
Publicado en julio 5, 2025, última actualización en julio 27, 2026.
Entre los doce apóstoles, Felipe es de los que hablan poco pero dicen cosas memorables. No es de los nombres que primero vienen a la mente, y sin embargo el Evangelio de Juan lo saca a escena en varios momentos clave, siempre con la misma actitud: la de un hombre práctico, directo y sincero, que hace las preguntas que otros no se atreven a formular.
Si te preguntas quién fue el apóstol Felipe, encontrarás a un discípulo cercano a Jesús cuyas dudas y aciertos lo hacen sorprendentemente humano.
Hay, además, algo que conviene aclarar desde el principio, porque es fuente de mucha confusión: en el Nuevo Testamento aparecen dos hombres llamados Felipe, y no son la misma persona. Este retrato se centra en Felipe el apóstol, uno de los doce, y explica con cuidado en qué se diferencia del otro.
El recorrido sigue su historia, desde su origen en Betsaida hasta la tradición sobre su muerte, distinguiendo con honestidad lo que dice la Biblia de lo que transmite la memoria de la iglesia.
Retrato Rápido
Felipe fue uno de los doce apóstoles de Jesús, natural de Betsaida, la misma ciudad de Pedro y Andrés. Jesús lo llamó directamente, y lo primero que hizo Felipe fue buscar a su amigo Natanael para llevarlo también.
El Evangelio de Juan lo muestra como un hombre práctico en varias escenas, incluida la famosa petición «muéstranos al Padre». No debe confundirse con otro Felipe del Nuevo Testamento, uno de los siete diáconos del libro de los Hechos, que es una persona distinta.
La tradición sostiene que predicó en la región de Frigia y murió mártir en la ciudad de Hierápolis.
⚖️ Algunos puntos debatidos: El retrato bíblico de Felipe es claro, pero su ministerio posterior y su muerte pertenecen a la tradición, y a lo largo de la historia se le ha confundido con el otro Felipe de la Biblia, el diácono.
Puntos Clave
Estos son los aspectos que mejor resumen quién fue este apóstol:
- Era de Betsaida. Provenía de la misma aldea pesquera que los apóstoles Pedro y Andrés.
- Jesús lo llamó de forma directa. A diferencia de otros, Felipe fue buscado personalmente por Jesús, que le dijo «sígueme».
- Acercó a Natanael a Jesús. Nada más ser llamado, invitó a su amigo con la frase «ven y ve».
- Era un hombre práctico y concreto. Ante la multitud hambrienta, calculó de inmediato cuánto costaría alimentarla.
- Hizo una de las preguntas más importantes. Su «muéstranos al Padre» dio pie a una gran enseñanza de Jesús.
- Hay otro Felipe en el Nuevo Testamento. Felipe el diácono, uno de los siete del libro de los Hechos, es una persona distinta con la que suele confundírsele.
¿Quién era el apóstol Felipe?
Felipe era uno de los doce apóstoles, y el Evangelio de Juan precisa que provenía de Betsaida, una aldea de pescadores a orillas del mar de Galilea (Juan 1:44). Ese detalle lo vincula de entrada con otros dos apóstoles, Pedro y Andrés, que eran de la misma ciudad. Como ellos, Felipe pertenecía al mundo humilde y trabajador de Galilea, lejos de los círculos religiosos de Jerusalén.
Su llamado tiene un rasgo distintivo. Mientras que a varios discípulos otros los llevaron ante Jesús, a Felipe lo buscó Jesús en persona. El relato es escueto y contundente: «halló Jesús a Felipe, y le dijo: Sígueme» (Juan 1:43). No hubo intermediarios; fue el propio Maestro quien lo invitó a seguirlo.
Y lo primero que hizo Felipe, recién llamado, define bien su carácter. En lugar de guardarse la noticia, corrió a buscar a su amigo Natanael, a quien la tradición identifica con el apóstol Bartolomé, y le anunció que habían encontrado a aquel de quien escribieron Moisés y los profetas.
Cuando Natanael reaccionó con escepticismo, Felipe no se enredó en discusiones: le respondió con una invitación sencilla y sabia, «ven y ve» (Juan 1:45-46). Así, casi desde el primer momento, Felipe aparece haciendo lo que mejor sabía hacer: acercar a otros a Jesús.
