
Publicado en agosto 6, 2025, última actualización en julio 12, 2026.
Cómo se decidió qué libros incluir en la Biblia no tiene una respuesta de una sola línea, y esa es justamente la parte interesante. No hubo un día en que alguien se sentara y dijera «estos son los libros y no se hable más».
Fue un proceso de siglos, con criterios cuidadosos, concilios, voces disidentes y hasta decisiones prácticas de imprenta, del que salieron los distintos canones que hoy usan las diferentes iglesias cristianas.
Este artículo recorre esa historia paso a paso, y en cada etapa aclara dos cosas que suelen perderse: por qué se incluyó o se apartó un libro, y si la decisión la tomó una persona por su cuenta o una reunión oficial de la Iglesia.
Si lo que buscas es el listado de qué libros tiene cada tradición, esa parte descriptiva la encontrarás en la guía de los libros de la Biblia por tradición; aquí nos ocupamos de la historia detrás de esas listas.
Veredicto Rápido
El canon se formó de manera gradual. La iglesia primitiva usó una lista amplia del Antiguo Testamento (la Septuaginta griega); el Nuevo Testamento se fue reconociendo por criterios como el origen apostólico, y su lista exacta de 27 libros aparece por primera vez en el año 367.
Los concilios de finales del siglo IV confirmaron esas listas. En el siglo XVI, Lutero no eliminó libros: reubicó siete del Antiguo Testamento en una sección aparte.
La Iglesia católica confirmó la lista amplia en el Concilio de Trento (1546), y la eliminación física de esos libros en las Biblias protestantes vino recién en el siglo XIX. Cada tradición ancló su decisión en un criterio distinto, y por eso existen varios canones.
⚖️ Tema con matices: hubo etapas de amplio acuerdo y otras de debate legítimo entre tradiciones.
Puntos Clave
- El canon fue un proceso gradual de varios siglos, no una decisión instantánea de una sola persona o reunión.
- La iglesia primitiva heredó la lista amplia del Antiguo Testamento a través de la Septuaginta griega.
- La lista de 27 libros del Nuevo Testamento se reconoció por criterios claros y aparece completa por primera vez en el año 367.
- Los concilios de Hipona (393) y Cartago (397) confirmaron oficialmente lo que las iglesias ya usaban.
- Lutero reclasificó, no eliminó: movió siete libros a una sección aparte en el siglo XVI.
- La eliminación física fue muy posterior, obra de las sociedades bíblicas del siglo XIX.
Los primeros siglos: cuando no existía una «Biblia» unificada
En los siglos I y II, las comunidades cristianas no tenían una Biblia encuadernada como la nuestra. Se reunían con algunos rollos de las Escrituras judías, quizás una copia de un evangelio, alguna carta de Pablo, y mucho dependía de la enseñanza transmitida de viva voz.
Cuando Pablo escribía a sus comunidades, como en 1 Corintios 13, no imaginaba que esas líneas terminarían formando parte de un canon sagrado; estaba pastoreando problemas concretos.
Circulaban, además, muchos más escritos cristianos de los que conservamos hoy: evangelios como el de Tomás, cartas atribuidas a apóstoles, apocalipsis diversos.
Esa abundancia era a la vez una riqueza y un desafío, porque obligaba a las iglesias a discernir cuáles textos reflejaban de verdad la enseñanza recibida. De ese discernimiento, lento y comunitario, saldría con el tiempo el canon.
¿Cómo se formó el canon del Antiguo Testamento?
Los cristianos heredaron en buena medida las Escrituras que ya usaba el pueblo judío. Cuando Jesús citaba «la ley de Moisés, los profetas y los salmos» (Lucas 24:44), se refería a la colección sagrada judía. Pero aquí aparece un detalle decisivo: existían dos formas de esa colección.
Por un lado estaba el canon hebreo, más corto, usado en la tierra de Israel. Por otro, la Septuaginta, la traducción griega hecha por judíos de Alejandría, que incluía varios libros adicionales.
Como la mayoría de los primeros cristianos hablaban griego, la Biblia de facto de la iglesia primitiva fue la Septuaginta, es decir, la lista amplia. Esta diferencia sería la raíz de casi todas las divergencias posteriores: los protestantes seguirían más tarde el canon hebreo corto, mientras católicos y ortodoxos conservarían los libros de la Septuaginta.
