojo no vea sí lo es, porque la visión le es debida; eso es una privación. El mal, entonces, siempre se da en un sujeto bueno y siempre como un defecto de algo que debería estar ahí.
De esta definición se siguen dos consecuencias importantes. La primera es que el mal nunca existe puro: siempre necesita un soporte bueno donde apoyarse, como el óxido necesita el hierro. La segunda, quizás la más inesperada, es que ningún ser es malo del todo, porque un mal total equivaldría a la desaparición completa del sujeto, y entonces ya no habría nadie de quien predicar la maldad.
La tradición distingue después dos formas de mal, y la Suma las trata de manera muy distinta. El mal de pena es el sufrimiento, el dolor, la enfermedad, la muerte: una privación en el orden natural. El mal de culpa es el pecado: una privación en el orden de la voluntad. El segundo es, para Aquino, incomparablemente más grave que el primero, porque afecta directamente a la relación de la criatura con su fin.
¿De dónde viene el mal, si Dios no lo crea?
La cuestión 49 aborda el punto más delicado: si Dios es causa de todo lo que existe, ¿en qué sentido es o no es causa del mal? La respuesta de Aquino distingue con precisión, y esa distinción es la que sostiene toda su teodicea.
En el orden natural, el mal aparece como efecto secundario de la perfección misma del universo. Un mundo con seres corruptibles incluye necesariamente la corrupción: el león vive porque otro animal muere, la planta crece porque otra se descompone. Dios quiere el orden del conjunto, que incluye la variedad de seres, y de esa variedad se sigue que unos cedan el paso a otros. En este sentido, el mal natural es querido indirectamente, no por sí mismo.
En el orden moral la explicación es distinta, y aquí Aquino es tajante: la causa del pecado es la voluntad creada, que se aparta libremente del orden debido. Dios mueve la voluntad a obrar, pero el defecto de esa obra no procede de Él, del mismo modo que quien mueve una pierna coja causa el movimiento pero no la cojera: la deficiencia viene del instrumento, no del motor. La comparación es del propio Aquino, y resume su posición entera.
Queda entonces la pregunta que todo lector se hace: ¿por qué Dios no impide el mal, si puede? La Suma responde con un principio que se repite a lo largo de la obra: pertenece a la providencia no destruir la naturaleza de las cosas, sino conservarla. Dios podría impedir todo mal, pero solo eliminando muchos bienes que dependen de la posibilidad del mal.
Sin criaturas capaces de fallar no habría criaturas libres; sin adversidad no habría paciencia ni valentía; sin muerte no habría la clase de mundo que existe. La formulación clásica que Aquino toma de Agustín es que Dios permite el mal porque es lo bastante poderoso para sacar de él bienes mayores.
El ejemplo bíblico que la tradición ha usado más para ilustrarlo es la respuesta de José a sus hermanos, cuando les dice que ellos pensaron mal contra él pero que Dios lo encaminó a bien (Génesis 50:20). Ni el mal deja de ser mal, ni el bien que Dios saca de él lo justifica: son dos cosas distintas.
¿Cómo gobierna Dios el mundo según la Suma?
La otra mitad de la respuesta está en el tratado de la providencia, que Aquino coloca en la cuestión 22, dentro del bloque sobre la voluntad divina, y desarrolla luego en las cuestiones 103 a 119 sobre el gobierno del mundo.
Su tesis es que la providencia divina alcanza absolutamente todo, incluidos los detalles más pequeños y los sucesos aparentemente casuales. El argumento se apoya en la causalidad: si Dios es causa del ser de cada cosa, entonces nada existe ni ocurre fuera de su alcance.
Un acontecimiento puede ser casual respecto de las causas creadas —dos personas que se encuentran sin haberlo planeado— sin ser casual respecto de la causa primera, que abarca las dos series. Aquino recuerda aquí las palabras de Jesús sobre los pájaros que no caen sin el conocimiento del Padre y los cabellos contados (Mateo 10:29-30).
Ahora bien, ese gobierno no es un manejo directo de cada pieza. La Suma insiste en que Dios gobierna mediante causas segundas: concede a las criaturas causalidad verdadera y las hace colaborar en su propio gobierno. Eso no rebaja el poder divino, sino que lo manifiesta, porque comunicar la capacidad de causar es más que reservársela. El fuego calienta de verdad, el agricultor cultiva de verdad, la persona decide de verdad, y todo ello dentro del gobierno de Dios.
La cuestión 23, sobre la predestinación, aplica ese esquema a la salvación y es la más discutida del bloque. Aquino sostiene que la predestinación es parte de la providencia, que es gratuita y que no está causada por los méritos previstos de nadie. A la vez niega que exista una predestinación al mal en sentido activo: la reprobación consiste en permitir que alguien caiga por su propia culpa, no en empujarlo a caer. La distinción es fina, y ha sido el terreno de siglos de discusión posterior.