¿Qué papel tuvo Felipe en el ministerio de Jesús?
El Evangelio de Juan reserva a Felipe tres apariciones que, juntas, dibujan a un hombre de mentalidad práctica y de gran sinceridad. La primera ocurre ante la multitud de cinco mil personas hambrientas. Jesús se dirige precisamente a Felipe y le pregunta dónde podrían comprar pan para toda esa gente.
El texto aclara que Jesús lo hacía para probarlo, y la respuesta de Felipe es la de un hombre de cuentas claras: «Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco» (Juan 6:5-7). Su primer impulso fue calcular el costo, medir lo imposible de la situación.
La segunda escena lo muestra como un puente. Unos griegos que habían subido a Jerusalén para la fiesta se acercaron a Felipe con una petición: «Queremos ver a Jesús». Felipe no actuó solo; fue a buscar a Andrés, y juntos llevaron el mensaje al Maestro (Juan 12:20-22). Que aquellos extranjeros lo buscaran a él quizás se deba a su nombre, que era de origen griego, y muestra a Felipe facilitando el acceso de otros a Jesús.
La tercera es la más conocida y sucedió en la última cena. Cuando Jesús hablaba del Padre, Felipe le hizo una petición cargada de anhelo: «Señor, muéstranos el Padre, y nos basta». La respuesta de Jesús se convirtió en una de las enseñanzas más importantes sobre su identidad: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:8-9).
Una vez más, la franqueza de Felipe, su atrevimiento a pedir lo que muchos deseaban en silencio, abrió la puerta a una revelación profunda.
¿Es lo mismo Felipe el apóstol que Felipe el diácono?
Esta es una de las confusiones más frecuentes al estudiar al apóstol Felipe, y aclararla es indispensable para un retrato honesto: en el Nuevo Testamento hay dos hombres llamados Felipe, y no son la misma persona. El primero es Felipe el apóstol, uno de los doce, protagonista de las escenas del Evangelio de Juan.
El segundo aparece más tarde, en el libro de los Hechos: fue uno de los siete hombres elegidos por la iglesia de Jerusalén para servir en la distribución de alimentos, junto con Esteban (Hechos 6:5), y por eso se le conoce como Felipe el diácono.
A este segundo Felipe la Biblia también lo llama «Felipe el evangelista» (Hechos 21:8), y conviene aclarar el término para evitar un malentendido. Aquí «evangelista» no significa que escribiera un evangelio, pues ningún Felipe lo hizo, sino que era un proclamador del evangelio, un predicador. Es el sentido original de la palabra, distinto del que hoy damos a los cuatro evangelistas que redactaron los evangelios. A este Felipe, y no al apóstol, corresponden dos de las historias más hermosas del cristianismo primitivo: la predicación en Samaria (Hechos 8:5-8) y el encuentro con el funcionario etíope al que explicó las Escrituras y bautizó en el camino (Hechos 8:26-40).
Distinguirlos importa, porque muchos textos atribuyen por error al apóstol lo que hizo el diácono. La regla sencilla para no equivocarse es esta: si la historia ocurre durante el ministerio de Jesús, en los evangelios, se trata del apóstol; si ocurre después, en el libro de los Hechos, con Samaria o el etíope, se trata del diácono. Ambos fueron hombres de fe admirables, pero cada uno tiene su propia historia, y este artículo cuenta la del apóstol.
¿Qué hizo Felipe después de la resurrección?
La Biblia sitúa a Felipe el apóstol por última vez entre los doce reunidos en Jerusalén tras la ascensión de Jesús (Hechos 1:13). Desde ese punto, el Nuevo Testamento ya no cuenta su historia, y lo que sigue proviene de la tradición de la iglesia antigua, que conviene leer como memoria transmitida y no como crónica cerrada.
La tradición más constante lo asocia con la región de Frigia, en la actual Turquía, y de manera especial con la ciudad de Hierápolis, un importante centro del mundo antiguo. Allí, según los relatos, Felipe predicó durante sus últimos años y allí encontró la muerte.
Esta memoria recibió un respaldo notable en tiempos recientes: en 2011, un equipo de arqueólogos dirigido por Francesco D’Andria anunció el hallazgo, en Hierápolis, de lo que identificaron como la tumba del apóstol, en el centro de una antigua iglesia rodeada de señales de veneración muy temprana.
