
Publicado en junio 22, 2025, última actualización en julio 28, 2026.
La sanación de la oreja de Malco una de las escenas más desconcertantes de los evangelios: rodeado de antorchas y soldados, traicionado por un amigo y abandonado por casi todos, su última obra de sanación antes de la cruz no fue para un discípulo ni para un enfermo que lo buscara, sino para un enemigo herido en la confusión.
Ese enemigo tenía nombre, Malco, y la herida se la había causado Pedro con una espada. La sanación de la oreja de Malco ocurrió en el huerto de Getsemaní y la mencionan, con distintos detalles, los cuatro evangelios: Mateo 26:51-52, Marcos 14:47, Lucas 22:49-51 y Juan 18:10-11.
Retrato Rápido
Durante el arresto de Jesús en Getsemaní, uno de sus discípulos —Pedro, según Juan— sacó una espada e hirió a un siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Ese siervo se llamaba Malco. Jesús detuvo la violencia con un «Basta ya» y, tocando la oreja del hombre, la sanó.
Fue el último milagro que los evangelios registran antes de la crucifixión, y el único acto de sanación que Jesús realizó, según el relato, a favor de uno de sus captores.
✅ Datos firmes: Los cuatro evangelios coinciden en el episodio del arresto y el corte de la oreja; el retrato es claro. Cada evangelista conserva detalles distintos, que se complementan sin contradecirse.
Puntos Clave
Antes del detalle, estos son los aspectos que definen el relato:
- Jesús sanó a un enemigo en el instante de ser arrestado, cumpliendo en la práctica lo que había enseñado: amar a los adversarios.
- Fue su último milagro antes de la cruz, y el único acto de sanación dirigido a alguien que participaba en su captura.
- Pedro hirió con la espada por lealtad mal encauzada, y Jesús lo corrigió: su reino no se establece por la fuerza.
- Solo Lucas registra la sanación y solo Juan da los nombres de Pedro y de Malco; los cuatro evangelios narran el corte de la oreja.
- Malco era siervo del sumo sacerdote, es decir, parte del poder religioso que buscaba condenar a Jesús.
- La escena ocurrió en Getsemaní, «prensa de aceite», el mismo lugar de su agonía más profunda.
¿Qué pasó exactamente en la sanación de la oreja de Malco?
La escena ocurre de noche, en el huerto de Getsemaní, apenas Jesús termina de orar y llega el grupo que viene a arrestarlo, guiado por Judas. En la tensión del momento, los discípulos preguntan si deben defenderse: «Señor, ¿heriremos a espada?». Sin esperar respuesta, uno de ellos actúa. Lucas 22:50 lo cuenta con sobriedad: «uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha».
La reacción de Jesús no va contra sus captores, sino contra la violencia de los suyos. «Basta ya; dejad», ordena, y a continuación hace lo inesperado: «tocando su oreja, la sanó». En medio de un arresto armado, se detiene para reparar el daño que uno de sus seguidores acaba de causar. El gesto es rápido, casi silencioso, y sin embargo condensa todo lo que Jesús había venido enseñando.
Juan 18:11 añade la palabra con que Jesús explica su actitud a Pedro: «¿la copa que el Padre me ha dado, no la he de beber?». No se trata de que le falten medios para defenderse —él mismo dirá que podría disponer de legiones de ángeles—, sino de que ha decidido no tomar ese camino. La sanación de Malco es, en el fondo, la otra cara de esa decisión: donde sus seguidores ponen espada, él pone curación.
¿Por qué solo Lucas narra la sanación y solo Juan da los nombres?
Aquí aparece un detalle que llama la atención de muchos lectores. Los cuatro evangelios cuentan que en el arresto alguien cortó la oreja de un siervo, pero no todos cuentan lo mismo. Solo Lucas 22:51 registra que Jesús la sanó, y solo Juan 18:10 pone nombre a los dos protagonistas: Pedro, el que hiere, y Malco, el herido. Mateo y Marcos mencionan el hecho, pero dejan a ambos en el anonimato y no hablan de la curación.
Lucas, médico de profesión y muy atento a los gestos de misericordia de Jesús a lo largo de su evangelio, era natural que registrara justamente ese detalle de restauración que los otros pasaron por alto. Cada evangelista seleccionó lo que servía a su propósito, y las piezas se complementan en lugar de chocar.
Lo de los nombres tiene una explicación posible especialmente interesante. Algunos estudiosos han propuesto que los evangelios más antiguos callaron a propósito el nombre de Pedro: herir con una espada a un siervo del sumo sacerdote era un acto grave, y mientras Pedro vivía, nombrarlo por escrito podía exponerlo a represalias.
Juan, que escribió su evangelio décadas después, cuando aquel peligro ya había pasado, pudo dar los nombres sin reparo. A esto se suma que el propio Juan tenía acceso a la casa del sumo sacerdote —su evangelio menciona a un discípulo «conocido del sumo sacerdote» que logró entrar en el patio (Juan 18:15-16)—, lo que explicaría por qué conocía incluso el nombre de un siervo.
Es una propuesta razonable, no una certeza, pero ilumina bien por qué las cuatro versiones difieren en lo que cuentan.
¿Quién era Malco, el hombre al que Jesús sanó?
Malco no era un personaje anónimo del montón: era siervo del sumo sacerdote, es decir, formaba parte del círculo de poder religioso que en esas mismas horas trabajaba para condenar a Jesús. Su nombre, de raíz semítica, se relaciona con la palabra «rey», y era común en la región. El hecho de que Juan lo conserve sugiere que se trataba de alguien identificable para los primeros lectores, no de un desconocido.
