
Publicado en agosto 24, 2025, última actualización en agosto 19, 2026.
Quizás hayas visto su nombre en una nota al pie de tu Biblia de estudio, o lo hayas oído mencionar en un sermón sobre la destrucción del Templo. Flavio Josefo aparece constantemente en las conversaciones sobre el mundo del Nuevo Testamento, y casi nunca se explica quién era.
Saber quién fue Flavio Josefo el historiador judío cambia la manera de leer los evangelios: detrás de ese nombre hay un sacerdote de Jerusalén que comandó un ejército, se rindió al enemigo, vivió el resto de su vida en Roma bajo la protección de los emperadores que arrasaron su ciudad, y dejó escritas las páginas que hoy son la principal ventana externa al mundo en que predicó Jesús.
Su vida es la de un hombre partido en dos, y sus libros, escritos desde esa fractura, son la razón por la que sabemos tanto sobre Herodes, sobre Poncio Pilato, sobre los fariseos y los saduceos, y sobre cómo terminó el Templo que Jesús anunció que caería.
Retrato Rápido
Flavio Josefo (aproximadamente 37–100 d.C.) fue un sacerdote y aristócrata de Jerusalén, nacido con el nombre de Yosef ben Matityahu (José hijo de Matías), que llegó a ser comandante rebelde en Galilea durante la primera guerra judeo-romana.
Tras la caída de la fortaleza de Jotapata en el año 67 se rindió a Vespasiano, le anunció que llegaría a emperador y, cuando la predicción se cumplió, obtuvo la libertad, la ciudadanía romana y el nombre de la familia imperial.
Pasó el resto de su vida en Roma escribiendo cuatro obras que hoy son la fuente histórica más importante que existe sobre el judaísmo del siglo I y el trasfondo del Nuevo Testamento.
⚖️ Algunos puntos debatidos: El retrato general es claro, pero hay detalles sobre los que las fuentes no coinciden, sobre todo la autenticidad del párrafo que dedica a Jesús y la fiabilidad de las cifras que ofrece.
Puntos Clave
Su biografía se sostiene sobre unos pocos hechos firmes, casi todos documentados por él mismo. Estos son los que más importan para entender su figura y su valor como fuente.
- Nació en Jerusalén hacia el año 37 d.C. en una familia sacerdotal de la primera de las veinticuatro órdenes del Templo, con ascendencia de la dinastía real asmonea por vía materna.
- Comandó las fuerzas judías en Galilea al comienzo de la revuelta contra Roma y sobrevivió al asedio de Jotapata en circunstancias que él mismo relató y que se discuten desde entonces.
- Predijo a Vespasiano que sería emperador, y cuando eso ocurrió fue liberado, adoptando el nombre Flavio de la dinastía imperial que lo protegió.
- Escribió cuatro obras: La guerra de los judíos, Antigüedades judías, Contra Apión y su autobiografía, la Vita.
- Es la principal fuente externa sobre el mundo del Nuevo Testamento: en sus páginas aparecen Herodes el Grande, Poncio Pilato, Anás, Caifás, Juan el Bautista y Santiago, el hermano de Jesús.
- El pasaje sobre Jesús conocido como Testimonio flaviano es uno de los textos más debatidos de la antigüedad, con tres posturas académicas bien definidas.
¿De dónde venía Flavio Josefo?
Vino de la élite religiosa de Jerusalén, no de la periferia. Su padre, Matías, pertenecía a la orden sacerdotal de Joiarib, la primera de las veinticuatro divisiones que servían por turnos en el Templo, y su madre descendía de los asmoneos, la dinastía sacerdotal y real que gobernó Judea antes de la llegada de Herodes.
Esa doble herencia —altar y trono— lo colocó desde la cuna en el centro exacto del poder judío, según recogen tanto la Enciclopedia Británica como la Biblioteca Virtual Judía.
Su formación, tal como él la cuenta en la Vita, tiene un rasgo poco común. En vez de entrar directamente en la carrera sacerdotal, dedicó su adolescencia a conocer por dentro las tres grandes corrientes del judaísmo de su tiempo: fariseos, saduceos y esenios.
Después se retiró al desierto durante tres años con un asceta llamado Bannus, que vivía de lo que daba la tierra, vestía con lo que los árboles le proveían y se bañaba repetidamente en agua fría para conservar la pureza ritual. Al regresar a Jerusalén, cerca de los diecinueve años, se alineó públicamente con los fariseos.
