
Publicado en septiembre 24, 2025, última actualización en agosto 5, 2026.
Quizás conoces mejor el Sermón del Monte de Mateo y nunca te has detenido en esta versión más breve que cuenta Lucas. Pero el Sermón del Llano tiene un carácter propio: bienaventuranzas acompañadas de advertencias, un llamado radical a amar a los enemigos y una imagen final sobre dos maneras de construir la vida.
Después de pasar una noche entera orando y de elegir a sus doce apóstoles, Jesús bajó del monte, se detuvo en un lugar llano y, rodeado de una multitud que había venido de muy lejos, pronunció uno de sus discursos más directos.
No habló desde una altura inalcanzable, sino a ras del suelo, entre la gente que buscaba tocarlo para ser sanada. Ese detalle le da nombre a lo que la tradición llama el Sermón del Llano.
Retrato Rápido
El Sermón del Llano es el discurso que Jesús pronunció, según Lucas 6:17-49, de pie en un lugar llano y ante una gran multitud, justo después de escoger a los doce apóstoles.
Contiene cuatro bienaventuranzas y cuatro «ayes» o advertencias, el mandamiento de amar a los enemigos, la regla de oro, la enseñanza de no juzgar y la parábola de los dos cimientos.
Es, en muchos aspectos, paralelo al Sermón del Monte de Mateo, pero más corto y con un acento marcado en lo social y lo práctico.
⚖️ Algunos puntos debatidos: El contenido del sermón es claro, pero los estudiosos discuten si es el mismo discurso que el Sermón del Monte contado de otra manera o un episodio distinto, y si el «lugar llano» era una explanada aparte o una zona plana del mismo monte.
Puntos Clave
Estos son los rasgos que definen el Sermón del Llano y conviene tener presentes antes de entrar en el detalle.
- Se pronunció justo después de elegir a los doce apóstoles, en un lugar llano y no en una montaña, de ahí su nombre.
- La multitud era muy diversa: venía de Judea, de Jerusalén y también de la costa gentil de Tiro y Sidón, lo que da al sermón un alcance amplio.
- Empareja bendiciones y advertencias: a cada bienaventuranza le corresponde un «ay», contrastando la situación de los pobres y afligidos con la de los ricos y saciados.
- Su exigencia más alta es amar a los enemigos: bendecir a quien maldice, hacer bien a quien odia y dar sin esperar nada a cambio.
- Incluye la regla de oro y el llamado a la misericordia, tomando como medida la propia misericordia de Dios: «sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso».
- Cierra con la imagen de los dos cimientos: oír las palabras de Jesús y ponerlas por obra es como construir sobre la roca.
¿Qué es el Sermón del Llano y dónde ocurrió?
El Sermón del Llano abre con una escena muy concreta. Jesús había subido a un monte a orar y allí pasó toda la noche; al amanecer llamó a sus discípulos y escogió de entre ellos a doce, «a los cuales también llamó apóstoles» (Lucas 6:12-13). Después bajó con ellos y «se detuvo en un lugar llano» (Lucas 6:17), donde lo esperaba una gran cantidad de gente.
El texto subraya de dónde venía esa multitud: de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón, región de mayoría no judía. Habían acudido para oírlo y para ser sanados, y «toda la gente procuraba tocarle, porque poder salía de él y sanaba a todos» (Lucas 6:19).
Solo entonces, en ese ambiente de cercanía física con una muchedumbre que sufría, Jesús alzó los ojos hacia sus discípulos y empezó a enseñar. El escenario importa: este no es un discurso pronunciado a distancia, sino en medio de la necesidad de la gente.
¿Es el mismo que el Sermón del Monte?
Esta es la pregunta que más divide a los estudiosos, y conviene presentarla con honestidad, sin cerrarla. El Sermón del Llano de Lucas y el Sermón del Monte de Mateo comparten mucho: ambos empiezan con bienaventuranzas, incluyen el amor a los enemigos y la regla de oro, y terminan con la parábola de los dos constructores.
Se calcula que buena parte del material del sermón de Mateo reaparece en el de Lucas. A la vez, hay diferencias notables: Mateo sitúa el discurso en un monte y Lucas en un llano; el de Mateo es mucho más largo; Mateo recoge nueve bienaventuranzas centradas en lo espiritual («pobres en espíritu»), mientras que Lucas ofrece cuatro más directas («pobres», «que ahora tenéis hambre») y añade cuatro ayes que Mateo no tiene.
Ante esto, las posiciones son básicamente dos, y ambas cuentan con defensores serios. Una sostiene que se trata del mismo discurso que cada evangelista recogió y ordenó a su manera, y explica lo del «monte» y el «llano» señalando que Jesús pudo enseñar en una explanada o meseta plana en la ladera de un monte, de modo que ambas descripciones serían compatibles.
La otra propone que fueron dos ocasiones distintas, algo natural en un maestro itinerante que repetía sus enseñanzas centrales ante públicos diferentes. El proyecto presenta ambas con igual respeto; el texto de Lucas no resuelve el punto, y la enseñanza conserva su fuerza se lea como se lea.
Bienaventuranzas y ayes: las dos caras del reino
Una de las señas de identidad del Sermón del Llano es que empareja las bendiciones con advertencias. Lucas recoge cuatro bienaventuranzas dirigidas a los discípulos: «Bienaventurados vosotros los pobres… los que ahora tenéis hambre… los que ahora lloráis…» y los que son odiados y excluidos por causa del Hijo del Hombre (Lucas 6:20-22).
