
Cada 31 de octubre, en muchas iglesias evangélicas se recuerda la Reforma, y el villano de la historia casi siempre es el mismo: Johann Tetzel, el fraile que recorría Alemania prometiendo que el dinero entregado aliviaría las penas de los difuntos.
La historia se cuenta como advertencia: así se corrompe la fe cuando se mezcla con el dinero. Y a veces, ese mismo domingo, desde el mismo púlpito, se invita a la congregación a dar una ofrenda de siembra, con la promesa de que Dios la devolverá multiplicada. Esa es la columna vertebral de lo que sus críticos llaman evangelio de la prosperidad.
Mi tesis es sencilla: el evangelio de la prosperidad, con su ofrenda de siembra, repite el mecanismo de la venta de indulgencias que esas mismas iglesias condenan, y en un punto lo supera: no tiene techo, porque siempre pide dar más.
Voy a sostenerla con la Biblia primero y con la historia después, y voy a presentar con justicia lo que dicen quienes la enseñan, porque tienen textos reales y conviene escucharlos antes de responder. Si tú siembras y nunca lo has cuestionado, no te leo como adversario: te invito a recorrer el argumento conmigo.
Mi postura en breve
Estoy convencido de que dar dinero con la promesa de que Dios lo devolverá multiplicado, en forma de prosperidad, sanidad o milagros, convierte el favor de Dios en algo que se compra. Ese fue exactamente el error de la venta de indulgencias del siglo XVI, y no deja de serlo porque lo prometido sea material en vez de espiritual. Y va más lejos que Tetzel: la indulgencia tenía una tarifa, mientras que la prosperidad pide siempre una semilla mayor. Ofrendar con generosidad y sostener a la iglesia es bíblico; poner precio a la acción de Dios no lo es.
✅ Convicción firme: el rechazo a comprar el don de Dios está en el texto con toda claridad. Lo que reconozco como debatible es dónde termina el lenguaje legítimo de Pablo sobre sembrar y dónde empieza la transacción.
Puntos Clave
- La ofrenda de siembra es el centro del evangelio de la prosperidad: el creyente entrega dinero, normalmente al ministerio que predica, y espera que Dios lo multiplique en bienes, salud o favor.
- La promesa no tiene techo: la cosecha se ofrece en proporción a la siembra, y si no llega, la respuesta suele ser sembrar más.
- La venta de indulgencias del siglo XVI tenía la misma estructura: un predicador, un donativo a su institución y una promesa de efecto divino.
- La comparación es con la venta histórica, no con las indulgencias católicas de hoy, que no cuestan nada desde que Pío V lo prohibió en 1567.
- Pablo sí habla de sembrar al dar, pero la cosecha que promete es generosidad, justicia y acción de gracias, no un rendimiento para el donante.
- Las críticas más fuertes a la siembra vienen del propio mundo pentecostal y evangélico, como las Asambleas de Dios en 1980 y el Movimiento de Lausana en 2010.
¿De qué trata realmente este debate?
Este debate no es sobre si hay que ofrendar. Que el cristiano debe dar con generosidad, que la iglesia necesita sostenerse y que quien enseña a tiempo completo puede vivir de ese trabajo (1 Corintios 9:14) son puntos en los que todos coincidimos.
Tampoco es el debate del diezmo. Diezmar por gratitud o como mayordomía no tiene nada de indulgencia, y la pregunta de si el diez por ciento obliga al cristiano está tratada en ¿es obligatorio el diezmo?. El diezmo entra en este debate solo cuando se predica como «da para recibir» o «no das y quedas bajo maldición».
Lo que discuto es una práctica concreta, que recibe nombres como «siembra», «semilla de fe» o «pacto financiero». El predicador invita a dar una cantidad, a menudo fijada o sugerida, y asocia a esa ofrenda una promesa: Dios la multiplicará, abrirá una puerta, sanará una enfermedad o resolverá una deuda. A veces la cosecha se promete en proporción a la siembra. Sus predicadores no usan la etiqueta «evangelio de la prosperidad», que es de sus críticos: hablan de fe, de pacto y de siembra, y así los nombraré cuando exponga su postura.
Hay que precisar también qué comparo con qué. No digo que la Iglesia católica venda hoy indulgencias: no lo hace, y lo explico en qué son las indulgencias. Tengo mis propias objeciones a la doctrina actual de las indulgencias, que se apoya en un tesoro de méritos que no encuentro en el texto y que choca con la obra completa de Cristo (Hebreos 10:14). Pero esa es otra discusión. La comparación de este artículo es con la venta que hizo estallar la Reforma, y la pregunta es si quienes la condenan están repitiendo su mecanismo.
¿Qué dicen quienes enseñan la siembra y la prosperidad?
La ofrenda de siembra no nace de la nada: se apoya en textos bíblicos reales, y su mejor defensor no es un charlatán, sino un pastor convencido de que Dios cumple lo que promete. Si la expongo mal, cualquiera podrá decir con razón que ese no es su argumento.
