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Marcos el Evangelista: La Voz de Pedro que Escribió el Primer Evangelio

Verdad Eterna septiembre 7, 2026 14 minutos de lectura
Marcos el Evangelista: La Voz de Pedro que Escribió el Primer Evangelio

Publicado en julio 9, 2025, última actualización en septiembre 7, 2026.

De los cuatro evangelios, el Evangelio de Marcos, es el más corto, el más rápido y, según la mayoría de los especialistas, el más antiguo. Y sin embargo la pregunta de quién escribió el evangelio de Marcos no se responde abriendo el libro: el texto no lleva firma, no dice «yo, Marcos», y en ningún renglón el autor se presenta.

El nombre viene de otro sitio: de un título añadido en los manuscritos y de una cadena de testimonios cristianos del siglo II que hablan de un tal Marcos, secretario y traductor del apóstol Pedro, escribiendo en Roma lo que había oído predicar. Vale la pena mirar de cerca esa cadena, porque es sólida en un punto y frágil en otro, y las dos cosas se dicen mejor juntas.

Contenido

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  • Retrato Rápido
  • Puntos Clave
  • ¿Quién escribió el evangelio de Marcos y para quién?
  • ¿Cuándo se escribió el evangelio de Marcos?
  • ¿Cómo está organizado el evangelio de Marcos?
  • La prisa, la aspereza y el secreto: las marcas del segundo evangelio
  • ¿Qué puede enseñarte hoy el evangelio de Marcos?

Retrato Rápido

El segundo evangelio del canon es anónimo en su cuerpo y la tradición cristiana más antigua lo atribuye a Marcos, colaborador de Pedro y de Pablo, escribiendo en Roma entre los años 65 y 75 para lectores que no eran judíos.

Es el relato más breve de Jesús, el que más deprisa avanza y, según el consenso académico actual, la fuente que Mateo y Lucas tuvieron delante al escribir los suyos.

⚖️ Algunos puntos debatidos: que el texto es antiguo, anónimo y que sirvió de base a otros dos evangelios está firme. Se discute la fecha exacta, el lugar de composición y cuánto peso histórico tiene la atribución a Marcos.

Puntos Clave

  • El texto es anónimo. El evangelio no nombra a su autor en ningún versículo; la atribución está en el título de los manuscritos y en la tradición, no en el libro.
  • El testimonio más antiguo es Papías, obispo de Hierápolis hacia el año 100-130, citado un siglo después por Eusebio: Marcos fue «intérprete de Pedro» y escribió con exactitud, aunque no en orden.
  • Las fuentes antiguas se contradicen en un punto: Ireneo dice que Marcos escribió después de la muerte de Pedro; Clemente de Alejandría, que lo hizo en vida suya y con su conocimiento.
  • El destinatario no era judío. El autor traduce el arameo, explica costumbres judías y convierte monedas griegas a moneda romana para que su lector entienda.
  • La fecha más aceptada va del 65 al 75, en torno a la guerra judía y la caída del templo.
  • El final más antiguo termina en 16:8, con las mujeres calladas de miedo. Los versículos 16:9-20 faltan en los manuscritos completos más antiguos.

¿Quién escribió el evangelio de Marcos y para quién?

El libro se abre así: «Principio de la buena noticia de Jesucristo, el Hijo de Dios» (Marcos 1:1). No hay dedicatoria, no hay nombre, ni una sola línea donde el narrador explique cómo llegó a saber lo que cuenta. Los cuatro evangelios comparten ese rasgo: ninguno firma. Los nombres aparecen en el encabezado que los copistas ponían al principio del rollo o del códice —»Según Marcos», katà Márkon—, y los manuscritos completos más antiguos que conservan ese título para este evangelio son del siglo IV.