Hubo, eso sí, una voz importante que marcó una distinción. Alrededor del año 400, Jerónimo, el gran conocedor del hebreo, al traducir la Vulgata latina consideró que los libros ausentes del hebreo eran útiles pero de rango menor. Fue una postura personal, contraria a la práctica mayoritaria de su tiempo, y quedó como una opinión respetada pero minoritaria durante mil años, hasta que la Reforma la retomaría.
¿Cómo se formó el canon del Nuevo Testamento? Los criterios
El Nuevo Testamento no se definió por decreto, sino aplicando criterios que las iglesias fueron compartiendo. Vale la pena conocerlos, porque muestran que el proceso fue cuidadoso y no arbitrario.
- El primero era la apostolicidad: ¿el escrito venía de un apóstol o de alguien cercano a ellos? Por eso se aceptaron los evangelios de Marcos (asociado a Pedro) y Lucas (compañero de Pablo), aunque ninguno de los dos fuera apóstol.
- El segundo era la ortodoxia: ¿el contenido coincidía con la enseñanza apostólica reconocida? Este criterio ayudó a apartar escritos gnósticos que contradecían verdades centrales como la encarnación real de Cristo.
- Un tercero era la antigüedad, que daba más peso a los textos del siglo I que a los tardíos. Y un cuarto, la aceptación universal: si una carta era usada por iglesias de regiones distintas, su candidatura se fortalecía.
La primera vez que aparece la lista exacta de los 27 libros del Nuevo Testamento, tal como la tenemos hoy, es en la Carta Festal 39 de Atanasio, en el año 367. Poco después, los concilios del norte de África ratificarían esa misma lista.
¿Qué libros fueron los más debatidos?
No todos los libros entraron sin discusión, y conocer cuáles costaron ayuda a apreciar el cuidado del proceso. En el Nuevo Testamento, Hebreos fue cuestionado porque no se sabía con certeza quién lo había escrito, y el Apocalipsis generó debate por la dificultad de su simbolismo. Con el tiempo ambos fueron aceptados de forma universal.
Del otro lado, algunos escritos que hoy consideramos fuera del canon tuvieron seguidores durante los primeros siglos, como el Evangelio de Pedro o la Epístola de Bernabé. Fueron leídos con aprecio en ciertas comunidades, pero no reunieron los criterios de apostolicidad y aceptación universal, y quedaron fuera. El discernimiento, como se ve, no fue apresurado.
Los concilios que confirmaron las listas
A finales del siglo IV, la Iglesia como cuerpo dio el paso de oficializar lo que ya usaba, y lo hizo en reuniones. Aquí sí hubo decisiones conciliares. El Sínodo de Hipona (393) fue, hasta donde sabemos, la primera vez que un concilio de obispos aprobó una lista que incluía los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento. El Concilio de Cartago (397), al que asistió Agustín, reafirmó esa misma lista, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Siglos más tarde, el Concilio de Florencia (1442) volvió a confirmarla.
Conviene subrayar algo que se malentiende con frecuencia: estos concilios no «crearon» el canon ni inventaron nada. Reconocieron y formalizaron lo que las iglesias venían aceptando en la práctica desde hacía generaciones. Fue más una ratificación que una invención.
Tipo de decisión: conciliar. La lista amplia se confirmó en reuniones de obispos, no por iniciativa de una sola persona.
Lutero: no eliminó los libros, los reclasificó
Se suele decir que Lutero «le quitó libros a la Biblia», pero lo que hizo fue más matizado, y es el punto más malinterpretado de esta historia. Cuando Martín Lutero tradujo la Biblia al alemán (el Nuevo Testamento en 1522 y la Biblia completa en 1534), retomó el criterio de Jerónimo y agrupó los siete libros ausentes del canon hebreo en una sección aparte, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, con la nota de que eran «útiles y buenos para leer», aunque no iguales a la Sagrada Escritura. No los borró: los reubicó y los reetiquetó.
Sus razones fueron varias, y conviene nombrarlas todas. Una era el regreso a la fuente hebrea. Otra, teológica, basada en Romanos 3:2, donde Pablo dice que a los judíos «les fueron confiados los oráculos de Dios». Y una tercera, más discutida: algunos de esos libros, como 2 Macabeos, respaldaban doctrinas que él rechazaba, como la oración por los muertos.
Un detalle poco conocido confirma que su método era reclasificar y no amputar: también dudó de libros del Nuevo Testamento. Llamó a Santiago una «epístola de paja» y puso reparos a Hebreos, Judas y Apocalipsis. Y aun así no los sacó: los reordenó al final de su Nuevo Testamento y expresó sus dudas en los prólogos, pero los mantuvo dentro de la Escritura.
