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La Sanación de Dos Ciegos

Verdad Eterna julio 28, 2026 12 minutos de lectura
La Sanación de Dos Ciegos

Publicado en junio 30, 2025, última actualización en julio 28, 2026.

Dos hombres ciegos fueron los que reconocieron quién era Jesús, mientras la multitud que lo rodeaba con los ojos sanos no lo entendía. Sentados al borde del camino a la salida de Jericó, gritaron un título cargado de significado —«¡Hijo de David, ten misericordia de nosotros!»— y no se callaron aunque la gente intentó silenciarlos.

Esa escena, y otra parecida narrada antes en el mismo evangelio, forman lo que se conoce como la sanación de los dos ciegos.

El relato principal aparece en Mateo 20:29-34, y hay un episodio anterior con otros dos ciegos en Mateo 9:27-31. A su alrededor gira además una de las preguntas más discutidas de los evangelios: ¿fueron dos ciegos o uno solo, como parecen decir Marcos y Lucas?

Contenido

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  • Retrato Rápido
  • Puntos Clave
  • ¿Qué pasó exactamente en la sanación de los dos ciegos?
  • ¿Fueron dos ciegos o uno solo? El caso de Bartimeo
  • ¿Por qué gritaron «Hijo de David»?
  • ¿Por qué ocurrió en Jericó?
  • Los otros dos ciegos: la escena de Mateo 9
  • ¿Qué significan hoy estos milagros?
  • ¿Qué puede enseñarte hoy la sanación de los dos ciegos?
  • Fuentes consultadas

Retrato Rápido

A la salida de Jericó, dos mendigos ciegos oyeron que Jesús pasaba y empezaron a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!». La multitud los reprendió para que se callaran, pero ellos gritaron más fuerte.

Jesús se detuvo, los llamó y les preguntó qué querían; ellos pidieron ver. Movido a compasión, les tocó los ojos, recobraron la vista al instante y lo siguieron. El evangelio de Mateo narra además un episodio anterior, dentro de una casa, con otros dos ciegos a quienes Jesús sanó «conforme a su fe».

⚖️ Algunos puntos debatidos: El retrato general es claro, pero las fuentes discuten un detalle real: Mateo habla de dos ciegos en Jericó, mientras Marcos y Lucas mencionan a uno solo (Bartimeo), y difieren en si ocurrió al entrar o al salir de la ciudad.

Puntos Clave

Antes del detalle, estos son los aspectos que definen los relatos:

  • Fueron los ciegos, no la multitud, quienes «vieron» a Jesús. Lo llamaron «Hijo de David», un título mesiánico, reconociendo con fe lo que muchos con vista no captaban.
  • Su fe se probó en la persistencia. Cuando la gente los mandó callar, gritaron más fuerte; la oposición no los detuvo.
  • Jesús se detuvo por ellos. En medio de una gran multitud camino a Jerusalén, se paró para atender a dos hombres que la sociedad tenía por invisibles.
  • La sanación nació de la compasión y fue instantánea. Les tocó los ojos y «en seguida» recobraron la vista; su primera reacción fue seguirlo.
  • Mateo narra dos escenas distintas de dos ciegos (Mateo 9 y Mateo 20); no son el mismo suceso, y ninguno es idéntico al de Bartimeo.
  • El milagro cumple la profecía de que el Mesías abriría los ojos de los ciegos, y sirve de imagen de la vista espiritual que Cristo devuelve.

¿Qué pasó exactamente en la sanación de los dos ciegos?

La escena mejor detallada ocurre cuando Jesús sale de Jericó rumbo a Jerusalén, seguido por una gran multitud. Dos ciegos están sentados junto al camino, en el sitio donde los mendigos pedían limosna. Al oír el revuelo y enterarse de que pasa Jesús, empiezan a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!». No es un grito cualquiera; el título que usan es una confesión.

La multitud reacciona mal. En lugar de ayudarlos, los reprende para que se callen, como si aquellos dos hombres no merecieran ocupar el tiempo del maestro. Pero ellos no se rinden: «gritaban más, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!». Su insistencia frente al rechazo es justamente lo que el relato destaca como fe.

Entonces Jesús se detiene. En medio del gentío, se para por dos mendigos ciegos, los llama y les hace una pregunta que a primera vista sobra: «¿Qué queréis que os haga?». La respuesta es directa: «Señor, que sean abiertos nuestros ojos».

La pregunta no busca información —era evidente qué necesitaban—, sino que ellos pongan en palabras su deseo y su confianza. Mateo 20:34 cierra la escena: «Entonces Jesús, movido a misericordia, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista; y le siguieron». La curación es inmediata y completa, y la primera reacción de los dos hombres es ponerse a seguir a quien les devolvió la luz.