El testimonio decisivo lo transmite Eusebio de Cesarea a comienzos del siglo IV, pero citando a un autor muy anterior, Papías de Hierápolis, que escribía hacia el año 100-130 y que a su vez decía repetir lo que le había contado «el presbítero»:

«Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió con exactitud, aunque no en orden, todo lo que recordaba de las cosas dichas o hechas por el Señor. Porque él ni había oído al Señor ni le había seguido, sino que más tarde siguió a Pedro, el cual adaptaba sus enseñanzas a las necesidades de sus oyentes.»

Dos cosas llaman la atención de esa frase. La primera es que la palabra griega traducida como «intérprete» significa a la vez traductor y portavoz, y las dos lecturas siguen abiertas: pudo traducir al griego la predicación aramea de Pedro, o pudo ser su secretario. La segunda es que Papías está a la defensiva. Nadie explica que un libro está «en orden» salvo que alguien haya dicho lo contrario, y esa disculpa indica que el evangelio ya recibía críticas por su falta de estructura.

Ireneo de Lyon, hacia el 180, añade el lugar: Marcos, «discípulo e intérprete de Pedro, nos transmitió por escrito lo que Pedro había predicado», y lo hizo después de la partida de Pedro y Pablo de esta vida, es decir, después del año 64. Clemente de Alejandría, hacia el 200, cuenta lo mismo con una diferencia notable: los oyentes de Pedro en Roma pidieron a Marcos que pusiera por escrito lo que había oído, y Pedro, al enterarse, «ni lo prohibió expresamente ni lo alentó». Las dos versiones coinciden en Roma y en Pedro, y se contradicen en si Pedro vivía. Es el punto más incómodo de la tradición y conviene decirlo sin rodeos.

En el Nuevo Testamento hay un anclaje: al final de la primera carta de Pedro se lee «os saluda la que está en Babilonia, elegida como vosotros, y también Marcos, mi hijo» (1 Pedro 5:13). «Babilonia» era un nombre encubierto para Roma entre judíos y cristianos después del año 70, porque Roma había repetido lo que hizo Babilonia: destruir Jerusalén y su templo. El versículo vincula a un Pedro con un Marcos en Roma, y sobre esa base se apoya todo lo demás. No dice, en cambio, que ese Marcos escribiera un evangelio; ese paso lo dan Papías e Ireneo, no la carta.

Hay un argumento a favor de la tradición que no conviene pasar por alto. Marcos no era apóstol, no había visto a Jesús y arrastraba un episodio poco favorecedor: abandonó a Pablo y a Bernabé a mitad de viaje, y aquello provocó una ruptura entre ellos (Hechos 15:37-39). Quien inventa una autoridad para respaldar un libro no elige a un personaje así. La vida de este hombre, con su fracaso y su recuperación, se cuenta aparte en el artículo sobre Juan Marcos.

¿Y para quién escribía? Aquí el texto habla solo. El autor conserva palabras arameas y las traduce en el acto: talitá kum, «muchacha, levántate» (Marcos 5:41); effatá, «ábrete» (7:34); Boanerges, «hijos del trueno» (3:17); Gólgota, «lugar de la Calavera»; Eloí, Eloí, lemá sabactani (15:34). Un lector que entendiera arameo no necesitaría la traducción.

También explica costumbres judías elementales, como el lavado ritual de manos y de vasijas (7:3-4), cosa innecesaria ante una audiencia judía. Y convierte el dinero: las dos moneditas de la viuda «hacen un cuadrante» (12:42), que era calderilla romana. Su griego está sembrado de préstamos latinos —legión, denario, centurión, pretorio, censo—, casi todos vocabulario militar, monetario y administrativo.

Eso apunta a un ambiente romano, aunque por sí solo no demuestra Roma: esas palabras circulaban por todo el imperio, y quienes proponen Siria como lugar de composición insisten justamente en ello. Los lectores previstos eran gentiles, y de eso no cabe mucha duda.

¿Cuándo se escribió el evangelio de Marcos?

La franja que casi nadie discute va del año 65 al 75, con el punto de gravedad en torno al 70, el año en que las legiones de Tito tomaron Jerusalén y quemaron el templo. Dentro de esa franja hay una discusión real y bien planteada.

