
Publicado en agosto 28, 2025, última actualización en agosto 6, 2026.
Dos hombres suben al templo a orar el mismo día. Uno es admirado por todos: cumple la ley al pie de la letra, ayuna, diezma, es un modelo de religiosidad. El otro es despreciado por todos: cobra impuestos para Roma, vive del abuso, es visto como un traidor. Cualquiera de la audiencia de Jesús habría apostado sin dudar por cuál de los dos salía bien parado ante Dios. Y Jesús invierte por completo el resultado.
Ahí está la fuerza de esta historia. El significado de la parábola del fariseo y el publicano no es un elogio de la mala vida ni un ataque a la piedad, sino una radiografía de dos maneras de pararse delante de Dios: la del que confía en lo que él mismo ha logrado y la del que solo puede pedir misericordia.
Quizás conoces esta parábola por la frase «el que se humilla será enaltecido», o por la oración del publicano que golpea su pecho. Aquí se presenta el retrato completo: qué cuenta el relato, a quién se lo dirigió Jesús, qué representaban un fariseo y un publicano para su audiencia, cómo se ha entendido y qué enseña hoy sobre la humildad y la gracia.
Retrato Rápido
Un fariseo y un recaudador de impuestos suben al templo a orar. El fariseo, de pie, agradece a Dios no ser como los demás y enumera sus méritos: ayuna, diezma, no es injusto ni adúltero.
El publicano, en cambio, ni se atreve a levantar los ojos; se golpea el pecho y solo dice: «Dios, sé propicio a mí, pecador». Jesús concluye que fue este último, y no el religioso, quien volvió a su casa justificado, porque «cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
La enseñanza contrasta la autosuficiencia orgullosa con la humildad que reconoce su necesidad de Dios.
Referencia bíblica principal: Lucas 18:9-14. Es exclusiva del Evangelio de Lucas.
Indicador de certeza: ✅ Interpretación clara. El sentido central de la parábola —Dios acoge al pecador humilde y rechaza la autojustificación orgullosa— es claro y compartido por las tradiciones cristianas. Solo el alcance teológico de la palabra «justificado» recibe matices distintos, sin que ello altere el mensaje.
Puntos Clave
- La parábola fue contada «a unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros» (Lucas 18:9): ese es su blanco exacto.
- El fariseo representaba lo mejor de la religiosidad de su tiempo; el publicano, lo más despreciado. Jesús invierte por completo las expectativas de su audiencia.
- La oración del fariseo se centra en sí mismo y en la comparación con otros; la del publicano, en su necesidad de misericordia.
- La súplica del publicano, «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18:13), es el modelo de oración humilde que Dios acepta.
- El veredicto de Jesús es que el publicano «descendió a su casa justificado» (Lucas 18:14), no el religioso admirado.
- El principio final —»el que se humilla será enaltecido«— resume una constante del Evangelio: Dios resiste al orgulloso y da gracia al humilde.
¿Qué cuenta la parábola del fariseo y el publicano?
Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba así consigo mismo: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano» (Lucas 18:11-12). Su oración es, en realidad, un inventario de virtudes y una comparación en la que él siempre queda por encima.
El publicano, en cambio, se quedó a distancia. Ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo. Golpeándose el pecho —un gesto de dolor profundo—, decía: «Dios, sé propicio a mí, pecador». No presenta méritos porque no cree tener ninguno que ofrecer; solo pide misericordia.
Y entonces llega la sentencia de Jesús, que desarma a la audiencia: «os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Lucas 18:14).
El que todos daban por rechazado vuelve a casa en paz con Dios; el que todos admiraban, no. Conviene notar lo que la parábola no dice: no dice que las obras del fariseo estuvieran mal en sí mismas —ayunar y diezmar son buenos—, ni que el pecado del publicano no importara. Dice que la actitud del corazón ante Dios es lo que marca la diferencia.
¿A quién y por qué se la contó Jesús?
Lucas indica el destinatario con una precisión poco común. Jesús dirigió esta parábola «a unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros» (Lucas 18:9). No es una enseñanza general sobre la oración, sino un dardo dirigido a una actitud concreta: la autosuficiencia religiosa que se cree mejor que los demás.
La parábola aparece justo después de la de la viuda importuna, que trataba también sobre la oración. Juntas forman una pareja: la primera enseña a orar con perseverancia; la segunda, a orar con humildad. Y ambas se sitúan en un tramo del Evangelio donde Jesús insiste una y otra vez en que el reino de Dios se recibe como los niños, sin méritos que presentar, solo con manos vacías dispuestas a recibir.
El porqué es tan actual como entonces. Jesús no ataca la devoción ni las buenas obras; ataca la trampa de creer que esas obras nos hacen superiores y nos ganan a Dios. El fariseo de la parábola no ora de verdad: se felicita a sí mismo en presencia de Dios. Su religión, en lugar de acercarlo al Señor y a los demás, lo separa de ambos. La parábola desnuda ese peligro, un peligro que acecha precisamente a las personas más religiosas.
¿Qué representaban un fariseo y un publicano para su audiencia?
Para captar el impacto de la parábola hay que recuperar lo que estas dos figuras significaban en el siglo I, porque hoy las palabras han perdido su carga.
Los fariseos eran un movimiento de laicos piadosos, admirados por su compromiso con la ley de Dios. Cuidaban cada detalle de la Torá, ayunaban más de lo obligatorio y diezmaban con escrupulosidad. Para la mayoría de los judíos, un fariseo era un ejemplo de fidelidad religiosa, la clase de persona que uno esperaría ver bendecida por Dios. No eran los villanos de caricatura que a veces imaginamos; eran gente seria y respetada.
