
La sección más extensa de toda la Suma Teológica está dedicada a cuatro virtudes que no son cristianas de origen. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza vienen de la filosofía griega, las formuló Platón, las desarrolló Aristóteles y las recogieron después Ambrosio y Agustín. Tomás de Aquino les dedica más de ciento veinte cuestiones, de la 47 a la 170 de la Secunda Secundae.
Se llaman cardinales porque son quicios: del latín cardo, gozne sobre el que gira una puerta. Todas las demás virtudes morales se articulan sobre ellas.
Este artículo explica qué hace cada una, por qué son exactamente cuatro y no otro número, cómo la Suma organiza a su alrededor decenas de virtudes menores y qué relación guardan con las teologales. Recorre así las virtudes cardinales según Santo Tomás. Pertenece a la serie sobre la Suma Teológica y desarrolla el grueso de la Segunda Parte, sección segunda de la obra.
Retrato Rápido
Las cuatro virtudes cardinales son, para la Suma Teológica, los hábitos que perfeccionan las facultades implicadas en la acción moral. La prudencia perfecciona la razón práctica, que discierne qué hacer en cada caso. La justicia perfecciona la voluntad en su relación con los demás. La fortaleza perfecciona el apetito irascible ante lo difícil. Y la templanza perfecciona el apetito concupiscible ante lo agradable.
Aquino sostiene que ese número no es convencional: se deduce de las facultades que pueden ser sujeto de virtud y de los ámbitos donde cabe el desorden. Y añade una jerarquía interna: la prudencia dirige a las otras tres, porque sin discernimiento correcto no hay manera de saber qué exige la justicia ni dónde está el término medio de la fortaleza o la templanza.
✅ Datos firmes: El tratado se conserva completo y su estructura es explícita. La definición de cada virtud, su número y su articulación con las virtudes anexas están fuera de discusión, aunque algunas aplicaciones concretas del siglo XIII se lean hoy de otro modo.
Puntos Clave
Estas son las tesis que ordenan el bloque más extenso de la obra.
- Son cuatro por razones estructurales. Cada una corresponde a una facultad distinta que puede desordenarse: razón práctica, voluntad, apetito irascible y apetito concupiscible.
- La prudencia manda sobre las demás. No es cautela ni timidez, sino la capacidad de aplicar bien los principios al caso concreto.
- La justicia es la única que mira siempre al otro. Las otras tres ordenan a la persona en sí misma; la justicia la ordena respecto de los demás.
- La virtud está en el término medio. No en el punto intermedio aritmético, sino en lo que la razón determina como adecuado en cada situación.
- Cada cardinal reúne un grupo de virtudes anexas. Ese es el motivo de que el tratado ocupe tantas cuestiones: bajo cada una cuelgan decenas de virtudes menores.
- Existen en versión adquirida e infusa. Se pueden desarrollar con la práctica, y también recibirse con la gracia, orientadas ya al fin sobrenatural.
¿Por qué son cuatro y no tres o siete?
Aquino recibe la lista de la tradición, pero no se limita a repetirla: la justifica. Su argumento parte de una idea sencilla: una virtud es un hábito bueno de una potencia, y por tanto habrá tantas virtudes fundamentales como potencias capaces de desordenarse en la acción moral.
Las potencias implicadas son cuatro. La razón práctica, que juzga qué hacer; la voluntad, que quiere; y los dos apetitos sensibles que la Suma ya había distinguido al tratar las pasiones del alma: el irascible, que reacciona ante lo difícil, y el concupiscible, que reacciona ante lo agradable. A cada una corresponde una virtud cardinal, y esa correspondencia es lo que da al esquema su solidez.
| Virtud | Qué facultad perfecciona | Qué ordena |
|---|---|---|
| Prudencia | La razón práctica | El juicio sobre lo que se debe hacer aquí y ahora |
| Justicia | La voluntad | Lo que se debe a los demás |
| Fortaleza | El apetito irascible | El ánimo ante el peligro y la dificultad |
| Templanza | El apetito concupiscible | El deseo de lo agradable |
Aquino añade una segunda justificación, tomada de la tradición: cada una nombra también una condición general de toda virtud. Toda acción virtuosa necesita discernimiento (prudencia), rectitud (justicia), firmeza (fortaleza) y moderación (templanza). Así, más que cuatro compartimentos, son cuatro dimensiones presentes en cualquier acto bueno.
Sobre el término medio, conviene deshacer un malentendido frecuente. Que la virtud consista en un medio no significa mediocridad ni tibieza. El medio se mide respecto de la razón, no respecto de la cantidad: el valiente no siente la mitad de miedo que el cobarde, sino el miedo que corresponde a la situación real. Y Aquino precisa que en algunas virtudes no cabe exceso alguno: no se puede ser demasiado justo, ni amar demasiado a Dios.