Ese recorrido no es un detalle menor para quien lee el Nuevo Testamento. Los grupos que discuten con Jesús en los evangelios —los fariseos que le preguntan por el tributo, los saduceos que niegan la resurrección— son los mismos que Josefo describe desde dentro. Y la escena del desierto de Bannus ayuda a entender el mundo en que se movía Juan el Bautista: retirarse a vivir con austeridad junto al Jordán no era una rareza aislada sino una corriente reconocible.
Hacia el año 64 d.C., con unos veintiséis años, viajó a Roma para gestionar la liberación de varios sacerdotes judíos enviados presos ante Nerón. Lo consiguió con la ayuda de un actor judío y de la emperatriz Popea Sabina. El viaje le dejó contactos en la corte imperial y una impresión muy vívida del poder real de Roma, algo que la mayoría de sus compatriotas nunca llegó a dimensionar.
¿Qué pasó en Jotapata y cómo terminó Josefo del lado de Roma?
Regresó de Roma para encontrar a Judea al borde de la guerra. En el año 66 estalló la primera guerra judeo-romana, y el gobierno rebelde de Jerusalén nombró a Josefo comandante militar de Galilea, la región por donde entraría la ofensiva romana. Se dedicó a fortificar ciudades, entre ellas Tiberíades y Séforis, en medio de una situación imposible: buena parte de la población galilea prefería la paz con Roma, mientras las facciones más radicales desconfiaban abiertamente de él.
Vespasiano entró en Galilea en el 67 al mando de tres legiones. Josefo se refugió con sus hombres en Jotapata (Yodfat), una plaza fuerte encaramada en un cerro, y resistió el asedio durante cerca de cuarenta y siete días antes de que los romanos abrieran la muralla. La ciudad fue arrasada.
El pacto de la cueva
El episodio más discutido de su vida tiene una sola fuente: él mismo. Según su relato, escapó de la matanza escondiéndose en una cisterna con unos cuarenta compañeros. Cuando los romanos ofrecieron respetarles la vida a cambio de la rendición, el grupo prefirió morir antes que entregarse, y acordó un suicidio colectivo por turnos: se sortearía el orden y cada uno mataría al siguiente. Josefo quedó entre los dos últimos, y convenció al hombre restante de rendirse con él.
Llevado ante Vespasiano, en lugar de suplicar por su vida le anunció una profecía: que él, el general, sería emperador de Roma. No lo mataron; lo mantuvieron preso. Dos años después, en el 69, las legiones proclamaron emperador a Vespasiano. La predicción se había cumplido y Josefo fue liberado, recibió la ciudadanía romana y tomó el nombre de la dinastía que lo había perdonado: pasó a llamarse Tito Flavio Josefo.
¿Traidor o superviviente? Un punto genuinamente debatido
Dos mil años después, la rendición de Jotapata sigue leyéndose de dos maneras irreconciliables, y ambas parten de los mismos hechos.
Para una parte de la tradición judía, su conducta es indefendible. Fue el comandante que sobrevivió cuando sus hombres murieron, que se pasó al bando enemigo, que aceptó pensión y tierras del emperador que destruyó el Templo y escribió su historia bajo el patrocinio de esa misma familia imperial. Durante siglos sus obras fueron rechazadas en el mundo judío y se conservaron casi solo gracias a copistas cristianos. La sospecha se agrava porque el sorteo de la cueva, tal como él lo cuenta, lo dejó convenientemente en el penúltimo lugar.
Para otros, la lectura es distinta. Josefo había visto Roma de cerca y estaba convencido de que la revuelta era militarmente imposible; su rendición no habría sido traición sino aceptación de una derrota inevitable.
Bajo esa mirada, su vida posterior fue la de un vencido que usó su posición para dejar constancia escrita de su pueblo ante el mundo grecorromano y defender el judaísmo con argumentos, no con armas. Sin esa decisión, buena parte de lo que sabemos del siglo I judío se habría perdido.
Las dos lecturas trabajan con los mismos hechos y llegan a conclusiones opuestas. Las fuentes antiguas no permiten cerrar el caso.
¿Qué vio Josefo durante la destrucción de Jerusalén?