Los publicanos, en cambio, eran de lo más despreciado de la sociedad. Recaudaban impuestos para el poder ocupante de Roma, a menudo cobrando de más para enriquecerse, y por eso se los veía como traidores a su propio pueblo y colaboradores del opresor. Estaban socialmente marcados como pecadores públicos; nadie esperaba nada bueno de ellos ante Dios.
Con esos dos personajes, la audiencia tenía una expectativa clarísima: el fariseo saldría justificado, el publicano no. Que Jesús diera la vuelta al resultado era escandaloso. No estaba diciendo que ser publicano fuera bueno, sino que la posición de una persona ante Dios no se mide por su reputación religiosa, sino por la verdad de su corazón.
Al elegir a un publicano como el que vuelve justificado, Jesús proclamaba que la puerta de la misericordia está abierta incluso para quien la sociedad daba por perdido, y advertía que puede quedarse fuera quien se cree con el lugar asegurado.
¿Cómo se ha interpretado la parábola del fariseo y el publicano?
Pocas parábolas tienen un mensaje tan universalmente compartido. Todas las tradiciones cristianas la leen del mismo modo en lo esencial: Dios acepta al pecador que se humilla y reconoce su necesidad, y rechaza la autojustificación de quien confía en sus propios méritos. La humildad es el camino, el orgullo espiritual es el obstáculo. En eso no hay debate.
El único punto donde asoman matices distintos es en la palabra «justificado«. El publicano «descendió a su casa justificado», y ese término tiene un peso especial en la teología cristiana.
Distintas tradiciones lo han desarrollado con acentos propios: algunas subrayan que la justificación es un don totalmente gratuito que Dios declara sobre el pecador que se acoge a su misericordia; otras la entienden ligada también a la transformación real que la gracia produce en la persona.
La discusión, sin embargo, pertenece al terreno de la teología sistemática y no nace de esta parábola en concreto; el relato mismo se limita a mostrar quién vuelve a casa en paz con Dios y por qué.
Sobre lo que todas las lecturas coinciden es en la advertencia de fondo: el mayor riesgo espiritual no es el pecado evidente del publicano, que él mismo reconoce, sino el orgullo escondido del fariseo, que ni siquiera lo ve.
Por eso la parábola ha sido leída a lo largo de los siglos como un espejo incómodo, sobre todo para las personas devotas, capaz de descubrir el farisaísmo sutil que puede anidar en cualquier corazón religioso.
¿Cuál es el mensaje central de la parábola?
El mensaje central se puede decir en una frase: ante Dios, lo que cuenta no es lo que has logrado, sino cómo te presentas. El fariseo llega con las manos llenas de méritos y se va vacío; el publicano llega con las manos vacías y se va lleno. La diferencia no está en la conducta pasada de cada uno, sino en la postura de su corazón en ese momento delante de Dios.
La oración de cada hombre lo revela todo. El fariseo habla «consigo mismo»: su oración es un monólogo de autoelogio en el que Dios apenas es el público. El publicano, en cambio, se dirige de verdad a Dios y le pide lo único que necesita, misericordia. Uno se compara con los demás para sentirse superior; el otro no mira a nadie más porque solo tiene ojos para su propia necesidad y para la gracia de Dios.
De ahí el principio que Jesús deja grabado: «cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido». No es una técnica para manipular a Dios fingiendo humildad, sino una descripción de cómo funciona su reino. Dios resiste al orgulloso porque el orgullo cierra la puerta a la gracia, y acoge al humilde porque la humildad la abre de par en par.
En eso consiste el significado de la parábola del fariseo y el publicano: la certeza de que nadie está tan perdido que no pueda volver justificado a casa si pide misericordia, y nadie tan seguro que no pueda quedarse fuera por confiar en sí mismo.
¿Qué puede enseñarte hoy la parábola del fariseo y el publicano?
Esta parábola tiene una manera incómoda de encontrar a cada lector, porque el orgullo espiritual rara vez se reconoce a sí mismo. Estas son algunas reflexiones para tu propia vida de fe.
Examina el fondo de tus oraciones. Vale la pena preguntarte a quién le hablas cuando oras: ¿a Dios, o a ti mismo? La oración del fariseo estaba llena de «yo», y la del publicano, de Dios. Una oración honesta empieza por reconocer quién eres tú y quién es él, no por repasar tus logros.
Cuídate de la comparación. El pecado del fariseo no fue ayunar ni diezmar, sino mirar por encima del hombro a los demás. Hoy es fácil caer en lo mismo, midiéndote contra otros para sentirte mejor. La parábola te invita a soltar esa vara: tu lugar ante Dios no depende de quedar por encima de nadie.
Acércate con las manos vacías. El publicano no tenía méritos que ofrecer, y precisamente por eso pudo recibir. Ante Dios, reconocer tu necesidad no te descalifica; es lo único que te abre a su gracia. No tienes que impresionarlo; solo tienes que pedirle misericordia.
Deja que tus buenas obras te acerquen, no que te separen. Ayunar, dar, servir y orar son buenos, pero pueden volverse trampa si empiezan a hacerte sentir superior. Que tu vida de fe te lleve a más humildad y más compasión hacia los demás, no a más distancia.
Recuerda que la puerta sigue abierta. Si alguna vez te has sentido como el publicano —marcado, indigno, lejos—, la parábola tiene para ti la mejor noticia: ese fue precisamente el que volvió justificado a casa. El significado de la parábola del fariseo y el publicano es, al final, una invitación humilde y esperanzada: acércate a Dios como eres, pide misericordia, y descubre que él recibe siempre al corazón que se humilla.



