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La Sanación del Sordomudo en la Decápolis

Verdad Eterna julio 26, 2026 10 minutos de lectura
La Sanación del Sordomudo en la Decápolis

Publicado en junio 27, 2025, última actualización en julio 26, 2026.

La sanación del sordomudo en la Decápolis es uno de los milagros más íntimos y detallados de los evangelios, y también uno de los más significativos, porque ocurre lejos de Israel, en territorio mayoritariamente gentil.

Jesús toma a un hombre sordomudo, que apenas podía hablar, y lo aparta de la multitud para quedarse a solas con él. Le mete los dedos en los oídos, le toca la lengua, levanta los ojos al cielo, suspira hondo y pronuncia una sola palabra en su idioma materno: «Efata», que quiere decir «Sé abierto». Al instante, los oídos del hombre se abren y su lengua se suelta.

El relato lo cuenta solo el evangelio de Marcos (7:31-37), con una riqueza de gestos que llama la atención. Aquí encontrarás el retrato completo: dónde sucedió y por qué ese lugar importa, por qué Jesús lo apartó del gentío y lo sanó con un método tan físico, qué significan aquel gemido y aquella palabra aramea, y por qué la gente terminó exclamando que Jesús «todo lo ha hecho bien».

Contenido

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  • Retrato Rápido
  • Puntos Clave
  • ¿Dónde ocurrió y por qué importa que fuera en la Decápolis?
  • ¿Por qué Jesús lo apartó a solas y lo sanó con gestos tan físicos?
  • ¿Qué significan el gemido y la palabra «Efata»?
  • ¿Por qué Jesús mandó no contarlo?
  • ¿Por qué la gente dijo que «todo lo ha hecho bien»?
  • ¿Qué puede enseñarte hoy la sanación del sordomudo en la Decápolis?
    • Referencias y enlaces

Retrato Rápido

En la región de la Decápolis, de población mayoritariamente gentil, le llevaron a Jesús a un hombre sordo que hablaba con mucha dificultad. En lugar de sanarlo ante la multitud, Jesús lo apartó a solas, le metió los dedos en los oídos, con saliva le tocó la lengua, miró al cielo, gimió y dijo «Efata» («Sé abierto»).

El hombre quedó sano al momento: oía y hablaba con normalidad. Jesús pidió que no lo contaran, pero la gente lo divulgó aún más, maravillada de que «todo lo ha hecho bien». El relato está solo en Marcos 7:31-37.

✅ Datos firmes: El relato de Marcos es detallado y claro. Los puntos de conversación son de interpretación, sobre todo el sentido del método tan físico que usó Jesús y de su gemido antes de sanar.

Puntos Clave

Antes del recorrido completo, estos son los rasgos que hacen tan singular este milagro.

  • Ocurrió en tierra gentil. La Decápolis era una región de mayoría no judía, señal de que el ministerio de Jesús alcanzaba más allá de Israel.
  • Fue un milagro íntimo. Jesús apartó al hombre de la multitud para sanarlo a solas.
  • Usó un método muy físico. Le tocó los oídos y la lengua, probablemente para comunicarse con quien no podía oír.
  • Conservó una palabra aramea. Marcos guarda el término original, «Efata», «Sé abierto».
  • Pidió discreción. Ordenó que no lo contaran, pero la noticia se difundió todavía más.
  • La aclamación evocó una profecía. «Hace oír a los sordos» cumplía una señal anunciada para los tiempos del Mesías.

¿Dónde ocurrió y por qué importa que fuera en la Decápolis?

El escenario no es un detalle menor. Marcos precisa la ruta: Jesús, «volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis» (Marcos 7:31). La Decápolis —cuyo nombre significa «diez ciudades»— era un conjunto de ciudades de cultura griega y romana, al este y sureste del Mar de Galilea, con población en su mayoría gentil.

Que Jesús sane allí a un hombre sordomudo subraya que su misión no se limitaba al pueblo judío: también en territorio pagano se manifestaba el poder de Dios.

Ese detalle conecta con algo ocurrido antes en la misma región. Tiempo atrás, Jesús había liberado allí a un hombre atormentado por muchos demonios, y aquel hombre «comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él» (Marcos 5:20).

Cuando Jesús regresa a la zona, encuentra un terreno ya preparado: la gente ha oído de él y le lleva a sus enfermos. Aquí es donde le presentan al sordomudo y «le rogaron que le pusiera la mano encima» (Marcos 7:32). La fe que acerca al enfermo, como en otros milagros, viene de quienes lo rodean.

¿Por qué Jesús lo apartó a solas y lo sanó con gestos tan físicos?

A diferencia de otras curaciones hechas ante multitudes, aquí Jesús busca la intimidad: «apartándolo de la gente, le metió los dedos en las orejas y, escupiendo, tocó su lengua» (Marcos 7:33). El gesto de llevarlo aparte protege al hombre de convertirse en un espectáculo y crea un encuentro personal. Pero el método, tan corporal, sorprende: Jesús muchas veces sanaba con una sola palabra, y sin embargo aquí toca los oídos y la lengua, precisamente los órganos afectados.

La explicación más aceptada es hermosa por lo considerada. Aquel hombre no podía oír; una orden hablada no le habría dicho nada. Así que Jesús, en lugar de palabras que el hombre no captaría, usa un lenguaje que sí puede entender: el del contacto.

