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La Organización de la Biblia: Cómo Se Decidió Qué Libros Incluir en el Canon Bíblico

Verdad Eterna agosto 6, 2025 19 minutes read
El Contexto Bíblico de la Parábola del Sembrador

Publicado en agosto 6, 2025, última actualización en mayo 31, 2026.

Si alguna vez has comparado una Biblia católica con una protestante, quizás notaste algo extraño: no tienen los mismos libros. Y si preguntaste por qué, probablemente recibiste respuestas distintas según con quién hablaras.

Una me decía que los católicos «añadieron libros», otra que los protestantes «los quitaron», y una tercera mencionaba algo de una traducción al latín. Mientras me informaba sobre el tema, caí en cuenta de que ninguna de esas respuestas rápidas cuenta bien la historia, y que entender cómo se decidió qué libros forman la Biblia es bastante más interesante de lo que suele aparecer en un resumen de domingo.

Lo que aprendí me ayudó a soltar la imagen que tenía: la de un grupo de hombres sentados un día decidiendo «esto sí, esto no». El proceso real fue largo, con etapas, con voces que discrepaban incluso dentro de cada tradición, y con decisiones que tomaron forma siglos después de que los libros fueran escritos. En este artículo quiero compartirte lo que he ido aprendiendo sobre cómo se formó la Biblia, por qué católicos y protestantes terminaron con colecciones distintas, y de dónde salieron esos libros que algunos llaman deuterocanónicos y otros apócrifos.

Contenido

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  • Retrato Rápido
  • Puntos Clave
  • ¿Tenían los primeros cristianos una Biblia como la nuestra?
  • ¿De dónde salieron los libros del Antiguo Testamento?
  • ¿Cómo se formó el Nuevo Testamento?
  • ¿Por qué la Biblia católica tiene libros que la protestante no?
    • El origen está en la Septuaginta, no en una traducción al latín
    • San Jerónimo y la Vulgata
    • Concilios regionales del siglo IV
    • Voces medievales que dudaban
    • Lutero y la Reforma
    • El Concilio de Trento
    • Las iglesias ortodoxas
    • Tabla comparativa de los canones cristianos
  • ¿Qué libros causaron más debate dentro de cada tradición?
  • ¿Qué nos enseña conocer cómo se decidió qué libros forman la Biblia?

Retrato Rápido

La Biblia no fue compilada en un solo momento ni por una sola persona. El Antiguo Testamento se heredó de la tradición judía, pero existía en dos versiones distintas: una hebrea más corta y una griega más amplia llamada Septuaginta, que incluía libros adicionales.

El Nuevo Testamento fue reconocido gradualmente entre los siglos II y IV, hasta que concilios regionales en el siglo IV listaron los 27 libros que hoy todos aceptamos. Las diferencias entre la Biblia católica (73 libros), la protestante (66 libros) y las ortodoxas (aún más amplias) vienen, sobre todo, de qué versión del Antiguo Testamento siguió cada tradición.

⚖️ Algunos puntos debatidos: El núcleo del canon (los cuatro evangelios, las cartas paulinas indiscutidas, el Pentateuco, los profetas mayores, los salmos) es ampliamente compartido por todas las tradiciones cristianas. Donde hay diferencias reales es en los libros del Antiguo Testamento que aceptan unos y otros no.

Puntos Clave

  • El canon se formó por etapas, no en una decisión única ni en un solo concilio.
  • Los primeros cristianos heredaron las Escrituras judías principalmente en su versión griega, la Septuaginta, que era la Biblia que circulaba entre los judíos de habla griega y que citan los autores del Nuevo Testamento.
  • El Nuevo Testamento fue reconocido entre los siglos II y IV, con criterios concretos como la apostolicidad, la ortodoxia y el uso amplio en las iglesias.
  • La Biblia católica tiene 73 libros y la protestante 66, una diferencia que viene de qué canon del Antiguo Testamento siguió cada tradición, no de los libros del Nuevo Testamento.
  • Las iglesias ortodoxas tienen canones aún más amplios, con variaciones según la tradición (griega, rusa, etíope, copta).
  • El Concilio de Trento (1546) no añadió libros nuevos, sino que definió dogmáticamente lo que la Iglesia venía usando desde los concilios regionales del siglo IV, como respuesta a la Reforma.

