
Después de razonar que Dios existe, la Suma Teológica se hace la pregunta siguiente y mucho más difícil: ¿cómo es? A eso dedica veinticuatro cuestiones seguidas, de la 3 a la 26 de la Primera Parte, en las que examina la simplicidad, la perfección, la bondad, la infinitud, la inmutabilidad, la eternidad y la unidad divinas, además del conocimiento, la voluntad, el amor, la justicia, la providencia y el poder de Dios.
Lo llamativo del planteamiento es su punto de partida: Tomás de Aquino sostiene que del ser de Dios no sabemos qué es, sino sobre todo qué no es. Todo el tratado avanza así, quitando límites en lugar de añadir rasgos.
Este artículo recorre los atributos de Dios según Santo Tomás, explica por qué eligió ese método y aclara qué significan términos como simplicidad, acto puro o analogía, que suenan técnicos y en realidad guardan una idea sencilla. Forma parte de la serie sobre la Suma Teológica y desarrolla un bloque de la Primera Parte de la obra.
Retrato Rápido
En las cuestiones 3 a 26 de la Primera Parte, la Suma Teológica expone lo que la razón y la fe pueden afirmar sobre la naturaleza divina. La tesis que sostiene todo el edificio es la simplicidad de Dios: en Dios no hay partes, ni composición, ni distinción entre lo que es y el hecho de ser. De ahí se derivan los demás atributos, porque un ser sin partes no puede cambiar, ni tener principio ni fin, ni carecer de nada.
El método es en buena medida negativo. Aquino sostiene que el entendimiento humano no alcanza la esencia divina, y por eso avanza negando de Dios todo lo que implica límite: no es cuerpo, no es compuesto, no cambia, no está en el tiempo. Cuando afirma algo en positivo —que Dios es bueno, sabio, viviente—, lo hace por analogía: esas palabras se dicen de Dios y de las criaturas en un sentido semejante, no idéntico.
⚖️ Algunos puntos debatidos: El contenido del tratado está perfectamente documentado. Lo que se discute, y desde hace siglos, es hasta qué punto esta descripción de Dios —heredada en parte de Aristóteles— refleja al Dios vivo de la Escritura. Hay teólogos que ven ahí una síntesis admirable y otros que ven una filosofía griega superpuesta al texto bíblico.
Puntos Clave
El tratado es extenso y técnico, pero descansa sobre unas pocas ideas que lo ordenan todo.
- La simplicidad divina es la clave de todo el tratado. En Dios no hay composición de ninguna clase, y de esa sola afirmación se siguen casi todos los demás atributos.
- En Dios, esencia y existencia coinciden. Las criaturas tienen ser recibido; Dios es su propio ser, y esa es la diferencia radical entre Creador y criatura.
- El método principal es negativo. Se conoce a Dios más quitándole límites que atribuyéndole cualidades, porque el entendimiento humano no abarca su esencia.
- Dios es acto puro. No hay en Él nada pendiente de realizarse, y por eso no cambia ni puede mejorar ni empeorar.
- La eternidad no es una duración larguísima. Es la posesión total y simultánea de la vida, sin sucesión de antes y después.
- Los nombres divinos funcionan por analogía. Ni significan lo mismo que en las criaturas, ni cosas totalmente distintas: guardan una proporción real.
¿Por qué la Suma habla de Dios diciendo lo que no es?
La razón está en un principio de teoría del conocimiento que Aquino aplica con rigor: el entendimiento humano conoce a partir de los sentidos, y todo lo que los sentidos alcanzan es material, limitado y compuesto. Dios no es ninguna de esas cosas. Por eso el conocimiento humano de Dios en esta vida es siempre indirecto: se llega a Él desde sus efectos, y esos efectos no lo igualan.
De ahí nace el camino que la tradición llama teología negativa o apofática, y que Aquino recoge de los Padres griegos, en especial del autor conocido como Dionisio Areopagita. El procedimiento consiste en negar de Dios todo lo que implica imperfección o límite. Al decir que Dios es infinito se dice que no tiene límite; al decir que es eterno, que no está sometido al tiempo; al decir que es inmutable, que no cambia; al decir que es simple, que no está compuesto. La suma de esas negaciones no produce una imagen, pero delimita con precisión lo que Dios no puede ser.
La Escritura misma marca esa distancia. Cuando Moisés pregunta el nombre divino, la respuesta no es una descripción sino una afirmación de ser: «Yo soy el que soy» (Éxodo 3:14). Aquino cita ese texto una y otra vez, porque encuentra en él la formulación bíblica de su tesis central: Dios no es una cosa que existe entre otras, sino el ser mismo. Y en el mismo sentido lee la advertencia de que nadie puede ver a Dios y seguir vivo (Éxodo 33:20).
Ese es también el motivo de que el orden del tratado empiece por la simplicidad y no por el amor o la misericordia. No es una jerarquía de importancia espiritual, sino de dependencia lógica: hay que establecer primero qué clase de ser es Dios para que las afirmaciones posteriores no lo conviertan en un ser más del mundo, solo más grande.