¿Qué es la prudencia y por qué manda sobre las demás?
La prudencia es la que más ha sufrido con el paso del tiempo, porque la palabra terminó significando en el uso corriente casi lo contrario de lo que significa aquí. En la Suma no es cautela, ni prevención, ni evitar riesgos: es la virtud que aplica correctamente los principios generales a la situación concreta. Aquino la llama recta razón de lo agible, es decir, de lo que hay que hacer.
Su papel es rector. Las otras tres virtudes disponen bien el apetito, pero no dicen qué hacer en un caso particular. La justicia inclina a dar a cada uno lo suyo, pero determinar qué es lo suyo en esta situación concreta es tarea de la prudencia. Por eso Aquino la llama auriga de las virtudes: es la que conduce.
El tratado descompone el acto prudente en tres momentos, y la distinción sigue siendo útil. Primero, deliberar: examinar las opciones y buscar información. Segundo, juzgar: valorar cuál es la mejor. Tercero, mandar, que es el acto propio de la prudencia: decidir y poner en marcha. Aquino subraya que muchos fallan en el tercero, no en los dos primeros; deliberan bien, juzgan bien y no ejecutan.
Bajo la prudencia agrupa además un conjunto de virtudes anexas que describen sus condiciones: la memoria de lo vivido, la docilidad para dejarse enseñar, la sagacidad, la previsión, la circunspección y la cautela. Y examina sus vicios opuestos, que son de dos clases: los que pecan por defecto —la precipitación, la inconsideración, la inconstancia y la negligencia— y los que imitan la prudencia poniéndola al servicio de un mal fin, como la astucia y el engaño.
¿Cómo trata la Suma la justicia?
La justicia ocupa el bloque más largo, de la cuestión 57 a la 122, y su rasgo distintivo es que se refiere siempre a otro. Las demás virtudes ordenan a la persona en sí misma; esta ordena sus relaciones. Aquino la define con la fórmula clásica: el hábito constante de dar a cada uno lo suyo.
La distinción principal es entre dos formas.
- Justicia conmutativa. Rige los intercambios entre particulares: la compraventa, el préstamo, el contrato, la reparación de un daño. Su medida es la igualdad estricta entre lo que se da y lo que se recibe.
- Justicia distributiva. Rige el reparto de bienes y cargas comunes entre los miembros de una comunidad. Su medida no es la igualdad estricta sino la proporción, según la posición y la necesidad de cada uno.
Bajo la justicia, Aquino examina un catálogo enorme de materias concretas que hacen de este bloque el más aplicado de la obra: el homicidio, el robo, el fraude, la difamación, el juicio injusto, el testimonio falso, la usura, el precio justo en la compraventa, la restitución de lo mal adquirido.
También la propiedad, sobre la que sostiene una posición matizada: acepta la propiedad privada por razones de orden y eficacia, pero mantiene que el destino de los bienes es común, de modo que en caso de necesidad extrema quien toma lo necesario para vivir no comete hurto.
Cuelgan además de la justicia varias virtudes anexas que se le parecen sin cumplir del todo su definición, porque lo que deben no puede pagarse en igualdad exacta: la religión, que da a Dios el culto debido; la piedad, hacia los padres y la patria; el respeto, la gratitud, la veracidad, la liberalidad y la equidad. Es también aquí donde Aquino sitúa el tratamiento de la guerra justa, en la cuestión 40.
¿Qué son la fortaleza y la templanza?
Las dos últimas cardinales gobiernan los apetitos sensibles, y por eso Aquino las trata en paralelo.
La fortaleza (cuestiones 123 a 140) firma el ánimo ante lo arduo. Su acto principal no es atacar sino resistir: Aquino sostiene que soportar es más difícil y más propio de esta virtud que acometer, porque implica mantenerse cuando no se puede vencer rápido. Su máxima expresión es el martirio, donde alguien sostiene el bien hasta la muerte. Los vicios opuestos son la cobardía por defecto y la temeridad por exceso.
Sus virtudes anexas describen sus formas cotidianas: la magnanimidad, que emprende cosas grandes; la magnificencia, que las sostiene con medios; la paciencia, que aguanta la tristeza prolongada sin quebrarse; y la perseverancia, que continúa cuando el impulso inicial se acaba. Esa última observación —que la dificultad de la virtud está más en durar que en empezar— es una de las más útiles de todo el tratado.
