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El mandato de Jesús de perdonar pecados: ¿qué significa realmente?

Verdad Eterna julio 8, 2026 14 minutes read
El Mandato de Jesús de Perdonar Pecados: División Entre Católicos y Protestantes

Publicado en septiembre 1, 2025, última actualización en julio 8, 2026.

«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Con esas palabras, en Juan 20:22-23, el Jesús resucitado deja a sus discípulos un encargo tan claro como desconcertante.

Es un mandato —del mismo tono con que mandó bautizar o predicar—, y aun así los cristianos llevan siglos sin ponerse de acuerdo en algo básico: ¿qué nos manda hacer exactamente al decir «perdonad los pecados»? Tal vez tú también lo hayas leído y te hayas quedado con la duda.

En este artículo quiero acompañarte a mirar por dentro el mandato de Jesús de perdonar pecados y ver por qué una misma frase lleva a dos caminos distintos, para que tú saques tu propia conclusión.

Contenido

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  • Veredicto Rápido
  • Puntos Clave
  • ¿Es realmente un mandato lo que dijo Jesús en Juan 20:23?
  • Entonces, ¿qué significa «perdonad los pecados»?
  • ¿Y el perdón del que ya es cristiano?
  • ¿Por qué la Iglesia católica lee ahí una potestad para absolver?
  • ¿Por qué el protestantismo lee ahí un encargo de proclamar?
  • ¿A quién se lo dijo Jesús, y quién decide cómo leerlo?
  • ¿Qué cambia en tu fe según cómo entiendas el mandato?

Veredicto Rápido

El mandato es claro; su interpretación es lo que se debate. Todos los cristianos reconocen que en Juan 20:23 Jesús ordena algo real sobre el perdón de los pecados.

La diferencia está en el contenido: la tradición católica entiende que Jesús delegó en los apóstoles —y por sucesión en obispos y sacerdotes— la potestad de absolver pecados en su nombre, base del sacramento de la confesión; la mayoría de las iglesias protestantes entiende que encargó a toda la iglesia proclamar y aplicar el perdón que Dios concede a quien se arrepiente. Los dos lados toman el mandato en serio; discrepan en qué manda.

⚖️ Tema debatido: existen lecturas válidas y de larga tradición en distintas ramas del cristianismo.

Puntos Clave

  • El mandato está en Juan 20:22-23: Jesús resucitado sopla el Espíritu sobre sus discípulos y les habla de perdonar y retener pecados.
  • Nadie discute que sea un mandato real, comparable en fuerza al de bautizar o predicar; el desacuerdo empieza en qué ordena hacer.
  • La lectura católica ve una potestad delegada para absolver, ejercida por un ministro que actúa en nombre de Cristo.
  • La lectura protestante ve un encargo de proclamar el perdón del evangelio, que pertenece a toda la iglesia.
  • Ambas tradiciones reconocen un solo perdón, real y continuo, que abarca la conversión y la vida posterior del creyente; el desacuerdo se reduce al conducto por el que llega.
  • Todo el debate desemboca en una raíz: qué autoridad interpreta el mandato, si la Escritura sola o la Escritura leída junto con la Tradición de la iglesia.

¿Es realmente un mandato lo que dijo Jesús en Juan 20:23?

La escena tiene todos los rasgos de un encargo solemne. Es la tarde del domingo de resurrección; Jesús se aparece a los discípulos encerrados por miedo, les muestra las heridas y, antes de hablarles del perdón, hace algo cargado de intención: sopla sobre ellos y les dice «Recibid el Espíritu Santo» (Juan 20:22). Solo entonces pronuncia las palabras sobre perdonar y retener pecados. No es un comentario de paso, sino un acto deliberado que acompaña a la entrega del Espíritu.

Conviene despejar una confusión de entrada: aquí no se debate si Jesús está mandando algo. Lo está. El lenguaje es de envío y comisión, del mismo tipo con que en Mateo 28:19 manda bautizar y hacer discípulos.

