
Publicado en junio 26, 2025, última actualización en julio 26, 2026.
La sanación del endemoniado mudo es un milagro breve, casi de un par de versículos, y sin embargo condensa una de las tensiones más profundas de los evangelios: cómo un mismo acto de bondad puede llevar a unos a adorar a Dios y a otros a acusarlo.
Un hombre que no podía hablar es llevado ante Jesús. En cuestión de segundos, el demonio que lo tenía cautivo es expulsado y, por primera vez, su voz se libera. La multitud estalla en admiración; nunca habían visto algo igual. Pero en el mismo instante, unos pocos observadores llegan a la conclusión contraria: dicen que Jesús hace esto con poder del diablo.
El relato aparece en Mateo 9:32-34, y guarda un estrecho parentesco con otra escena parecida que desemboca en la famosa controversia sobre Beelzebú (Lucas 11:14-15 y Mateo 12:22-24).
Retrato Rápido
Le llevaron a Jesús a un hombre mudo que estaba poseído por un demonio. Jesús expulsó al demonio y el hombre habló de inmediato.
La gente se maravilló y dijo que nunca se había visto algo semejante en Israel, pero los fariseos afirmaron que Jesús echaba fuera los demonios por el poder del príncipe de los demonios.
En un episodio muy parecido, Jesús respondió a esa acusación mostrando que un reino dividido no puede sostenerse, y que expulsar demonios «por el dedo de Dios» era señal de que el reino de Dios había llegado. El relato está en Mateo 9:32-34.
⚖️ Algunos puntos debatidos: El milagro en sí es claro, pero los estudiosos discuten si el relato de Mateo 9 es el mismo episodio que el de Lucas 11 y Mateo 12, contado de forma más breve, o un suceso distinto y parecido.
Puntos Clave
Antes del recorrido completo, estos son los rasgos que hacen tan revelador este milagro.
- La aflicción era doble. El hombre estaba mudo y, además, poseído por un demonio que lo mantenía en silencio.
- La liberación fue inmediata. En cuanto salió el demonio, el mudo habló.
- Recuperar la voz era una señal. Los profetas habían anunciado que en los tiempos del Mesías «la lengua del mudo cantará».
- Las reacciones fueron opuestas. La misma escena provocó adoración en la multitud y acusación en los fariseos.
- Surgió la controversia de Beelzebú. Atribuyeron su poder al diablo, y Jesús refutó esa lógica.
- Fue una prueba del reino. Jesús presentó el milagro como evidencia de que el reino de Dios ya estaba actuando.
¿Qué le pasaba a este hombre mudo y endemoniado?
El relato es breve pero preciso: «le trajeron un hombre mudo, endemoniado» (Mateo 9:32). Su situación era doble. Por un lado, no podía hablar; por otro, esa mudez estaba ligada a la opresión de un demonio.
El texto conecta las dos cosas: no se trataba simplemente de una discapacidad física, sino de una condición en la que una fuerza espiritual lo mantenía encerrado en el silencio, incapaz de comunicarse con los demás.
Vale la pena notar quién da el primer paso. El hombre no pide ayuda —no podía—, sino que otros lo llevan a Jesús. Como en varios milagros, la fe de quienes rodean al enfermo es la que lo pone delante de Jesús.
La escena presenta a una persona doblemente aislada: sin voz para expresarse y bajo un poder que no controlaba. Justamente por eso, lo que Jesús hará a continuación toca el punto más sensible de su necesidad, devolviéndole no solo la salud, sino la capacidad de relacionarse.
¿Cómo lo liberó Jesús y por qué su voz recuperada fue una señal?
La liberación fue tan directa como en otros exorcismos: sin rituales ni fórmulas. «Echado fuera el demonio, el mudo habló» (Mateo 9:33). El silencio impuesto se rompe, y lo primero que hace el hombre liberado es hablar. La brevedad del relato subraya la facilidad con que Jesús deshace lo que tenía atado a aquel hombre.
Para los que conocían las Escrituras, esa voz recuperada no era un detalle menor. El profeta Isaías había descrito los tiempos de la salvación con imágenes muy concretas: «los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán… y cantará la lengua del mudo» (Isaías 35:5-6).
Al hacer hablar a un mudo, Jesús no solo resolvía un problema individual: estaba realizando, a la vista de todos, una de las señales que se esperaban del Mesías. La reacción de la multitud confirma que muchos lo entendieron así: «Nunca se ha visto cosa semejante en Israel» (Mateo 9:33).
¿Por qué el mismo milagro provocó reacciones tan opuestas?
Aquí está el giro más inquietante del relato. Ante exactamente los mismos hechos, dos grupos sacan conclusiones contrarias. La gente se maravilla y reconoce que algo sin precedentes acaba de ocurrir. Pero los fariseos ofrecen otra explicación: «Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios» (Mateo 9:34). No niegan el milagro —sería imposible, con el hombre hablando delante de ellos—, sino que atribuyen su origen al mal.
