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¿Por qué en unas iglesias hay lectura del evangelio en el servicio y en otras no?

Verdad Eterna septiembre 7, 2026 14 minutos de lectura
¿Por qué en unas iglesias hay lectura del evangelio en el culto y en otras no?

Un domingo cualquiera, dos personas salen de dos templos distintos en la misma calle. Una ha escuchado cuatro pasajes bíblicos leídos en voz alta, entre ellos uno de los evangelios, con toda la asamblea de pie.

La otra ha escuchado un sermón de cuarenta minutos que empezó citando tres versículos. Las dos han estado en un culto cristiano, y ninguna de las dos ha hecho nada raro.

La diferencia en la lectura del evangelio en el culto no es un descuido de nadie ni una señal de que una iglesia respete la Biblia más que la otra: responde a decisiones tomadas hace siglos, en momentos concretos, por razones que se pueden nombrar.

Contenido

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  • Respuesta Rápida
  • Puntos Clave
  • ¿Qué dice la Biblia sobre la lectura pública de la Escritura?
  • ¿Qué es exactamente un leccionario y qué no es?
  • ¿Cómo se llegó hasta aquí, del rollo de la sinagoga al culto de alabanza?
  • ¿Qué creen hoy las distintas iglesias sobre la lectura del evangelio en el culto?
  • ¿Qué puede cambiar esto en tu manera de vivir el culto?

Respuesta Rápida

Un leccionario es un calendario de lecturas fijado de antemano, y ese es el punto que separa a unas iglesias de otras. Las católicas, ortodoxas, anglicanas, luteranas, metodistas y buena parte de las presbiterianas leen un pasaje de los evangelios en cada culto principal, escogido por un ciclo común de tres años.

Las bautistas, pentecostales, no denominacionales y de tradición contemporánea no siguen ningún calendario: el texto lo elige el predicador, y en muchos casos se lee solo el pasaje que va a exponer.

Que no haya lectura separada no significa que no se lea la Biblia; significa que la lectura va dentro del sermón en lugar de constituir un acto propio.

Pasajes principales: Nehemías 8:1-8, Lucas 4:16-21 y 1 Timoteo 4:13.

⚖️ Algunos puntos debatidos: los datos sobre qué hace cada tradición son firmes y verificables. Lo discutido es si la lectura es un acto de culto por sí misma o si su función es servir a la predicación, y ahí las razones de cada lado son serias.

Puntos Clave

Cinco datos ordenan el mapa antes de entrar en cada tradición.

  • El calendario compartido existe y es más amplio de lo que suele creerse. El ciclo de tres años que usan los católicos desde 1969 fue adaptado por las principales iglesias protestantes históricas en 1992.
  • Cada año litúrgico tiene su evangelio. El año A recorre Mateo, el B Marcos y el C Lucas; Juan se distribuye en los tiempos fuertes de los tres.
  • Los domingos hay cuatro lecturas en ese sistema: Antiguo Testamento, salmo, epístola y evangelio.
  • La Reforma no siguió un solo camino. Lutero conservó el calendario heredado; Zwinglio lo abandonó en 1519 para predicar los libros seguidos, y de esa segunda vía descienden casi todas las iglesias que hoy no leen el evangelio por separado.
  • La crítica más dura viene de dentro. Publicaciones bautistas y pentecostales llevan años señalando que en sus propias congregaciones se lee menos Biblia en voz alta que en las tradiciones a las que suelen acusar de descuidarla.

¿Qué dice la Biblia sobre la lectura pública de la Escritura?

El mandato de leer en voz alta ante la asamblea aparece antes que cualquier iglesia. Moisés entrega la ley a los sacerdotes con la orden de proclamarla cada siete años ante todo el pueblo reunido, incluidos mujeres, niños e inmigrantes, «para que escuchen y aprendan» (Deuteronomio 31:9-13).

La escena más detallada llega siglos después: Esdras lee desde el alba hasta el mediodía, el pueblo se pone en pie cuando abre el libro, responde «amén, amén», y los levitas van explicando lo leído «para la comprensión de todos» (Nehemías 8:1-8). Están ahí, juntos, los dos elementos que después se separarían: leer y explicar.