Toca sus oídos y su lengua como diciéndole, sin sonido, «esto es lo que voy a sanar en ti». Es una forma de comunicación adaptada a su limitación, un modo de darle seguridad y anticiparle lo que sucedería. Antes incluso de curarlo, Jesús se pone a su altura y le habla en el único idioma que ese hombre podía recibir.

¿Qué significan el gemido y la palabra «Efata»?

Entonces viene el momento culminante: «levantando los ojos al cielo, gimió y le dijo: ‘¡Efata!’ (que quiere decir: ‘¡Sé abierto!’)» (Marcos 7:34). Dos detalles destacan. El primero es el gemido o suspiro profundo. No es un gesto mágico, sino una expresión cargada de emoción.

Los estudiosos lo entienden como compasión ante el sufrimiento de aquel hombre, y también como una reacción ante un mundo quebrado por el dolor y la enfermedad; al levantar los ojos al cielo, Jesús vincula el momento con Dios, como en una oración.

El segundo detalle es la palabra misma. Marcos conserva el término arameo original, «Efata», el idioma que Jesús hablaba a diario, y de inmediato lo traduce. No es una fórmula secreta ni un conjuro incomprensible, como los que usaban algunos sanadores de la época, sino una orden clara y sencilla: «Sé abierto».

El resultado fue inmediato y total: «al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien» (Marcos 7:35). El hombre que vivía encerrado en el silencio quedó, de golpe, capaz de oír y de hablar.

¿Por qué Jesús mandó no contarlo?

Tras semejante milagro, la reacción de Jesús vuelve a sorprender: «les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban» (Marcos 7:36). Este pedido de discreción se repite en el evangelio de Marcos, donde Jesús procura que su identidad no se proclame de cualquier manera ni antes de tiempo.

Una fama basada solo en los milagros podía generar entusiasmos equivocados —muchos esperaban un mesías político o un simple obrador de prodigios— y desviar o precipitar su misión antes del momento debido.

La orden, sin embargo, resultó imposible de contener. Lejos de callar, la gente hablaba del milagro cada vez con más fuerza. Hay en ello una ironía elocuente: cuando Jesús sanaba y pedía silencio, la gente proclamaba; y tantas veces, cuando hoy se pide testimonio, se calla.

El asombro de aquellos testigos era demasiado grande para guardarlo. Habían visto algo que exigía ser contado, y ninguna instrucción de silencio pudo frenar el impulso de anunciarlo.

¿Por qué la gente dijo que «todo lo ha hecho bien»?

La exclamación final de la multitud es la clave que Marcos deja para interpretar todo el relato: «en gran manera se maravillaban, diciendo: ‘Bien lo ha hecho todo; hace oír a los sordos y hablar a los mudos'» (Marcos 7:37).

Esas palabras no son casuales; resuenan con dos pasajes muy conocidos de las Escrituras. Por un lado, el profeta Isaías había descrito los tiempos de la salvación diciendo que entonces «los oídos de los sordos se abrirán… y cantará la lengua del mudo» (Isaías 35:5-6). Al hacer oír a un sordo, Jesús cumplía una señal reservada al Mesías.

Por otro lado, la frase «bien lo ha hecho todo» evoca el relato de la creación, cuando «vio Dios todo lo que había hecho, y era bueno en gran manera» (Génesis 1:31). Es como si, al restaurar a este hombre, Jesús estuviera rehaciendo algo de la buena creación dañada por el sufrimiento.

Y todo esto sucede en tierra gentil: fueron habitantes de la Decápolis quienes reconocieron, sin quizás medir del todo sus palabras, que la obra de Jesús era la obra misma de Dios. El milagro se convierte así en un anticipo de que la salvación estaba destinada a alcanzar a todos los pueblos.

¿Qué puede enseñarte hoy la sanación del sordomudo en la Decápolis?

Más allá de los detalles, este milagro deja lecciones muy concretas para la vida de fe. Estas son algunas que puedes llevarte.

Jesús se comunica en tu propio lenguaje. Con aquel hombre sordo, Jesús no usó palabras que no podía oír, sino gestos que sí entendía. Puedes confiar en que él sabe llegar a ti según tu situación concreta, con la cercanía que cada persona necesita.

Hay un trato personal, no un espectáculo. Apartar al hombre de la multitud muestra que a Jesús le importaba él, no el aplauso. Tu encuentro con Dios no tiene que ser público ni ruidoso; a menudo ocurre en lo íntimo, a solas.

El evangelio cruza todas las fronteras. Este milagro en tierra gentil anticipa que la salvación es para todos los pueblos. Nadie queda fuera por su origen, su cultura o su distancia respecto de la fe.

Lo que Dios hace pide ser contado. Aquella gente no pudo callar lo que había visto. Cuando reconoces la bondad de Dios en tu vida, compartirla se vuelve una respuesta natural, casi imposible de contener.

Confía en que él «todo lo hace bien». Al mirar la sanación del sordomudo en la Decápolis, la invitación es a llevarle también tus silencios y tus limitaciones, seguro de que el mismo que abrió aquellos oídos sigue actuando con esa misma bondad, capaz de abrir en ti lo que está cerrado.

Referencias y enlaces

  • Relato bíblico: Marcos 7:31-37 (RVR1995).
  • Señal mesiánica: Isaías 35:5-6 (RVR1995).
  • Comentario sobre el pasaje: TheBibleSays — Mark 7:31-37.

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