Hay un dato que refuerza su cercanía a la escena. Más adelante, cuando Pedro niega conocer a Jesús en el patio del sumo sacerdote, uno de los presentes lo reconoce y lo acusa; Juan 18:26 precisa que era «uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja». Así, la familia de Malco reaparece en el relato de la pasión, esta vez como testigo de la caída de Pedro.
Del resto de la vida de Malco no se sabe nada cierto. Los evangelios no cuentan cómo reaccionó su corazón al sentir que el mismo hombre a quien venía a arrestar le devolvía la oreja, ni qué fue de él después. Han circulado leyendas posteriores, pero ninguna tiene respaldo histórico. Lo que el texto deja es una pregunta abierta y elocuente: un hombre marcado para siempre por haber recibido gracia justo de quien tenía todo el derecho de rechazarlo.
¿Qué significa que Jesús sanara a un enemigo en el momento de su arresto?
El sentido más hondo del milagro está en su coherencia. Tiempo atrás, Jesús había enseñado: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen» (Mateo 5:44). En Getsemaní no repitió la enseñanza: la encarnó. Con un enemigo herido delante y bajo la máxima presión imaginable, hizo exactamente lo que había predicado. Pocas veces coinciden de forma tan perfecta las palabras de alguien y sus actos.
El milagro también corrige una idea equivocada sobre cómo avanza el reino de Dios. Pedro sacó la espada por amor y lealtad, pero con una lógica humana: defender a Jesús por la fuerza. La respuesta fue firme: «Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán» (Mateo 26:52). El reino que Jesús trae no se impone hiriendo, sino sirviendo y, llegado el caso, sufriendo. Sanar la oreja de Malco fue desautorizar, con hechos, la vía de la violencia religiosa.
Por último, esta última sanación antes de la cruz anticipa lo que la cruz misma significaría. Así como Jesús reparó una herida causada en el desorden de aquella noche, en la cruz se ocuparía de una herida más honda: la del ser humano separado de Dios.
El gesto concuerda con la razón misma de su venida, según Juan 3:17: «no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él». Aun siendo arrestado injustamente, su impulso fue sanar, no herir.
¿Por qué ocurrió en Getsemaní?
El escenario no es un detalle menor. Getsemaní significa «prensa de aceite», el lugar donde las aceitunas se aplastaban para extraer el aceite. Era un huerto en la ladera del monte de los Olivos, a las afueras de Jerusalén, adonde Jesús solía retirarse a orar. Esa misma noche, allí había vivido una angustia extrema; Lucas 22:44 describe su sudor «como grandes gotas de sangre» mientras oraba antes del arresto.
En ese mismo suelo, testigo de su agonía, brotó también uno de sus gestos más tiernos hacia un adversario. El contraste es difícil de ignorar: el lugar donde Jesús fue «prensado» por el peso de lo que venía es también donde la misericordia se derramó sobre un enemigo.
La imagen de la prensa de aceite, que solo entrega lo valioso cuando se la somete a presión, ha servido a muchos lectores para entender esa noche: bajo el peso más duro, de Jesús no salió resentimiento, sino gracia.
¿Qué puede enseñarte hoy la sanación de la oreja de Malco?
La sanación de la oreja de Malco no es solo una escena dramática del arresto de Jesús; deja preguntas que siguen tocando la vida de fe. Estas son algunas reflexiones para llevar a lo cotidiano.
Deja que tu fe se note más en la presión que en la calma. Jesús mostró quién era no en un sermón tranquilo, sino en el peor momento posible. Lo que crees se revela sobre todo cuando te hieren o te traicionan. Vale la pena preguntarte cómo respondes cuando alguien te trata injustamente: ¿con la espada de Pedro o con el gesto de Jesús?
Cuidado con «pelear» por Dios de la manera equivocada. Pedro atacó por lealtad, y aun así se equivocó. A veces el primer instinto es defender la fe hiriendo —con palabras cortantes, desprecio o agresión— a quien piensa distinto. El reino de Dios no se extiende por la fuerza, sino por el amor; también hoy conviene devolver la espada a su lugar.
Busca la oportunidad de sanar en medio del conflicto. Frente a la hostilidad, Jesús encontró algo que restaurar. Cuando alguien se te oponga o te haga daño, existe casi siempre una ocasión de bajar la tensión en lugar de aumentarla: un perdón, una palabra amable, una bondad inesperada que desarme.
Recuerda que tú también recibiste gracia siendo «enemigo». El Nuevo Testamento dice que fuimos reconciliados con Dios «siendo enemigos» (Romanos 5:10). Malco recibió sanación sin merecerla, y esa es la historia de todo creyente. Reconocerlo hace más fácil extender a otros la misma gracia que uno recibió primero.
Que tu vida y tu mensaje digan lo mismo. El poder de esta escena está en la coherencia: Jesús vivió lo que enseñó. La sanación de la oreja de Malco invita a revisar dónde tu práctica no coincide aún con lo que dices creer, y a cerrar esa distancia con gestos concretos, especialmente hacia quienes te resultan difíciles de amar.
Fuentes consultadas
- Wikipedia — Healing the ear of a servant: https://en.wikipedia.org/wiki/Healing_the_ear_of_a_servant
- Bible.org — Healing of Malchus’ Ear: https://bible.org/seriespage/35-healing-malchus-ear-ear-today-and-gone-tomorrow
- Catholic Answers — Malchus: https://www.catholic.com/encyclopedia/malchus