ArgumentoA favor de después del 70A favor de antes del 70
El anuncio sobre el templo (13:2)«No quedará piedra sobre piedra» se lee con la catástrofe ya consumadaEl capítulo 13 habla de una profanación, no de un incendio, y el templo ardió: el texto no parece conocer el desenlace
El testimonio antiguoIreneo sitúa la redacción tras la muerte de Pedro, hacia el 64-68Clemente la sitúa en vida de Pedro, antes del 64
El tono del relatoLa comunidad vive persecución y desconcierto, propios de la posguerraLa tensión encaja también con la crisis de los años 40, cuando Calígula quiso poner su estatua en el templo

Sobre el lugar, la tradición dice Roma y la mayoría de los especialistas la sigue, sin considerarla probada. Las alternativas serias son Siria y Galilea, propuestas por quienes señalan que el ambiente latino del vocabulario no basta y que el evangelio conoce bien la geografía y las tensiones de aquella región.

El contexto importa más que la fecha exacta. Si el libro nació en los años sesenta o setenta en Roma, sus primeros lectores habían visto la persecución de Nerón, y si nació en Siria o en Palestina, habían visto la guerra. En ambos casos leían un relato que no promete tranquilidad: Jesús anuncia tres veces su muerte, advierte a los suyos que serán entregados y azotados, y el libro entero avanza hacia una cruz.

Un evangelio así no se escribe para lucirse. Se escribe para gente que necesita saber que el camino de su maestro pasó por el mismo sitio por donde ellos están pasando. Sobre cómo era aquella comunidad hay más en el artículo sobre la iglesia primitiva.

¿Cómo está organizado el evangelio de Marcos?

Dieciséis capítulos, unos 660 versículos y una arquitectura mucho más pensada de lo que sugiere su prisa. El libro se parte en dos mitades con una bisagra exacta en el camino de Cesarea de Filipo, cuando Jesús pregunta a los suyos quién dicen que es él y Pedro responde: «Tú eres el Mesías» (Marcos 8:29).

  • Primera mitad (1-8). Galilea, milagros, exorcismos, controversias. Todos preguntan quién es este hombre y nadie acierta del todo.
  • Bisagra (8:27-30). La confesión de Pedro. A partir de aquí el libro cambia de dirección y de tono.
  • Segunda mitad (8:31-10:52). El camino a Jerusalén, con tres anuncios de la pasión, y tres veces los discípulos entienden lo contrario de lo que se les dice.
  • Jerusalén y la pasión (11-16). Seis capítulos, más de un tercio del libro, para los últimos días.

Esa desproporción es el dato estructural más elocuente. Un tercio del evangelio ocupa una sola semana. Se ha dicho, con razón, que Marcos es un relato de la pasión con una introducción larga. La frase que resume el libro está en la segunda mitad: el Hijo del hombre «no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida» (10:45).

El final es el punto más delicado. Los dos manuscritos completos más antiguos del Nuevo Testamento, el Códice Sinaítico y el Códice Vaticano, ambos del siglo IV, terminan el evangelio en 16:8: las mujeres huyen del sepulcro y «no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo». El Vaticano deja además una columna en blanco, señal de que el copista sabía que circulaba algo más. Los versículos 16:9-20 faltan también en las versiones siríaca, copta y armenia más antiguas.

Eusebio escribió que «los ejemplares exactos» terminaban en 16:8, y Jerónimo, un siglo después, que el pasaje faltaba «en casi todos los códices griegos». Todas las ediciones críticas modernas del texto griego lo imprimen entre corchetes. Lo que sigue abierto es otra cosa: si el evangelista quiso terminar con ese miedo —un final desconcertante que obliga al lector a responder por su cuenta— o si el desenlace original se perdió. Ahí sí hay desacuerdo genuino entre especialistas que aceptan por igual la evidencia manuscrita.