¿Fueron dos ciegos o uno solo? El caso de Bartimeo

Aquí aparece el punto que los estudiosos discuten desde hace siglos. El mismo episodio de Jericó lo cuentan también Marcos y Lucas, pero con diferencias llamativas. Ninguna afecta el corazón del milagro, pero conviene explicarlas con claridad en lugar de disimularlas.

Relato¿Cuántos ciegos?¿Nombre?¿Entrando o saliendo de Jericó?
Mateo 20:29-34DosNo los nombraAl salir
Marcos 10:46-52UnoBartimeo, hijo de TimeoAl salir
Lucas 18:35-43UnoNo lo nombraAl acercarse

Las fuentes ofrecen dos explicaciones principales, y no son excluyentes. La primera es una cuestión de enfoque: Marcos y Lucas no dicen que hubiera solo un ciego; simplemente concentran el relato en el más conocido, Bartimeo, probablemente el más insistente de los dos y una figura recordada por la comunidad cristiana temprana (por eso Marcos conserva su nombre). Mateo, que a lo largo de su evangelio tiende a mencionar cifras completas, dice que eran dos. Contar a uno no niega que hubiera otro.

La segunda explicación aborda lo de «entrar» o «salir». En el siglo I existían, en la práctica, dos Jericó muy cercanas: las ruinas de la antigua ciudad del Antiguo Testamento y la nueva Jericó construida en época de Herodes a poca distancia. Jesús pudo estar saliendo de una y acercándose a la otra al mismo tiempo, de modo que ambas descripciones serían correctas según cuál ciudad tuviera en mente cada evangelista (GotQuestions).

Sea cual sea la reconstrucción exacta, los tres relatos coinciden en lo esencial: mendigos ciegos junto al camino de Jericó llaman a Jesús «Hijo de David», la gente los reprende, y Jesús los sana y les devuelve la vista.

¿Por qué gritaron «Hijo de David»?

El título que usan los ciegos no es un simple gesto de respeto. «Hijo de David» era una manera concreta de nombrar al Mesías, al descendiente que Dios había prometido al rey David para establecer un reino sin fin, según el pacto recogido en 2 Samuel 7:12-16. Al dirigirse así a Jesús, aquellos hombres no pedían solo una curación: estaban confesando quién creían que era.

Hay una ironía que el relato deja ver sin subrayarla. Los que no podían ver con los ojos reconocieron la identidad de Jesús, mientras buena parte de la multitud que lo miraba de frente no la captaba. La ceguera física de los mendigos contrastaba con una lucidez espiritual que a muchos videntes les faltaba. Esa inversión —el que parece más limitado resulta el que mejor ve— recorre buena parte de los evangelios.

Ese reconocimiento es la raíz de su fe, y la fe es lo que Jesús responde. No los sana por su desesperación ni por el volumen de sus gritos, sino porque, en medio de la necesidad, se acercaron confiando en que Aquel que pasaba era quien podía y quería ayudarlos.

¿Por qué ocurrió en Jericó?

Jericó no era un lugar cualquiera para este encuentro. Situada en el valle del Jordán, cerca del mar Muerto, se la conocía como «la ciudad de las palmeras» (Deuteronomio 34:3): un oasis fértil en medio de una región árida. En tiempos de Jesús, la nueva Jericó edificada por Herodes el Grande incluía un palacio de invierno, y la ciudad quedaba sobre la ruta que subían los peregrinos hacia Jerusalén para las grandes fiestas. Eso explica la «gran multitud» que acompañaba a Jesús: iban camino a la Pascua.

Esa ubicación en una vía de paso concurrida hacía de Jericó un sitio donde los mendigos se apostaban para pedir limosna a los viajeros. Por eso los ciegos estaban allí, junto al camino, en el punto exacto donde podían oír que pasaba alguien importante. El escenario no fue un templo ni una sinagoga, sino el borde polvoriento de una carretera, entre gente de paso.

Hay además una resonancia que muchos lectores han notado a lo largo de la historia: Jericó fue la primera ciudad que el pueblo de Israel tomó al entrar en la tierra prometida bajo el mando de Josué, cuyo nombre hebreo (Yehoshúa) es la misma raíz del nombre de Jesús (Yeshúa).

No conviene forzar el paralelo más allá de lo que el texto dice, pero la coincidencia del lugar y del nombre ha servido a muchos para leer estas sanaciones como una imagen de liberación: donde antaño hubo una victoria sobre murallas, ahora hay una victoria sobre las tinieblas de la ceguera.

Los otros dos ciegos: la escena de Mateo 9

Antes del episodio de Jericó, el evangelio de Mateo narra otra sanación de dos ciegos, y es importante no confundirla con la anterior: son sucesos distintos, en momentos y lugares diferentes. Ocurre justo después de que Jesús resucita a la hija de Jairo. Dos ciegos lo siguen gritando lo mismo que se oiría más tarde en Jericó: «¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!».