Quien lea el pasaje como una simple figura sin contenido práctico se topa con ese soplo del Espíritu, que difícilmente acompañaría a una metáfora. Me ayudó entender que el punto de partida honesto no es «¿mandó Jesús algo?», sino «¿qué mandó?». Y sobre esa segunda pregunta se abre todo el desacuerdo.

Entonces, ¿qué significa «perdonad los pecados»?

El texto dice «perdonad», no «anunciad», y ese verbo es el centro de toda la discusión. Nadie cambia la palabra; lo que cambia es qué se entiende que significa perdonar cuando lo hace un ser humano. Y las dos tradiciones parten de la misma pregunta incómoda: si solo Dios perdona los pecados —como reconocieron los escribas en Marcos 2:7—, ¿en qué sentido perdona un discípulo?

Una lectura toma el verbo en su sentido más directo: perdonar es perdonar. Si Jesús puso ese poder en manos de los discípulos justo después de soplar sobre ellos el Espíritu Santo, es porque les confirió una facultad real de hacer efectivo el perdón, no solo de hablar de él. A favor de esta lectura juega la segunda mitad del versículo: «a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Retener pecados supone un juicio sobre casos concretos —decidir en cada situación—, algo que encaja mal con la idea de un anuncio general y bien con la de una autoridad que evalúa y resuelve.

La otra lectura entiende «perdonar» en un sentido declarativo, y para sostenerlo apela a cómo funciona ese lenguaje en la propia Biblia. En Levítico 13, el sacerdote no sanaba la lepra: la examinaba y declaraba a la persona limpia o inmunda. Pronunciaba con autoridad un veredicto sobre algo que Dios ya había obrado. Bajo ese patrón, el discípulo «perdona» al declarar con autoridad el perdón que Dios concede a quien cree.

Esta lectura suma dos apoyos: primero, que la forma verbal griega de «les quedan perdonados» sugiere para muchos un perdón ya consumado —Dios perdonó cuando la persona creyó, y el discípulo lo proclama—; segundo, y quizá lo más concreto, cómo obedecieron los apóstoles el mandato. En el libro de los Hechos perdonan pecados predicando: Pedro no absuelve uno por uno, sino que proclama «arrepentíos… para perdón de los pecados» (Hechos 2:38) y anuncia que todo el que cree recibe el perdón (Hechos 10:43).

Ninguna de las dos lecturas tiene que negar lo que dice el texto, y eso es lo que hace tan cerrado el debate.

  • La católica sostiene que el sentido llano de una palabra debe preferirse a uno reinterpretado, y que el paralelo de Levítico habla de limpieza ritual, no de perdón de pecados.
  • La protestante responde que la práctica apostólica muestra qué significó el verbo cuando se puso por obra.

Me llamó la atención que todo el peso del debate descanse sobre una sola palabra, y que las dos posturas se muevan con seriedad dentro de ella en lugar de forzarla.

¿Y el perdón del que ya es cristiano?

Aquí surge una objeción que afina el debate. Si «perdonar los pecados» se entendiera solo como anunciar el evangelio y llevar a alguien a la conversión, el mandato dejaría fuera algo que todo creyente necesita: el perdón para el cristiano que ya creyó y después peca. Ese perdón hace falta —romper la comunión con Dios y recuperarla es parte de la vida de fe—, así que ninguna lectura seria puede dejarlo fuera.

Y lo cierto es que las dos tradiciones lo reconocen. Ambas afirman que hay un solo perdón, real y continuo, que cubre tanto la conversión como los tropiezos posteriores del creyente; y ninguna lo convierte en licencia para pecar, porque Romanos 6:1-2 ya rechazaba esa idea de raíz.

El desacuerdo, entonces, no es si el cristiano que peca puede ser perdonado, sino por qué conducto le llega ese perdón: para la lectura protestante, confesándolo directamente a Dios, como invita 1 Juan 1:9; para la católica, también por medio de un ministro que absuelve en nombre de Cristo, según su lectura de Juan 20:23.

Planteado así, el debate se vuelve más honesto: no enfrenta el perdón contra la nada, sino dos caminos hacia un mismo perdón.

¿Por qué la Iglesia católica lee ahí una potestad para absolver?

La lectura católica no descansa solo en el verbo, sino en una cadena que le da continuidad: la sucesión apostólica. La Iglesia sostiene que la autoridad que Jesús entregó a los apóstoles en Juan 20:23 se transmitió sin interrupción por la imposición de manos en la ordenación, de modo que los obispos de hoy —y por delegación los sacerdotes— reciben esa misma potestad.

El Catecismo lo dice sin rodeos: al dar el Espíritu Santo a los apóstoles, Cristo les confirió el poder de perdonar los pecados, y confió el ejercicio de esa absolución al ministerio apostólico (Catecismo de la Iglesia Católica, 976 y 1441-1442).

En esta visión, el sacerdote no reemplaza a Dios ni perdona por cuenta propia: actúa in persona Christi, prestando su voz para que sea Cristo quien perdone a través de él. Sus defensores subrayan un beneficio pastoral concreto: quien carga con una culpa grave necesita oír de alguien que el perdón le fue concedido, y no solo suponerlo en su interior.

La tradición añade la antigüedad de la práctica: Padres de la Iglesia como Juan Crisóstomo (Juan «Boca de oro»), en su tratado Sobre el sacerdocio, y Ambrosio de Milán, en Sobre la penitencia, ya hablaban en los primeros siglos de una autoridad ministerial para perdonar. Para esta postura, esa continuidad temprana es señal de que la lectura sacramental no es un añadido tardío.

¿Por qué el protestantismo lee ahí un encargo de proclamar?

La lectura protestante se apoya en el sacerdocio universal de los creyentes. 1 Pedro 2:9 llama a todo el pueblo cristiano «real sacerdocio», y Hebreos 4:16 invita a cada creyente a acercarse «confiadamente al trono de la gracia». Si todo cristiano tiene acceso directo a Dios por medio de Cristo, entonces el mandato de Juan 20:23 no crea una clase de intermediarios, sino que encomienda a la iglesia entera anunciar y aplicar el perdón de Dios, como también lo explica este análisis del pasaje.

Lutero leía la potestad de «atar y desatar» ligada a la predicación fiel de la Palabra. La tradición reformada lo precisó: esa potestad reside primero en Cristo y, por comisión suya, se ejerce a través de la iglesia y de sus ministros del evangelio, de modo que es el Rey mismo quien perdona por medio de su Palabra —así lo formuló la confesión de fe de Casiodoro de Reina, el primer traductor de la Biblia completa al castellano—.

Caí en cuenta de que, en esta visión, el mandato no se rebaja a un mero discurso: se ensancha, porque queda en manos de toda la iglesia que proclama el evangelio.

¿A quién se lo dijo Jesús, y quién decide cómo leerlo?

El auditorio de aquella tarde es un dato que juega a favor de la lectura sacramental. Jesús no sopló sobre una multitud, como en el Sermón del Monte, donde el texto habla de un gentío que se admiraba de su enseñanza (Mateo 7:28); sopló sobre el grupo cercano de sus discípulos reunidos. El encargo se dio a un círculo comisionado, no a la gente en general, y de ahí que la tradición católica lo lea como entregado a quienes serían enviados, no a cualquiera.

La réplica protestante no niega el dato, sino la conclusión que se saca de él. Ese mismo grupo cerrado recibió la Gran Comisión de Mateo 28:19 —también a solas, también los Once—, y casi todos los cristianos, católicos incluidos, entienden que el mandato de bautizar y hacer discípulos es de toda la iglesia, no de un clero sucesor. Que Jesús hablara a un grupo enviado, dirían, prueba que fue una comisión, no que se creara un oficio hereditario.

De ese cruce nace un argumento de simetría que corta hacia los dos lados. Perdonar y bautizar salieron de la misma comisión, así que sería incoherente exigir una sucesión de líderes para uno y dejar el otro abierto a cualquiera. Pero la simetría, siendo real, no decide la dirección: o los dos mandatos requieren un enviado, o ninguno lo requiere. Quien parte de la sucesión apostólica concluye que ambos necesitan un ministro; quien parte del sacerdocio universal concluye que ambos pertenecen a la iglesia entera.