La prisa, la aspereza y el secreto: las marcas del segundo evangelio

El griego de este evangelio es el más pobre de los cuatro y ese es justamente su efecto. Cuatrocientos diez de sus versículos empiezan con la conjunción «y», encadenados como quien cuenta algo sin parar a respirar. El adverbio euthýs, «enseguida», aparece unas cuarenta y una veces, más del ochenta por ciento de todas sus apariciones en el Nuevo Testamento. El relato no describe paisajes ni se detiene en genealogías: empieza sin nacimiento, sin infancia, sin prólogo teológico, con un hombre adulto que sale del agua del Jordán.

Esa aspereza es también la razón por la que los especialistas sitúan este evangelio en primer lugar. Unos seiscientos de sus versículos reaparecen en Mateo y cerca de dos tercios en Lucas, a menudo casi palabra por palabra, pero con el griego corregido y las frases duras suavizadas. Donde este texto dice que Jesús «no podía» hacer milagros en Nazaret (6:5), Mateo escribe que «no hizo». Es más fácil explicar que alguien suavice una frase incómoda que lo contrario, y ese razonamiento, repetido en decenas de pasajes, sostiene lo que se llama la prioridad marcana.

El segundo rasgo distintivo es un patrón que el lector nota enseguida: Jesús impone silencio una y otra vez. Manda callar a los demonios que lo reconocen, prohíbe divulgar las curaciones, y tras la confesión de Pedro ordena que no digan nada. William Wrede lo llamó en 1901 «el secreto mesiánico», y sostuvo que era una construcción del evangelista.

Su explicación completa ya casi no se sostiene, pero el fenómeno literario que señaló sigue en pie y hoy se lee de otra manera: el lector sabe desde el primer versículo quién es Jesús y ve a todos los personajes tropezar con esa identidad.

Nadie la acierta hasta el final, y quien la acierta no es un discípulo ni un sacerdote, sino un centurión romano que mira morir a un condenado y dice: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (15:39). El libro había prometido eso en su primera línea. Tarda quince capítulos en dejar que alguien lo diga, y lo pone en boca de un extranjero al pie de una cruz. El contenido y el mensaje del libro se desarrollan aparte, en el artículo sobre el evangelio de Marcos.

¿Qué puede enseñarte hoy el evangelio de Marcos?

Saber quién escribió el evangelio de Marcos no es un dato de erudición sin consecuencias. Cambia la forma de leerlo, y de ahí salen algunas cosas muy concretas para la vida de cualquier creyente.

  • Un testimonio de segunda mano también es testimonio. El autor no vio a Jesús. Escuchó a quien lo vio y lo puso por escrito. Buena parte de tu fe llegó igual: alguien te contó lo que había recibido. Eso no la vuelve menos verdadera, la vuelve transmitida, que es como han llegado todas las cosas importantes.
  • Un pasado torcido no descalifica a nadie. El hombre al que la tradición atribuye este libro había abandonado una misión y provocado una ruptura entre dos apóstoles. Si tu historia tiene un capítulo del que preferirías no hablar, este evangelio se escribió, según toda la tradición antigua, por alguien con el mismo problema.
  • La incomprensión no es el final. En estas páginas los discípulos se equivocan sin descanso: no entienden las parábolas, discuten quién es el más importante, huyen cuando arrestan a su maestro. El texto no los maquilla. Si te reconoces más en ellos que en los santos de los cuadros, estás leyendo el libro como se escribió.
  • La fe se demuestra donde no hay nada que ver. La primera confesión completa la hace un soldado frente a un cadáver. Ni milagro, ni voz del cielo, ni multitud. Es una invitación a mirar dónde estás pidiendo señales antes de creer.
  • Un final abierto también es una forma de hablar. Si el evangelio termina de verdad en el miedo de unas mujeres que callan, entonces el libro deja la última palabra al lector. Lo que sigue después de 16:8 lo escribes tú con lo que hagas mañana.

Para seguir tirando del hilo, ahí están la vida de Juan Marcos, el contenido del evangelio de Marcos, la figura del apóstol Pedro que está detrás de estas páginas, y los otros tres evangelistas: Mateo, Lucas y Juan.

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