Estuvo allí, del lado romano. Cuando Tito puso sitio a Jerusalén en el año 70, Josefo acompañaba su estado mayor y trabajaba como intérprete y mediador: se acercaba a las murallas para hablar en arameo con los defensores e instarlos a rendirse. Fue recibido con insultos y proyectiles, y en algún momento resultó herido. Su familia estaba dentro de la ciudad.
Desde esa posición presenció el hambre en las calles, las luchas entre las facciones judías que se destruían entre sí mientras los romanos avanzaban, el incendio del Templo y el arrasamiento de la ciudad. Su relato es el único testimonio ocular conservado de uno de los acontecimientos más determinantes de la historia judía y cristiana, y da carne histórica a las palabras que los evangelios ponen en boca de Jesús sobre el destino de aquellas piedras (Mateo 24:1-2 y Lucas 21:20-24).
Es también la fuente principal —prácticamente la única— sobre el episodio final de la guerra: la resistencia de Masada, la fortaleza junto al mar Muerto donde un grupo de rebeldes aguantó hasta el año 73 o 74. Todo lo que se cuenta sobre ese asedio, la rampa romana y el desenlace del grupo procede de sus páginas.
La fiabilidad de sus cifras: otro punto debatido
Los historiadores modernos aceptan a Josefo como testigo, pero desconfían de sus números. Él afirma que en el asedio de Jerusalén murieron alrededor de 1.100.000 personas. Tácito, escribiendo poco después, habla de unos 600.000 sitiados. Los estudiosos actuales consideran ambas cifras muy superiores a lo posible: recuerdan que la población total de la región rondaba el millón de habitantes y proponen para el asedio decenas de miles de muertos, no más de un millón, como recoge la síntesis de estimaciones sobre el sitio de Jerusalén.
Esto no invalida su obra, pero sí marca cómo leerla. Las cantidades enormes eran un recurso habitual de la historiografía antigua para transmitir la magnitud de un desastre, y en su caso se suman dos intereses: engrandecer la victoria de sus protectores romanos y engrandecer también la resistencia de su pueblo. Los detalles topográficos, los nombres y las instituciones que describe han resultado en cambio notablemente fiables, y siguen usándose en trabajos arqueológicos.
¿Qué escribió Flavio Josefo? Sus cuatro obras
Vivió el resto de sus días en Roma, con alojamiento, pensión imperial y tierras en Judea, dedicado por completo a escribir. Murió alrededor del año 100. Dejó cuatro obras, todas en griego, y cada una responde a un propósito distinto.
- La guerra de los judíos (hacia el 75-79 d.C.). Siete libros sobre la revuelta contra Roma, desde sus raíces en la época de los macabeos hasta la caída de Masada. Es el relato de un testigo presencial y la fuente central sobre la destrucción del Templo. Se escribió primero en arameo, para las comunidades judías de oriente, y después se vertió al griego.
- Antigüedades judías (hacia el 93-94 d.C.). Veinte libros que recorren la historia del pueblo judío desde la creación hasta el estallido de la guerra. Pensada para un público griego y romano, presenta la fe y las leyes de Israel ante quienes las desconocían. Aquí aparecen los pasajes que más interesan al lector cristiano.
- Contra Apión (hacia el 97 d.C.). Dos libros en defensa del judaísmo frente a las acusaciones que circulaban en el mundo helenístico, en especial las del gramático alejandrino Apión.
- Vita (autobiografía, hacia el 99 d.C.). Un texto breve en el que justifica su actuación durante la guerra en Galilea, respondiendo a su rival Justo de Tiberíades. Es la fuente de casi todo lo que se sabe sobre su juventud.
Como resume la entrada de la Enciclopedia Católica, estas obras fueron usadas intensamente por los Padres de la Iglesia, y esa es la razón por la que se conservaron completas cuando tantos textos antiguos se perdieron.
¿Qué personajes de la Biblia aparecen en las páginas de Josefo?
Muchos, y ahí está buena parte de su valor. Josefo escribe sobre la misma Judea que recorren los evangelios y el libro de Hechos, pero desde fuera de la comunidad cristiana, sin intención de confirmar nada. Ese es precisamente el motivo por el que su testimonio pesa. La comparación entre sus escritos y el Nuevo Testamento recorre esta lista con detalle.
