
Publicado en agosto 16, 2025, última actualización en septiembre 1, 2026.
Un incendio forestal alcanza a un cervatillo, que queda atrapado, se quema y agoniza varios días hasta morir. El filósofo William Rowe eligió ese ejemplo a propósito, en un artículo de 1979 que sigue marcando la discusión, porque nadie eligió nada: no hay malicia humana, no hay lección para nadie, no hay testigo. La pregunta de por qué Dios permite el mal no se juega en los casos que admiten explicación fácil, sino en los que no la admiten.
Quien llega a esta pregunta suele llegar por un camino más corto y más doloroso: una enfermedad, una muerte a destiempo, una injusticia que nadie reparó. Lo que sigue no ofrece un consuelo rápido ni pretende cerrar una herida con un argumento.
Recorre lo que dice la Biblia cuando alguien pregunta esto, las dos grandes familias de respuesta que la tradición cristiana ha elaborado, el punto exacto donde ninguna de las dos llega, y qué queda en pie cuando se reconoce ese límite.
Veredicto Rápido
La Biblia dedica mucho más espacio al lamento que a la explicación, y en su libro central sobre el sufrimiento Dios habla largamente sin dar nunca la razón.
La tradición cristiana ha desarrollado dos grandes respuestas —el mal como precio de una libertad real y el mal como condición de una formación— que funcionan bien ante el mal causado por decisiones humanas y quedan cortas ante el que no procede de ninguna decisión. Referencia principal: Job 38 y Lucas 13:1-5.
⚖️ Algunos puntos debatidos: Es firme que la Biblia rompe la ecuación entre sufrimiento y castigo, y que autoriza la protesta. Está genuinamente debatido si alguna respuesta cristiana da cuenta del mal natural.
Puntos Clave
- El libro de Job nunca explica a Job por qué sufrió: el lector conoce la escena inicial y el protagonista, no.
- Dios reprende a los amigos de Job, que dieron explicaciones piadosas, y aprueba al que protestó a gritos.
- Jesús rompe dos veces la ecuación sufrimiento igual a castigo y no ofrece una causa alternativa.
- La defensa del libre albedrío responde al mal moral, el que procede de decisiones libres, y ahí es sólida.
- El mal natural —terremotos, cáncer infantil, sufrimiento animal— no depende de ninguna decisión, y es el punto donde toda respuesta se estrecha.
- El Salmo 88 termina a oscuras, sin giro de esperanza, y aun así está en la Biblia: la oración que no se resuelve tiene sitio en el canon.
¿Qué dice la Biblia cuando alguien pregunta por qué Dios permite el mal?
Lo primero que llama la atención al recorrer los pasajes pertinentes es la proporción. El texto bíblico dedica capítulos enteros a la queja y muy pocas líneas a la explicación. Habacuc abre su libro acusando: «¿Hasta cuándo, Señor, he de pedir ayuda sin que tú me escuches?» (Habacuc 1:2-4), y unos versículos después sube el tono: «¿por qué contemplas callado la traición viendo cómo el impío devora al que es más justo que él?» (Habacuc 1:13).
El salterio recoge esa misma voz una y otra vez, y en un caso no la resuelve: el Salmo 88 es el único lamento que no gira hacia la confianza, y su última línea deja al orante con las tinieblas por única compañía. Que una oración así permaneciera en el libro de oraciones de Israel es un dato de primer orden.
El libro de Job es el tratamiento más extenso, y lo que hace no es lo que suele decirse. El lector asiste en los dos primeros capítulos a una escena celeste; Job, no. Cuando Dios finalmente habla desde la tormenta, durante cuatro capítulos, no menciona ni una sola vez esa escena.
Lanza una avalancha de preguntas sobre los cimientos de la tierra, la lluvia, el avestruz, Behemot y Leviatán, y Job responde: «Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos». Lo que cambia es la relación, no la información. Job muere sin saber por qué le pasó lo que le pasó.
Y luego viene el giro que casi nunca se cita. Dios se enfada con los amigos de Job «porque no han hablado de mí como hay que hablar, al contrario de como lo ha hecho mi siervo Job» (Job 42:7). Los que ofrecieron explicaciones piadosas del sufrimiento quedan reprendidos; el que gritó queda aprobado.
Jesús trata el asunto dos veces y en ambas desmonta la explicación disponible. Ante los galileos asesinados por Pilato y los dieciocho aplastados por la torre de Siloé —un mal causado por un hombre y un accidente sin culpable— niega expresamente que las víctimas fueran peores que los demás (Lucas 13:1-5). Ante el ciego de nacimiento rechaza igual la culpa propia y la de los padres (Juan 9:1-3). En ninguno de los dos casos ofrece una causa alternativa.
Dos textos más completan el cuadro. Pablo pide tres veces que le sea retirada una «espina en la carne» y la petición es denegada (2 Corintios 12:7-9). Y en Romanos 8:18-25 la respuesta no es explicativa sino direccional: la creación entera gime «con dolores de parto», y la salvación se posee «sólo en esperanza». La Biblia dice hacia dónde, mucho más que por qué.