Jesús participa en esa práctica sin inventarla. En la sinagoga de Nazaret «se puso en pie para leer las Escrituras», le entregan el libro de Isaías, lee el pasaje, cierra el libro, lo devuelve al ayudante y se sienta antes de hablar (Lucas 4:16-21). Los gestos son los del oficio semanal judío, y el propio libro de los Hechos da por hecho que «hay desde hace ya mucho tiempo quienes leen y proclaman la ley de Moisés en las sinagogas todos los sábados» (Hechos 15:21).

Las comunidades cristianas continuaron la costumbre con los escritos propios. Pablo ordena que su carta se lea «a todos los hermanos» (1 Tesalonicenses 5:27) y que las iglesias intercambien sus cartas para leerlas también en la otra congregación (Colosenses 4:16).

A Timoteo le encarga dedicarse «a la lectura, a la exhortación y a la enseñanza» (1 Timoteo 4:13), tres cosas distintas puestas en la misma lista; el término griego que se traduce «lectura» es el mismo que designa la lectura en voz alta de la sinagoga, no el estudio privado. Y el Apocalipsis se abre bendiciendo a dos grupos diferentes: «dichoso quien lee y dichosos los que prestan atención» (Apocalipsis 1:3), lo que supone un lector delante de oyentes.

Conviene decir también lo que el texto no hace. No fija cuántas lecturas debe haber, ni en qué orden, ni qué libros tocan en qué semana, ni si el evangelio ocupa un lugar distinto del resto. Manda leer y explicar; todo lo demás lo decidieron las iglesias. Ahí está el origen real de la diferencia, y por eso ninguna tradición puede apoyar su calendario —o su ausencia de calendario— en un versículo.

¿Qué es exactamente un leccionario y qué no es?

Un leccionario es una lista de pasajes asignados a cada día del año, publicada de antemano, que la congregación no elige. Sustituye la decisión semanal del predicador por un recorrido pactado, y su efecto práctico es que en una misma fecha suenan los mismos textos en miles de templos de varios continentes y varias confesiones.

El sistema actual nació en 1969, cuando la Iglesia católica publicó tras el Concilio Vaticano II un nuevo ordenamiento de lecturas que ampliaba enormemente la porción de Biblia leída en la misa. Su estructura resultó tan útil que las iglesias protestantes históricas la adoptaron con ajustes: la Consulta sobre Textos Comunes publicó el Common Lectionary en 1983 y el Leccionario Común Revisado en 1992, con más peso del Antiguo Testamento y de los libros sapienciales.

ElementoCómo funciona
CicloTres años, que empiezan cada primer domingo de Adviento
Año ARecorre el Evangelio de Mateo
Año BRecorre el Evangelio de Marcos
Año CRecorre el Evangelio de Lucas
JuanNo tiene año propio: el cuarto evangelio se reparte en Cuaresma, Pascua y otros tiempos de los tres años
Lecturas del domingoAntiguo Testamento, salmo responsorial, epístola y evangelio

Tres malentendidos aparecen una y otra vez.

  • El primero es que el leccionario sería una tradición humana que desplaza la Biblia; el efecto medible es el contrario, porque una asamblea que lo sigue escucha en tres años bastante más Escritura que la que oye un solo pasaje semanal.
  • El segundo es que sería un asunto católico; lo usan anglicanos, luteranos, metodistas y presbiterianos, y su versión protestante es obra de un organismo interconfesional.
  • El tercero, en dirección opuesta, es suponer que una iglesia sin leccionario no lee la Biblia: una predicación expositiva que recorre un libro entero capítulo a capítulo puede leer en voz alta más versículos al año que un servicio con cuatro lecturas breves.

Lo que sí decide un leccionario es quién controla el temario. Con calendario, al predicador le toca lo que le toca, incluidos los pasajes incómodos que nadie escogería. Sin calendario, la elección queda en manos de quien predica, lo que permite responder a la situación concreta de la congregación y también, según reconocen sus propios críticos, esquivar textos difíciles durante años.

¿Cómo se llegó hasta aquí, del rollo de la sinagoga al culto de alabanza?

La lectura organizada es herencia judía. La sinagoga leía la Torá de forma continua a lo largo del año, con una porción de los profetas y una explicación, y las primeras comunidades cristianas trasladaron el esquema a sus reuniones domésticas añadiendo las cartas apostólicas.

