
Publicado en agosto 18, 2025, última actualización en agosto 29, 2026.
Quien se pregunta quién fue el rey Saúl se encuentra con el hijo de un hombre acomodado de la tribu más pequeña de Israel, salido de casa a buscar unas burras perdidas, que volvió con un reino encima y sin ningún manual para gobernarlo.
El día de su proclamación pública hubo que sacarlo de entre el equipaje, donde estaba escondido. Décadas después cayó sobre su propia espada en un monte del norte, con tres de sus hijos muertos alrededor.
Entre esas dos escenas hay guerras ganadas, un pueblo unificado por primera vez frente a sus vecinos, dos órdenes cumplidas a medias que le costaron el respaldo del profeta y una persecución obsesiva contra el joven llamado a sucederlo. Lo que sigue recorre de dónde venía, cómo llegó al trono —el relato conserva más de una versión de ese momento—, qué hizo con el poder, cómo terminó y qué queda de él fuera de la Biblia.
Retrato Rápido
Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, fue el primer rey de Israel, hacia los años 1050-1010 a.C. Lo ungió el profeta Samuel cuando el pueblo pidió un rey «como en todas las naciones» (1 Samuel 8:5).
Ganó las campañas que sacaron a Israel de la presión de sus vecinos, rompió con Samuel por dos órdenes que cumplió a medias, persiguió durante años a David y murió en el monte Gilboa junto a sus hijos (1 Samuel 31:1-6). Su historia ocupa de 1 Samuel 9 a 31, con un epílogo en 2 Samuel 1 y un veredicto en 1 Crónicas 10.
⚖️ Algunos puntos debatidos: El arco de su vida es firme y las fuentes coinciden en lo esencial. Se discuten cuánto tiempo reinó, cómo hay que entender los distintos relatos de su llegada al trono, cómo murió exactamente y qué resto arqueológico puede atribuírsele.
Puntos Clave
- Gobernó en la bisagra entre dos épocas. Heredó un pueblo organizado en tribus y sin instituciones: no había capital, ni ejército permanente, ni administración que recibir.
- El texto conserva tres escenas de su llegada al trono. Una unción privada, un sorteo público en Mizpa y una aclamación en Gilgal tras vencer a los amonitas.
- Su ruptura con Samuel no vino de un escándalo. Fueron dos órdenes cumplidas a medias, una en Gilgal y otra en la campaña contra los amalecitas.
- El «espíritu malo de parte del Señor» admite lecturas muy distintas, desde un trastorno del ánimo descrito con el lenguaje de su tiempo hasta un juicio divino permitido.
- Los dos relatos de su muerte no coinciden. En 1 Samuel 31 muere por su propia mano; en 2 Samuel 1 un amalecita se atribuye el golpe final.
- De Saúl no ha aparecido ninguna inscripción. Ni siquiera la identificación de Gabaá, la ciudad desde la que gobernó, está cerrada.
¿Quién fue el rey Saúl y de dónde venía?
Saúl era benjaminita, hijo de Quis, «un hombre de buena posición», y el texto lo presenta como «un joven atractivo y el más esbelto entre los israelitas, pues les sacaba la cabeza a todos los demás» (1 Samuel 9:1-2). Su familia vivía en Gabaá, en la meseta al norte de Jerusalén, y desde allí gobernaría. Estaba casado con Ajinoán, y el texto le atribuye los hijos Jonatán, Jisví y Malquisúa y las hijas Merab y Mical (1 Samuel 14:49-51); otros pasajes añaden a Abinadab y a Isbaal. El jefe de su ejército, Abner, era pariente suyo.
Venir de Benjamín no era un detalle menor: era la tribu más pequeña, y el libro de los Jueces cuenta cómo había quedado casi exterminada en una guerra civil. Saúl responde a Samuel con esa geografía a cuestas: «¿Por qué me dices eso si yo no soy más que un benjaminita, de la tribu más pequeña de Israel…?» (1 Samuel 9:21).
El Israel en que apareció estaba en aprietos. Los filisteos controlaban la llanura costera y también el metal: no había un solo herrero en territorio israelita y los campesinos bajaban a afilar sus aperos donde el enemigo, de modo que el día de la batalla solo Saúl y Jonatán llevaban espada (1 Samuel 13:19-22). El Arca de la Alianza llevaba décadas apartada; el cronista resume aquel periodo con una frase seca: «durante el reinado de Saúl no nos hemos preocupado de ella» (1 Crónicas 13:3).
