
Durante los primeros siglos, el cristianismo no era un edificio terminado del que algunos se salían: era una discusión abierta sobre qué significaba exactamente lo que se acababa de anunciar. De esa discusión salieron movimientos cristianos desaparecidos que llegaron a ser mayoritarios en regiones enteras, con obispos, liturgias y mártires propios, y que hoy no existen.
Los movimientos cristianos desaparecidos aparecen citados de pasada en cualquier historia de la Iglesia y casi nunca se explican. Vale la pena hacerlo, porque las respuestas que hoy se dan por evidentes —qué libros forman la Biblia, quién es Cristo, qué hace válido un sacramento— se formularon en buena parte discutiendo con ellos.
Lo que sigue recorre cinco de esos movimientos: qué enseñaban, por qué convencieron a tanta gente y qué quedó de la discusión que provocaron.
Retrato Rápido
Cinco movimientos marcaron el pensamiento cristiano y desaparecieron.
- Los marcionitas, en el siglo II, rechazaron el Antiguo Testamento y elaboraron el primer canon conocido.
- Los montanistas, en la misma época, anunciaron una nueva era del Espíritu con profecía continuada.
- Los donatistas, en el norte de África del siglo IV, sostuvieron que un sacramento administrado por un ministro indigno es inválido.
- Los arrianos, en el mismo siglo, negaron que el Hijo fuera Dios en el mismo sentido que el Padre, y estuvieron a punto de imponerse.
- Y los cátaros, en el siglo XIII, revivieron un dualismo entre espíritu y materia que terminó en una cruzada.
⚖️ Algunos puntos debatidos: Los hechos y las fechas están documentados. La dificultad es que de casi todos ellos conocemos sus doctrinas a través de los escritos de sus adversarios, porque sus propios textos fueron destruidos, lo que obliga a la prudencia al describirlos.
Puntos Clave
- La ortodoxia se definió discutiendo. Buena parte de lo que hoy se cree se formuló para responder a estos movimientos.
- Marción provocó el primer canon: su lista recortada obligó a las demás iglesias a decir cuál era la suya.
- El montanismo puso sobre la mesa la profecía continuada, una pregunta que sigue viva en el cristianismo actual.
- Los donatistas planteaban un problema práctico enorme: si la validez de un sacramento depende de la santidad del ministro, nadie puede estar seguro de nada.
- El arrianismo no fue un grupo marginal: durante décadas contó con emperadores y con la mayoría de los obispos de Oriente.
- De casi todos ellos solo conservamos la versión de sus adversarios, y eso obliga a leer las descripciones con cuidado.
Los movimientos cristianos desaparecidos del siglo II: marcionitas y montanistas
Marción: el Dios del Antiguo Testamento no es el mismo
Marción era hijo de un obispo y un armador acomodado del mar Negro que llegó a Roma hacia el año 140 y entregó una donación considerable a la iglesia de la ciudad. Hacia 144 fue expulsado y le devolvieron el dinero.
Su tesis era radical: el Dios que aparece en el Antiguo Testamento, creador del mundo material y celoso de su ley, no puede ser el Padre bondadoso que anuncia Jesús. Concluyó que eran dos, y que Cristo vino a revelar a un Dios desconocido hasta entonces. En consecuencia rechazó entero el Antiguo Testamento, y compuso una Escritura propia con una versión abreviada del evangelio de Lucas y diez cartas de Pablo, el único apóstol que a su juicio había entendido el mensaje (qué enseñaba Marción).
Sus comunidades se extendieron por todo el imperio y duraron siglos en Oriente. Y su efecto fue el contrario del que buscaba: al publicar una lista, obligó a las demás iglesias a precisar la suya, y ese es el primer paso del proceso que el sitio cuenta en quién compiló la Biblia.
Montano: la nueva profecía
Hacia el año 160, en Frigia, un hombre llamado Montano y dos mujeres, Priscila y Maximila, empezaron a profetizar en éxtasis, anunciando que había comenzado la era del Espíritu prometido y que la Jerusalén celestial descendería en una aldea de Asia Menor.
El movimiento no negaba ninguna doctrina central: su desafío era otro. Sostenía que la revelación no se había cerrado con los apóstoles, exigía una moral rigurosa —ayunos severos, prohibición de segundas nupcias, prohibición de huir de la persecución— y otorgaba autoridad profética a mujeres.
Su conquista más llamativa fue Tertuliano, el escritor cristiano latino más brillante de su tiempo, que acabó uniéndose a ellos por considerar que la iglesia mayoritaria se había vuelto acomodaticia. Las iglesias respondieron insistiendo en que la revelación tiene un límite y en que el discernimiento corresponde a la comunidad y a sus obispos, no al profeta individual. Es la misma tensión que reaparece cada vez que surge un movimiento carismático, incluida la discusión moderna que el sitio trata en cesacionismo y continuacionismo.
