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Los Publicanos: Recaudadores de Impuestos en los Tiempos de Jesus

Verdad Eterna agosto 11, 2026 12 minutos de lectura
Los Publicanos: Recaudadores de Impuestos en los Tiempos de Jesus

Publicado en octubre 5, 2025, última actualización en agosto 11, 2026.

Pocos personajes del Nuevo Testamento provocaban tanto rechazo como los publicanos. Su nombre aparece una y otra vez junto a la palabra «pecadores», como si fueran una sola categoría de gente indeseable. Y sin embargo, Jesús comió con ellos, llamó a uno para que fuera su apóstol y usó a otro como ejemplo de arrepentimiento verdadero.

Entender quiénes eran los publicanos en tiempos de Jesús ayuda a leer los Evangelios con otros ojos. No eran simples cobradores; eran hombres atrapados en un sistema que los hacía ricos y odiados a la vez, judíos que trabajaban para el imperio que ocupaba su tierra.

Si alguna vez te has preguntado por qué la gente se escandalizaba tanto de que Jesús se sentara a la mesa con ellos, la respuesta está en lo que representaban.

Contenido

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  • Retrato Rápido
  • Puntos Clave
  • ¿Qué eran exactamente los publicanos?
    • Los publicanos de los Evangelios no eran los grandes financistas
  • ¿Cómo funcionaba el sistema de impuestos en tiempos de Jesús?
  • ¿Por qué los publicanos eran tan despreciados?
  • ¿Qué publicanos aparecen en los Evangelios?
    • ¿Eran Mateo y Leví la misma persona?
  • ¿Por qué Jesús se acercó a los publicanos?
  • ¿Qué pueden enseñarnos hoy los publicanos?

Retrato Rápido

Los publicanos eran recaudadores de impuestos que trabajaban dentro del sistema fiscal romano. En los Evangelios, la palabra suele referirse a cobradores judíos locales —como Mateo o Zaqueo— que recaudaban peajes, aduanas y tributos en Galilea y Judea.

Se les despreciaba por dos razones: enriquecerse cobrando de más y colaborar con Roma, la potencia extranjera que dominaba a Israel. Por eso el Nuevo Testamento repite tanto la fórmula «publicanos y pecadores».

⚖️ Algunos puntos debatidos: El retrato general es claro y bien documentado, pero hay detalles sobre los que las fuentes no coinciden, como si Mateo y Leví fueron la misma persona.

Puntos Clave

Antes de entrar en detalle, estos son los aspectos esenciales que conviene tener presentes sobre los publicanos.

  • Eran parte de un sistema romano de recaudación privada. Roma no cobraba directamente los impuestos indirectos, sino que arrendaba ese derecho a particulares que adelantaban el dinero y luego recuperaban su inversión cobrando a la población.
  • En los Evangelios eran mayormente cobradores locales. Los publicanos que aparecen junto a Jesús eran telones (del griego telṓnēs), recaudadores de peajes y aduanas de bajo nivel, no los grandes financistas romanos.
  • Se les consideraba traidores. Un judío que cobraba impuestos para Roma trabajaba, a los ojos de su pueblo, para el enemigo ocupante.
  • Se les tenía por impuros y deshonestos. El trato constante con gentiles y la fama de cobrar de más los volvía ritualmente impuros y moralmente sospechosos.
  • Jesús se acercó a ellos deliberadamente. Llamó a Mateo, se hospedó con Zaqueo y fue criticado por ser «amigo de publicanos y pecadores».

¿Qué eran exactamente los publicanos?

La palabra «publicano» viene del latín publicanus, que designaba a quien manejaba los ingresos públicos (publicum) del Estado romano. Roma no tenía un cuerpo de funcionarios lo bastante grande para cobrar todos sus impuestos, así que ideó un sistema que hoy llamaríamos de tercerización: subastaba el derecho a recaudar.

En su forma más poderosa, ese derecho lo compraban sociedades de inversores llamadas publicani. Estas compañías se organizaban como verdaderas empresas, con consejo directivo, contabilidad propia y reparto de ganancias según lo aportado por cada socio.

Los contratos se adjudicaban en concursos organizados por los censores y solían renovarse cada cinco años. Su poder creció enormemente durante la expansión de la República, cuando el Senado los contrató para abastecer a las tropas y administrar las provincias conquistadas (National Geographic Historia).

El negocio funcionaba sobre una diferencia sencilla: el publicano adelantaba al Estado la suma acordada y después recuperaba ese dinero —con ganancia— cobrando a la población. Todo lo que lograra recaudar por encima de lo pactado era suyo.

Ese margen abría la puerta al abuso: cobrar más de lo debido, declarar solo una parte de lo recaudado y prestar dinero con intereses a quienes no podían pagar.

Los publicanos de los Evangelios no eran los grandes financistas

Aquí conviene una precisión que las fuentes históricas subrayan. Cuando el Nuevo Testamento habla de «publicanos», en griego usa la palabra telṓnēs, que se refiere sobre todo a recaudadores locales de peajes y aduanas, no a los grandes publicani romanos de rango ecuestre.

Mateo, sentado a la mesa de los tributos junto al mar de Galilea, y Zaqueo, «jefe de los publicanos» en Jericó, pertenecían a ese nivel más bajo y cotidiano del sistema (Primeros Cristianos). Eran los rostros visibles del impuesto, los que el pueblo veía cada día en el camino y en la aduana.

¿Cómo funcionaba el sistema de impuestos en tiempos de Jesús?

La carga fiscal que soportaba un habitante de Judea o Galilea era pesada y venía de varias direcciones a la vez. Por un lado estaban los impuestos imperiales; por otro, los religiosos; y sobre todo pesaba el hecho de que cada nivel de la cadena añadía su propia comisión.

Entre los impuestos romanos había tributos directos sobre la tierra y las personas (el tributum soli sobre la propiedad y el tributum capitis o impuesto por cabeza) e impuestos indirectos sobre el transporte de mercancías: aduanas y peajes en puentes, caminos y puertos, con tasas que iban del 2% al 5% según el producto (Buscando a Jesús). A esto se sumaban las cargas religiosas propias de Israel: el diezmo, las primicias, el medio siclo para el sostenimiento del templo y las ofrendas por los primogénitos.

La estructura de recaudación era una pirámide: por encima estaban el emperador y los reyes clientes como Herodes Antipas; debajo, los prefectos romanos; luego los jefes de recaudadores (architelónai, como Zaqueo); y en la base, los publicanos locales que trataban cara a cara con el contribuyente.

Cada eslabón sumaba su ganancia, y el resultado era una presión enorme sobre el campesino común. Se calcula que Galilea debía unos 600 talentos anuales, una cifra descomunal cuando un jornalero ganaba apenas un denario al día.

¿Por qué los publicanos eran tan despreciados?

El rechazo hacia los publicanos no era simple antipatía hacia quien cobra impuestos; era mucho más profundo, y combinaba lo político, lo religioso y lo moral en un mismo desprecio.

En lo político, un judío que recaudaba para Roma era visto como un colaborador del ocupante. Israel esperaba la restauración de su reino, y el publicano ponía su trabajo al servicio del poder pagano que lo impedía. En la práctica, cobraba a su propio pueblo para engordar las arcas del César.

En lo religioso, el contacto continuo con gentiles y con dinero pagano lo hacía ritualmente impuro. Por su oficio quedaba, de hecho, excluido de la vida religiosa; su testimonio no valía en los tribunales y su presencia contaminaba. En lo moral, la fama de cobrar de más estaba tan extendida que la palabra «publicano» se volvió sinónimo de ladrón. De ahí que los Evangelios repitan la fórmula «publicanos y pecadores» como si fuera una sola categoría (por ejemplo, en Mateo 9:10-11).

Ese desprecio dejó huellas en el lenguaje de Jesús mismo. Cuando enseñó cómo tratar a un hermano que no se arrepiente, dijo que se le tuviera «por gentil y publicano» (Mateo 18:17); y al hablar del amor que no distingue, preguntó si acaso no aman también los publicanos a quienes los aman (Mateo 5:46). Usaba la figura del publicano tal como su público la entendía: el ejemplo del que estaba fuera.

¿Qué publicanos aparecen en los Evangelios?

Más allá de la categoría general, los Evangelios ponen nombre y rostro a varios publicanos concretos. Tres escenas resumen bien el lugar que ocupaban en la historia de Jesús.