¿Tenían los primeros cristianos una Biblia como la nuestra?

La primera cosa que me ayudó entender todo esto fue darme cuenta de que los primeros cristianos no tenían un libro encuadernado llamado «Biblia». Cuando Pablo escribía a las iglesias, no estaba «redactando un capítulo del Nuevo Testamento. Estaba pastoreando a comunidades concretas, resolviendo problemas, enseñando doctrina. Pasajes como 1 Corintios 13 eran cartas reales para gente real, no fragmentos escritos para una colección futura.

Durante los primeros dos siglos, las comunidades cristianas se reunían con lo que tuvieran a mano: algunos rollos de las Escrituras judías, una copia de Mateo, una carta de Pablo, recuerdos transmitidos oralmente de quienes habían conocido a los apóstoles. La idea de «abrir la Biblia y leer» como lo hacemos hoy simplemente no existía.

Me llamó la atención que esto cambia bastante la forma en que uno entiende el cristianismo primitivo: la fe no nació alrededor de un libro cerrado, nació alrededor de la persona de Jesús y de la predicación de quienes lo conocieron.

En esos primeros siglos circulaban muchos más escritos cristianos de los que hoy tenemos en el Nuevo Testamento. Había evangelios como el de Tomás, el de Pedro, cartas atribuidas a apóstoles que no las habían escrito realmente, apocalipsis variados. No todos eran malintencionados; muchos eran intentos sinceros de gente que quería seguir hablando del Mesías. Pero la iglesia, a lo largo de generaciones, fue separando con cuidado lo que venía con respaldo apostólico de lo que no.

¿De dónde salieron los libros del Antiguo Testamento?

Aquí está uno de los puntos que más confusión genera, y donde aprendí lo que más me cambió la perspectiva sobre el tema. Los cristianos no inventamos el Antiguo Testamento. Lo heredamos de la tradición judía, donde ya existía mucho antes de Cristo. Cuando Jesús cita «la ley, los profetas y los salmos» en Lucas 24:44, se está refiriendo a la división tradicional de las Escrituras judías de su tiempo.

Pero hay un detalle crucial. En la época de Jesús, las Escrituras judías circulaban en dos versiones principales:

  • El canon hebreo, usado en Palestina, con los libros que conocemos en hebreo y arameo.
  • La Septuaginta (también llamada LXX), una traducción al griego hecha en Alejandría a partir del siglo III a.C., que incluía libros adicionales escritos o conservados en griego.

La Septuaginta no era una traducción cualquiera. Era la Biblia que usaban los judíos de habla griega en toda la diáspora, y era el texto que circulaba en buena parte del mundo mediterráneo. Reflexionando sobre esto, noté algo importante: cuando los apóstoles escribieron el Nuevo Testamento en griego, la gran mayoría de sus citas del Antiguo Testamento siguen el texto de la Septuaginta, no el hebreo. Esto significa que la Biblia «de cabecera» de la iglesia primitiva era la versión griega más amplia, no la versión hebrea más corta.

Después de la destrucción del templo en el año 70 d.C., el judaísmo rabínico fue cerrando su canon, y se quedó con el canon hebreo más corto. Los libros que solo se conservaban en griego, o que no formaban parte de la tradición hebrea estricta, quedaron fuera del judaísmo posterior. Pero la iglesia cristiana ya había heredado la Septuaginta completa y la siguió usando durante siglos.

Esa decisión inicial, casi sin darse cuenta, marcó la diferencia que veríamos mil quinientos años después entre católicos y protestantes.

¿Cómo se formó el Nuevo Testamento?