Tipo de decisión: personal. No hubo un concilio protestante que ordenara mover esos libros; fue el criterio de un traductor, adoptado luego por otros reformadores.
Trento y la respuesta católica
Frente a la Reforma, la Iglesia católica convocó el Concilio de Trento y, en su cuarta sesión, el 8 de abril de 1546, definió la lista completa de libros —deuterocanónicos incluidos— como norma vinculante para la fe, con una condena formal a quien no la aceptara. Fue, en parte, una respuesta defensiva: fijar con la máxima autoridad lo que hasta entonces se había sostenido más por costumbre que por definición solemne.
Dicho con precisión y sin cargar el lenguaje: Trento estableció el canon amplio como norma de fe mediante una definición conciliar, el instrumento más fuerte de la Iglesia. Fue el reflejo, del lado católico, del mismo momento histórico que del lado protestante llevó a Lutero a reclasificar.
Tipo de decisión: conciliar. Se estableció como norma de fe en un concilio universal, con autoridad colegiada.
La eliminación final: las sociedades bíblicas del siglo XIX
Si Lutero solo reclasificó, ¿cuándo desaparecieron físicamente esos libros de las Biblias protestantes? Mucho después. Durante casi tres siglos, las Biblias protestantes siguieron imprimiéndolos como sección intermedia; incluso la King James de 1611 los incluía. El cambio llegó en el siglo XIX con las grandes sociedades bíblicas dedicadas a distribuir Biblias por el mundo. La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera dejó de incluirlos en sus ediciones inglesas ya en 1804, y en 1826 decidió no destinar fondos a imprimirlos en ninguna parte. El motivo principal fue práctico: menos páginas significaban Biblias más baratas.
Así, el paso final —la ausencia de esos siete libros en la mayoría de las Biblias protestantes de hoy— no fue una gran definición teológica ni un concilio, sino en buena medida una decisión de logística y costo tomada por sociedades editoras.
Tipo de decisión: institucional y práctica. Fueron las sociedades bíblicas, no un concilio doctrinal, las que retiraron los libros.
¿Por qué hoy unas iglesias tienen más libros que otras?
Toda esta historia explica por qué existen varios canones. Cada tradición ancló su decisión en un criterio distinto de autoridad: los protestantes, en la fuente hebrea y en el pueblo que custodió el Antiguo Testamento; los católicos, en la práctica de la iglesia y la definición conciliar; los ortodoxos, en la Septuaginta completa que recibieron desde el principio. Ninguna decidió en el vacío, y cada una es coherente con su manera de entender dónde reside la autoridad.
El resultado son listas emparentadas pero de distinto tamaño: 66 libros en la tradición protestante, 73 en la católica, y colecciones aún más amplias en las iglesias ortodoxas, incluida la etíope, que posee el canon más extenso de la cristiandad. El detalle de qué libros integra cada canon está en la guía de los libros de la Biblia por tradición; aquí lo importante es entender que esas diferencias son el fruto de una larga historia de discernimiento, no de un capricho de última hora.
Aplicación práctica para tu fe hoy
Conocer cómo se decidió qué libros incluir en la Biblia no debilita la confianza en ella; para muchos, la fortalece. Aquí van algunas reflexiones para llevar.
Ver el cuidado del proceso puede darte más seguridad, no menos. Los criterios de apostolicidad, ortodoxia y aceptación universal muestran que las iglesias no aceptaron cualquier texto, sino que discernieron con paciencia a lo largo de generaciones.
Entender el origen de las diferencias invita al respeto entre tradiciones. Saber que cada canon responde a una historia y a un criterio serio ayuda a dialogar con hermanos católicos, ortodoxos o de otras iglesias sin acusaciones ni caricaturas.
Distinguir entre reclasificar y eliminar te vuelve más cuidadoso con las frases hechas. «Lutero quitó libros» es una simplificación; lo que hizo fue reordenar, y la eliminación vino siglos después por otras manos y otras razones. Verificar antes de repetir es, en sí mismo, una buena disciplina.
Y reconocer que ningún libro bíblico trae su propia tabla de contenidos puede volverte a la vez más humilde y más agradecido: la lista que hoy tienes en tus manos llegó a través de una comunidad de fe que oró, discernió y cuidó esos textos durante siglos. Eso no resta autoridad a la Escritura; muestra el camino por el que Dios la hizo llegar hasta ti.