El modelo moderno se suele atribuir al evangelista estadounidense Oral Roberts, que lo resumió en tres pasos: sembrar, esperar un milagro y cosechar, según recoge Coalición por el Evangelio. En el mundo hispano lo enseñan muchos pastores con un lenguaje más moderado. Un sermón de mayordomía del pastor Óscar Flores, por ejemplo, sostiene que la Palabra de Dios da la garantía de que la siembra material en la iglesia produce bendiciones abundantes, también materiales, para quien siembra con constancia.
Los textos que invocan son estos:
| Texto | Cómo lo lee la enseñanza de la siembra |
|---|---|
| Gálatas 6:7 | Hay una ley espiritual: lo que se siembra se cosecha, también en lo económico |
| 2 Corintios 9:6 | Pablo compara la ofrenda con la siembra: quien siembra mucho cosecha mucho |
| Lucas 6:38 | Jesús promete que a quien da se le dará una medida rebosante |
| Malaquías 3:10 | Dios invita a probarlo con la ofrenda y promete abrir las ventanas del cielo |
| Marcos 10:29-30 | Quien deja algo por Jesús recibe cien veces más ya en esta vida |
| 3 Juan 2 | Dios desea que el creyente prospere en todo |
Su argumento más fuerte es que no venden nada: Dios es quien da, y la siembra es un acto de fe en una promesa suya, no un precio. Y reconozco lo que acierta. Dios provee para las necesidades materiales de los suyos (Mateo 6:33), la generosidad trae bendición, y una enseñanza que rompe la tacañería de un creyente le hace bien. Nada de eso está en duda.
¿Cuál es mi postura y sobre qué bases la sostengo?
Estoy convencido de que la siembra transaccional repite la venta de indulgencias, y mis razones son primero bíblicas y después históricas.
El don de Dios no se compra, sea cual sea el don. En Hechos 8:18-24, Simón el mago ofrece dinero para obtener el poder de comunicar el Espíritu. Pedro no discute la cantidad ni el destino del dinero: rechaza la idea misma, y le pregunta cómo pudo imaginar que el don de Dios es «un objeto de compraventa». Lo que Simón quería comprar no era riqueza, sino un poder espiritual. Si la Biblia condena comprar lo espiritual, no veo cómo comprar lo material, una sanidad o una casa, quedaría a salvo.
Los profetas de Dios no cobraban por su obra. Cuando Naamán quiso pagarle a Eliseo por su curación, el profeta se negó (2 Reyes 5:15-16). Su criado Giezi fue detrás del regalo, y el relato termina con su castigo (2 Reyes 5:20-27). Jesús dijo lo mismo a los doce al enviarlos a sanar: lo que recibieron gratis debían darlo gratis (Mateo 10:8).
La siembra de Pablo produce una cosecha distinta. Este es el texto decisivo, porque es el que más se cita a favor. Leído completo, 2 Corintios 9:6-11 dice que cada uno dé según su conciencia, sin obligación, y que Dios multiplicará la semilla para que el creyente tenga con qué seguir haciendo el bien. La cosecha que promete Pablo es fruto de justicia, más generosidad y acción de gracias a Dios (2 Corintios 9:12-13). Y la ofrenda iba para los pobres de Jerusalén, no para el ministerio de Pablo, que con frecuencia renunciaba a su derecho a ser sostenido. La lógica de Pablo es que Dios te da para que sigas dando. La de la siembra es que tú das para que Dios te dé.
El Nuevo Testamento ya conocía el negocio con la fe. Pablo advierte contra quienes tienen la piedad por fuente de ganancia (1 Timoteo 6:5-10), y Pedro anuncia maestros que, por avaricia, harán negocio con los creyentes (2 Pedro 2:3).
Con eso en la mano, la comparación histórica se vuelve evidente. A Tetzel se le atribuye una copla según la cual el alma salía del purgatorio en cuanto la moneda sonaba en el cofre. Martín Lutero respondió en sus 95 tesis que esa moneda solo aseguraba más lucro y más avaricia, y que el verdadero tesoro de la Iglesia es el evangelio de la gracia de Dios.
| Elemento | Venta de indulgencias (siglo XVI) | Ofrenda de siembra |
|---|---|---|
| Quién la predica | Un predicador autorizado, con un discurso emotivo | Un pastor o evangelista, a menudo en campaña o en televisión |
| Qué se entrega | Una limosna | Una ofrenda, a veces de cantidad sugerida |
| A quién va el dinero | A la institución que predica | Al ministerio que predica |
| Qué se promete | Alivio de las penas propias o de un difunto | Prosperidad, sanidad, milagros o protección |
| Defensa oficial | No se compra nada: la limosna es una obra piadosa | No se compra nada: es un acto de fe |
| ¿Tiene límite? | Una tarifa fija según la posición social | Ninguno: la cosecha crece con la siembra |
| Si no funciona | La promesa no se podía comprobar | La culpa suele recaer en la falta de fe o en haber sembrado poco |
La fila de la defensa oficial es la que más me convence. Tampoco la Iglesia del siglo XVI decía que vendía la salvación: decía que la limosna era una obra de piedad. Esa misma defensa, «no vendemos, Dios da», es la que hoy protege a la siembra. Hay además una diferencia que no favorece a la prosperidad. La campaña de 1517 tenía una tarifa según la posición social: de 25 florines de oro para reyes y arzobispos a un cuarto de florín para los más pobres, según el estudio del proceso de Lutero de la Universidad de Misuri-Kansas City. Era un abuso, pero tenía techo y le pedía menos a quien menos tenía. La siembra no tiene techo: la cosecha se promete en proporción a lo sembrado, se anima a dar «una semilla de sacrificio» precisamente a quien está en apuros, y cuando el milagro no llega la respuesta suele ser sembrar más. El Movimiento de Lausana lo resumió así: esta enseñanza puede enriquecer a sus predicadores mientras deja a sus seguidores igual o peor, y hace que los pobres se culpen de su pobreza.