El Nuevo Testamento se reconoció más rápido de lo que mucha gente piensa, aunque no de un día para otro. Para finales del siglo II, los cuatro evangelios y la mayoría de las cartas paulinas ya eran ampliamente aceptadas en todas las iglesias. Lo que tomó más tiempo fue resolver los casos del «borde»: libros que algunos aceptaban y otros dudaban.

Los criterios que las iglesias fueron aplicando, leyendo y comparando textos, se pueden resumir así:

  • Apostolicidad: ¿el libro venía de un apóstol o de alguien cercano a un apóstol? Por eso entraron Marcos (asociado con Pedro) y Lucas (compañero de Pablo), aunque ellos mismos no fueran apóstoles.
  • Antigüedad: ¿era del período apostólico, es decir, del siglo I? Esto descartaba escritos posteriores aunque fueran interesantes.
  • Ortodoxia: ¿su contenido concordaba con la fe que se venía enseñando? Esto excluyó muchos escritos gnósticos que contradecían enseñanzas centrales como la encarnación.
  • Uso litúrgico: ¿las iglesias lo leían en el culto? Si un libro se leía públicamente durante generaciones, eso pesaba.
  • Catolicidad: ¿era aceptado ampliamente, no solo en una región? Un libro famoso solo en Egipto, por ejemplo, no era suficiente.

Me ayudó entender que estos criterios no se aplicaron en una reunión, como si fueran una lista de chequeo. Se aplicaron a lo largo de generaciones, en muchas iglesias distintas, hasta que fue emergiendo un consenso.

Hubo libros que estuvieron en discusión hasta bien entrado el siglo IV: Hebreos se cuestionaba porque nadie sabía con certeza quién lo había escrito; Santiago porque algunos lo consideraban demasiado enfocado en obras; 2 Pedro porque su estilo difería mucho de 1 Pedro; 2 y 3 Juan porque son cartas muy breves; Judas porque cita el libro apócrifo de Enoc; Apocalipsis porque su simbolismo complejo asustaba a algunos pastores. Al mismo tiempo, libros como el Pastor de Hermas, la Epístola de Bernabé, la Didaché y 1 Clemente estuvieron a punto de entrar en algunas listas regionales, y finalmente quedaron fuera.

El momento más citado de esta etapa es la Carta Pascual 39 de San Atanasio (año 367), donde el obispo de Alejandría lista exactamente los 27 libros del Nuevo Testamento que hoy todos los cristianos reconocemos. Pocos años después, los concilios de Hipona (393) y Cartago (397 y 419) confirmaron la misma lista. Esa lista no se ha movido en más de mil seiscientos años.

¿Por qué la Biblia católica tiene libros que la protestante no?

Esta es la pregunta que más busca la gente cuando empieza a comparar Biblias, y la respuesta tiene varias capas que vale la pena revisar con calma. La diferencia no está en el Nuevo Testamento (ahí todos coinciden) sino en el Antiguo. La Biblia católica tiene siete libros adicionales más algunas secciones extra en Ester y Daniel. Son los llamados deuterocanónicos («segundo canon»), que los protestantes suelen llamar apócrifos.

Los siete libros son:

  • Tobías: historia de un padre y un hijo, con un viaje y un encuentro con el ángel Rafael.
  • Judit: relato de una mujer valiente que salva a su pueblo del general Holofernes.
  • Sabiduría (o Sabiduría de Salomón): texto sapiencial sobre la vida del justo y la búsqueda de la sabiduría divina.
  • Eclesiástico (o Sirácide, o Sirac): colección extensa de sabiduría práctica escrita por Jesús Ben Sirá.
  • Baruc: atribuido al secretario del profeta Jeremías, incluye oraciones y reflexiones sobre el exilio.
  • 1 Macabeos: historia de la resistencia judía contra los seléucidas en el siglo II a.C.
  • 2 Macabeos: otra versión paralela de los mismos eventos, con énfasis teológico distinto.

Además, la Biblia católica incluye secciones adicionales dentro de otros libros: la historia de Susana, Bel y el Dragón y el Cántico de los tres jóvenes en el horno (en Daniel), y secciones añadidas en Ester.