¿Qué significa que Dios es simple?
La palabra desorienta, porque en el uso corriente «simple» suena a elemental o poco elaborado. En la Suma significa lo contrario: no compuesto, sin partes de ninguna clase. La cuestión 3 dedica ocho artículos a negar, uno por uno, todos los tipos de composición posibles (Suma Teológica I, q. 3).
El recorrido va así. Dios no es cuerpo, porque todo cuerpo tiene partes y es divisible. No está compuesto de materia y forma, ni de sujeto y naturaleza, como sí lo está cualquier criatura. No tiene accidentes, es decir, cualidades que se le añadan y que pudiera perder sin dejar de ser Él mismo. Y sobre todo, no hay en Dios distinción entre lo que es y el hecho de ser.
Ese último punto es el corazón de la metafísica de Aquino y merece detenerse. En cualquier criatura, la esencia y la existencia son cosas distintas: se puede entender perfectamente qué es un caballo sin que exista ningún caballo, porque el caballo no incluye la existencia en su definición y la recibe de fuera.
En Dios no cabe esa distinción: su esencia es existir. Por eso Aquino lo llama ipsum esse subsistens, el mismo ser subsistente, y por eso lee el nombre revelado a Moisés como la expresión más exacta de la naturaleza divina.
De la simplicidad se siguen consecuencias que a primera vista parecen desconectadas. Si en Dios no hay composición, tampoco puede haber en Él potencialidad, nada pendiente de realizarse; es acto puro. Si es acto puro, no puede cambiar, porque todo cambio consiste en pasar de la potencia al acto. Si no cambia, no está sometido al tiempo, que es la medida del cambio. Y si no está en el tiempo, es eterno. Un solo principio ordena así la cadena entera.
¿Cuáles son los atributos que examina la Suma?
El tratado avanza cuestión por cuestión, y cada atributo ocupa su lugar en una secuencia lógica. Estos son los principales, con la idea central de cada uno.
- Simplicidad (q. 3). Dios no está compuesto de partes ni de principios: en Él esencia y existencia se identifican.
- Perfección y bondad (q. 4-6). Dios no carece de nada, y por eso es el bien mismo; todo lo demás es bueno por participación. La bondad no es un rasgo añadido: coincide con su ser.
- Infinitud y omnipresencia (q. 7-8). No tiene límite alguno, y está presente en todas las cosas dándoles el ser, no ocupando lugar.
- Inmutabilidad (q. 9). En Dios no hay cambio posible, porque no hay nada que pueda adquirir ni perder. Aquino apoya la tesis en el texto que dice que en el Padre no hay mudanza (Santiago 1:17).
- Eternidad (q. 10). No es un tiempo infinitamente largo, sino la ausencia de sucesión: la posesión entera y a la vez de la vida, sin antes ni después.
- Unidad (q. 11). Dios es uno, y no puede haber más de un ser cuya esencia sea existir.
- Cómo conocemos a Dios y cómo lo nombramos (q. 12-13). El punto en que Aquino explica los límites del lenguaje humano sobre Dios y formula la doctrina de la analogía.
- Conocimiento, verdad y voluntad (q. 14-21). Dios se conoce a sí mismo y en sí mismo conoce todo lo demás; quiere su propia bondad y, por ella, el bien de las criaturas. Aquí trata también su amor, su justicia y su misericordia.
- Providencia y predestinación (q. 22-24). El gobierno divino de todo lo creado, y una de las secciones más discutidas de toda la Suma.
- Poder y bienaventuranza (q. 25-26). La omnipotencia, con una precisión célebre: se extiende a todo lo posible, y lo contradictorio en sí mismo no cuenta como algo posible que Dios no pudiera hacer.
¿Cómo puede el lenguaje humano hablar de Dios?
La cuestión 13, sobre los nombres divinos, resuelve un problema que amenazaba todo lo anterior. Si Dios es tan distinto de las criaturas, ¿tiene algún sentido llamarlo bueno, sabio o viviente, cuando esas palabras se aprendieron mirando criaturas?
Aquino descarta las dos salidas fáciles. La primera sería el sentido unívoco: que «bueno» signifique en Dios exactamente lo mismo que en una persona buena. Eso rebajaría a Dios al nivel de las criaturas. La segunda sería el sentido equívoco: que «bueno» dicho de Dios no tenga relación alguna con «bueno» dicho de un hombre, como «banco» de sentarse y «banco» de dinero. Eso convertiría todo discurso religioso en palabrería vacía, y haría imposible hasta la predicación.
Su solución es la analogía. Los nombres se dicen de Dios y de las criaturas en sentidos distintos pero proporcionales, porque las criaturas son efectos de Dios y todo efecto se parece de algún modo a su causa. La bondad de una persona es un reflejo real, aunque limitadísimo, de la bondad divina; por eso la palabra sirve y por eso nunca es exacta. Aquino añade una precisión que ordena la cuestión: esas perfecciones existen primero y de manera plena en Dios, y solo después y de manera derivada en las criaturas, aunque el orden en que las conocemos sea el inverso.
