
Publicado en junio 7, 2025, última actualización en agosto 2, 2026.
La segunda pesca milagrosa es uno de los encuentros más entrañables entre Jesús y sus discípulos, y ocurre en un momento muy especial: después de la resurrección. Una noche de pesca infructuosa en el mar de Galilea terminó al amanecer, cuando un desconocido en la orilla les dijo dónde echar la red.
La pesca fue tan grande —ciento cincuenta y tres peces— que apenas podían arrastrarla, y entonces uno de ellos exclamó lo que todos empezaban a intuir: «¡Es el Señor!» (Juan 21:7).
Quizás conozcas este relato, pero guarda más de lo que aparenta: por qué los discípulos habían vuelto a pescar, qué significan esos ciento cincuenta y tres peces contados con tanta precisión, en qué se parece y se diferencia de la primera pesca milagrosa y cómo este desayuno junto al mar preparó la restauración de Pedro.
Retrato Rápido
Tras la resurrección, siete discípulos volvieron a pescar de noche en el mar de Tiberíades y no atraparon nada. Al amanecer, Jesús apareció en la orilla, aunque al principio no lo reconocieron, y les dijo que echaran la red al lado derecho de la barca. La pesca fue tan abundante que no podían sacarla.
El discípulo amado reconoció a Jesús —«¡Es el Señor!»— y Pedro se lanzó al agua para llegar antes. En tierra, Jesús ya había preparado un fuego con pan y pescado, y los invitó a desayunar. Recogieron la red con ciento cincuenta y tres peces grandes, y aun así no se rompió.
Fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar. El relato aparece solo en Juan 21:1-14.
⚖️ Algunos puntos debatidos: El relato es claro, pero un detalle se interpreta de muchas maneras distintas: el significado del número exacto de peces, ciento cincuenta y tres. El artículo presenta las principales lecturas sin inclinar la balanza.
Puntos Clave
Estas son las claves que ayudan a entender el episodio antes de recorrerlo en detalle.
- Ocurrió después de la resurrección, en la tercera aparición de Jesús a sus discípulos (Juan 21:14).
- Los discípulos habían pescado toda la noche sin nada, hasta que Jesús intervino al amanecer.
- La pesca fue extraordinaria: ciento cincuenta y tres peces grandes, y la red no se rompió.
- El discípulo amado reconoció a Jesús y Pedro se lanzó al agua para llegar a él.
- Jesús los recibió con un desayuno ya preparado de pan y pescado en la orilla.
- El encuentro preparó la restauración de Pedro, que ocurre inmediatamente después.
¿Qué pasó exactamente en la segunda pesca milagrosa?
El episodio ocurrió junto al mar de Tiberíades, otro nombre del mar de Galilea, en los días posteriores a la resurrección de Jesús. Siete discípulos estaban juntos, y Pedro dijo: «Voy a pescar». Los demás decidieron acompañarlo, salieron en la barca y estuvieron toda la noche sin conseguir nada (Juan 21:3). Fue una jornada de esfuerzo sin resultado, muy parecida a otras que ya habían vivido.
Al llegar la mañana, Jesús se presentó en la orilla, «pero los discípulos no sabían que era Jesús». Él les preguntó si tenían algo de comer y, al responder que no, les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis». Al hacerlo, la pesca fue tan grande que «ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces» (Juan 21:6). Entonces el discípulo a quien Jesús amaba reconoció lo que ocurría y dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Pedro, al oírlo, se ciñó la ropa y se echó al mar para llegar cuanto antes.
Cuando los demás llegaron a tierra arrastrando la red, encontraron algo inesperado: Jesús ya había encendido un fuego con brasas, con pescado encima y pan, y los invitó: «Venid, comed». Al recoger la red, contaron ciento cincuenta y tres peces grandes, y a pesar de ser tantos, «la red no se rompió» (Juan 21:11).
Ninguno se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. Juan precisa que esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después de haber resucitado.
¿Por qué habían vuelto a pescar los discípulos?