Hacia el año 150, Justino Mártir describe un domingo en el que se leen «las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas» mientras el tiempo lo permite, y solo después el que preside toma la palabra. Para el siglo IV, el patrón de tres lecturas —Antiguo Testamento, epístola y evangelio— estaba ya extendido.

El problema medieval no fue que se dejara de leer, sino que se dejó de entender. Las pericopas quedaron fijadas en un ciclo anual breve, se leían en latín ante poblaciones que hablaban otras lenguas, y la explicación se volvió opcional. Es contra ese cuadro concreto, y no contra la lectura en sí, que reaccionó el siglo XVI.

La reacción tomó dos caminos que siguen vivos.

VíaQuién la abrióQué hizo con el calendarioDescendencia actual
Conservar y traducirLuteroMantuvo las pericopas heredadas y las puso en lengua del pueblo, con predicación sobre ellasLuteranos, anglicanos y, por otra ruta, metodistas
Sustituir por lectura continuaZwinglio, y después CalvinoEl 1 de enero de 1519 anunció en Zúrich que abandonaba el orden de lecturas señalado y expondría Mateo versículo por versículoReformados, bautistas, evangélicos y no denominacionales

Ninguna de las dos vías pretendía leer menos. Cranmer diseñó en 1549 un calendario diario pensado para recorrer casi toda la Biblia cada año en los oficios de la mañana y la tarde. Y el Directorio de Culto de Westminster, de 1645, texto fundacional de la tradición presbiteriana, ordena que «ordinariamente se lea un capítulo de cada Testamento en cada reunión» y que todos los libros canónicos «se lean en orden», retomando el domingo siguiente donde se quedó el anterior. La tradición reformada nació exigiendo por escrito dos capítulos por culto.

El cambio decisivo llegó después. Los avivamientos de los siglos XVIII y XIX reorganizaron la reunión en torno al sermón evangelístico y al llamado a la conversión, y los elementos fijos cedieron espacio. En el siglo XX, el culto contemporáneo consolidó una estructura de dos bloques —un tiempo largo de alabanza y un sermón expositivo— en la que la lectura suele aparecer únicamente como pórtico del mensaje. Mientras tanto, en dirección contraria, el siglo XX amplió las lecturas en las iglesias litúrgicas y las unificó entre confesiones que llevaban cuatro siglos separadas.

¿Qué creen hoy las distintas iglesias sobre la lectura del evangelio en el culto?

Las prácticas varían más dentro de cada denominación que entre denominaciones vecinas, sobre todo en el mundo evangélico, donde cada congregación decide. La tabla recoge la práctica habitual, no una norma sin excepciones.

Tradición¿Se lee el evangelio en cada culto?SistemaRasgos propios
CatólicaSí, siempreLeccionario romano de tres añosCuatro lecturas los domingos; la asamblea de pie y una aclamación cantada antes del evangelio; lo proclama el diácono o el sacerdote, y las otras lecturas un laico
Ortodoxa bizantinaSí, siempreCiclo anual propio, no de tres añosJuan desde Pascua hasta Pentecostés, Mateo después, Lucas desde la Exaltación de la Cruz; en la Divina Liturgia se leen el apóstol y el evangelio, y las lecturas del Antiguo Testamento se trasladaron a las vísperas; procesión con el evangeliario
Orientales: copta, etíope, siriacaSí, siempreLeccionarios antiguos propiosVarias lecturas por liturgia, a menudo en lengua litúrgica antigua además de la vernácula
Anglicana y episcopalSí, salvo excepcionesLeccionario Común RevisadoHerencia doble: el ciclo dominical más los oficios diarios de Cranmer
LuteranaSí, salvo excepcionesLeccionario Común Revisado o variantes propiasConserva la estructura heredada con predicación sobre el texto del día
MetodistaHabitualmenteLeccionario Común Revisado, de uso recomendado y no obligatorioMuchas congregaciones lo siguen; otras predican series temáticas
Presbiteriana y reformadaVaría muchoLeccionario en unas, lectura continua en otrasLas más confesionales mantienen la lectura de capítulos seguidos según el patrón de Westminster
BautistaNormalmente no como acto separadoElección del predicadorPredominan las series expositivas por libros; el pasaje se lee al abrir el sermón
Movimiento de RestauraciónCon frecuencia síElección localLa cena del Señor se celebra cada semana y suele acompañarse de una lectura breve, con frecuencia de los evangelios
AdventistaNormalmente sí, breveElección local, más el estudio guiado previoLectura antes del sermón y una clase bíblica sistemática antes del culto
PentecostalVaríaElección del predicadorReparto amplio del tiempo entre alabanza, testimonio y predicación
No denominacional y contemporáneaMuchas veces noElección del predicador o del equipo pastoralSerie temática o expositiva; el texto aparece en pantalla al llegar al punto correspondiente
Cuáqueros no programadosNoSin orden previstoLa reunión transcurre en silencio; puede leerse un pasaje si alguien se siente movido a hacerlo, pero nada está programado