Lo particular de esta escena es que Jesús no los sana en la calle, sino que espera a entrar en una casa, en un ambiente más reservado. Allí les hace una pregunta que va directo al núcleo: «¿Creéis que puedo hacer esto?». Ellos responden: «Sí, Señor». Entonces les toca los ojos y pronuncia una frase que resume su manera de obrar: «Conforme a vuestra fe os sea hecho» (Mateo 9:29). Los ojos se abren.

El relato termina con un detalle humano y algo paradójico. Jesús les encarga con firmeza que no cuenten a nadie lo sucedido, pero ellos, incapaces de contener la alegría, «divulgaron la fama de él por toda aquella tierra». Ese encargo de silencio, frecuente en los evangelios, respondía al cuidado de Jesús por el momento y el modo en que se revelaba su identidad; el entusiasmo desbordado de los sanados, comprensible, iba por delante de esa prudencia.

¿Qué significan hoy estos milagros?

Más allá de dos escenas de curación, estos relatos afirman quién es Jesús y cómo actúa. En primer lugar, cumplen una promesa antigua. Los profetas habían anunciado que, cuando llegara la salvación de Dios, «los ojos de los ciegos serán abiertos» (Isaías 35:5), y que el Siervo del Señor vendría «para que abras los ojos de los ciegos» (Isaías 42:7). Al devolver la vista, Jesús no solo ayudaba a unos hombres: mostraba con hechos que esas promesas se estaban cumpliendo en él.

En segundo lugar, la ceguera funciona en el texto como una imagen. El Nuevo Testamento habla de una ceguera que no es de los ojos, sino del entendimiento: 2 Corintios 4:4 describe a quienes no alcanzan a ver «la luz del evangelio». Cada vez que Jesús abría ojos físicos, ilustraba su capacidad de iluminar esa otra oscuridad, la que impide reconocer a Dios y su amor.

Por último, los milagros muestran la lógica constante del actuar de Jesús: la compasión que se mueve a la acción y la fe que abre la puerta. No fueron los méritos de aquellos mendigos los que provocaron la sanación, sino su necesidad reconocida y su confianza. Ese patrón —clamar, confiar, recibir— es el que estos relatos ponen delante de cualquier lector.

¿Qué puede enseñarte hoy la sanación de los dos ciegos?

La sanación de los dos ciegos no es solo una escena junto a un camino polvoriento; deja preguntas que siguen tocando la vida de fe. Estas son algunas reflexiones para llevar a lo cotidiano.

Clama aunque otros te manden callar. Los ciegos fueron reprendidos por la misma multitud que seguía a Jesús, y aun así gritaron más fuerte. Cuando busques a Dios, no faltarán voces —externas o internas— que te digan que no vale la pena, que molestas, que tu necesidad es pequeña. La persistencia de estos hombres muestra que la fe auténtica no se apaga ante el desánimo.

Pon en palabras lo que necesitas. Jesús preguntó «¿qué queréis que os haga?» aunque la respuesta era obvia. A veces el primer paso de la fe es nombrar con honestidad la propia necesidad, en lugar de esperar en silencio a que algo cambie solo. Vale la pena preguntarte qué le pedirías a Jesús si te hiciera hoy esa misma pregunta.

Reconoce tu propia ceguera. El relato usa la ceguera física como espejo de una ceguera más profunda: la que impide ver el amor de Dios, el sentido de la propia vida o las necesidades de quienes están cerca. Admitir «no veo bien esto» no es debilidad, sino el punto donde empieza la restauración.

Deja que lo recibido te ponga en movimiento. Los sanados no volvieron a su rincón: siguieron a Jesús. Lo que Dios abre en tu vida —una comprensión nueva, una carga levantada, una relación restaurada— no es solo para tu alivio, sino para caminar y servir con una mirada distinta.

No dejes fuera a los que otros ignoran. Jesús detuvo una comitiva entera por dos mendigos invisibles para los demás. La sanación de los dos ciegos invita a mirar como él miró: hacia los que la prisa y la multitud dejan al borde del camino, y a detenerte cuando todos siguen de largo.

Fuentes consultadas

  • GotQuestions — ¿Sanó Jesús a uno o a dos ciegos?: https://www.gotquestions.org/one-two-blind-men.html
  • TheBibleSays — Comentario de Mateo 9:27-31: https://thebiblesays.com/en/commentary/mat+9:27
  • Bible.org — The Authority To Give Sight (Matthew 9:27-31): https://bible.org/seriespage/14-authority-give-sight-matthew-927-31
  • Catholic Answers — The Ballad of Blind Bartimaeus: https://www.catholic.com/magazine/online-edition/the-ballad-of-blind-bartimaeus

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