Ese hallazgo no prueba por sí solo todos los detalles de la tradición, pero sí muestra que la asociación de Felipe con Hierápolis es muy antigua y que allí se le honró desde los primeros siglos.
Es un buen ejemplo de cómo la arqueología a veces ilumina las tradiciones sobre los apóstoles, aunque sin poder confirmar cada uno de sus pormenores. Lo prudente es presentar su ministerio en Frigia como una tradición sólida y bien arraigada, dejando abiertos los detalles que las fuentes no permiten verificar.
¿Cómo murió el apóstol Felipe?
La tradición sostiene que Felipe murió como mártir en Hierápolis, alrededor del año 80, aunque no todas las versiones describen su muerte de la misma manera.
El relato más difundido cuenta que fue crucificado, y algunas versiones precisan que lo colgaron cabeza abajo, mientras que otras hablan de decapitación. Como ocurre con casi todos los apóstoles fuera del Nuevo Testamento, estos detalles provienen de tradiciones posteriores y no de crónicas verificables, de modo que el modo exacto de su muerte queda como un punto debatido.
Lo que sí gozó de continuidad fue la veneración de su memoria en Hierápolis, donde se levantó un santuario en su honor cuyos restos han salido a la luz en tiempos recientes. Su símbolo en el arte cristiano suele ser una cruz, a veces acompañada de dos panes, en recuerdo de aquella escena de la multiplicación en la que Jesús lo puso a prueba. Su fiesta se celebra el 3 de mayo en Occidente, junto a la del apóstol Santiago el Menor, y el 14 de noviembre en buena parte del cristianismo oriental.
Ese cuidado por conservar su recuerdo durante tantos siglos, y la reciente atención de los arqueólogos a su santuario, hablan del lugar que este apóstol práctico y sincero llegó a ocupar en la iglesia. Aunque los evangelios le dedican pocas líneas, la memoria cristiana no lo olvidó.
¿Qué nos enseña hoy la vida del apóstol Felipe?
Conocer quién fue el apóstol Felipe deja lecciones muy prácticas para la vida de fe, en buena medida porque él mismo era un hombre práctico y directo. Su historia, hecha de preguntas sinceras y de gestos concretos, sigue hablando a cualquiera que quiera seguir a Jesús con los pies en la tierra.
La primera lección brota de su «ven y ve». Cuando Felipe quiso compartir su fe con Natanael, no lo abrumó con argumentos ni entró en debates; lo invitó a acercarse y comprobar por sí mismo. A veces la mejor manera de hablarle a alguien de Jesús no es ganar una discusión, sino tender una invitación sencilla a que lo conozca de cerca.
La segunda nace de su famosa pregunta en la última cena. Felipe se atrevió a pedir «muéstranos al Padre», y esa franqueza le valió una de las respuestas más ricas de Jesús. No tengas miedo de llevar a Dios tus preguntas más hondas; la sinceridad delante de él, lejos de ser una falta, suele ser el camino hacia un conocimiento mayor.
La tercera surge del episodio de los panes. El primer instinto de Felipe fue calcular por qué la tarea era imposible, y no se equivocaba en las cuentas; simplemente miraba solo los recursos a la vista. Su ejemplo invita a recordar que, ante lo que parece imposible, existe un factor que las cuentas no contemplan: lo que Dios puede hacer con lo poco que se le entrega.
La cuarta tiene que ver con la claridad. La confusión histórica entre los dos Felipes enseña, de rebote, el valor de conocer bien la Escritura y de no dar por sentado lo que se repite sin verificar. Acercarse al texto con cuidado, distinguiendo a cada personaje y cada historia, es una forma concreta de honrar la verdad que se cree.
Y la última: no hace falta ser el más prominente para ser fiel. Felipe no fue de los apóstoles más destacados, ni dejó cartas ni grandes discursos, y aun así fue llamado personalmente por Jesús, sirvió con sinceridad y, según la tradición, entregó su vida por el evangelio. Si tu papel te parece pequeño o poco visible, su historia asegura que la fidelidad discreta también cuenta, y mucho, a los ojos de Dios.