¿Deja esto sitio a la libertad humana?
Este es el punto genuinamente disputado del tema, y conviene presentarlo sin resolverlo, porque cristianos serios y bien informados llevan siglos sin ponerse de acuerdo.
La posición de la Suma es que la libertad humana y la causalidad divina no compiten. Aquino sostiene que Dios mueve a cada ser según su naturaleza propia: a los seres necesarios los mueve necesariamente, y a los voluntarios los mueve voluntariamente, de modo que el acto libre es enteramente de Dios como causa primera y enteramente de la persona como causa segunda. No hay reparto de porcentajes: son dos causalidades de orden distinto, no dos fuerzas tirando de la misma cuerda.
Las objeciones y las respuestas se enfrentan así.
| Objeción | Respuesta desde la posición de la Suma |
|---|---|
| Si Dios mueve la voluntad, la decisión no es realmente mía. | Dios mueve la voluntad de manera que se mueva a sí misma; una moción que produjera un acto no libre no sería moción de una voluntad. |
| Si Dios conoce desde siempre lo que haré, no puedo hacer otra cosa. | El conocimiento divino no es previsión temporal sino visión eterna de todo lo que ocurre; ver algo que sucede no lo hace necesario. |
| Si la predestinación es gratuita, el esfuerzo humano es inútil. | La predestinación incluye los medios, no solo el fin; el esfuerzo y la oración forman parte del modo en que se cumple. |
| Permitir un mal que se puede evitar equivale a quererlo. | Permitir y querer son actos distintos; se permite lo que no se aprueba cuando impedirlo destruiría un bien mayor. |
Fuera del tomismo, otras tradiciones cristianas han resuelto esta tensión de maneras distintas, cargando el acento en la iniciativa divina o en la respuesta humana, y el debate atraviesa la teología católica, la reformada y la ortodoxa con posiciones que no se reducen a bandos simples. Lo honesto es señalar que la Suma ofrece una síntesis coherente, no una demostración que cierre la discusión.
Conviene añadir algo que Aquino nunca pierde de vista: todo esto es una explicación de por qué el mal es compatible con un Dios bueno, no un consuelo para quien está sufriendo. Son dos registros diferentes, y confundirlos hace daño. La Escritura misma dedica un libro entero, el de Job, a mostrar que ante el dolor concreto los argumentos correctos pueden ser una compañía pésima.
¿Qué puede enseñarte hoy esta manera de entender el mal?
Ocho siglos después, el problema del mal según Santo Tomás sigue tocando la pregunta que más gente se hace cuando algo se rompe en su vida. Estas son algunas cosas que este tratado deja para llevarse.
Lo que te hiere no tiene sustancia propia. Decir que el mal es privación no lo hace menos real, pero cambia su estatuto: no es un poder rival de Dios, sino un agujero en algo que era bueno. Lo primero que existe, en tu vida y en el mundo, es el bien; el daño es siempre posterior y parasitario.
No todo lo que ocurre es voluntad de Dios. La distinción entre querer y permitir evita dos consuelos falsos que se dicen a menudo en los velorios. Ni Dios necesitaba ese dolor, ni tenía un plan que lo requiriera. Que Él pueda sacar bien de lo ocurrido no significa que lo haya enviado.
Tu libertad es cara y por eso vale. El precio de poder elegir es poder equivocarse. Si te pesa el mal que has hecho, recuerda que esa misma capacidad de fallar es la que hace que tu amor, cuando eliges bien, sea tuyo y no un automatismo.
Explicar el mal y acompañar el dolor son cosas distintas. Aquino ofrece razones, no consuelo, y no confunde una cosa con otra. Cuando alguien cercano esté sufriendo, la teología correcta rara vez es lo que necesita escuchar primero. La presencia sí.
Nada queda fuera de su alcance, ni siquiera lo que parece casual. La doctrina de la providencia dice que el encuentro fortuito, la puerta que se cerró y el camino que no tomaste no caen fuera del gobierno de Dios. No es una promesa de que todo saldrá como quieres. Es la afirmación de que nada de lo que te pasa sucede en un lugar donde Dios no está.
Referencias y recursos
- Índice de las cuestiones de la Primera Parte, con la providencia (22), la predestinación (23) y el mal (48-49): Suma Teológica, versión web (hjg.com.ar)
- Plan general de la obra y ubicación de cada tratado: Plan de la Suma (Revista Fe y Razón)
- Edición de la Primera Parte con introducciones de los dominicos, incluidas las cuestiones 44 a 49: Suma de Teología, Parte I (Dominicos.org)
- Edición bilingüe latín-español para consultar el texto original: Suma Teológica bilingüe (tomasdeaquino.org)
- Panorama general de la obra y su estructura: Suma teológica (Wikipedia)