El origen está en la Septuaginta, no en una traducción al latín

Una idea que a veces se escucha es que estos libros «se añadieron cuando la Biblia se tradujo al latín». Mientras me informaba sobre el tema, caí en cuenta de que esto no es exacto. Estos libros aparecieron originalmente en griego, dentro de la Septuaginta, varios siglos antes de Cristo. Cuando la iglesia primitiva usaba la Septuaginta como su Antiguo Testamento, estos libros ya iban incluidos. No fueron una invención posterior.

San Jerónimo y la Vulgata

A finales del siglo IV, el papa Dámaso encargó a San Jerónimo una traducción al latín de toda la Biblia. El resultado, completado hacia el año 405, es la famosa Vulgata, que sería la Biblia estándar del cristianismo occidental durante más de mil años.

Aquí hay un detalle que me llamó la atención: Jerónimo personalmente tenía dudas sobre los deuterocanónicos. Él prefería el canon hebreo más corto y llamaba a estos libros «eclesiásticos», lo cual implicaba que eran útiles para la edificación pero no necesariamente al mismo nivel que los demás. Sin embargo, los incluyó en la Vulgata porque ese era el uso ya establecido de la iglesia. Su opinión personal no prevaleció sobre la práctica común.

Concilios regionales del siglo IV

Antes y poco después de la Vulgata, varios concilios listaron oficialmente estos libros:

  • Concilio de Roma (382) bajo el papa Dámaso
  • Concilio de Hipona (393)
  • Concilios de Cartago (397 y 419)

Todos ellos incluyeron los deuterocanónicos como parte del canon. Pero hay un matiz importante: estos eran concilios regionales, no ecuménicos. Tenían autoridad disciplinaria local, pero técnicamente no eran definiciones dogmáticas universales. Esa distinción será clave más adelante.

Voces medievales que dudaban

Durante toda la Edad Media, la iglesia occidental usó los deuterocanónicos sin mayor problema. Estaban en la Vulgata, se leían en la liturgia, se citaban en teología. Pero dentro del catolicismo medieval había voces que mantenían las dudas de Jerónimo, sin ser por eso herejes ni considerados disidentes.

Leyendo sobre esto, me ayudó entender que figuras como Hugo de San Víctor (siglo XII), Nicolás de Lira (siglo XIV) y especialmente el cardenal Cayetano (contemporáneo de Lutero) consideraban a los deuterocanónicos como «libros eclesiásticos» útiles, pero los distinguían del canon hebreo. Esto no era una postura marginal; era una posición legítima dentro del catolicismo, porque el tema simplemente no había sido cerrado dogmáticamente por ningún concilio ecuménico.

Lutero y la Reforma

Cuando Martín Lutero hizo su traducción al alemán en 1534, separó los deuterocanónicos y los puso en una sección aparte entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, con el título de «Apócrifos». Su nota indicaba que eran «útiles y buenos para leer», pero no iguales a la Sagrada Escritura. La razón teológica de fondo era doble: por un lado, Lutero quería volver al canon hebreo original, que es el que usaba el judaísmo de su tiempo; por otro, algunos de estos libros contenían pasajes que sustentaban doctrinas católicas que los reformadores rechazaban, como la oración por los muertos en 2 Macabeos 12, pasaje vinculado a la doctrina del purgatorio.

Otras tradiciones reformadas siguieron criterios similares. Eventualmente, las Biblias protestantes dejaron de incluir incluso la sección de apócrifos y se quedaron con los 66 libros que conocemos.

El Concilio de Trento

La iglesia católica respondió en el Concilio de Trento, en su cuarta sesión (8 de abril de 1546). Lo que hizo Trento fue, técnicamente, algo nuevo: por primera vez un concilio ecuménico (universal) definió dogmáticamente la lista completa de los 73 libros, declarando que quien no los recibiera «íntegros con todas sus partes» quedaba bajo anatema.