Perspectiva 1: el mal es el precio de una libertad real
Esta respuesta sostiene que un mundo con criaturas genuinamente libres es un bien tan alto que justifica el riesgo que conlleva, y que ese riesgo incluye la posibilidad de que elijan mal. Es la línea de Agustín, y su formulación filosófica más rigurosa es la de Alvin Plantinga en God, Freedom, and Evil («Dios, la libertad y el mal», 1974).
Su mejor argumento. Dios no puede a la vez conceder libertad y garantizar su buen uso: una libertad que no puede fallar no es libertad, es un mecanismo. Plantinga precisa además algo que casi siempre se cuenta mal: no ofrece una teodicea, es decir, no pretende decir cuál es la razón real de Dios. Ofrece una defensa: basta con mostrar que la existencia de Dios y la del mal no son lógicamente incompatibles. Y eso lo consigue. El propio estado de la cuestión en filosofía de la religión reconoce que la defensa del libre albedrío refutó el argumento lógico contra la existencia de Dios que J. L. Mackie había formulado en 1955.
Esta línea aporta además una precisión metafísica de Agustín que sigue siendo útil: el mal no es una sustancia ni un segundo principio rival, sino privación de un bien debido. «Que nadie busque una causa eficiente de la voluntad mala», escribe en La ciudad de Dios, «porque no es eficiente, sino deficiente».
Tomás de Aquino desarrolla esa idea sosteniendo que el mal solo tiene causa por accidente: el agente busca siempre algún bien, y el daño se sigue como efecto colateral no pretendido. Puedes ver ese tratamiento completo en la Suma Teológica sobre el problema del mal.
Dónde se estrecha. La privatio boni explica por qué el mal no es un dios rival, pero no consuela a nadie: a quien perdió un hijo, decirle que el mal «no es nada» le suena a burla. Es una respuesta metafísica, no pastoral. Y la defensa del libre albedrío tiene un límite mucho más serio: está construida para el mal moral. El cervatillo del incendio, la leucemia infantil y el terremoto no dependen de ninguna elección de nadie. Se han propuesto salidas —atribuir el mal natural a agentes espirituales caídos, o hacerlo consecuencia de la caída humana—, pero la primera el propio Plantinga la presenta solo como posibilidad lógica y no como afirmación, y la segunda choca con el registro fósil, que documenta depredación, parásitos y extinciones masivas cientos de millones de años antes de que existiera ningún ser humano.
Sobre cómo se articula esta libertad con la providencia divina, el sitio trata el asunto por separado en Libre albedrío y voluntad de Dios.
Perspectiva 2: el sufrimiento forma, y la respuesta llega al final
Esta segunda familia no mira hacia atrás, hacia una caída, sino hacia adelante, hacia un destino. Su raíz patrística está en Ireneo de Lyon, que en el siglo II sostuvo que Dios pudo hacer al ser humano perfecto desde el principio pero «el hombre no podía recibirlo, siendo todavía un niño», y describió una secuencia: ser creado, crecer, fortalecerse, recuperarse y ser glorificado.
El teólogo John Hick recogió esa línea en Evil and the God of Love («El mal y el Dios del amor», 1966) y la formuló como teodicea: el mundo no es un paraíso fallido sino un «valle de formación de almas», y su dureza es la condición de que alguien llegue a ser alguien.
Su mejor argumento. Un mundo sin adversidad no formaría a nadie. El coraje, la compasión, la paciencia y el perdón no son adornos de la virtud: son respuestas a algo que duele, y en un mundo sin dolor no existirían. Hick añade una pieza fina, la distancia epistémica: Dios se mantiene cognitivamente a distancia, sin imponerse como evidencia abrumadora, para que la respuesta de fe sea genuina y no una rendición ante lo obvio. A esta línea pertenece también la respuesta escatológica: Apocalipsis 21:3-4 no promete una explicación sino una abolición, un mundo donde «ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor».
Dónde se estrecha. Esta postura responde al mal natural mejor que la anterior, pero tropieza con dos datos: el exceso y la distribución. Hay sufrimiento que no forma a nadie porque destruye a la persona antes de formarla, y hay sufrimiento que no forma a nadie porque nadie lo ve. Además, el sistema de Hick solo cierra si Dios acaba ganando a todos: su teodicea es universalista, y quien la usa sin decirlo está escondiendo la factura.
Lo que ambas perspectivas comparten, y conviene decirlo porque explica por qué los mismos versículos no zanjan la discusión: las dos afirman que Dios es bueno, que el mal es real y no una ilusión, que Dios no es su autor, y que la situación actual no es definitiva. Discuten sobre el mecanismo, no sobre el desenlace. Y ninguna de las dos es propiamente la respuesta cristiana central, porque hay una tercera cosa que el cristianismo dice y que no es una explicación en absoluto: que Dios entró en el sufrimiento en vez de contemplarlo desde fuera. El grito de la cruz —el «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»— no responde a la pregunta. Cambia quién la está haciendo.