Una pregunta natural es qué hacían los discípulos pescando de nuevo, después de todo lo vivido. Tras la crucifixión y la resurrección, Jesús les había dicho que fueran a Galilea, donde lo verían (Mateo 28:10).
Estando allí, en su tierra, mientras aguardaban, Pedro tomó la iniciativa más natural para un grupo de antiguos pescadores: «Voy a pescar». No hay en el texto un reproche explícito por ello; era, sencillamente, volver a lo que sabían hacer mientras esperaban instrucciones.
Algunos lectores ven en ese regreso a las redes una especie de vuelta atrás, como si los discípulos, desorientados, retomaran su vieja vida. Otros lo entienden de forma más sencilla: hombres que necesitaban ocuparse y sostenerse mientras se aclaraba lo que vendría.
El relato no obliga a elegir entre ambas lecturas, pero deja claro un punto: fuera cual fuera su ánimo, Jesús salió a su encuentro precisamente allí, en medio de su labor cotidiana y de una noche de fracaso.
Ese detalle es parte del mensaje. La noche entera sin pescar recuerda que, sin Jesús, el esfuerzo de los discípulos quedaba vacío, igual que años atrás. Y su aparición al amanecer, justo cuando no habían logrado nada, muestra a un Resucitado que no espera a que sus seguidores tengan todo resuelto, sino que los busca en su rutina, en su cansancio y en su aparente retroceso.
¿Qué significan los 153 peces?
Aquí está el punto que se interpreta de más maneras distintas, y lo honesto es reconocer que no hay consenso. El Evangelio de Juan registra un número muy preciso —ciento cincuenta y tres peces grandes—, y esa exactitud ha llamado la atención de lectores y estudiosos durante siglos. Estas son las principales lecturas que se han propuesto.
La más sencilla es que se trata de un dato de testigo ocular. Los discípulos eran pescadores y contaron su captura, como haría cualquier pescador ante una pesca asombrosa; el número sería simplemente el recuerdo fiel de lo que hubo, sin ningún sentido oculto. Muchos comentaristas se inclinan por esta explicación por su naturalidad.
Otras lecturas ven un simbolismo. Una tradición antigua, atribuida a san Jerónimo, sostenía que en la época se creía que existían ciento cincuenta y tres especies de peces, de modo que el número representaría a todos los pueblos del mundo reunidos en la Iglesia.
Otra, ligada a san Agustín, observa que ciento cincuenta y tres es la suma de todos los números del uno al diecisiete, y buscaba en ello significados relacionados con la ley y la gracia. En una línea parecida, muchos ven en la cifra una imagen de plenitud o universalidad: hay lugar para todos en la red del evangelio.
Conviene presentar todo esto con cautela: son interpretaciones, no afirmaciones del propio texto, que se limita a dar el número. A ellas se suma un detalle que casi todos consideran significativo: «con todo, siendo tantos, la red no se rompió».
A diferencia de la primera pesca milagrosa, donde las redes empezaban a romperse, aquí la red resistió, y muchos lo han leído como una imagen de que la Iglesia tiene cabida para una multitud sin quebrarse.
¿En qué se parece y se diferencia de la primera pesca milagrosa?
Es imposible no notar el eco entre este relato y la primera pesca milagrosa, ocurrida años antes al comienzo del ministerio de Jesús (Lucas 5:1-11).
En ambos casos, los discípulos pasan la noche sin pescar, Jesús les indica dónde echar la red y el resultado es una pesca desbordante que revela su presencia. La semejanza parece deliberada, como si el segundo encuentro estuviera pensado para recordarles el primero.
Pero las diferencias son igual de reveladoras, y conviene distinguir bien ambos episodios para no confundirlos.
| Aspecto | Primera pesca (Lucas 5) | Segunda pesca (Juan 21) |
|---|---|---|
| Momento | Al inicio del ministerio de Jesús | Después de la resurrección |
| Las redes | Empezaban a romperse | La red no se rompió |
| Reacción de Pedro | «Apártate de mí, Señor, soy pecador» | Se lanza al agua para llegar a Jesús |
| Sentido | El llamado: «serás pescador de hombres» | El reencuentro y la restauración |
El contraste dice mucho. En la primera pesca, Pedro se sintió indigno y pidió a Jesús que se apartara; en la segunda, corre hacia él sin dudarlo. Aquella marcó el comienzo de su discipulado; esta, tras haberlo negado tres veces, marca su reencuentro con el Maestro resucitado.