Aquí hay un punto que vale la pena entender bien: Trento no añadió libros nuevos. Esos libros ya llevaban más de mil cien años en uso continuo en la Vulgata. Lo que Trento sí hizo fue cerrar la puerta a las dudas internas que habían existido legítimamente durante siglos (las de Jerónimo, Cayetano y otros) y definir como dogma de fe lo que antes era tradición ampliamente seguida pero no definida.

Visto desde la perspectiva católica, Trento confirmó lo que la iglesia siempre había usado. Visto desde la perspectiva protestante, Trento endureció una tradición que antes permitía cierta flexibilidad. Ambas lecturas tienen base histórica real.

Las iglesias ortodoxas

Algo que me ayudó completar el cuadro fue darme cuenta de que el debate católico-protestante no agota la pregunta. Las iglesias ortodoxas tienen canones aún más amplios que el católico, con variaciones según la tradición:

  • La Iglesia Ortodoxa Griega incluye además 1 Esdras (en numeración griega), 3 Macabeos, el Salmo 151 y la Oración de Manasés.
  • La Iglesia Ortodoxa Rusa comparte buena parte de esa lista.
  • La Iglesia Ortodoxa Etíope (Tewahedo) tiene el canon más amplio del cristianismo: incluye 1 Enoc, Jubileos y otros textos que el resto de tradiciones no consideran canónicos.

Tabla comparativa de los canones cristianos

Para verlo todo junto, esta tabla resume las principales diferencias en el Antiguo Testamento (en el Nuevo Testamento todas las tradiciones coinciden en los 27 libros).

Libros del Antiguo TestamentoJudía / ProtestanteCatólicaOrtodoxa GriegaOrtodoxa Etíope
39 libros del canon hebreo✅✅✅✅
Tobías❌✅✅✅
Judit❌✅✅✅
Sabiduría❌✅✅✅
Eclesiástico (Sirácide)❌✅✅✅
Baruc❌✅✅✅
1 Macabeos❌✅✅✅
2 Macabeos❌✅✅✅
Secciones extras en Ester y Daniel❌✅✅✅
3 Macabeos❌❌✅✅
Salmo 151❌❌✅✅
Oración de Manasés❌❌✅✅
1 Esdras (numeración griega)❌❌✅✅
1 Enoc❌❌❌✅
Jubileos❌❌❌✅
Total aproximado66737681+

Mientras me informaba sobre este tema, una cosa que me ayudó poner las cosas en perspectiva fue notar lo siguiente: más del 90% del contenido bíblico es compartido por todas las tradiciones cristianas. Los desacuerdos canónicos, aunque reales y relevantes, son sobre los bordes, no sobre el núcleo.

¿Qué libros causaron más debate dentro de cada tradición?

Más allá de los deuterocanónicos, hubo otros libros que causaron debate en distintos momentos. Conocer esta lista me ayudó dejar de pensar el canon como algo «fácil» o «automático»:

Dentro del Nuevo Testamento, libros que tardaron en ser aceptados universalmente:

  • Hebreos: Su autoría desconocida lo hizo sospechoso para muchas iglesias occidentales por siglos. Las iglesias orientales lo aceptaron antes.
  • Santiago: Lutero llegó a llamarlo «epístola de paja» porque le parecía contradecir la doctrina de la justificación por la fe. Quería sacarlo, pero sus colegas se opusieron.
  • 2 Pedro: Su estilo, muy distinto al de 1 Pedro, generó dudas sobre si realmente era del apóstol.
  • 2 y 3 Juan: Cartas muy breves, lo que dificultaba que muchas iglesias las conocieran.
  • Judas: Cita un libro apócrifo (1 Enoc), lo que algunos veían como problemático.
  • Apocalipsis: Su simbolismo complejo asustaba a algunos pastores. Las iglesias orientales tardaron más en aceptarlo plenamente que las occidentales.

