
Publicado en septiembre 10, 2025, última actualización en septiembre 10, 2026.
Pocos grupos aparecen tantas veces en los Evangelios como los escribas, casi siempre nombrados junto a los fariseos y casi siempre en tensión con Jesús. «Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas» es una frase que muchos recuerdan, y que ha dejado la impresión de que un escriba era, por definición, un enemigo del Evangelio. La realidad es más rica y más interesante.
Entender quiénes eran los escribas en la Biblia ayuda a leer el Nuevo Testamento con más claridad. No eran un partido religioso ni una secta, sino los hombres que sabían leer y escribir en una sociedad donde casi nadie podía hacerlo: los que copiaban a mano las Escrituras, las enseñaban y las aplicaban a la vida diaria. Sin ellos, el texto sagrado no habría sobrevivido.
Retrato Rápido
Los escribas eran los expertos en la ley del judaísmo antiguo: hombres formados para copiar, conservar, enseñar e interpretar las Escrituras. Su oficio comenzó como el de secretarios y copistas al servicio del rey y del templo, y después del exilio en Babilonia se transformó en el de guardianes autorizados de la Torá.
En tiempos de Jesús eran maestros respetados, se les llamaba «rabí» y muchos formaban parte del Sanedrín. Aparecen tanto discutiendo con Jesús como, en algún caso, acercándose a él con sinceridad.
✅ Datos firmes: La Biblia y las fuentes históricas ofrecen un retrato claro de quiénes eran los escribas, qué hacían y qué lugar ocupaban. Los pocos matices que se debaten (como la relación exacta entre escribas y fariseos) están bien delimitados y no cambian el cuadro general.
Puntos Clave
Antes de entrar en detalle, estos son los aspectos esenciales que conviene tener presentes sobre los escribas.
- «Escriba» era un oficio, no un partido religioso. La palabra designaba a un experto en las Escrituras, no a un grupo con una postura teológica común como los fariseos o los saduceos.
- Su origen fue el de copistas y secretarios. Antes del exilio eran funcionarios de la corte y del templo que redactaban documentos y copiaban textos sagrados.
- Esdras marcó el giro decisivo. Descrito como «escriba diligente en la ley de Moisés«, encarna el momento en que el escriba pasa de copista a intérprete y maestro de la Torá.
- Eran los intérpretes autorizados de la ley. Copiaban las Escrituras con precisión extrema, las enseñaban en las sinagogas y actuaban como juristas en cuestiones legales y religiosas.
- Muchos escribas eran fariseos, pero no todos. Por eso los Evangelios los nombran juntos con frecuencia, aunque no eran lo mismo.
- Jesús criticó la hipocresía de algunos, no al grupo entero. Junto a las duras palabras de Mateo 23 está el escriba al que Jesús dijo: «No estás lejos del reino de Dios«.
¿Qué era exactamente un escriba en la Biblia?
La palabra hebrea para «escriba» es sofer, que proviene de la raíz que significa «contar» o «escribir», y designaba a quien dominaba el arte de la escritura. En un mundo donde la inmensa mayoría de la población era analfabeta, saber leer y redactar era una habilidad especializada y valiosa, comparable a una profesión técnica de alto nivel. El escriba era, ante todo, el hombre del texto escrito.
En su forma más antigua, mucho antes de Jesús, los escribas eran secretarios y funcionarios al servicio del rey, de los sacerdotes y de la administración. Redactaban cartas y decretos, llevaban registros, ponían por escrito contratos y copiaban documentos oficiales.
El Antiguo Testamento menciona a varios de estos escribas de la corte: Seraías, escriba del rey David (2 Samuel 8:17); Safán, el escriba que leyó ante el rey Josías el libro de la ley hallado en el templo (2 Reyes 22:8-10); y Baruc, el secretario que escribía al dictado del profeta Jeremías (Jeremías 36:4).
Los guardianes del texto sagrado
Junto a esa función administrativa, los escribas asumieron desde muy pronto una tarea que resultaría decisiva: copiar las Escrituras. Como no existía la imprenta, cada rollo de la ley se reproducía a mano, letra por letra, sobre pergamino.
Las fuentes coinciden en que el trabajo era de una meticulosidad extrema: se contaban las letras, las palabras y hasta la letra central de cada libro para asegurar que ninguna copia se apartara del original (GotQuestions).
Ese cuidado casi reverente explica en buena medida por qué el texto bíblico se transmitió con tanta fidelidad a lo largo de los siglos, y por qué al pueblo judío se le llegó a llamar «el pueblo del libro».