Frente a ellas coloca cuatro «ayes»: «¡ay de vosotros, ricos!… los que ahora estáis saciados… los que ahora reís… cuando todos los hombres hablen bien de vosotros» (Lucas 6:24-26).
El contraste no condena la riqueza ni exalta la miseria por sí mismas; señala un vuelco. Quienes hoy carecen de todo pero pertenecen a Jesús encontrarán consuelo, mientras que quienes lo tienen todo y descansan en ello se están perdiendo lo esencial.
A diferencia de la versión de Mateo, más volcada hacia las actitudes del corazón, la de Lucas tiene los pies en el suelo: habla de hambre real, de pobreza real, de llanto real. Ese acento social recorre todo el evangelio de Lucas y aquí queda planteado desde las primeras palabras del sermón.
El corazón del sermón: amar a los enemigos
Si algo lleva la enseñanza a un terreno incómodo, es lo que viene después. Jesús pasa de las bienaventuranzas a una exigencia que rompe la lógica común: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian» (Lucas 6:27-28). No se trata solo de no devolver el golpe, sino de responder activamente con bien a quien hace mal.
En este bloque aparece también la llamada regla de oro, formulada en positivo: «Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos» (Lucas 6:31).
Jesús razona que amar a quien ya nos ama no tiene mérito especial, porque «también los pecadores aman a los que los aman»; lo distintivo del reino es amar sin esperar retorno. Y da la medida de todo: «Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6:36). El modelo del comportamiento cristiano no es la reciprocidad humana, sino la generosidad de Dios.
No juzgar, y el árbol que se conoce por su fruto
Del amor a los enemigos, el sermón pasa a la manera de mirar a los demás. «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados» (Lucas 6:37). Jesús ilustra la incoherencia de señalar al otro con una imagen casi cómica: pretender sacar la paja del ojo ajeno mientras uno tiene una viga en el propio (Lucas 6:41-42). El llamado no es a la ingenuidad, sino a empezar la corrección por uno mismo.
Enseguida ofrece un criterio para el discernimiento sano: «cada árbol se conoce por su fruto» (Lucas 6:44). No se recogen higos de los espinos ni uvas de las zarzas.
Lo que una persona produce revela lo que hay en su interior, «porque de la abundancia del corazón habla la boca» (Lucas 6:45). Así, el sermón pide no vivir juzgando a los demás y, al mismo tiempo, prestar atención al fruto real de la propia vida.
Los dos cimientos: oír y poner por obra
El Sermón del Llano no termina con una conclusión abstracta, sino con una imagen que obliga a decidir. Jesús pregunta: «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?» (Lucas 6:46), y a continuación contrasta a dos constructores.
El primero cava hondo y pone el cimiento sobre la roca; cuando viene la inundación, la casa resiste porque estaba bien fundada. El segundo edifica sobre la tierra, sin cimiento; cuando el río golpea, la casa cae «y fue grande la ruina de aquella casa» (Lucas 6:47-49). La diferencia entre ambos no está en oír las palabras de Jesús —los dos las oyen—, sino en ponerlas por obra. La roca es la obediencia; la arena, la escucha sin acción. Es un cierre deliberadamente práctico para un sermón que ha sido, de principio a fin, un llamado a vivir de otra manera.
¿Qué nos enseña hoy el Sermón del Llano?

El Sermón del Llano sigue interpelando porque no se queda en ideas elevadas: baja al terreno de las relaciones difíciles, del dinero, de los juicios rápidos y de la coherencia entre lo que se cree y lo que se hace. Estas son algunas reflexiones para llevarlo a tu propia vida de fe.
Dios se acerca a ras del suelo. Jesús no enseñó desde una cima lejana, sino de pie entre una multitud que buscaba tocarlo. Es una imagen de cómo se acerca Dios a la gente: en medio de su necesidad, no por encima de ella. Puedes acercarte a Él tal como estás, con lo que traes hoy a cuestas.
El amor cristiano se mide con los difíciles. Amar a quien te ama es fácil y no distingue a nadie. El sermón te invita a mirar hacia la persona que te cae mal, que te ha hecho daño o que piensa distinto, y preguntarte qué significaría en concreto «hacerle bien» esta semana.
La misericordia recibida marca el trato que damos. «Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.» Antes de exigir cuentas a los demás, vale la pena recordar cuánta paciencia has recibido tú. Esa memoria ablanda el juicio.
Tu fruto dice más que tus palabras. Es posible llamar a Jesús «Señor» con la boca y construir la vida sobre arena. El sermón te devuelve una pregunta honesta: ¿lo que produces día a día —tus reacciones, tus decisiones, tu trato— coincide con lo que dices creer?
Oír no basta; hay que poner por obra. La imagen de los dos cimientos es un aviso amable pero serio. Escuchar buenas enseñanzas, incluso disfrutarlas, no sostiene una casa cuando llega la tormenta. Lo que sostiene es haber cavado hondo y edificado sobre la roca de la obediencia. El Sermón del Llano existe, al final, para ser vivido, no solo admirado.
Ese es el desafío que Jesús dejó a la multitud en aquel lugar llano: no aplaudir un buen discurso, sino salir de allí construyendo la vida sobre otra base. Sigue en pie para quien esté dispuesto a cavar hondo.
Fuentes y referencias:



