
Publicado en julio 31, 2025, última actualización en septiembre 10, 2026.
Quien se pregunta quién fue Samuel en la Biblia se encuentra con un hombre que nació cuando Israel todavía se gobernaba por jueces y murió cuando ya tenía rey; y fue él mismo quien abrió esa puerta, ungiendo a los dos primeros monarcas de la nación.
Muchos lo recuerdan solo por una escena: un niño que oye una voz en la oscuridad del santuario y responde «Habla, que tu servidor escucha».
Esa escena está en el texto, pero es apenas el comienzo de una vida más áspera de lo que suele contarse: un santuario que se hundió, un ejército filisteo que arrasó la región, unos hijos propios que salieron corruptos, un rey al que ungió y luego tuvo que rechazar, y una noche extraña en Endor que sigue discutiéndose hoy.
Retrato Rápido
Samuel fue el último de los jueces de Israel y el primer profeta de alcance nacional después de Moisés. Hijo de Ana y Elcaná, fue entregado de niño al santuario de Silo, dirigió una reforma religiosa, gobernó desde un circuito de ciudades y ungió como reyes a Saúl primero y a David después. Su vida ocupa los primeros veinticinco capítulos de 1 Samuel, con un epílogo en 1 Samuel 28.
⚖️ Algunos puntos debatidos. El arco de su vida es firme: nacimiento, entrega al santuario, liderazgo y unción de los dos primeros reyes. Se discuten tres cosas: si la figura de Endor era realmente él, cómo encajan las dos valoraciones opuestas que el propio texto hace de la petición de un rey, y cuánto escribió él de los libros que llevan su nombre.
Puntos Clave
- Fue un hijo pedido en oración y entregado por promesa. Ana lo prometió al santuario «de por vida» antes de concebirlo, y cumplió en cuanto lo destetó.
- Su llamado ocurrió de noche y siendo niño, en un tiempo en que, según el propio texto, la palabra de Dios escaseaba en Israel.
- Ejerció tres funciones a la vez: juez, profeta reconocido «desde Dan hasta Berseba» e intercesor del pueblo.
- Su autoridad venía de su conducta, no de su cargo. Retó públicamente a los israelitas a señalarle un solo abuso, y nadie pudo.
- Ungió a los dos primeros reyes y vivió lo suficiente para ver fracasar al primero de ellos y para ungir al segundo en secreto.
- El episodio de Endor es el pasaje más discutido de su historia, y el texto nunca aclara qué apareció allí.
¿Quién fue Samuel en la Biblia y de dónde venía?
Samuel nació en Ramá, una aldea de la montaña de Efraín, hijo de Elcaná y de Ana, hacia mediados del siglo XI a.C. (1 Samuel 1:1-2). Elcaná tenía dos mujeres, y de ahí el drama inicial: la otra tenía hijos y Ana no.
El texto llama a Elcaná «de la tribu de Efraín», mientras que 1 Crónicas 6 coloca a la misma familia dentro de una genealogía levita descendiente de Coat. Hay dos explicaciones habituales: una sostiene que se trata de geografía y no de linaje, porque los levitas no tenían territorio propio y vivían repartidos en ciudades cedidas por las demás tribus, entre ellas las de Efraín, como se explica a partir del reparto de Josué 21; la otra, que Crónicas, escrito mucho después, le atribuyó ascendencia levita porque Samuel acabó ejerciendo funciones sacerdotales.
Lo que sí cuenta con detalle es la promesa de su madre. Ana, incapaz de tener hijos, subió al santuario de Silo y prometió que, si recibía un varón, lo entregaría al Señor «de por vida» (1 Samuel 1:11). Oraba moviendo los labios sin emitir sonido, y el sacerdote Elí la tomó por borracha. Cuando nació el niño lo llamó Samuel y explicó el nombre así: «Al Señor se lo pedí» (1 Samuel 1:20). En cuanto lo destetó, lo llevó al santuario y lo dejó allí: «Ahora se lo entrego al Señor para que sea suyo de por vida» (1 Samuel 1:28).
Ese juego de palabras tiene una arista conocida: el verbo hebreo «pedir» resuena cuatro veces en el capítulo y su forma pasiva es idéntica al nombre de Saúl, no al de Samuel, que viene de una raíz relacionada con «oír». De ahí que algunos propongan que el relato circulaba originalmente como el nacimiento de otro personaje, una lectura expuesta con los términos hebreos a la vista. Otros responden que la Biblia hace juegos de palabras aproximados con frecuencia, y exigirles precisión etimológica es pedirles algo que no pretenden.
Silo era entonces el centro religioso del país: allí se había instalado la tienda del encuentro desde los tiempos de Josué y allí estaba el Arca de la Alianza. También era un lugar en decadencia: los hijos de Elí, sacerdotes por herencia, eran «unos desalmados que no respetaban al Señor» (1 Samuel 2:12), se quedaban con las porciones de los sacrificios y abusaban de las mujeres que servían a la entrada. En ese ambiente creció el niño, «apreciado por Dios y por la gente» (1 Samuel 2:26), vestido con una túnica de lino que su madre le renovaba cada año.
¿Cómo fue el llamado de Samuel siendo un niño en Silo?
El episodio ocurre de noche y empieza con una confusión. Samuel oye que lo llaman por su nombre y corre hasta Elí creyendo que es él; la escena se repite hasta que el anciano sacerdote entiende lo que pasa y le enseña qué responder. A la siguiente, el niño contesta: «Habla, que tu servidor escucha» (1 Samuel 3:10).
El texto enmarca el momento con un dato deliberado: eran días en que la palabra del Señor escaseaba y las visiones no abundaban (1 Samuel 3:1), y el propio Samuel «todavía no conocía al Señor» (1 Samuel 3:7). En ese silencio, el primer mensaje que recibe no es un consuelo: es el anuncio del juicio sobre la casa de Elí, el hombre que lo había criado. El niño no quiere contárselo, y Elí lo obliga.
Lo que consolidó su reputación fue algo verificable. «Samuel seguía creciendo y el Señor lo protegía, sin dejar de cumplir ni una sola de sus palabras», resume el relato, y por eso «supo todo Israel, desde Dan hasta Berseba, que Samuel era un profeta acreditado ante Dios» (1 Samuel 3:19-20). Su autoridad no venía del cargo ni de la edad, sino de que lo anunciado ocurría.
El título que la gente usaba entonces era otro: «al que actualmente llamamos “profeta” antes se le llamaba “vidente”», aclara un paréntesis del propio libro (1 Samuel 9:9). Esa nota delata que los libros se redactaron bastante después de los hechos, cuando el vocabulario ya había cambiado.
Poco después llegó la catástrofe: los filisteos derrotaron a Israel, capturaron el Arca, mataron a los dos hijos de Elí y el anciano murió al oír la noticia (1 Samuel 4). El relato no cuenta la destrucción de Silo, pero siglos más tarde Jeremías la da por conocida y la usa como advertencia (Jeremías 7:12). Las excavaciones apuntan en la misma dirección: el yacimiento de Khirbet Seilun, identificado con Silo desde 1838, muestra que el asentamiento de esa época terminó en una destrucción hacia el 1050 a.C., aunque los arqueólogos discuten quién la causó. Samuel entró en la vida pública cuando la institución que lo había formado dejó de existir.
¿Qué hizo Samuel como juez y por qué ungió a los primeros reyes?
Veinte años después de aquel desastre, con el Arca guardada en Quiriat Jearín y el país sin dirección, Samuel convocó al pueblo con una condición concreta: «retiren de entre ustedes a los dioses y diosas extranjeros… y él los librará de los filisteos» (1 Samuel 7:3). La reforma no fue una campaña militar sino un cambio de lealtad: los israelitas retiraron las imágenes de Baal y Astarté.
La asamblea se reunió en Mispá, ayunó y confesó. Los filisteos aprovecharon la concentración para atacar, y el desenlace no lo decidió un ejército: «el Señor lanzó un fuerte trueno contra los filisteos, los desconcertó y cayeron derrotados» (1 Samuel 7:10). Samuel levantó allí una piedra conmemorativa, Ebenezer: «Hasta aquí nos ha ayudado el Señor» (1 Samuel 7:12).
Como juez recorría cada año un circuito entre Betel, Guilgal y Mispá para dirimir pleitos, y volvía siempre a Ramá, donde vivía y levantó un altar (1 Samuel 7:15-17). Su hoja de servicio la puso él mismo sobre la mesa al final: «¿Le he quitado a alguien un buey o un asno? ¿He explotado o maltratado a alguno?». La respuesta fue unánime: «No nos has explotado ni maltratado, ni has aceptado sobornos de nadie» (1 Samuel 12:3-4). Y entendía su oficio de una forma muy definida: «Dios me libre de pecar contra el Señor, dejando de interceder por ustedes» (1 Samuel 12:23). Siglos después, cuando Jeremías busca dos nombres que representen la intercesión más poderosa, escoge a Moisés y a Samuel (Jeremías 15:1).
El giro llegó por donde menos convenía. Sus hijos, nombrados jueces, «buscaban su provecho, aceptaban sobornos y pervertían la justicia» (1 Samuel 8:3), y los ancianos usaron ese argumento para pedir otra cosa: «nómbranos un rey que nos gobierne, como en todas las naciones» (1 Samuel 8:5). A Samuel le dolió, y la respuesta que recibió reencuadró el golpe: «no te rechazan a ti, sino que es a mí a quien rechazan como rey suyo» (1 Samuel 8:7). Se le ordenó advertirles qué haría un rey con sus hijos, sus tierras y sus cosechas, y el pueblo insistió igual.
¿Fue un error pedir un rey? Un punto debatido dentro del propio texto
Los capítulos siguientes no suenan igual que el capítulo 8. En 1 Samuel 9:15-17 es Dios quien toma la iniciativa, anuncia la llegada de un hombre de Benjamín y encarga ungirlo porque ha visto la aflicción de su pueblo: la misma monarquía que un capítulo antes era un rechazo aparece aquí como un regalo. Y la ley había previsto la institución sin condenarla (Deuteronomio 17:14-20).
| Lectura | Qué sostiene | Su mejor argumento | La objeción que recibe |
|---|---|---|---|
| Tradicional o unitaria | El problema no era la institución sino el motivo: querían un rey «como todas las naciones» que peleara sus guerras en lugar de Dios | La ley ya contemplaba un rey; el texto critica cómo lo piden, no que lo tengan, como argumentan Gerbrandt y otros | Debe explicar por qué el texto nunca reconcilia las dos valoraciones |
| Crítica de fuentes | El libro entrelaza dos bloques de tradición, uno favorable a la monarquía (9:1-10:16 y 11) y otro crítico (8; 10:17-27 y 12) | La costura se nota al leer seguido, y la propuesta se remonta a Wellhausen sin haber sido desplazada | Debe explicar por qué un editor dejó a la vista una tensión que podía suavizar |
Las dos coinciden en lo esencial: el texto tal como está sostiene a la vez que la monarquía fue concedida por Dios y que la manera de pedirla fue un rechazo. El desacuerdo es sobre por qué el libro suena de dos maneras, no sobre lo que dice.
Obediente, Samuel ungió a Saúl como primer rey. Cuando el rey desobedeció de forma reiterada, fue Samuel quien le comunicó la ruptura con una de las frases más citadas del Antiguo Testamento —«la obediencia vale más que el sacrificio»— seguida de otra que resonaría más tarde en su propia historia: «la rebeldía es como el pecado de espiritismo» (1 Samuel 15:22-23). No volvieron a verse, pero el profeta «sentía pena por él» (1 Samuel 15:35).
La última misión lo llevó a Belén, y llegó con miedo: «Si Saúl se entera me matará» (1 Samuel 16:2). Allí recibió la corrección que resume su oficio entero. Mirando al hermano mayor, alto y de buena presencia, se le dijo: «se fijan en las apariencias, pero yo miro al corazón» (1 Samuel 16:7). El elegido fue el menor, que estaba con las ovejas: David, cuya dinastía llegaría hasta Salomón y mucho más allá.
¿Cómo murió Samuel y qué pasó en Endor?
Samuel murió en Ramá, su ciudad, y «todo Israel lo había llorado» antes de enterrarlo allí (1 Samuel 25:1). El texto le concede un duelo nacional y luego lo hace volver.
La escena ocurre en vísperas de la última batalla de Saúl. El rey, que había expulsado a los adivinos, no obtiene respuesta de Dios «ni por los sueños, ni por las suertes ni por los profetas» (1 Samuel 28:6), y termina pidiendo lo contrario de lo que él mismo había prohibido: «Búsquenme una hechicera, para ir a consultarla» (1 Samuel 28:7). Disfrazado y de noche, llega a Endor.
La mujer ve algo, pega un grito, describe «el aspecto de un anciano vestido con un manto», y desde ahí el texto llama a la figura simplemente «Samuel». El mensaje es demoledor: el reino pasa a otro y «mañana mismo tú y tus hijos estarán conmigo» (1 Samuel 28:19). Al día siguiente Saúl muere en el monte Gelboé.
¿Apareció de verdad Samuel en Endor?
La pregunta lleva discutiéndose desde la Antigüedad y cada postura responde a algo que la otra deja incómodo.