¿Qué dicen los filósofos y dónde se atasca la discusión?
El planteamiento clásico llega a Occidente por Lactancio, que hacia el año 313 recoge en De ira Dei un dilema que atribuye a Epicuro —la atribución está discutida y conviene decirlo así—: si Dios quiere quitar los males y no puede, es débil; si puede y no quiere, es hostil; si ni quiere ni puede, no es Dios; y si quiere y puede, de dónde vienen entonces los males.
La discusión moderna tuvo dos fases. En la primera, Mackie sostuvo que el conjunto de creencias teístas era internamente contradictorio, y Plantinga mostró que no lo era. Esa fase está cerrada, y lo reconocen ambos bandos. En la segunda, Rowe reformuló el problema en términos probabilísticos: no que Dios sea imposible, sino que la cantidad y la distribución del sufrimiento aparentemente inútil hacen improbable que exista un ser que pudiera evitarlo.
La réplica más resistente es la del teísmo escéptico, formulada por Stephen Wykstra en 1984. Su punto es de método: Rowe pasa de «no vemos ningún bien que justifique este sufrimiento» a «no hay tal bien», y esa inferencia solo vale si cabría esperar que nosotros viéramos ese bien en caso de existir. Si nuestra posición cognitiva respecto de los fines últimos es la de un niño de tres años respecto de las decisiones médicas de sus padres, no ver la razón no es evidencia de que no la haya.
La objeción principal a esta postura es honesta y hay que darla: si nuestra ignorancia es tan profunda, corta también en la otra dirección. Quien no puede juzgar que un mal es gratuito, tampoco puede apoyarse en su juicio moral para afirmar que Dios es bueno. El teísmo escéptico compra inmunidad al precio de renunciar a saber.
El punto donde la discusión se atasca es siempre el mismo, y merece nombrarse sin suavizarlo: el mal natural. La distinción es limpia. El mal moral procede de la elección libre de alguien; el mal natural, de nada ni de nadie. Se ha propuesto que un mundo con leyes estables y predecibles es condición de cualquier agencia moral, y que un mundo con placas tectónicas es necesariamente un mundo con terremotos. Es el argumento más fuerte de los disponibles, y aun así no explica por qué las leyes tenían que ser exactamente estas, ni por qué el sufrimiento animal, que no forma el alma de nadie, alcanza la escala que alcanza.
Ninguna respuesta cristiana disponible cierra el mal natural con la solvencia con que la defensa del libre albedrío cierra el mal moral. Decirlo no debilita el argumento: lo sitúa. El panorama completo de la discusión filosófica muestra que este es el terreno donde sigue viva.
¿Qué puede enseñarnos hoy la pregunta de por qué Dios permite el mal?
Hay una diferencia práctica enorme entre quien llega a este asunto buscando una explicación y quien llega buscando cómo sostenerse. La Biblia atiende mucho más a lo segundo, y de ahí salen aplicaciones concretas.
Tienes permiso para protestar, y está por escrito. Habacuc acusa a Dios de mirar callado. El Salmo 88 termina sin consuelo. Job grita durante treinta capítulos y es el único al que Dios aprueba. Si has estado callando una queja porque te parecía impropia de un creyente, el texto bíblico te contradice: la oración airada es una forma de oración, y es la que más espacio ocupa en el salterio.
Desconfía de las explicaciones rápidas, sobre todo si son ajenas. Los amigos de Job dijeron cosas que suenan piadosas y quedaron reprendidos. «Todo pasa por algo», «Dios se lleva a los mejores», «esto te está enseñando algo»: dichas por quien sufre pueden ser verdad; dichas al que sufre, suelen ser el error de Elifaz. Cuando acompañes a alguien en un duelo, tu silencio vale más que tu teodicea.
No leas el dolor ajeno como un veredicto. Jesús desmonta dos veces la ecuación entre desgracia y castigo. Es la aplicación más práctica de todas, porque esa ecuación sigue funcionando por debajo, en la sospecha de que quien enferma o quien fracasa algo habrá hecho. El texto la corta de raíz.
Distingue lo que se puede saber de lo que se puede sostener. Que la pregunta de por qué Dios permite el mal no tenga respuesta cerrada no significa que no haya nada firme. Es firme que el mal es real y que Dios no lo aprueba. Es firme que la situación presente no es la definitiva. Y es firme que la respuesta cristiana no es un argumento sino una presencia: alguien que entró en el sufrimiento y no lo explicó desde fuera. Puedes seguir sin entender y seguir confiando; son dos cosas distintas y solo una de ellas depende de tener la información completa.
Y hay una pregunta que sí está en tus manos. Buena parte del mal que hay en el mundo se comete, y buena parte del que se comete podría no cometerse. Ante lo que no depende de nadie, queda la protesta y la espera. Ante lo que depende de alguien, la pregunta cambia de dirección y deja de ser sobre Dios.
Si el asunto te interesa por el lado de la confianza más que por el del argumento, el sitio lo trata en La fe y los problemas y en ¿Dios nos pone a prueba?.