Esta doctrina explica también por qué la Escritura habla de Dios con imágenes corporales —su mano, su rostro, su ira— sin que Aquino vea en ello un problema. Son modos de decir adaptados al entendimiento humano, no descripciones literales de un ser corpóreo.
¿Qué se le ha objetado a esta manera de describir a Dios?
Aquí está el punto genuinamente debatido del tema, y conviene presentarlo con claridad porque atraviesa toda la teología posterior. La cuestión de fondo es si el Dios de estas cuestiones es el mismo Dios de la Biblia o una figura filosófica con nombre cristiano.
La objeción principal apunta a la inmutabilidad y a la impasibilidad. Si Dios no cambia y no puede ser afectado por nada, ¿qué significa que se compadece de su pueblo, que se arrepiente, que se aíra, que sufre en la cruz?
Teólogos de distintas tradiciones han sostenido que la metafísica heredada de Aristóteles fuerza el texto bíblico y produce un Dios demasiado quieto para ser el que camina con Israel. En el siglo XX esa crítica cobró fuerza con las teologías que insistieron en el sufrimiento de Dios, y también se ha planteado desde ámbitos protestantes que ven en la simplicidad divina una construcción más filosófica que revelada.
La respuesta tomista distingue entre lo que ocurre en Dios y lo que ocurre en la relación. Un Dios que cambiara para amar sería un Dios cuyo amor depende de las circunstancias, y por tanto menos fiable, no más cercano.
La inmutabilidad, en esta lectura, no es frialdad sino constancia absoluta: el amor divino no puede aumentar porque ya es total. Y las expresiones bíblicas de emoción se leen como lenguaje analógico, no como descripciones de cambios internos en Dios.
Un lugar donde la tensión se ve con nitidez es la Trinidad: si Dios es absolutamente simple, ¿cómo hay en Él tres personas? Aquino dedica a resolverlo las cuestiones siguientes, apoyándose en la noción de relación, y ese es el asunto de otro artículo de la serie, sobre la Trinidad en la Suma Teológica.
Vale registrar que el debate no está cerrado. Hay defensores actuales muy sólidos de la doctrina clásica de los atributos divinos, y críticos igualmente serios que proponen revisarla. Ambos leen los mismos textos.
¿Qué puede enseñarte hoy este retrato de Dios?
Veinticuatro cuestiones de metafísica parecen lo más alejado posible de la oración de cada día. Y sin embargo, entender los atributos de Dios según Santo Tomás cambia cosas muy concretas en el modo de creer.
Dios no es una versión mejorada de ti. El error más común al pensar en Dios es imaginarlo como una persona muy grande, muy poderosa y muy antigua. Todo el tratado existe para bloquear esa imagen. Dios no es el ser más importante de la lista de los seres: es de otro orden. Recordarlo sirve para no reducir la oración a una negociación con alguien parecido a nosotros.
Su amor no depende de tu día. Si Dios no cambia, entonces no te quiere más cuando te portas bien ni menos cuando fallas. La inmutabilidad, que suena a distancia, es en realidad la garantía más firme que existe de que su disposición hacia ti no fluctúa con la tuya.
No hace falta entenderlo todo para orar bien. Aquino, que dedicó su vida a pensar sobre Dios con un rigor casi sin igual, insistió en que del ser de Dios sabemos más lo que no es que lo que es. Si a veces sientes que tu fe se sostiene sobre más misterio que certezas, estás en mejor compañía de lo que crees.
Las palabras siempre te van a quedar cortas, y eso está bien. La doctrina de la analogía dice algo liberador: cuando llamas a Dios bueno, padre o justo, estás diciendo algo verdadero y a la vez insuficiente. No es un defecto de tu vocabulario. Es la condición de toda criatura que habla de su Creador.
Todo lo que tienes lo recibes. La diferencia entre un ser cuya esencia es existir y uno que recibe la existencia no es un tecnicismo. Significa que tu vida, en este segundo, está siendo sostenida y no se sostiene sola. Es la traducción metafísica de una experiencia espiritual muy simple: la gratitud.
Referencias y recursos
- Texto de la cuestión 3, sobre la simplicidad divina: Suma Teológica I, q. 3 (tomasdeaquino.org)
- Índice completo de las cuestiones de la Primera Parte: Suma Teológica, versión web (hjg.com.ar)
- Edición bilingüe latín-español de la obra: Suma Teológica bilingüe (tomasdeaquino.org)
- Estudio académico sobre la simplicidad divina y su herencia aristotélica: La simplicidad divina en Tomás de Aquino (Revista Berit Olam)
- Panorama general de la obra y su estructura: Suma teológica (Wikipedia)