Era realmente Samuel. El narrador no toma distancia en ningún momento: no dice «una figura que parecía Samuel», dice «Samuel». El mensaje reprende a Saúl por lo mismo que el profeta le reprochaba en vida y se cumple al día siguiente, y el grito de la mujer sugiere algo que ella no esperaba ni controlaba. La lectura es muy antigua: dos siglos antes de Cristo, el elogio de los antepasados del Eclesiástico ya daba el caso por cerrado —«Incluso después de morir habló de parte del Señor mostrando al rey cuál sería su destino final» (Eclesiástico 46:20)—, y Orígenes la defendió en el siglo III.
Fue una suplantación. Dios acababa de negarle a Saúl toda respuesta por los canales legítimos, y resulta incoherente que se la concediera acto seguido por un procedimiento que la ley prohíbe (Deuteronomio 18:10-12). El narrador, según esta lectura, describe la escena desde el punto de vista de los personajes: la mujer dice ver a un anciano con manto, y Saúl deduce el resto sin ver nada él mismo. Eustacio de Antioquía escribió un tratado entero contra la interpretación de Orígenes sosteniendo que la aparición no fue real sino un fantasma provocado por la hechicera.
| Postura | Qué sostiene | Base principal | Dónde queda floja |
|---|---|---|---|
| Era Samuel | Dios lo permitió de modo excepcional | El texto lo llama «Samuel» sin matices y el anuncio se cumplió | Cuesta explicar que Dios responda por un medio que prohíbe |
| Fue una suplantación | Algo o alguien ocupó el lugar del profeta | Dios acababa de negarle respuesta a Saúl por las vías legítimas | El texto no da señal alguna de describir un engaño |
Las dos coinciden en tres cosas: el capítulo no aprueba consultar a los muertos, sino que retrata el punto más bajo de un rey; lo anunciado se cumplió; y el texto nunca comenta qué ocurrió realmente. Esa última reserva es la honesta: el libro cuenta la escena y sigue adelante.
De su legado quedaron dos cosas visibles. Una es la comunidad de profetas que dirigía en Nayot de Ramá, donde David se refugió huyendo de Saúl (1 Samuel 19:18-24) y que sería la semilla de los grupos proféticos posteriores.
La otra es su nombre en dos libros de la Biblia, aunque su muerte se narra a mitad del primero: el Talmud propone que escribió hasta ahí y que Gad y Natán completaron el resto, mientras que la mayoría de los estudiosos actuales ve una obra compuesta más tarde a partir de fuentes de distintas épocas, un asunto que se trata en el artículo sobre los libros de la Biblia. Una carta del Nuevo Testamento lo incluye en la lista de los que vivieron por fe (Hebreos 11:32).
¿Qué nos enseña hoy la historia de Samuel?
Saber quién fue Samuel en la Biblia deja algo más que datos de un personaje antiguo: deja cinco cuestiones que tocan la vida de cualquier creyente.
Escuchar se aprende, y alguien tiene que enseñarlo. Samuel oyó a Dios de niño, pero no supo reconocer la voz hasta que Elí le explicó qué decir. Si tienes cerca a alguien más joven, esa función sigue vacante y no exige que tú lo tengas todo resuelto: el propio Elí estaba fallando en casi todo lo demás cuando acertó en esto.
Un mal ambiente no decide tu historia. El niño creció al lado de dos sacerdotes corruptos, en un santuario en decadencia, y tomó otro camino. Puedes estar en un trabajo, una familia o una comunidad de fe donde el ejemplo que ves no ayuda; eso pesa, pero no escribe el desenlace por ti.
La credibilidad se construye antes de que haga falta. Samuel pudo retar al pueblo entero a señalarle un solo abuso porque llevaba décadas sin cometerlo. El día en que tengas que decir algo incómodo, lo que sostendrá tus palabras será cómo has vivido hasta entonces, no los argumentos que prepares esa mañana.
El desplazamiento se procesa con Dios, no en la amargura. Cuando el pueblo lo apartó pidiendo un rey, Samuel llevó el dolor a la oración y siguió sirviendo: ungió a quienes lo relevaban y se negó a dejar de interceder por ellos. Perder un puesto o una influencia no te vuelve inútil; te cambia la tarea.
Dios mira algo que tú no ves. «Se fijan en las apariencias, pero yo miro al corazón» se le dijo a un profeta veterano que estaba a punto de equivocarse de candidato. Si eso le pasó a él, vale la pena sospechar de tus juicios rápidos sobre las personas, y también de los que otros hacen sobre ti.
Para seguir el hilo, el artículo sobre el rey Saúl cuenta la misma ruptura desde el otro lado, el de David recoge lo que pasó después de aquella unción en Belén, y el del Arca de la Alianza narra la catástrofe que marcó su juventud.