La misma escena —una pesca imposible junto al lago— enmarca así los dos extremos de la historia de Pedro: su llamado y su restauración.
¿Cómo se conecta con la restauración de Pedro?
La segunda pesca milagrosa no termina en el desayuno; es la antesala de uno de los momentos más conmovedores del Evangelio. Justo después de comer, Jesús se dirige a Pedro y le pregunta tres veces: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?» (Juan 21:15-17). Cada respuesta afirmativa de Pedro va seguida de un encargo: «Apacienta mis corderos», «Pastorea mis ovejas», «Apacienta mis ovejas».
La escena está cargada de sentido. Pedro había negado a Jesús tres veces la noche de su arresto, junto a un fuego de brasas. Ahora, junto a otro fuego de brasas, Jesús le da la oportunidad de confesar tres veces su amor, una por cada negación. No hay reproche ni humillación; hay restauración. Jesús no solo perdona a Pedro, sino que le devuelve la confianza y le confía el cuidado de su rebaño.
Vista así, toda la mañana adquiere unidad. La pesca imposible le recordó a Pedro quién era Jesús; el desayuno preparado le mostró su cercanía; y el diálogo final le devolvió su lugar y su misión. La segunda pesca milagrosa es, en el fondo, la historia de cómo el Resucitado busca, alimenta y restaura a alguien que había fallado, para volver a enviarlo a servir.
¿Qué enseña hoy la segunda pesca milagrosa?
La segunda pesca milagrosa sigue hablando porque muestra a un Jesús resucitado que busca a los suyos en la rutina, provee con abundancia y restaura a quienes han fallado. Estas son algunas maneras concretas en que este relato puede iluminar tu fe hoy.
Confía en que Jesús te busca en lo cotidiano. No se apareció en un templo, sino en una playa, a unos pescadores cansados tras una noche sin éxito. Si sientes que tu fe está en pausa o que has vuelto a lo de siempre, este relato asegura que el Resucitado sale a tu encuentro justo ahí, en medio de tu trabajo y tu cansancio.
Recuerda que sin él el esfuerzo se vacía, y con él sobreabunda. Toda la noche sin pescar, y de pronto una red repleta. Cuando sientas que te esfuerzas sin resultado, vale la pena preguntarte si estás echando la red por tu cuenta o siguiendo su palabra; la diferencia entre una y otra cosa puede ser enorme.
Corre hacia Jesús como Pedro. En la primera pesca, Pedro le pidió que se apartara; en esta, se lanzó al agua para llegar antes. La cercanía con Cristo no exige sentirse perfecto, sino querer estar con él. Si has fallado, la respuesta no es esconderte, sino correr a su encuentro.
Cree que ningún fracaso te descalifica para siempre. Pedro había negado a Jesús, y aun así fue restaurado y reenviado a servir. Este relato enseña que Dios no descarta a quienes tropiezan; los perdona, los sana y les confía de nuevo una misión.
Deja que la restauración te lleve a servir. A Pedro, el perdón vino unido a un encargo: cuidar del rebaño. La segunda pesca milagrosa muestra que el amor de Jesús restaura no para dejarnos igual, sino para devolvernos al servicio con un corazón renovado.
Referencias y recursos
- Sobre el significado de los 153 peces: ¿Cuál es el significado de los 153 peces en Juan 21:11? (GotQuestions)
- Estudio del episodio: La segunda pesca milagrosa, Juan 21:1-13 (Escuela Bíblica)
- Comentario del pasaje: Juan 21 – La restauración de Pedro (David Guzik, Blue Letter Bible)
- Texto bíblico completo en español (RVR1995): Juan 21:1-14 en Bible Gateway y Juan 21:15-19 en Bible Gateway