Libros que estuvieron cerca de entrar pero quedaron fuera:

  • Pastor de Hermas: muy popular en el siglo II, leído en muchas iglesias.
  • Epístola de Bernabé: atribuida al compañero de Pablo, aunque la autoría es muy dudosa.
  • Didaché (Enseñanza de los Doce Apóstoles): manual cristiano antiguo, valioso pero no apostólico en sentido estricto.
  • 1 Clemente: carta del obispo de Roma a los corintios, finales del siglo I, casi entra en algunas listas regionales.
  • Apocalipsis de Pedro: circuló bastante, pero su contenido resultó cuestionable.

Reflexionando sobre esto, me ayudó entender que el canon no fue una colección de libros perfectos y obviamente inspirados que se imponían solos, ni tampoco una imposición arbitraria de una élite. Fue un proceso largo donde la iglesia, generación tras generación, fue distinguiendo lo que llevaba la marca apostólica de lo que no.

¿Qué nos enseña conocer cómo se decidió qué libros forman la Biblia?

Conocer esta historia me cambió la manera de acercarme al texto. No de manera dramática, sino con una mezcla de respeto y honestidad que antes no tenía. Te comparto algunas reflexiones que pueden ayudarte a ti también.

1. La Biblia no es un libro caído del cielo, y eso no la hace menos sagrada. Una de las cosas que aprendí es que la idea de «la Biblia simplemente apareció» no es la que tiene la iglesia históricamente. Lo que la fe afirma es que Dios actuó a través de un proceso humano largo: inspiró a los autores, sostuvo a las comunidades que preservaron los textos, y guió a quienes los reconocieron como sagrados. Eso no la hace menos divina; la hace divina del modo en que Dios suele actuar, a través de personas reales en la historia.

2. El núcleo es enorme, los desacuerdos son pequeños. Cuando uno se acerca al tema sin prejuicios, quizás tú también notes que las diferencias entre tradiciones cristianas, aunque reales, son sobre los bordes. Los cuatro evangelios, las cartas paulinas centrales, los profetas, los salmos, el Pentateuco: todo eso lo comparten católicos, protestantes, ortodoxos, coptos, armenios, etíopes. La unidad de fondo es mucho más grande que las diferencias del margen.

3. Respetar a otras tradiciones sin perder convicciones. Saber por qué los católicos tienen 73 libros y los protestantes 66 no me hace dudar de mi fe; me ayuda respetar la de otros. Las dos tradiciones tomaron decisiones con razones serias, en momentos históricos distintos. Reconocer esto no es relativismo, es honestidad histórica. Y desde esa honestidad uno puede dialogar mejor con cristianos de otras tradiciones, sin caricaturizar lo que creen.

4. Los criterios que usaron sirven hoy. Apostolicidad, ortodoxia, antigüedad, uso comunitario. Esos mismos criterios pueden ayudarte hoy a evaluar enseñanzas, predicadores o libros que afirman tener «una nueva luz» o «una revelación olvidada». Si algo se aparta del consenso histórico, de la fe apostólica y de la lectura comunitaria de la iglesia a lo largo de siglos, vale la pena tomarlo con mucha precaución.

5. Una pregunta queda abierta. Saber cómo se decidió qué libros forman la Biblia es un paso. Pero queda una pregunta más difícil: ¿con qué autoridad tomaron esas decisiones quienes las tomaron? Porque al final, los criterios fueron humanos, y los hombres que los aplicaron también. Esa pregunta sobre la autoridad del canon merece su propio espacio, y ya escribimos un artículo dedicado a ella. Por ahora, basta con quedarse con esto: el proceso fue humano, sí, pero la iglesia siempre ha confesado que en medio de ese proceso humano estuvo actuando un Dios que cuida de su pueblo y de su palabra.

La próxima vez que abras tu Biblia, quizás notes algo distinto. No estás sosteniendo un libro que llegó solo, ni una colección armada al azar. Estás sosteniendo el resultado de siglos de discernimiento, oración, debate honesto y comunidad creyente. Y eso, lejos de debilitar la confianza en el texto, le da otra densidad: la de algo que ha sido cuidado por generaciones y entregado hasta tus manos.

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