De ahí nació la petición que lo puso todo en marcha: «nómbranos un rey que nos gobierne, como en todas las naciones». A Samuel le disgustó, y la respuesta que recibió enmarca lo que viene después: «no te rechazan a ti, sino que es a mí a quien rechazan como rey suyo» (1 Samuel 8:5-7). La monarquía empieza como una concesión: Dios da el rey que le piden sin celebrar el motivo, un trasfondo que desarrolla el artículo sobre Israel como pueblo rebelde.
¿Dónde estaba Gabaá, la ciudad de Saúl?
La identificación tradicional sitúa Gabaá en Tell el-Ful, una colina a unos cinco kilómetros al norte de la Jerusalén antigua. William F. Albright excavó allí en 1922-1923 y Paul Lapp hizo una campaña de urgencia en 1964; los restos incluyen una estructura cuadrangular con una torre que Albright leyó como la fortaleza de Saúl.
Esa lectura no goza hoy de consenso. Israel Finkelstein sostiene en una revisión del yacimiento publicada en 2011 que allí no hubo ninguna fortaleza grande y que el poblado de la Edad del Hierro I era demasiado pobre para albergar la sede de una entidad territorial, y propone identificar el lugar con un fuerte helenístico muy posterior. Otros han propuesto Jaba’, más al norte, aunque ese emplazamiento suele asociarse con la Gueba bíblica. La ciudad desde la que gobernó el primer rey de Israel todavía no tiene una dirección segura.
¿Cómo llegó al trono el rey Saúl?
La Biblia no cuenta una sola escena de coronación, sino tres, y las tres están en el texto, seguidas. En la primera, Saúl anda buscando las burras perdidas de su padre, acude al vidente para pedir ayuda y Samuel lo unge en privado, sin testigos, y le anuncia que el espíritu de Dios lo invadirá y lo «transformará en otra persona» (1 Samuel 10:1-9).
En la segunda, Samuel convoca a las tribus en Mizpa y el candidato sale por sorteo; cuando lo buscan para presentarlo, no aparece, y hay que consultar dónde está: «Está escondido entre el equipaje» (1 Samuel 10:22). En la tercera, Saúl acaba de romper el asedio amonita sobre Jabés de Galaad y el pueblo lo aclama en Gilgal, donde «proclamaron rey a Saúl ante el Señor» (1 Samuel 11:14-15).
Las tradiciones explican esa triple escena de dos maneras, y ninguna es una salida de emergencia.
| Lectura | Qué sostiene | Su mejor argumento |
|---|---|---|
| Progresiva o narrativa | Son tres etapas de un mismo proceso: designación privada, designación pública, confirmación en el campo de batalla | El texto hebreo de 1 Samuel 11:14 usa un verbo que significa «renovar», es decir, ratificar algo ya hecho; y un rey sin victorias no habría durado |
| De fuentes | El libro entrelaza tradiciones distintas sobre el origen de la monarquía, unas favorables y otras reservadas | Los pasajes tienen tonos claramente distintos: en uno Dios concede el rey con entusiasmo, en otro advierte de lo que costará |
Las dos coinciden en más de lo que parece: en la unción por Samuel, en un acto público ante las tribus y en que la victoria sobre Nahás consolidó su autoridad. El desacuerdo es sobre cómo llegaron esos tres momentos a la misma página, no sobre si ocurrieron.
El episodio de Nahás, además, circulaba con más material del que hoy trae la Biblia: un manuscrito de Samuel hallado en Qumrán conserva un párrafo previo, que también conocía Flavio Josefo, donde Nahás saca el ojo derecho a los israelitas del otro lado del Jordán y siete mil hombres se refugian en Jabés (notas textuales sobre ese pasaje).
¿Cuántos años reinó Saúl?
El versículo que debería dar la cifra, 1 Samuel 13:1, está dañado en el texto hebreo conservado: literalmente dice que Saúl tenía un año al empezar a reinar y que reinó dos, números que delatan dígitos perdidos al copiar. Buena parte de la tradición manuscrita griega antigua ni siquiera trae el versículo.
El discurso de Pablo en Hechos le atribuye cuarenta años (Hechos 13:21), cifra redonda habitual para reinados largos; muchos historiadores calculan un periodo más corto. No es un problema de fe, sino de transmisión del texto.
¿Qué hizo Saúl mientras reinó?
Los años buenos fueron muchos y militarmente decisivos. Empezó levantando el asedio amonita de Jabés de Galaad, y el resumen del libro le atribuye después campañas «contra todos los enemigos de alrededor: Moab, los amonitas, Edom, los reyes de Sobá y los filisteos, venciendo en todas sus campañas y haciendo proezas» (1 Samuel 14:47-48). Reclutó a su servicio a los hombres valientes que encontraba, el germen de un ejército permanente. Sin esas décadas, la monarquía que heredaron David y Salomón no habría tenido sobre qué apoyarse.