El contraste es aleccionador. La evidencia era idéntica para todos; lo que cambiaba era la disposición del corazón. Unos estaban abiertos a reconocer la obra de Dios; otros, decididos de antemano a rechazar a Jesús, prefirieron una explicación retorcida antes que admitir lo evidente.
El relato muestra que un milagro, por claro que sea, no fuerza la fe: la misma luz que a unos ilumina, a otros los endurece. Ver el poder de Dios y decidir llamarlo de otra manera es una de las formas más sutiles de ceguera.
¿Por qué acusaron a Jesús de expulsar demonios por Beelzebú?
Esa acusación de los fariseos aparece más desarrollada en un episodio muy parecido, cuando Jesús libera a otro endemoniado y algunos dicen: «Por Beelzebú, príncipe de los demonios, echa fuera los demonios» (Lucas 11:15). Beelzebú era un nombre despectivo para Satanás. En el fondo, la acusación pretendía desacreditar a Jesús: si su poder venía del diablo, entonces no había que escucharlo ni seguirlo.
Jesús desmonta el argumento con lógica sencilla. Un reino, una ciudad o una casa divididos contra sí mismos no pueden mantenerse en pie; si Satanás echara fuera a Satanás, estaría destruyéndose solo. Y luego da la clave positiva: «si por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lucas 11:20).
La expresión «el dedo de Dios» evoca un pasaje del Éxodo, cuando los magos de Faraón, incapaces de imitar las plagas, reconocieron: «Dedo de Dios es este» (Éxodo 8:19). Con ese eco, Jesús está diciendo que su poder sobre los demonios no es cosa del diablo, sino la acción misma de Dios irrumpiendo en el mundo. Cada liberación es una prueba de que el reino ya está presente.
¿Es este el mismo milagro que narran Lucas y Mateo 12?
Aquí está el punto que los estudiosos discuten. El relato breve de Mateo 9 y los relatos de Lucas 11 y Mateo 12 se parecen mucho: en todos, Jesús libera a un endemoniado que no podía hablar (en Mateo 12, además, era ciego), la gente se asombra y los adversarios lo acusan de actuar por el príncipe de los demonios.
Una parte de los estudiosos considera que se trata de un mismo suceso transmitido de dos maneras: Mateo 9 lo resume en pocas líneas, sin la respuesta de Jesús, mientras que Lucas 11 y Mateo 12 lo desarrollan con toda la controversia de Beelzebú.
Otros piensan que fueron episodios distintos pero semejantes, lo cual no sorprendería, ya que Jesús liberó a muchas personas y la acusación de sus enemigos se repitió más de una vez. La Biblia no lo aclara, y ambas lecturas son razonables.
Lo firme, en todo caso, es lo esencial: Jesús devolvió la voz a un hombre oprimido, la gente reconoció la mano de Dios y sus adversarios prefirieron atribuirlo al mal.
¿Qué puede enseñarte hoy la sanación del endemoniado mudo?
Más allá de los detalles, este milagro deja lecciones muy concretas para la vida de fe. Estas son algunas que puedes llevarte.
Puedes acercar a otros que no pueden acercarse solos. Aquel hombre llegó a Jesús porque alguien lo llevó. Vale la pena preguntarte por quién puedes interceder y a quién puedes acompañar hacia Dios cuando esa persona no encuentra por sí misma el camino.
Jesús devuelve la voz a los que fueron silenciados. El milagro restaura la capacidad de hablar y de relacionarse. Si algo te ha «enmudecido» —el miedo, la vergüenza, una herida—, este relato muestra a un Jesús que quiere devolverte la libertad de expresarte y de vivir en comunidad.
La evidencia no basta sin un corazón dispuesto. Los fariseos vieron el mismo milagro que la multitud y lo llamaron obra del diablo. Conviene examinar el propio corazón, porque no faltan las pruebas del actuar de Dios, sino a veces la disposición a reconocerlas.
El reino de Dios ya está actuando. Cada liberación era señal de que el reino había llegado. La fe no espera únicamente un futuro lejano: confía en que el poder de Dios obra también hoy, en lo concreto de cada vida.
Reconocer la obra de Dios es una decisión. Al mirar la sanación del endemoniado mudo, la invitación es a no quedarte en el papel del espectador que busca explicaciones para no creer, sino a unirte a los que, al ver la bondad de Jesús, la reconocen y le dan gracias.
Referencias y enlaces
- Relatos bíblicos: Mateo 9:32-34 (RVR1995), Lucas 11:14-20 (RVR1995) y Mateo 12:22-28 (RVR1995).
- Señal mesiánica: Isaías 35:5-6 (RVR1995).
- Sobre «el dedo de Dios»: BibleRef — Lucas 11:20.