Donatistas: la iglesia de los puros
Tras la persecución de Diocleciano, en el norte de África quedó una pregunta ardiente: qué hacer con los obispos que habían entregado las Escrituras a las autoridades para salvar la vida. Un sector consideró que aquellos hombres habían perdido toda autoridad y que los sacramentos administrados por ellos no valían nada, ni tampoco los administrados por quienes los habían ordenado (qué defendían los donatistas).
De ahí nació una iglesia paralela, con sus propios obispos, que llegó a ser mayoritaria en varias regiones y que se identificaba además con la población local frente a la administración imperial.
Agustín de Hipona dedicó años a discutir con ellos, y su respuesta fijó la doctrina posterior: la eficacia de un sacramento no depende de la santidad de quien lo administra, sino de Cristo, porque de otro modo ningún creyente podría estar seguro de su propio bautismo. La disputa terminó por decreto imperial en 412 y con el paso de los siglos el conflicto se apagó, aunque el problema de fondo —si la iglesia es una comunidad de puros o un lugar donde conviven trigo y cizaña— sigue reapareciendo.
Arrianos: el Hijo no es igual al Padre
Hacia 318, un presbítero de Alejandría llamado Arrio sostuvo que el Hijo, aunque anterior a todo lo creado y agente de la creación, era una criatura del Padre y no Dios en el mismo sentido. Su lema circulaba en canciones populares: hubo un tiempo en que el Hijo no existía.
Conviene decir lo que casi nunca se dice: Arrio afirmaba la preexistencia de Cristo y que Dios hizo el mundo por medio de él, igual que su adversario Atanasio. El desacuerdo no era si Cristo era grande, sino si era Dios por naturaleza o la primera de las criaturas. Sin ese matiz no se entiende por qué hizo falta un concilio.
El concilio de Nicea, en 325, lo condenó y formuló que el Hijo es «de la misma sustancia» que el Padre. Pero el asunto no se cerró allí: durante buena parte del siglo IV, emperadores y mayorías episcopales se inclinaron por posturas arrianas o intermedias, y Atanasio pasó diecisiete años en el destierro. Además, los pueblos germánicos evangelizados en ese periodo —godos, vándalos, lombardos— fueron arrianos durante siglos, y en la península ibérica el reino visigodo no abandonó el arrianismo hasta el año 589. La discusión completa está en la Trinidad.
Cátaros: el mundo material como obra del mal
Mucho después, en los siglos XII y XIII, se extendió por el sur de Francia y el norte de Italia un movimiento que retomaba el viejo dualismo: el mundo material es obra de un principio malo, el alma está atrapada en el cuerpo y la salvación consiste en liberarse de la materia.
Sus creyentes llevaban una vida ordinaria y sus «perfectos» practicaban una austeridad extrema: vegetarianismo, castidad y pobreza. Ese contraste con el clero acomodado de la época explica buena parte de su éxito entre la nobleza y los artesanos del Languedoc.
La respuesta fue de dos tipos. Por un lado, la predicación itinerante y pobre, que está en el origen de la orden fundada por Domingo de Guzmán. Por otro, la cruzada albigense, convocada en 1209, que devastó la región durante veinte años, y la inquisición pontificia creada en parte para perseguir sus restos. El movimiento desapareció por completo en el siglo XIV.
¿Qué puede enseñarte esta historia?
Conocer los movimientos cristianos desaparecidos cambia la forma de mirar las discusiones actuales. Cuatro consecuencias concretas.
La ortodoxia no cayó del cielo: se peleó. Casi todas las formulaciones que hoy se recitan sin pensar nacieron respondiendo a alguien concreto en una situación concreta. Saber a quién respondían las hace mucho más comprensibles.
Las herejías no fueron ideas absurdas. Convencieron a obispos, emperadores y regiones enteras, y algunas planteaban problemas reales que la respuesta ortodoxa tuvo que resolver de verdad. Tratarlas como disparates impide entender por qué hizo falta un concilio.
Los perdedores no escriben la historia. De casi todos estos grupos conocemos solo lo que dijeron sus adversarios. Eso no significa que las condenas fueran injustas, pero sí obliga a describirlos con cautela.
Y algunas preguntas nunca se cierran del todo. Si la profecía continúa, si la iglesia debe ser de puros, qué hacer con el Antiguo Testamento: son debates que reaparecen en cada generación con ropa nueva. Reconocerlos ahorra pensar que se está inventando algo.
El sitio trata de cerca otras piezas de esta historia: quién compiló la Biblia, la Trinidad, la iglesia primitiva e historia y desarrollo de la Iglesia Católica.
Este artículo forma parte de la guía de los tipos de iglesias cristianas del sitio, ordenada desde la Iglesia indivisa hasta los movimientos surgidos en los últimos dos siglos.



