
Publicado en julio 24, 2025, última actualización en julio 15, 2026.
La sanación del endemoniado ciego y mudo es un milagro breve en el texto, pero con consecuencias enormes: desató la acusación más grave que los fariseos lanzaron contra Jesús, la de expulsar demonios con poder del diablo. El hombre sufría tres males a la vez —posesión, ceguera y mudez—, y Jesús lo restauró de una sola vez.
Quizás lo conozcas más por lo que vino después, la controversia de Beelzebú, que por el milagro en sí.
Retrato Rápido
Trajeron ante Jesús a un hombre poseído por un demonio, ciego y mudo. Jesús lo sanó, y el hombre quedó viendo y hablando. La multitud se asombró y preguntó si Jesús sería «el Hijo de David», mientras los fariseos lo acusaron de expulsar demonios por Beelzebú, príncipe de los demonios.
Jesús respondió con la lógica del «reino dividido contra sí mismo» y advirtió sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo.
⚖️ Algunos puntos debatidos: La sanación del hombre ciego y mudo solo la cuenta Mateo; la controversia de Beelzebú que la sigue aparece en los tres evangelios sinópticos, con algunas diferencias.
Puntos Clave
Antes de entrar en la escena, conviene fijar lo esencial de este milagro.
- Un hombre con tres males. El hombre estaba endemoniado, ciego y mudo a la vez, una combinación que no aparece en ningún otro milagro.
- Sanación instantánea y completa. Mateo la relata en una sola frase: quedó viendo y hablando (Mateo 12:22).
- El pueblo pensó en el Mesías. La multitud se preguntó si Jesús era «el Hijo de David», un título mesiánico.
- Los fariseos lo atribuyeron al diablo. Dijeron que expulsaba demonios por Beelzebú, príncipe de los demonios.
- Jesús respondió con lógica. Un reino dividido contra sí mismo no puede sostenerse; Satanás no expulsa a Satanás.
- Aquí aparece la advertencia sobre la blasfemia contra el Espíritu. La respuesta de Jesús incluye una de sus advertencias más serias.
¿Dónde aparece este milagro y en qué momento ocurrió?
La sanación del hombre ciego y mudo la registra únicamente Mateo, en Mateo 12:22-37. Conviene precisarlo, porque la controversia que viene después —la acusación de Beelzebú— sí aparece en los tres evangelios sinópticos (también en Marcos 3 y Lucas 11), aunque Lucas menciona solo a un hombre mudo, sin la ceguera. Es decir: el episodio de la triple aflicción es propio de Mateo, y el debate que provoca es compartido.
El momento importa. Mateo sitúa la escena en un tramo de creciente tensión entre Jesús y los líderes religiosos, dentro de una serie de confrontaciones que irán marcando el rumbo hacia la cruz.
Importante notar que Jesús procediera con la sanación aun sabiendo la reacción que provocaría: el milagro no se hace en un momento neutral, sino justo cuando el conflicto se está agudizando, y aun así atiende al hombre.
¿Qué tenía de particular la triple condición del hombre?
Este hombre reunía tres males que solían presentarse por separado en los relatos de sanación. Estaba bajo dominio de un demonio, no podía ver y no podía hablar. Sumadas, esas tres limitaciones lo dejaban en un aislamiento casi total: sin capacidad de percibir su entorno, sin poder expresar lo que le pasaba y sin control sobre sí mismo.
La combinación también complica el cuadro de otra manera. En muchos relatos, la persona que se acerca a Jesús expresa su fe o pide ayuda; aquí el hombre no puede hacer ni una cosa ni la otra. Alguien tuvo que traerlo.
A diferencia de otros milagros donde la iniciativa parte del enfermo, en este la petición es completamente ajena a él: el protagonista de la escena no puede pedir nada, y aun así es sanado.
¿Cómo ocurrió la sanación?
Mateo describe el milagro con una economía notable: «fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y lo sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba» (Mateo 12:22). No hay rituales, ni fórmulas, ni una descripción del gesto; el texto pasa directamente del problema al resultado.