El punto que se discute de verdad. Nadie sostiene que la Biblia deba faltar en el culto. La discusión es sobre el estatuto de la lectura. Para las tradiciones litúrgicas, proclamar el texto es un acto de culto completo en sí mismo: Dios habla al leerse su palabra, aunque el sermón que venga después sea flojo, y de ahí los gestos que lo rodean —ponerse de pie, la aclamación, la procesión—.

Para las tradiciones que descienden de Zúrich, la lectura sin explicación corre el riesgo de quedarse en sonido, y el mandato de Nehemías 8 incluía a los levitas explicando; por eso el texto se lee cuando se va a exponer, y una serie que recorre un evangelio entero durante un año cumple, a su juicio, mejor el propósito que cuatro versículos sueltos.

El argumento más fuerte contra la práctica actual de las iglesias no litúrgicas no viene de fuera. Una revista de las Asambleas de Dios reconoce que la lectura extensa antes del sermón, común hace décadas, ha desaparecido como elemento propio en muchas de sus congregaciones.

Un artículo publicado por un seminario bautista formula la ironía sin rodeos: iglesias que defienden la inerrancia de la Escritura acaban leyendo en voz alta menos Biblia que tradiciones a las que reprochan tenerla en menos estima. Ese reproche interno pesa más que cualquier crítica externa, y también deja ver que la práctica no es un dogma: se puede cambiar sin cambiar de confesión.

¿Qué puede cambiar esto en tu manera de vivir el culto?

Saber por qué tu iglesia hace lo que hace transforma una costumbre heredada en una decisión consciente, y eso vale igual en un templo con leccionario que en un salón con banda de alabanza. Cuatro consecuencias prácticas se siguen de todo lo anterior.

Mide cuánta Biblia escuchas de verdad. No cuánta se cita, sino cuánta se lee completa y en voz alta. Es un cálculo sencillo, dura un mes y suele dar un resultado inesperado, tanto hacia arriba como hacia abajo.

Sospecha de tu propia selección. Si en tu comunidad el pasaje lo escoge una persona, hay libros enteros que llevan años sin sonar. Preguntarte cuáles son, y por qué, es más útil que discutir si el calendario es mejor o peor.

Escucha el texto antes de la explicación. La secuencia de Nehemías y de Nazaret pone primero la lectura y después el comentario, y esa distancia protege algo importante: el pasaje existe antes de la interpretación que le llegue encima, incluida la tuya.

Deja de usar la lectura del evangelio en el culto como marcador de bando. Ninguna de las dos vías nació por desprecio a la Biblia; ambas salieron de intentos serios de que la gente la oyera y la entendiera. Una comunidad puede aprender de la otra sin renunciar a lo suyo: leer un pasaje más, o explicar mejor el que ya se lee.

Si quieres seguir el hilo, el artículo sobre cómo eran los servicios religiosos de las primeras iglesias cristianas muestra el punto de partida común de todo esto; Sola Scriptura explica el principio que está detrás de la segunda vía; la eucaristía recorre el otro gran elemento del culto; cómo se dividió la iglesia cristiana sitúa las separaciones que produjeron este mapa; y las fichas de cada tradición —católica, ortodoxa, anglicana, luterana, bautista y pentecostal— desarrollan la historia de cada una.

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