La templanza (cuestiones 141 a 170) modera la atracción por lo agradable, sobre todo en lo relativo a la comida, la bebida y la sexualidad, que son los placeres ligados a la conservación del individuo y de la especie. Aquino la considera la menor de las cuatro en dignidad, porque versa sobre lo que se comparte con los animales, aunque reconoce que es de las más difíciles de mantener.
Sus anexas amplían mucho su alcance y hacen del bloque algo más interesante que un tratado sobre la moderación en la mesa: la abstinencia y la sobriedad; la castidad; la mansedumbre, que modera la ira; la clemencia, que modera el castigo; la modestia; la humildad, que modera el deseo de la propia excelencia; y la estudiosidad, que modera el afán de saber. Su vicio contrario, la curiosidad desordenada, resulta llamativamente actual: el deseo de conocer lo que no corresponde o de saturarse de información sin orden.
Bajo la humildad, Aquino sitúa el análisis de la soberbia, que considera raíz de todos los pecados, en línea con lo que sostiene sobre la caída angélica en el tratado de los ángeles.
¿Qué relación tienen con las virtudes teologales?
Este es el punto donde el esquema griego y el cristiano se articulan, y donde Aquino hace su aportación más característica.
Sostiene que las cuatro cardinales existen en dos versiones. Las adquiridas se desarrollan por repetición de actos, están al alcance de cualquier persona y perfeccionan al ser humano en el orden natural. Un no creyente puede ser genuinamente justo, valiente y templado, y Aquino lo afirma sin reservas. Las infusas se reciben junto con la gracia y orientan esas mismas conductas al fin sobrenatural.
La diferencia no está en los actos externos, que pueden ser idénticos, sino en la medida que los regula. La templanza adquirida modera la comida según lo que conviene a la salud del cuerpo; la infusa, según lo que conviene a quien está destinado a la visión de Dios. Por eso pueden coexistir prácticas distintas, como el ayuno, que no tendría sentido bajo la sola medida natural.
Aquí entra la relación con la caridad, que la Suma desarrolla al tratar las virtudes teologales. La caridad es forma de las virtudes: las orienta al fin último y las hace conducir efectivamente allí. Sin ella, las cardinales siguen siendo buenas y valiosas en su orden, pero no llevan más allá de él.
Esa posición permite a Aquino sostener a la vez dos cosas que a menudo se presentan como incompatibles: que la virtud pagana es virtud verdadera, y que no basta.
¿Qué pueden enseñarte hoy las cuatro virtudes cardinales?
Un catálogo moral del siglo XIII resulta más utilizable de lo que parece. Esto es lo que las virtudes cardinales según Santo Tomás dejan para la vida diaria.
Saber qué está bien no es lo mismo que saber qué hacer hoy. La prudencia existe precisamente para ese salto. Si alguna vez has tenido claros tus principios y aun así no sabías cómo aplicarlos a una situación concreta, no te faltaba convicción: te faltaba el trabajo propio de esta virtud, que es deliberar, juzgar y decidir.
Decidir es parte de la virtud, no un trámite posterior. Aquino señala que muchos fallan en el tercer momento del acto prudente: analizan bien y no ejecutan. Si te reconoces ahí, el problema no está en tu criterio.
Aguantar cuesta más que arrancar. Que la fortaleza consista sobre todo en resistir, y que la perseverancia sea la anexa que sostiene cuando el impulso se agota, describe con exactitud por qué los proyectos, las dietas y los propósitos se caen en el mes tres y no en el día uno.
La justicia se juega en los detalles pequeños. El tratado dedica cuestiones enteras al precio, al salario, a la palabra dada y a la fama ajena. Devolver lo prestado, no exagerar en una negociación y no repetir lo que daña a alguien son actos de justicia tanto como los grandes asuntos.
Tu carácter no cambia por decisión, sino por repetición. Toda la teoría de la virtud como hábito descansa en eso. Los actos aislados no forman a nadie; lo que haces muchas veces sí. Es una noticia lenta, pero es también la más esperanzadora del tratado.
Referencias y recursos
- Índice de la Secunda Secundae, con las virtudes cardinales en las cuestiones 47 a 170: Suma Teológica, versión web (hjg.com.ar)
- Índice general de las tres partes y sus tratados: Índice general de la Suma Teológica (Instituto Diocesano de Teología)
- Plan general de la obra y lugar del tratado de las virtudes: Plan de la Suma (Revista Fe y Razón)
- Edición de la Parte I-II con las introducciones doctrinales sobre virtudes y hábitos: Suma de Teología, Parte I-II (Dominicos.org)
- Edición bilingüe latín-español para consultar el texto original: Suma Teológica bilingüe (tomasdeaquino.org)