Esa brevedad tiene un efecto propio. En una sola frase, Jesús revierte tres condiciones a la vez, sin gradualidad: el hombre no recupera primero la vista y luego el habla, sino que queda restaurado por completo.
La sobriedad del relato deja el foco en el resultado más que en el método, y en el contraste inmediato con lo que viene después: la misma acción que asombra a la multitud escandaliza a los fariseos.
¿Por qué la multitud reaccionó con tanto asombro?
La reacción del pueblo quedó registrada en una pregunta: «toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será este aquel Hijo de David?» (Mateo 12:23). «Hijo de David» no era un elogio genérico, sino un título con carga mesiánica: la multitud estaba conectando lo que acababa de ver con la esperanza del Mesías prometido.
Lo notable es que esta gente ya había presenciado otros milagros de Jesús, y aun así este los dejó atónitos. La pregunta que se hacen no es «¿cómo lo hizo?», sino «¿quién es este?».
El milagro funciona, en el relato de Mateo, como una señal que empuja a la gente hacia una conclusión sobre la identidad de Jesús, y esa conclusión es justamente la que las autoridades religiosas van a intentar desmontar.
¿Qué reveló la acusación de Beelzebú?
Frente al mismo hecho, los fariseos sacaron la conclusión opuesta a la del pueblo: «Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios» (Mateo 12:24). No negaron el milagro —era innegable—, sino que atribuyeron su origen al diablo. Esa es la gravedad del cargo: reconocer el poder y adjudicarlo a la fuente contraria.
La respuesta de Jesús apunta a la incoherencia del argumento: «Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado» (Mateo 12:25). Si Satanás expulsara a Satanás, estaría trabajando contra su propio reino, lo que no tiene sentido.
A partir de ahí, Jesús desarrolla algunas de sus enseñanzas más serias sobre el conflicto espiritual, incluida la advertencia sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo, que aquí aparece ligada a llamar «obra del diablo» a una obra evidente de Dios.
Es un contraste que vale la pena notar: la misma escena produjo en unos una pregunta abierta sobre el Mesías y en otros un rechazo endurecido. El milagro no obligó a una sola lectura; lo que cada grupo trajo en el corazón inclinó su interpretación.
¿Qué puedo aprender de la sanación del endemoniado ciego y mudo hoy?
Este milagro, tan breve y tan controvertido, deja enseñanzas concretas para la vida de fe. La sanación del endemoniado ciego y mudo muestra a un Jesús que restaura por completo y que no rehúye actuar aunque su obra genere rechazo. Estas son algunas reflexiones para llevar a tu propia vida.
Interceder por quien no puede pedir. El hombre no pudo acercarse ni pedir ayuda: otros lo trajeron ante Jesús. Eso invita a mirar alrededor y reconocer a quienes, por su situación, no pueden buscar auxilio por sí mismos, y a llevarlos, en oración o en acción concreta, a donde puedan encontrarlo.
Cuidar la actitud con que se interpreta la obra de Dios. Fariseos y multitud vieron exactamente lo mismo y llegaron a conclusiones opuestas. La diferencia no estuvo en los hechos, sino en la disposición del corazón. Mantener humildad y apertura ayuda a no endurecerse ante lo que Dios hace.
Esperar una restauración que no es a medias. Jesús no devolvió una capacidad y dejó las otras: restauró al hombre por entero. Frente a situaciones que parecen demasiado complejas, este relato sugiere que ninguna condición está fuera del alcance de su obra.
Estar preparado para que el bien también genere resistencia. El milagro no fue recibido con celebración unánime; provocó tanto asombro como una acusación grave. Vivir y testificar con coherencia puede despertar reacciones encontradas, y eso no invalida lo que es verdadero.
El relato termina con un hombre que, por primera vez, ve y habla, y una comunidad dividida sobre lo que significa. En esa escena queda la invitación a acercarte al mismo Jesús que restauró por completo a aquel hombre, confiando en que su obra alcanza también las áreas donde hoy te sientes limitado o sin voz.