La grieta se abrió en dos episodios. En Gilgal, con los filisteos encima y el ejército desertando, Samuel tardó en llegar y Saúl ofreció él mismo el holocausto; la reprensión fue inmediata y el anuncio, definitivo: su dinastía no se mantendría (1 Samuel 13:8-14).
En la campaña contra los amalecitas recibió una orden de exterminio total y la cumplió salvo en dos puntos: perdonó al rey Agag y se quedó con lo mejor del ganado (1 Samuel 15:7-9). Confrontado, primero negó, después culpó al pueblo y luego alegó que el ganado era para sacrificarlo. La sentencia de Samuel quedó como una de las frases más citadas del Antiguo Testamento: «la obediencia vale más que el sacrificio… Puesto que has rechazado la palabra del Señor, él te rechaza como rey» (1 Samuel 15:22-23).
Lo que el texto subraya después no es la magnitud de la falta, sino hacia dónde miraba Saúl al pedir perdón: «te ruego que me rehabilites ante los ancianos del pueblo y ante Israel» (1 Samuel 15:30).
El «espíritu malo de parte del Señor»
Desde ese punto el relato registra un cambio en su ánimo: «El espíritu del Señor se había apartado de Saúl y lo atormentaba un mal espíritu, enviado por el Señor» (1 Samuel 16:14). La frase lleva siglos recibiendo lecturas distintas, y tres siguen vivas.
| Lectura | Qué propone |
|---|---|
| Trastorno del ánimo | Describe con el vocabulario de su tiempo lo que hoy se llamaría depresión y paranoia; que la música de David lo aliviara encaja con esa lectura |
| Espíritu real, permitido por Dios | Dios retira su protección y deja actuar a un poder hostil, sin ser él quien obra el mal (comentaristas clásicos en Biblehub) |
| Lenguaje de soberanía | El hebreo atribuye a Dios cuanto ocurre bajo su gobierno, y el término traducido «malo» significa también «dañino», sin implicar maldad moral (exposición de Third Millennium Ministries) |
Las tres coinciden en lo que el relato marca: el mismo espíritu que vino sobre Saúl en su unción se ha ido, y el vacío no queda vacío.
Los años de la persecución
David, un pastor de Belén, entró en la corte como músico y salió de ella como rival. El detonante fue un estribillo: «Saúl mató a mil y David a diez mil» (1 Samuel 18:7). Desde entonces le arrojó la lanza, lo envió a misiones donde esperaba que muriera y acabó persiguiéndolo por el desierto con tropas.
Esa persecución tuvo víctimas que el texto no oculta: cuando el sacerdote Ajimélec auxilió a David sin saber que huía, Saúl mandó ejecutar a ochenta y cinco sacerdotes en Nob y arrasar la ciudad (1 Samuel 22:18-19). Y 2 Samuel recuerda, ya muerto él, una matanza de gabaonitas prohibida por un juramento antiguo, que Saúl cometió «llevado de su celo por Israel y Judá» (2 Samuel 21:1-2): una frase que da el motivo sin excusar el resultado.
En dos ocasiones David lo tuvo a su merced y no lo tocó. La reacción de Saúl la segunda vez es lo más parecido a un autorretrato que el libro le concede: «He pecado. Regresa, David, hijo mío… He sido un insensato y me he equivocado del todo» (1 Samuel 26:21). Volvió a su casa y no reanudó la caza, pero tampoco hubo reconciliación.
¿Cómo terminó la historia del rey Saúl?
El final llegó en el monte Gilboa, frente a un ejército filisteo. La víspera, sin respuesta de Dios por ningún medio, Saúl recurrió a una adivina en Endor, práctica que él mismo había proscrito en su reino; ese episodio se desarrolla en el artículo sobre Samuel, porque es a él a quien la mujer dice ver. Al día siguiente los filisteos rompieron la línea israelita, mataron a Jonatán, Abinadab y Malquisúa, y Saúl, herido por los arqueros, pidió a su escudero que lo rematara. El escudero se negó: «Entonces Saúl empuñó su espada y se arrojó sobre ella» (1 Samuel 31:4).
Los filisteos clavaron los cuerpos en la muralla de Betsán, y los hombres de Jabés de Galaad —la ciudad que él había salvado décadas antes— caminaron toda la noche para descolgarlos, los llevaron a casa y ayunaron siete días (1 Samuel 31:11-13).
