
Publicado en junio 23, 2025, última actualización en julio 27, 2026.
La sanación de la mujer encorvada es uno de esos milagros breves que encierran mucho más de lo que parece a primera vista. Una mujer llevaba dieciocho años doblada en dos, sin poder enderezarse, y Jesús la sanó un día de reposo dentro de una sinagoga, desatando con ello una discusión sobre lo que estaba permitido hacer en sábado.
El relato aparece solo en el Evangelio de Lucas (Lucas 13:10-17) y en pocos versículos une la compasión, un conflicto religioso y la dignidad devuelta a una mujer a la que nadie parecía mirar.
Quizás hayas oído este pasaje sin reparar en sus detalles: que ella no pidió nada, que Jesús la llamó estando enseñando, que la nombró «hija de Abraham».
Este artículo explica qué pasó exactamente en la sanación de la mujer encorvada, qué era ese «espíritu de enfermedad» que la tenía atada, por qué su curación provocó tanto malestar por ser en sábado y qué quiso decir Jesús al dirigirse a ella como lo hizo. La meta es un retrato claro y cercano de un encuentro que cambió la vida de una mujer y puso en evidencia el corazón de quienes la rodeaban.
Retrato Rápido
Un día de reposo, mientras Jesús enseñaba en una sinagoga, vio a una mujer que llevaba dieciocho años encorvada por un «espíritu de enfermedad», incapaz de enderezarse.
Sin que ella se lo pidiera, la llamó, le dijo «Mujer, eres libre de tu enfermedad», puso las manos sobre ella y al instante quedó derecha y glorificó a Dios.
El jefe de la sinagoga se indignó porque el milagro ocurrió en sábado, pero Jesús lo llamó hipócrita y defendió que aquella «hija de Abraham» merecía ser liberada aun en día de reposo. Sus adversarios quedaron avergonzados y la gente se alegró.
✅ Datos firmes: El relato está narrado con claridad en el Evangelio de Lucas y su enseñanza es transparente. El único punto que las fuentes interpretan de distintas maneras es la naturaleza exacta del «espíritu de enfermedad», algo que el artículo aclara en su lugar.
Puntos Clave
Estas son las claves que ayudan a entender el episodio antes de recorrerlo en detalle.
- Fue un milagro en sábado y en una sinagoga, en pleno lugar y día de culto (Lucas 13:10).
- La mujer llevaba dieciocho años encorvada, sin poder enderezarse, marcada por un «espíritu de enfermedad».
- Jesús tomó la iniciativa. Ella no pidió nada; fue él quien la vio, la llamó y la sanó.
- La curación fue inmediata y total, con una palabra y la imposición de manos.
- El milagro desató un conflicto sobre el sábado con el jefe de la sinagoga, que lo consideró trabajo prohibido.
- Jesús la llamó «hija de Abraham», devolviéndole una dignidad que su condición y su época le negaban.
¿Qué pasó exactamente en la sanación de la mujer encorvada?
El milagro ocurrió un día de reposo, mientras Jesús enseñaba en una sinagoga. Entre los presentes había una mujer que llevaba dieciocho años padeciendo lo que Lucas llama «un espíritu de enfermedad»: estaba «encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar» (Lucas 13:11). Su cuerpo doblado la obligaba a mirar siempre al suelo, incapaz de levantar la vista hacia los demás.
Lo primero que llama la atención es que ella no pidió nada. Fue Jesús quien, al verla, interrumpió su enseñanza, la llamó y tomó la iniciativa: «Mujer, eres libre de tu enfermedad» (Lucas 13:12-13). Puso las manos sobre ella y, al instante, la mujer se enderezó y comenzó a glorificar a Dios. Después de casi dos décadas mirando el suelo, pudo por fin levantarse.
La alegría, sin embargo, no fue compartida por todos. El jefe de la sinagoga reaccionó indignado, no por el milagro en sí, sino por el día en que se había hecho, y reprendió a la gente diciendo que había seis días para trabajar y sanarse, y que el sábado no era uno de ellos (Lucas 13:14).
Jesús le respondió con dureza, defendiendo a la mujer, y el relato termina con un contraste elocuente: «se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba» (Lucas 13:17).
¿Qué le ocurría a la mujer y qué era el «espíritu de enfermedad»?
La descripción de Lucas —que era médico— es a la vez precisa y llamativa: la mujer estaba doblada y no lograba enderezarse de ninguna manera, un cuadro que encaja con una deformidad grave de la columna que la mantenía encorvada de forma permanente. Dieciocho años en esa condición significan no solo dolor físico, sino aislamiento: alguien que no puede mirar a los ojos a los demás queda, poco a poco, fuera de la vida normal de su comunidad.
El punto que las fuentes interpretan de distintas maneras es la expresión «espíritu de enfermedad» y la frase posterior de Jesús: «a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años» (Lucas 13:16). Algunos entienden que se trataba de una posesión demoníaca en sentido estricto; otros, de una enfermedad física real cuya raíz última se atribuye al poder del mal que oprime al mundo.
A favor de esta segunda lectura está el hecho de que Jesús no la trata como a un endemoniado —no hay diálogo con un demonio ni una expulsión al uso—, sino que la sana con una palabra y la imposición de manos, y la reconoce como una creyente, «hija de Abraham».