¿Cómo se convirtieron los escribas en guardianes de la ley?
El giro decisivo ocurrió durante y después del exilio en Babilonia, en el siglo VI a.C. Con el templo de Jerusalén destruido y el pueblo lejos de su tierra, la vida religiosa dejó de girar en torno a los sacrificios y pasó a apoyarse en el estudio y la lectura de la ley. En ese vacío, el escriba dejó de ser un simple copista para volverse el hombre que conservaba, enseñaba y explicaba la Torá.
La figura que encarna ese cambio es Esdras. La Biblia lo presenta como sacerdote y, sobre todo, como «escriba diligente en la ley de Moisés» (Esdras 7:6). De él se dice que «había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos» (Esdras 7:10). En Esdras aparecen ya las tres tareas que definirían al escriba: estudiar la ley, vivirla y enseñarla.
La escena que mejor muestra este nuevo papel está en Nehemías. Tras el regreso del exilio, Esdras se sube a un púlpito de madera, abre el libro de la ley a la vista de todo el pueblo y lo lee en voz alta desde el amanecer hasta el mediodía, mientras otros levitas «ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura» (Nehemías 8:1-8).
Aquí el escriba ya no solo copia el texto: lo interpreta para que la gente lo comprenda. Los historiadores sitúan en este período el nacimiento del escriba como clase profesional, gradualmente separada del sacerdocio y dedicada por entero al estudio de la ley (Enciclopedia Católica).
¿Qué funciones cumplían los escribas?

Para tiempos del Nuevo Testamento, el escriba desempeñaba varias funciones a la vez, todas ligadas al texto sagrado pero con alcances muy distintos. No era solo un erudito de biblioteca: su trabajo tocaba la vida cotidiana de la gente en el terreno legal, educativo y religioso.
Estas eran sus tareas principales, que conviene distinguir para entender el peso que tenían en la sociedad.
- Copiar y conservar las Escrituras. Seguían reproduciendo a mano los rollos de la ley y los profetas con la precisión heredada de siglos, garantizando que el texto llegara intacto a la siguiente generación.
- Enseñar la ley al pueblo. Eran los maestros por excelencia. Formaban discípulos, enseñaban en las sinagogas y explicaban el sentido de los mandamientos, lo que les valía el trato respetuoso de «rabí», es decir, «maestro».
- Interpretar y aplicar la ley. Su labor no se limitaba a leer el texto, sino a decidir cómo cumplirlo en cada situación concreta. De ahí surgió un enorme cuerpo de tradiciones orales y reglas prácticas que rodeaba a la ley escrita.
- Actuar como juristas y jueces. Como expertos reconocidos, muchos escribas integraban el Sanedrín, el consejo supremo judío, y tomaban parte en decisiones legales y judiciales.
El riesgo de la letra sin espíritu
Ese trabajo de interpretación, valioso en sí mismo, encerraba un peligro que las fuentes señalan con claridad. Al multiplicar reglas para «proteger» la ley, algunos escribas fueron levantando una muralla de prescripciones minuciosas que, con el tiempo, terminó pesando más que la ley misma.
La tradición de los ancianos —esa acumulación de normas orales— llegó a colocarse a la altura de la Escritura o incluso por encima de ella (Enciclopedia Católica). Ya el profeta Jeremías había advertido contra «la pluma mentirosa de los escribas» que torcía el sentido del texto (Jeremías 8:8).
Ese desequilibrio entre la norma externa y el corazón de la ley será, más adelante, el centro del conflicto con Jesús.
¿Eran lo mismo los escribas y los fariseos?
No, no eran lo mismo, aunque los Evangelios los nombren juntos una y otra vez. Esta es una de las confusiones más comunes al leer el Nuevo Testamento, y aclararla cambia bastante la forma de entender los relatos. La diferencia es sencilla una vez que se ve.
«Escriba» era una profesión; «fariseo» era un partido religioso. El escriba se definía por lo que sabía hacer: dominar, copiar, enseñar e interpretar la ley. El fariseo, en cambio, se definía por lo que creía: pertenecía a un movimiento religioso con posturas propias, como la fe en la resurrección, en los ángeles y en la autoridad de la tradición oral. Se podía ser lo uno, lo otro, o ambas cosas a la vez.
De hecho, muchos escribas eran fariseos, pero no todos. Buena parte de los escribas compartían las ideas del partido fariseo y por eso aparecen juntos con tanta frecuencia; los Evangelios llegan a hablar de «los escribas de los fariseos» (Marcos 2:16). Pero también había escribas vinculados a los saduceos, el grupo sacerdotal rival. La siguiente tabla resume la distinción.
| Aspecto | Escribas | Fariseos |
|---|---|---|
| Qué eran | Un oficio: expertos en la ley | Un partido religioso con doctrina propia |
| Se definían por | Su conocimiento y su función | Sus creencias y su estilo de vida |
| Función principal | Copiar, enseñar e interpretar la ley | Vivir con rigor la ley y la tradición oral |
| Relación entre sí | Muchos escribas eran fariseos | Muchos fariseos no eran escribas |
Cuando Jesús dice «si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 5:20), no está confundiendo dos nombres para lo mismo: está señalando a los dos grupos que, juntos, representaban la cúspide de la observancia religiosa de su tiempo.
¿Por qué Jesús criticó a los escribas?
Jesús confrontó a los escribas por un problema concreto: haber puesto la tradición humana y la apariencia externa por encima del corazón de la ley de Dios. La crítica no era contra el saber ni contra el oficio, sino contra el uso que algunos hacían de su posición. El propio Jesús enseñaba «como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Marcos 1:22), un contraste que ya decía mucho.
El texto más fuerte está en Mateo 23, donde Jesús pronuncia una serie de «ayes» contra «escribas y fariseos, hipócritas».
Allí los reprende por cargar sobre la gente pesos difíciles de llevar sin mover ellos un dedo, por buscar los primeros asientos y los saludos en las plazas, por cuidar el diezmo de la menta y el comino descuidando «lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe» (Mateo 23:23). El reproche apunta a la incoherencia entre lo que enseñaban y lo que vivían.
No todos los escribas eran enemigos de Jesús
Conviene no leer Mateo 23 como una condena de todos los escribas sin excepción. El mismo Jesús reconoció que enseñaban cosas verdaderas: «así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo» (Mateo 23:3). El problema era la hipocresía de algunos, no el conocimiento de la ley en sí mismo.
El mejor ejemplo es el escriba que se acercó a Jesús para preguntarle cuál era el mandamiento más importante. Cuando Jesús respondió con el amor a Dios y al prójimo, el escriba no discutió: aprobó la respuesta y añadió que amar así «vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, al ver que había respondido con sabiduría, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios» (Marcos 12:28-34). Aquí no hay reproche, sino cercanía. Del mismo modo, Jesús habló de «todo escriba docto en el reino de los cielos» como de un dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas (Mateo 13:52), una imagen claramente positiva.
El retrato honesto, entonces, no endiosa ni demoniza al grupo: reconoce su enorme valor y también el peligro real en el que cayeron algunos de sus miembros.
¿Qué pueden enseñarnos hoy los escribas?
La historia de los escribas sigue hablando mucho más allá del dato antiguo. Detrás de aquellos hombres del texto sagrado hay lecciones que tocan de cerca la forma en que cada creyente se relaciona con la Palabra de Dios y con los demás. Estas son algunas que vale la pena llevar a la vida diaria.
El conocimiento sin amor no basta. Entender quiénes eran los escribas en la Biblia deja claro que se puede saber mucho de la Escritura y aun así quedar lejos de su corazón. El estudio serio de la Palabra es valioso, pero solo cumple su propósito cuando conduce al amor a Dios y al prójimo, no al orgullo ni al desprecio de otros.
Cuida que la tradición no ahogue al Evangelio. Los escribas empezaron protegiendo la ley y terminaron, algunos, enterrándola bajo reglas humanas. En tu propia vida de fe, las costumbres y formas religiosas son útiles mientras sirvan al mensaje; se vuelven un peso cuando ocupan el lugar de lo esencial: la justicia, la misericordia y la fe.
La coherencia importa más que la apariencia. Lo que Jesús reprochó no fue lo que los escribas sabían, sino la distancia entre lo que enseñaban y lo que hacían. Vale la pena preguntarte con honestidad si tu vida diaria confirma aquello que dices creer.
Nunca estás demasiado «sabio» para acercarte a Jesús. El escriba de Marcos 12 tenía toda la formación del mundo y, sin embargo, se acercó con una pregunta sincera y recibió una de las frases más esperanzadoras del Evangelio. La honestidad ante Dios abre puertas que ningún título cierra.
Cada creyente es hoy guardián de la Palabra. Los escribas conservaron y transmitieron el texto que hoy tienes en las manos. Esa herencia invita a leer, cuidar y transmitir la Escritura con el mismo respeto, pero también con la libertad de dejar que su mensaje transforme el corazón, que era justamente lo que a algunos escribas les faltó.