Estos son los nombres que un lector de la Biblia reconoce de inmediato:
- Herodes el Grande y su familia. Josefo dedica libros enteros a su reinado, sus obras de construcción —incluida la ampliación del Templo—, su carácter violento y las ejecuciones dentro de su propia familia. Es la fuente principal para reconstruir la cronología del rey de Mateo 2 y de sus descendientes: Herodes Antipas, Agripa I y Agripa II.
- Poncio Pilato. Relata varios incidentes de su mandato, como los estandartes con imágenes introducidos en Jerusalén y el uso del tesoro del Templo para un acueducto; ayudan a entender por qué el prefecto que juzga a Jesús actuaba con tanto cuidado ante los tumultos.
- Anás y Caifás. Los sumos sacerdotes que interrogan a Jesús en Juan 18:13 y reaparecen en Hechos 4:6 están documentados en Josefo, con sus períodos y su lugar en la dinastía sacerdotal.
- Félix y Festo. Los gobernadores ante los que Pablo comparece en Hechos 24 y 25 aparecen también en sus páginas, con el mismo orden de sucesión.
Juan el Bautista, contado de otra manera
En Antigüedades judías 18.116-119, Josefo narra la muerte de Juan, llamado el Bautista, ejecutado por orden de Herodes Antipas en la fortaleza de Maqueronte. Es un texto que prácticamente todos los especialistas aceptan como auténtico, y su interés está justamente en que no coincide del todo con los evangelios.
Josefo explica la ejecución por motivos políticos: Antipas temía que la enorme influencia de Juan sobre la gente terminara en una revuelta, y decidió actuar antes. Los evangelios, en Marcos 6:17-29 y Mateo 14:1-12, se centran en el conflicto moral por el matrimonio de Herodes con Herodías. Josefo aporta además el nombre del lugar, que los evangelios no dan, y añade que muchos judíos interpretaron la derrota militar posterior de Antipas como un castigo divino por aquella muerte.
Las diferencias, lejos de restar valor al pasaje, son el argumento más fuerte a favor de su autenticidad: un copista cristiano que hubiera inventado el texto lo habría armonizado con los evangelios, no lo habría dejado en desacuerdo con ellos.
Santiago, «el hermano de Jesús llamado el Cristo»
En Antigüedades judías 20.200, Josefo relata que hacia el año 62, aprovechando el vacío de poder entre la muerte de un gobernador romano y la llegada del siguiente, el sumo sacerdote Anano convocó al sanedrín y mandó lapidar a Santiago, «el hermano de Jesús llamado el Cristo», junto con otros. La acción provocó tal rechazo entre los judíos observantes que Anano fue depuesto poco después.
Se trata del mismo Santiago que dirigía la comunidad de Jerusalén en Hechos 15:13 y a quien Pablo llama «el hermano del Señor» en Gálatas 1:19. La gran mayoría de los especialistas acepta este pasaje como plenamente auténtico, y suele considerarse la mención más sólida de Josefo relacionada con el cristianismo.
Las razones son claras: aparece en todos los manuscritos griegos conservados, la expresión «llamado el Cristo» es neutra y hasta distante —nada que un editor cristiano hubiera escrito así—, y los detalles del episodio no coinciden con las versiones cristianas posteriores sobre la muerte de Santiago.
El Testimonio flaviano: el pasaje más debatido
En Antigüedades judías 18.63-64 hay un párrafo sobre Jesús, conocido como Testimonio flaviano (Testimonium Flavianum), que ha generado más discusión que cualquier otro texto de la antigüedad.
En la forma en que ha llegado hasta nosotros, dice que por ese tiempo apareció Jesús, un hombre sabio, «si es lícito llamarlo hombre», autor de obras asombrosas y maestro de quienes reciben la verdad con gusto; que atrajo a muchos judíos y griegos; que «era el Cristo»; que Pilato lo condenó a la cruz por acusación de los principales entre los judíos, y que al tercer día se les apareció vivo, tal como los profetas habían anunciado.