Y hay una ironía que no puedo pasar por alto: la Iglesia católica corrigió su abuso en Trento y lo prohibió en 1567, mientras que en buena parte del mundo que se considera heredero de la Reforma el mecanismo volvió a abrirse paso.
¿Por qué no se sostienen los argumentos del evangelio de la prosperidad?
Los textos de la siembra son bíblicos; el problema está en lo que se les hace decir. Los respondo uno por uno, empezando por lo que cada uno sí enseña.
Gálatas 6:7. Es verdad que lo que se siembra se cosecha. Pero el versículo siguiente explica de qué siembra habla: quien siembra para sus apetitos cosecha corrupción, y quien siembra para el Espíritu cosecha vida eterna (Gálatas 6:8). Es una ley moral, no una fórmula financiera.
Lucas 6:38. La medida rebosante cierra un pasaje sobre perdonar, no juzgar y amar a los enemigos, y pocos versículos antes Jesús pide prestar sin esperar nada a cambio (Lucas 6:35). Usarlo para dar esperando una devolución es leerlo al revés.
Malaquías 3:10. Es una promesa real, pero dirigida al pueblo de Israel bajo su pacto, sobre el diezmo que se guardaba en los almacenes del templo para sostener a los levitas y a los pobres. No es una invitación a probar a Dios con una ofrenda a un ministerio particular.
Marcos 10:29-30. Las cien veces más son para quien lo deja todo por Jesús, no para quien da con el fin de recibir. La lista incluye hermanos, madres e hijos, lo que apunta a la familia de la fe, y el mismo versículo añade algo que la siembra no suele citar: junto con persecuciones.
3 Juan 2. Es el saludo con que se abría una carta, un deseo de buena salud para el destinatario. Convertirlo en una promesa doctrinal le pide al texto lo que no da.
«No vendemos, Dios da». Este es el argumento central, y es el mismo que usaba la defensa de las indulgencias. Si la promesa depende de la cantidad entregada, y el dinero va al ministerio que hace la promesa, la diferencia con una compra es solo de vocabulario.
¿Qué objeciones reconozco a mi propia postura?
Hay tres objeciones serias, y prefiero nombrarlas yo antes de que me las hagan.
«Las indulgencias eran espirituales; la siembra es material». La diferencia es real, pero creo que juega en contra de la siembra, no a su favor. Lo que se intercambia en los dos casos es una intervención de Dios a cambio de dinero, y Hechos 8 condena justamente eso. Además, muchas campañas de siembra no prometen solo dinero: prometen sanidad, liberación o la salvación de un familiar, y ahí el paralelo es casi exacto.
«No todos los que hablan de siembra prometen riqueza». Tiene razón, y lo concedo sin reservas. Pablo usa la imagen de la siembra, y un pastor que la explica como él no hace nada malo. Mi blanco no es la palabra, sino la transacción. El criterio que propongo es sencillo: hay un problema cuando la promesa se calcula según la cantidad y el dinero va a quien hace la promesa.
«Estás generalizando a los evangélicos». No es mi intención, y la mejor prueba es que las críticas más duras vienen de dentro. Las Asambleas de Dios, una de las mayores denominaciones pentecostales, advirtieron en 1980 que la fe no es una fórmula que obligue a Dios a actuar. Y en 2010 el Movimiento de Lausana calificó de falso evangelio la forma extrema de esta enseñanza, y criticó que se sustituya el llamado al arrepentimiento por un llamado a dar dinero.
En resumen
Estoy convencido de que el evangelio de la prosperidad, cuando promete una intervención de Dios a cambio de dinero, repite el mecanismo de la venta de indulgencias, y lo agrava porque su promesa no tiene techo. La Biblia condena comprar el don de Dios en Hechos 8, los profetas se negaban a cobrar por la obra de Dios, y la siembra de Pablo produce generosidad y justicia, no rendimientos para el donante.
Quienes enseñan la siembra aciertan en que Dios provee y en que la generosidad es buena, y tienen derecho a usar la imagen de Pablo. Pero cuando la promesa crece con la cantidad y el dinero va al ministerio que la hace, el argumento de que «Dios da y nadie vende» es el mismo que defendía a Tetzel.
La Reforma se jugó entera en que la gracia de Dios no tiene precio. Por eso me parece una contradicción que esas iglesias condenen la venta de indulgencias del siglo XVI y practiquen hoy su mecanismo.