En cualquier caso, el relato presenta su mal físico entrelazado con una dimensión espiritual: era una atadura. Por eso Jesús usa el lenguaje de «atar» y «desatar», que enseguida cobrará todo su sentido en la discusión sobre el sábado. La mujer no solo estaba enferma; estaba ligada, y necesitaba ser liberada.
¿Por qué fue tan polémico que Jesús la sanara en sábado?
El conflicto no surgió porque la sanación fuera dudosa, sino porque ocurrió en sábado, el día de reposo que la ley mandaba guardar. El cuarto mandamiento ordenaba no hacer «obra alguna» en ese día (Éxodo 20:8-10), y en tiempos de Jesús la tradición religiosa había desarrollado listas detalladas de lo que contaba como «trabajo» prohibido.
Sanar se permitía únicamente cuando había peligro de muerte; una dolencia de dieciocho años, se razonaba, bien podía esperar un día más. Por eso el jefe de la sinagoga vio en el milagro una violación del descanso sagrado.
La respuesta de Jesús desarma ese razonamiento con un argumento de sentido común. «Hipócrita», le dice, «¿no desatáis vosotros cada uno en sábado su buey o su asno del pesebre y lo lleváis a beber?» (Lucas 13:15-16).
La propia tradición permitía desatar a un animal para llevarlo a beber en sábado; ¿cómo no iba a estar permitido «desatar» a una mujer, un ser humano, de una atadura de dieciocho años? El juego de palabras es deliberado: si a un buey se le suelta la cuerda del pesebre, con cuánta más razón se debe soltar a una persona a la que Satanás había atado.
El fondo del debate no era el descanso en sí, que Jesús no negaba, sino para qué existe. El sábado había sido dado como un don para el bien del ser humano, y liberar a una mujer de años de sufrimiento honraba ese propósito en vez de contradecirlo. La discusión deja al descubierto una religiosidad que cuidaba tanto la norma que había perdido de vista a la persona que tenía delante.
¿Por qué Jesús la llamó «hija de Abraham»?
Al llamarla «hija de Abraham», Jesús hizo mucho más que describir su ascendencia: le devolvió una dignidad que tanto su enfermedad como su condición de mujer tendían a negarle en aquella sociedad. La expresión es notable, porque en la Escritura era común hablar de los «hijos de Abraham» como herederos de la promesa, pero llamar así, en femenino, a una mujer concreta era un gesto poco habitual que la colocaba de lleno dentro del pueblo del pacto, con pleno derecho a la misericordia de Dios.
El contraste con la escena es fuerte. A los ojos del jefe de la sinagoga, aquella mujer podía esperar; era, en el mejor de los casos, un caso que no urgía. A los ojos de Jesús, era una hija de Abraham atada por el enemigo, cuya liberación no podía posponerse ni un día. Donde otros veían una interrupción inoportuna, él vio a una persona de valor infinito.
Ese modo de mirar recorre todo el Evangelio de Lucas, atento una y otra vez a las mujeres, los pobres y los despreciados. La misma lógica que lleva a Jesús a llamar «hijo de Abraham» a Zaqueo, un cobrador de impuestos rechazado (Lucas 19:9), lo lleva aquí a dignificar a una mujer encorvada y anónima. El milagro sana su cuerpo; la palabra «hija de Abraham» restaura su lugar.
¿Qué enseña hoy la sanación de la mujer encorvada?
La sanación de la mujer encorvada sigue hablando porque toca realidades muy actuales: las cargas que encorvan el alma, la tentación de anteponer las reglas a las personas y el valor de quienes pasan desapercibidos. Estas son algunas maneras concretas en que este relato puede iluminar tu fe hoy.
Recuerda que Jesús ve a quien nadie mira. La mujer no pidió ayuda; fue él quien la notó entre la gente. Si te sientes invisible o al margen, este milagro muestra a un Dios que se fija justamente en quien lleva mucho tiempo mirando al suelo.
Reconoce las ataduras que te mantienen encorvado. No toda carga es física: hay culpas, miedos y heridas que doblan el alma durante años. El relato invita a llevar ante Dios eso que te tiene «atado», con la confianza de que su deseo es desatarte.
Cuida de no poner la norma por encima de la persona. El error del jefe de la sinagoga no fue amar la ley, sino olvidar para qué servía. Vale la pena preguntarte si en tu vida de fe alguna regla o costumbre está pesando más que la compasión hacia quien tienes delante.
Devuelve dignidad con tu manera de mirar y de hablar. Jesús sanó con las manos, pero también con una palabra: «hija de Abraham». Un gesto de reconocimiento hacia alguien despreciado o ignorado puede levantar tanto como una ayuda material.
Levanta la vista y da gracias. Lo primero que hizo la mujer al enderezarse fue glorificar a Dios. La sanación de la mujer encorvada enseña que la libertad que Dios da termina naturalmente en gratitud, y que a veces el primer paso de una vida nueva es, sencillamente, poder volver a mirar hacia arriba.
Referencias y recursos
- Explicación y contexto del pasaje: Lucas 13:10-17 – Explicación, contexto y reflexión (ExplicaLaBiblia)
- Comentario del episodio en su contexto: Lc 13,10-17: Curación en sábado de la mujer encorvada (Dei Verbum)
- Estudio bíblico sobre la mujer encorvada: La mujer encorvada – Lucas 13:10-17 (Escuela Bíblica)
- Texto bíblico completo en español (RVR1995): Lucas 13:10-17 en Bible Gateway






