
Es una de las acusaciones más repetidas contra la Reforma y una de las preguntas más buscadas sobre Lutero: que tomó la Biblia, sacó siete libros que no le convenían y entregó a los protestantes un texto recortado.
La respuesta corta es que no los quitó, pero tampoco los dejó donde estaban, y que el motivo por el que los movió es un punto donde católicos y protestantes siguen sin ponerse de acuerdo cinco siglos después. Quizás la pregunta te haya llegado en una conversación incómoda, o al notar que la Biblia de un amigo católico tiene setenta y tres libros y la tuya sesenta y seis.
Lo que sigue reconstruye qué hizo exactamente Lutero con esos libros en su Biblia de 1534, con qué criterio, qué pasó además con cuatro libros del Nuevo Testamento —que es donde el caso contra él es más fuerte— y quién los eliminó de verdad de las Biblias protestantes, que no fue él ni fue en el siglo XVI.
Retrato Rápido
Lutero no eliminó ningún libro de la Biblia. En su Biblia alemana completa de 1534 imprimió los siete libros deuterocanónicos junto con las adiciones a Ester y Daniel, pero los sacó de su orden tradicional entre los libros del Antiguo Testamento y los agrupó en una sección propia entre los dos Testamentos, bajo un encabezado que los declaraba útiles pero no equiparables a la Escritura.
También relegó al final del Nuevo Testamento a Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis, sin numerarlos en el índice, aunque tampoco los suprimió. La desaparición física de esos libros en las Biblias protestantes ocurrió mucho después: las sociedades bíblicas dejaron de imprimirlos en el siglo XIX.
⚖️ Algunos puntos debatidos: El retrato general es claro, pero hay detalles sobre los que las fuentes no coinciden.
Puntos Clave
Este es un caso donde los hechos materiales están bien documentados y lo que se discute son las intenciones. Conviene separar una cosa de la otra.
- Los libros en cuestión son siete, más pasajes añadidos a Ester y a Daniel, y aparecen en las Biblias católicas y ortodoxas pero no en las protestantes.
- La Biblia de Lutero de 1534 los contiene todos, agrupados entre el Antiguo y el Nuevo Testamento con el título «Apócrifos: libros que no se consideran iguales a las Sagradas Escrituras, pero que son útiles y buenos para leer».
- El criterio que declaró fue el canon hebreo, la misma distinción que había hecho Jerónimo en el siglo IV al traducir la Vulgata.
- El punto que da pie a la sospecha es 2 Macabeos, el libro que sostenía la doctrina del purgatorio y, con ella, las indulgencias que Lutero combatía.
- En el Nuevo Testamento el caso es más grave: allí el criterio que aplicó fue abiertamente subjetivo y él mismo lo formuló así.
- Los apócrifos se dejaron de imprimir en las Biblias protestantes en 1826, casi tres siglos después de la muerte de Lutero, por una decisión de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera.
¿De qué libros estamos hablando exactamente?
Antes de discutir intenciones conviene tener claro el inventario, porque la conversación suele darse sin que ninguna de las dos partes lo nombre. Son siete libros completos más dos bloques de añadidos.
| Libro | Contenido |
|---|---|
| Tobías | Relato familiar sobre providencia, matrimonio y el ángel Rafael |
| Judit | Relato de la liberación de una ciudad judía por una viuda |
| Sabiduría | Libro sapiencial escrito en griego, con reflexión sobre la inmortalidad |
| Eclesiástico (Sirácida) | Colección extensa de enseñanza sapiencial |
| Baruc | Atribuido al secretario de Jeremías, incluye la carta de Jeremías |
| 1 Macabeos | Historia de la rebelión macabea contra los seléucidas |
| 2 Macabeos | Versión teológica de esa misma historia; incluye la ofrenda por los difuntos |
| Adiciones a Ester | Pasajes en griego ausentes del texto hebreo |
| Adiciones a Daniel | La oración de Azarías, Susana, Bel y el dragón |
El nombre que se les dé ya toma partido, y conviene decirlo antes de seguir. Los católicos y ortodoxos los llaman deuterocanónicos, «del segundo canon»: reconocidos más tarde, pero plenamente canónicos.
Los protestantes los llaman apócrifos, «ocultos», término que en su uso técnico significa no canónicos y en el habla corriente ha terminado sonando a falsos. Este artículo usa ambos según el contexto, sin que la elección de la palabra implique tomar posición.
¿Qué hizo Lutero con ellos en su Biblia de 1534?
Los imprimió. Ese es el hecho, y suele ser el que falta en la versión popular de la historia.
La Biblia alemana completa apareció en 1534, en una edición en seis partes, con setenta y cinco libros: treinta y nueve del Antiguo Testamento, veintisiete del Nuevo y nueve unidades correspondientes a los deuterocanónicos y sus adiciones. Lo que hizo fue cambiarlos de sitio: en lugar de dejarlos intercalados entre los libros del Antiguo Testamento, como estaban en la Vulgata, los reunió todos al final de esa sección, justo antes del Nuevo Testamento, y les puso un encabezado propio que decía:
Apócrifos: libros que no se consideran iguales a las Sagradas Escrituras, pero que son útiles y buenos para leer.
Ese encabezado es la clave de todo el asunto, porque hace dos afirmaciones a la vez. La primera es una degradación clara: no tienen el mismo rango que el resto. La segunda es una recomendación explícita: léelos, valen la pena. No es la actitud de alguien que considera esos textos peligrosos o falsos.
Vale la pena medir la distancia entre las tres opciones posibles, porque el debate suele confundirlas:
| Lo que se dice que hizo | Lo que hizo | Lo que habría sido lo contrario |
|---|---|---|
| Eliminó siete libros de la Biblia | Los imprimió completos en una sección aparte, con una nota que recomienda leerlos | Mantenerlos intercalados y en igualdad de rango, como la Vulgata |
Un dato que suele sorprender a lectores de los dos lados: esa misma disposición se repitió en el mundo protestante durante siglos. La Biblia del Oso de Casiodoro de Reina, de 1569, incluía los deuterocanónicos, y Cipriano de Valera, en 1602, no los eliminó: los reagrupó, exactamente como Lutero.
Ese punto se desarrolla en el recorrido sobre las versiones de la Biblia y sus diferencias, y el contexto completo de su ruptura con Roma, en el artículo sobre quién fue Martín Lutero.
¿Por qué Lutero desclasificó esos libros de la Biblia?
Aquí termina lo verificable y empieza lo discutido. Las dos lecturas parten de los mismos hechos y llegan a conclusiones distintas, y ambas tienen argumentos serios.
La explicación que Lutero dio. Su criterio declarado fue el canon hebreo: esos libros no forman parte de la Biblia que la comunidad judía reconoce, y varios de ellos se escribieron directamente en griego. Ese criterio no lo inventó él. Jerónimo, el traductor de la Vulgata en el siglo IV, ya distinguía entre los libros canónicos y los que llamaba eclesiásticos, útiles para la edificación pero no para fundar doctrina, y usó para ellos precisamente la palabra «apócrifos». Agustín no estuvo de acuerdo con él y la práctica de la Iglesia latina siguió a Agustín, pero la distinción de Jerónimo quedó escrita en los prólogos de la propia Vulgata, que todo teólogo del siglo XVI leía. A eso se añade el clima humanista de la época, con su regreso a las lenguas originales, y el hecho de que la cuestión estaba abierta incluso dentro de la Iglesia: el cardenal Cayetano, el mismo que había interrogado a Lutero en Augsburgo en 1518, siguió también la distinción de Jerónimo en sus comentarios de 1532, aunque el alcance exacto de su posición se discute.
La explicación que señalan sus críticos. El libro que quedó fuera no era uno cualquiera. 2 Macabeos 12:43-46 narra que Judas Macabeo mandó ofrecer sacrificios por los soldados muertos, y era el texto principal sobre el que se apoyaba la doctrina del purgatorio, de la cual dependía a su vez toda la lógica de las indulgencias que Lutero atacaba desde 1517.
Y hay algo más que hace este punto especialmente delicado: Lutero admitió que el pasaje enseña el purgatorio. En una carta a Jorge Spalatino del 7 de noviembre de 1519 escribió que el texto de Macabeos «es bien claro», y a continuación señaló que el libro carecía de autoridad canónica. En la disputa de Leipzig de julio de 1519, cuando Johann Eck le citó ese pasaje, Melanchthon registró que Lutero, siguiendo a Jerónimo, negó que Macabeos fuera autoritativo. Y en 1521 repitió por escrito, sobre 2 Macabeos 12:43, que «ese libro no está entre los libros de la Sagrada Escritura».
Su objeción, entonces, no fue exegética sino canónica: nunca sostuvo que el pasaje dijera otra cosa, sino que el libro no servía como prueba. Cómo se interpreta ese movimiento es exactamente lo que separa a las dos lecturas.
| Lectura católica | Lectura protestante |
|---|---|
| Que el libro degradado sea justo el que sostiene el purgatorio no es casualidad: el criterio se aplicó donde convenía | El criterio es el canon hebreo, tiene precedente en Jerónimo y se aplicó a los siete libros, no solo a Macabeos |
| La Iglesia había usado esos libros en su liturgia y su enseñanza durante más de mil años | El uso litúrgico prolongado no equivale a una definición dogmática, que solo llegó en 1546 |
| La distinción de Jerónimo fue una opinión personal que la Iglesia no siguió | Esa opinión quedó impresa en los prólogos de la Vulgata y era conocida por todos |
| Un particular no tiene autoridad para revisar el canon recibido | Precisamente esa es la cuestión de fondo de la Reforma: quién tiene esa autoridad |
El desenlace institucional llegó pronto. El Concilio de Trento, en su cuarta sesión del 8 de abril de 1546 —siete semanas después de la muerte de Lutero—, definió por primera vez de manera dogmática el canon católico incluyendo los deuterocanónicos, con anatema para quien lo negara. La votación fue ajustada: veinticuatro a favor, quince en contra y dieciséis abstenciones, lo que da idea de que la cuestión no era pacífica ni siquiera entre los padres conciliares.
¿Y los libros del Nuevo Testamento que relegó?
Esta parte se menciona mucho menos y es donde el caso contra Lutero resulta más consistente, porque aquí el criterio ya no fue el canon hebreo ni ninguna tradición antigua, sino su propio juicio teológico.
En su Nuevo Testamento de septiembre de 1522, y después en la Biblia completa, Lutero colocó cuatro libros al final —Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis— y los dejó sin numerar en el índice, mientras los otros veintitrés aparecían numerados del uno al veintitrés. Visualmente, cualquier lector entendía el mensaje: estos cuatro son de otra categoría. Su justificación fue que se trataba de libros que «desde tiempos antiguos tuvieron una reputación distinta», lo cual es históricamente cierto: la iglesia primitiva los había discutido más que a los demás.
Pero el criterio que aplicó lo formuló él mismo con una frase que no deja lugar a dudas: vale lo que was Christum treibet, «lo que impulsa a Cristo». Es decir, un escrito acredita su autoridad por su contenido, por si predica a Cristo con claridad o no. Es un criterio interno y, por definición, subjetivo: depende de quién lo aplique.
El caso más conocido es la Epístola de Santiago, a la que llamó «epístola de paja» en el prefacio de su Nuevo Testamento de 1522. El motivo es transparente: Santiago afirma que «el hombre es justificado por las obras y no solamente por la fe» (Santiago 2:24), y eso chocaba de frente con su lectura de Pablo. Aquí conviene una precisión que sus críticos suelen omitir y sus defensores suelen exagerar: Lutero retiró esa frase de las ediciones posteriores, a partir de 1537, y con los años su valoración de varios de esos libros se volvió más positiva. Nunca los sacó de la Biblia, y siguió predicando sobre ellos.
Aun así, el episodio deja algo en pie que ninguna defensa puede borrar: aplicó a un libro del Nuevo Testamento un criterio de contenido, y ese criterio era el suyo. Es la objeción más fuerte que puede hacérsele en materia de canon, y es curioso que la discusión popular se centre casi siempre en los libros del Antiguo Testamento, donde su posición tenía respaldo antiguo, y no en estos cuatro, donde no lo tenía.
¿Y lo de añadir «sólo» en Romanos 3:28?
Es la otra acusación de la misma familia y merece tratarse aquí, aunque no sea una cuestión de canon sino de traducción. Lutero tradujo el versículo como «el hombre es justificado sin las obras de la ley, sólo por la fe». La palabra «sólo» —allein en alemán— no está en el texto griego. Eso es un hecho y no lo discute nadie.
Su defensa, expuesta en la Carta abierta sobre el traducir de 1530, fue doble: que el alemán idiomático exige esa partícula en una construcción de ese tipo para que la frase suene natural, y que la palabra recoge el sentido de lo que Pablo argumenta en todo el pasaje. La primera parte de ese argumento ha envejecido mal: la propia revisión de 2017 de la Biblia de Lutero añadió notas al pie reconociendo que el idioma alemán no requiere en realidad ese «sólo». La segunda parte sigue siendo una discusión teológica legítima sobre qué está diciendo Pablo en Romanos 3:28.
Lo honesto es decirlo así: es un añadido interpretativo, él lo reconoció como decisión de traductor y no lo escondió, y hoy prácticamente ninguna Biblia alemana lo presenta sin nota.
¿Quién quitó realmente los libros de la Biblia protestante?
Si Lutero los imprimió, si Reina los incluyó en 1569 y Valera los conservó en 1602, la pregunta obvia es por qué no están en la Biblia que hoy se compra en cualquier librería evangélica. La respuesta está en el siglo XIX y tiene tanto de economía como de teología.
La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, fundada en 1804 para distribuir Escrituras de forma masiva y barata, dejó de incluir los apócrifos en sus ediciones inglesas desde el principio, con un argumento práctico: sin ese material, imprimir cada Biblia costaba menos y llegaba más lejos.
A partir de 1821, una campaña encabezada por Robert Haldane y William Thorpe presionó para extender esa política a todas las ediciones, en cualquier idioma. Tras un intento fallido de acuerdo, en 1826 la Sociedad decidió no imprimirlos nunca más. La disputa fue tan áspera que las delegaciones escocesas de Edimburgo y Glasgow se separaron de la organización.
Como las sociedades bíblicas eran, y siguen siendo, el principal canal de distribución de Biblias en el mundo, esa decisión editorial acabó definiendo lo que varias generaciones de protestantes entendieron por «la Biblia». En el mundo hispano el efecto se ve con fecha exacta: la revisión de la Reina-Valera de 1909 suprimió la sección de apócrifos que las ediciones anteriores todavía traían.
El resultado es un mapa con tres posiciones firmes y bien definidas:
- Católicos y ortodoxos. Los deuterocanónicos son Escritura plena. El canon ortodoxo es incluso más amplio que el católico e incluye 3 Macabeos, el Salmo 151 y 1 Esdras.
- Anglicanos. Los Treinta y Nueve Artículos, en su artículo VI, adoptan literalmente la posición de Jerónimo: la Iglesia lee esos libros «como ejemplo de vida e instrucción de costumbres, pero no los aplica para establecer ninguna doctrina». Siguen apareciendo en los leccionarios anglicanos.
- Protestantes reformados y evangélicos. La Confesión de Fe de Westminster los excluye del canon por no ser de inspiración divina, y esa es la posición mayoritaria en el mundo evangélico hispano.
Hay un matiz final que desactiva buena parte de la polémica: ninguna doctrina central del cristianismo depende de esos siete libros. La Trinidad, la encarnación, la resurrección y la justificación se argumentan desde textos que están en todas las Biblias. Lo que sí cambia según el canon que se use son cuestiones concretas —el purgatorio y la oración por los difuntos, principalmente— y cuánta historia del período entre los dos Testamentos conoce el lector.
¿Qué te enseña esto sobre cómo lees tu Biblia?
Preguntarse si Lutero quitó libros de la Biblia lleva, si se persigue en serio, a una pregunta más grande y más útil: cómo llegó a tus manos el libro que abres, y quién decidió qué iba dentro. Cuatro cosas para llevarte.
Comprueba las acusaciones antes de repetirlas, vengan del lado que vengan. «Lutero quitó siete libros» es falso tal como se dice, y «no pasó nada, solo los reordenó» también lo es. El dato exacto —los imprimió, degradados, con una nota que recomendaba leerlos— es menos cómodo para las dos partes y es el único que resiste. Los de Berea «escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11), y esa costumbre sirve también para lo que se dice sobre la Biblia, no solo para lo que está en ella.
Tu Biblia tiene una historia editorial, y conocerla no debilita la fe. El índice que tienes delante es el resultado de decisiones tomadas por personas con nombre y fecha: Jerónimo en el siglo IV, Lutero en 1534, Trento en 1546, una sociedad bíblica de Londres en 1826. Saberlo no convierte el texto en algo arbitrario. Lo convierte en algo recibido, que es distinto.
Cuidado con el criterio de «esto suena a Cristo y esto no». El error más serio de Lutero en este asunto no fue mover los deuterocanónicos, fue relegar Santiago porque le incomodaba. Es una tentación muy actual: subrayar los pasajes que confirman lo que ya se cree y pasar de largo por los que no encajan. Santiago sigue en la Biblia justamente para hacer ese trabajo, y él terminó reconociéndolo.
El texto se recibe entero, también lo que raspa. El Apocalipsis cierra con una advertencia contra añadir y contra quitar (Apocalipsis 22:18-19), y aunque en su contexto se refiere a ese libro, el principio se sostiene: la Escritura no está para ser editada según la conveniencia de quien la lee. Si un pasaje te resulta incómodo, esa incomodidad es probablemente el punto donde tiene algo que decirte.
Si esta pregunta te llegó en una discusión con alguien de otra tradición, quizás lo más útil que te llevas no sea el dato sino el tono. Un hermano católico y uno evangélico pueden mirar los mismos hechos de 1534 y sacar conclusiones distintas sin que ninguno esté mintiendo. Saber exactamente qué pasó no cierra la conversación, pero al menos la pone donde debe estar: sobre la mesa de los hechos, y no sobre la de los rumores heredados.