Años más tarde David trasladó sus restos y los de Jonatán a la tumba familiar de Quis, en Selá (2 Samuel 21:13-14), y compuso el lamento que lo despide: «¡Cómo han caído los héroes en el fragor del combate!» (2 Samuel 1:23-27). El cronista resume el porqué siglos después: «Saúl murió a causa de la infidelidad que cometió contra el Señor, por no atender a su palabra y por haber consultado a una hechicera, en lugar de consultar al Señor» (1 Crónicas 10:13-14).
¿Se quitó la vida o lo mató otro?
Dos capítulos seguidos cuentan su muerte de forma distinta, y el desajuste conviene mirarlo de frente.
| Pasaje | Qué dice | Quién habla |
|---|---|---|
| 1 Samuel 31:3-6 | Saúl cae sobre su propia espada y el escudero hace lo mismo | El narrador, contando los hechos |
| 2 Samuel 1:6-10 | Un amalecita afirma que él lo remató a petición del rey y trae la corona | Un personaje, ante David y esperando recompensa |
| 1 Crónicas 10:4-5 | Repite la versión de 1 Samuel 31 | El cronista |
Se han dado tres explicaciones. La más extendida es que el amalecita mintió para congraciarse con el nuevo poder: el relato registra su declaración sin darla por buena, y David lo ejecuta tomando sus propias palabras como prueba. La segunda armoniza los datos: Saúl se hirió, quedó agonizando y el amalecita, llegado después, dio el golpe final. La tercera sostiene que el editor conservó dos tradiciones sin igualarlas. Ninguna afecta al dato que las tres comparten: Saúl murió derrotado en Gilboa y sus hijos con él.
¿Qué queda de Saúl fuera de la Biblia?
Ninguna inscripción antigua lo nombra, ni egipcia ni asiria ni local, algo esperable en un reino pequeño y sin escribas. Lo que se discute es si quedan huellas materiales de la entidad que gobernó. Israel Finkelstein propone en The Forgotten Kingdom (El reino olvidado) que la meseta de Gabaón y Betel albergó una primera entidad territorial israelita, con fortificaciones inusuales y un abandono brusco, y que la lista de la campaña del faraón Sheshonq I hacia el 926 a.C. menciona esa zona y no las regiones más pobladas del norte. Es una reconstrucción discutida, y él mismo la presenta como hipótesis.
¿Qué nos enseña hoy la historia del rey Saúl?
Saber quién fue el rey Saúl sirve de poco si el retrato se queda en «el rey malo que precedió a David». El libro no lo trata así: lo trata como una tragedia, y las tragedias enseñan cosas que las caricaturas no.
Los dones abren la puerta; el carácter decide si te quedas. Saúl tenía estatura, valor, éxito militar y respaldo profético. Lo que falló bajo presión no fue su capacidad, sino su forma de responder cuando las cosas se le escapaban de las manos. Si hay algo en tu vida que estás sosteniendo solo con talento, vale la pena mirarlo antes de que llegue el mal día.
La obediencia a medias se parece mucho a la obediencia. Los dos tropiezos de Saúl fueron cumplimientos parciales que él mismo consideró suficientes, y en los dos tenía una razón razonable a mano: la urgencia, el pueblo, el sacrificio. Conviene revisar en qué estás cumpliendo «casi» lo que sabes que debes hacer, y qué buena razón tienes preparada para explicarlo.
Pedir perdón mirando de lado no es arrepentirse. Lo que Saúl quiso salvar tras la confrontación fue su posición ante los ancianos. Pasa a menudo: se dice «lo siento» pensando en quién está escuchando. El arrepentimiento que cambia algo empieza en otro sitio.
Los celos no le quitan nada al otro y te quitan años. La envidia hacia David no frenó a David un solo día; consumió el reinado de Saúl y se llevó por delante a ochenta y cinco sacerdotes. Compararte con quien avanza no te acerca a tu llamado: te aleja de él.
Nadie es solo su peor capítulo. Cuando Saúl murió, los hombres de Jabés arriesgaron la vida por recuperar su cuerpo, y David, a quien había perseguido durante años, escribió el poema más generoso que se le ha dedicado. Ni el texto ni quienes lo conocieron lo redujeron a sus errores. Vale la pena aprender ese doble movimiento: nombrar el fallo sin maquillarlo y seguir viendo entera a la persona, empezando por uno mismo.
Para seguir el hilo, el artículo sobre Samuel cuenta al profeta que lo ungió y lo confrontó, y desarrolla la noche de Endor; el de David recoge desde el otro lado los años de la persecución y lo que vino después; el de Salomón muestra hasta dónde llegó la monarquía que Saúl inauguró; y el del Arca de la Alianza explica qué era aquello de lo que Israel no se ocupó durante su reinado.