Fíjate a dónde han ido a parar todos los caminos: el sentido del verbo, el auditorio, la simetría con el bautismo. Ninguno se resuelve con el versículo a solas, porque todos dependen de una pregunta anterior: ¿la Biblia se interpreta sola, o a la luz de la Tradición de la iglesia?

  • La Iglesia católica sostiene que la Escritura y la Tradición, leídas bajo el magisterio, son juntas fuente de la revelación, y por eso puede apoyar su lectura en siglos de práctica sacramental.
  • El protestantismo se rige por el principio de «sola scriptura» —solo la Escritura como autoridad última—, de modo que la interpretación debe sostenerse desde la Biblia misma, apelando a la suficiencia de la Palabra que describe 2 Timoteo 3:16-17.

Esa es la bisagra: quien responde «sola» tiende, por el argumento de simetría, hacia el sacerdocio universal; quien responde «con la Tradición» puede sostener el perdón ministerial. Todo lo demás son ramas de esa raíz.

Esta tabla resume dónde queda cada lado:

AspectoPerspectiva católicaPerspectiva protestante
Qué manda Juan 20:23Absolver pecados por medio de un ministroProclamar y aplicar el perdón del evangelio
Sentido del verbo «perdonar»Hacer efectivo el perdón (operativo)Declarar con autoridad el perdón de Dios
Quién ejerce el mandatoObispos y sacerdotes, por sucesión apostólicaToda la iglesia y sus ministros de la Palabra
Papel del ministroAbsuelve in persona ChristiAnuncia el perdón que Dios concede
Fundamento de la autoridadEscritura y Tradición bajo el magisterioSolo la Escritura (sola scriptura)
Base bíblica que se destacaJuan 20:23; Mateo 16:19; Mateo 18:18Juan 20:23; 1 Pedro 2:9; Hechos 2:38

Ninguna de las dos columnas niega que sea Dios quien perdona, ni que el mandato de Jesús sea real y vinculante. Lo que cambia es el camino por el que cada tradición cree que ese perdón llega a la persona.

¿Qué cambia en tu fe según cómo entiendas el mandato?

Más allá de a qué lectura te inclines, la forma de entender el mandato de Jesús de perdonar pecados toca cosas muy concretas de la vida cristiana. Estas reflexiones pueden ayudarte a conectar lo aprendido con tu propia caminata, sin decirte a dónde llegar.

  • Toma el mandato en serio, sea cual sea tu lectura. Las dos tradiciones coinciden en que Jesús ordenó algo real sobre el perdón; ninguna lo trata como un asunto menor. Lo que nunca cabe es la indiferencia hacia el pecado y su perdón.
  • No cargues solo con la culpa. Sea por medio de la confesión sacramental o de la confesión directa a Dios, 1 Juan 1:9 y Santiago 5:16 coinciden en que sacar el pecado a la luz —ante Dios y, a veces, ante un hermano— trae alivio y sanidad.
  • Busca comunidad y dirección espiritual. Un católico la encuentra en el confesionario; un protestante, en un pastor o mentor. En ambos casos, la fe rara vez crece sana en soledad: necesitamos a alguien que escuche y oriente.
  • Deja que la pregunta te acerque al otro, no que te distancie. Entender por qué un cristiano de otra tradición lee el mismo mandato de otra manera no obliga a cambiar de convicción, pero sí puede cambiar el tono con que hablamos de quien piensa distinto.

Quizás, al final, lo más valioso de todo este debate no sea cerrar de una vez qué significa exactamente el mandato, sino recordar que la reconciliación con Dios está en el centro del evangelio, y que Jesús la dejó como encargo y no como opción. Cómo entiendas la mecánica de ese perdón es algo que te toca discernir a ti; que el perdón esté en el corazón de tu fe es algo en lo que las dos tradiciones estarían de acuerdo.

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