El problema salta a la vista: un judío practicante que nunca se hizo cristiano difícilmente habría escrito «era el Cristo». A partir de ahí se han consolidado tres posiciones, que conviene ver una al lado de la otra.
| Posición | Qué sostiene | Argumento principal | Presencia hoy |
|---|---|---|---|
| Interpolación cristiana total | Josefo nunca escribió sobre Jesús; el párrafo entero fue insertado por copistas cristianos posteriores | El pasaje interrumpe el hilo del relato y ningún autor cristiano de los siglos II y III lo cita, ni siquiera cuando le habría venido bien | Minoritaria |
| Núcleo auténtico con añadidos | Josefo sí escribió una nota breve y neutra sobre Jesús, y manos cristianas posteriores agregaron las frases confesionales | Quitando las expresiones creyentes queda un texto coherente con el estilo y el vocabulario de Josefo | Mayoritaria entre los especialistas actuales |
| Autenticidad completa | El texto es de Josefo tal como se conserva | La totalidad de los manuscritos griegos lo trae, y podría estar reportando lo que otros creían sin suscribirlo | Minoritaria, sobre todo en ámbitos apologéticos conservadores |
Un elemento importante en este debate es la versión árabe de Agapio de Hierápolis, obispo del siglo X cuya crónica recoge el pasaje en forma notablemente más sobria: dice que Jesús era un hombre de buena conducta y considerado virtuoso, que tuvo discípulos entre judíos y otras naciones, que Pilato lo condenó a la crucifixión y que sus discípulos relataron que se les apareció tres días después.
No afirma que fuera el Cristo ni habla de milagros. Esta versión fue dada a conocer al mundo académico en 1971 por Shlomo Pines. Quienes defienden la segunda posición la presentan como muestra de cómo pudo ser el texto antes de recibir añadidos; otros sostienen que Agapio simplemente resumió y suavizó un original ya modificado. El recorrido detallado de estas posturas sigue el hilo completo del debate.
Conviene notar dos cosas: la discusión sobre el Testimonio flaviano no toca el pasaje de Santiago, que se sostiene por su cuenta, y ninguna de las tres posiciones necesita a las otras para funcionar. Cada lector puede sopesar los argumentos y quedarse donde la evidencia lo lleve.
¿Qué puede enseñarnos hoy la vida de Flavio Josefo?
Conocer quién fue Flavio Josefo el historiador judío deja algo más que datos de trasfondo. Su vida y su obra plantean preguntas que siguen siendo actuales para cualquiera que quiera vivir la fe con los pies en la tierra.
La fe no le teme a la historia. Josefo no escribió para confirmar el evangelio, sino para explicar a su pueblo ante Roma. Y sin embargo, los nombres, los cargos y los lugares que menciona coinciden una y otra vez con los de los evangelios y Hechos. Si alguna vez te ha inquietado la idea de que la fe cristiana flota fuera del tiempo real, aquí tienes lo contrario: personajes con nombre propio, en ciudades que existen, bajo gobernadores documentados. Puedes acercarte a los datos históricos sin miedo.
Distinguir lo firme de lo debatido es honestidad, no debilidad. El pasaje de Santiago es sólido; el Testimonio flaviano se discute; las cifras de víctimas son dudosas. Poder decir «esto está bien establecido, esto se debate y esto no lo sabemos» es una madurez que sirve mucho más allá de Josefo. La próxima vez que oigas un argumento presentado con demasiada seguridad, vale la pena preguntarse en qué categoría cae de verdad.
Las decisiones difíciles rara vez tienen lectura única. Josefo lleva dos mil años siendo llamado traidor por unos y superviviente lúcido por otros, con los mismos hechos sobre la mesa. Las personas que te rodean también toman decisiones cuyas razones no ves completas. Antes de emitir un juicio definitivo sobre alguien, vale reconocer cuánto de su historia se te escapa; el consejo de Mateo 7:1-2 no pide ingenuidad, sino prudencia con el veredicto.
El testigo incómodo a veces es el más valioso. Josefo no era cristiano ni tenía interés alguno en respaldar a la iglesia naciente, y justamente por eso su testimonio pesa. Rodearse solo de voces que confirman lo que uno ya piensa es cómodo, pero empobrece. Escuchar con atención a quien no comparte tu punto de partida puede enseñarte cosas que nadie de tu círculo te iba a decir.
Lo que se escribe permanece. Aquel hombre creía estar justificándose ante sus contemporáneos. No podía imaginar que veinte siglos después millones de personas leerían sus páginas para entender el mundo en que caminó Jesús. Lo que haces hoy con cuidado y verdad —una carta, una enseñanza, una conversación con tus hijos— puede llegar mucho más lejos de lo que alcanzas a ver.