La primera es el llamado de Mateo. Estaba sentado en el banco de los tributos cuando Jesús le dijo simplemente «sígueme», y él se levantó y lo siguió (Mateo 9:9). Poco después, Jesús comía en su casa rodeado de otros publicanos, lo que provocó la queja de los fariseos y aquella respuesta célebre: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos» (Mateo 9:12).

La segunda es Zaqueo, jefe de publicanos en Jericó, un hombre rico y de baja estatura que se subió a un árbol para ver a Jesús. Aquel día Jesús se invitó a su casa, y Zaqueo respondió prometiendo dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuatro veces lo que hubiera cobrado de más. La escena cierra con una frase que resume el propósito de Jesús: «el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:1-10).

La tercera no es una persona real sino un personaje de parábola: el publicano que oró en el templo junto a un fariseo. Mientras el fariseo enumeraba sus méritos, el publicano, sin atreverse a levantar los ojos, solo dijo «Dios, ten misericordia de mí, pecador». Jesús concluyó que fue este, y no el otro, quien volvió a casa justificado (Lucas 18:9-14).

También conviene recordar que Juan el Bautista no les pidió abandonar el oficio, sino ejercerlo con honradez: «No exijáis más de lo que os está ordenado» (Lucas 3:12-13). El problema nunca fue cobrar impuestos, sino el abuso.

¿Eran Mateo y Leví la misma persona?

Este es uno de los pocos puntos genuinamente debatidos en torno a los publicanos del Nuevo Testamento. El evangelio de Mateo llama «Mateo» al recaudador que Jesús llamó (Mateo 9:9), mientras que Marcos y Lucas narran la misma escena pero lo llaman «Leví» (Marcos 2:14; Lucas 5:27-28).

La explicación más aceptada es que se trata de un mismo hombre con dos nombres: Leví habría sido su nombre original y Mateo el que usó como discípulo, algo común en el mundo judío de la época, donde muchas personas llevaban un nombre hebreo y otro de uso corriente.

Una minoría ha propuesto que serían dos publicanos distintos llamados de forma parecida, pero esta lectura choca con que las tres escenas describen la misma situación —un recaudador en su banco de tributos al que Jesús llama con la misma palabra—. La tradición cristiana los ha identificado como una sola persona desde muy temprano, aunque el texto no lo afirma con total claridad.

¿Por qué Jesús se acercó a los publicanos?

La cercanía de Jesús con los publicanos no fue un descuido ni una casualidad; fue una decisión que sus contemporáneos entendieron perfectamente, y que por eso los escandalizó. Sentarse a la mesa con alguien, en aquella cultura, significaba aceptarlo y compartir su condición. Que un maestro respetado comiera con publicanos equivalía a borrar en público la línea que separaba a los «buenos» de los «impuros».

Los Evangelios muestran que Jesús hizo esto a propósito y con una lógica clara. A quienes lo criticaban les respondió que había venido precisamente por los que estaban enfermos, no por los que se creían sanos. Sus adversarios lo llamaron con desprecio «amigo de publicanos y pecadores» (Mateo 11:19), sin darse cuenta de que estaban resumiendo el corazón de su misión.

Lo que Jesús ofrecía no era aprobación del abuso, sino una puerta de regreso. Zaqueo no siguió cobrando de más; Mateo dejó su banco de tributos.

El encuentro con Jesús no dejaba las cosas igual, pero empezaba donde la persona estaba, sin exigir primero que se volviera respetable. Para un pueblo acostumbrado a clasificar a la gente en puros e impuros, ese gesto era casi incomprensible, y sin embargo es una de las claves para entender todo el Evangelio.

¿Qué pueden enseñarnos hoy los publicanos?

La historia de los publicanos sigue hablando, y no solo como dato antiguo. Detrás de aquellos cobradores despreciados hay lecciones que tocan de cerca la forma en que tratamos a los demás y en que entendemos nuestra propia relación con Dios. Estas son algunas que vale la pena llevar a la vida diaria.

Nadie está fuera del alcance de la gracia. Si entender quiénes eran los publicanos en tiempos de Jesús deja algo claro, es que Jesús buscó justamente a los que todos daban por perdidos. La persona que tú crees incapaz de cambiar puede ser exactamente a quien Dios está buscando.

Las etiquetas dicen menos de lo que crees. «Publicano» era una etiqueta que condenaba a alguien de antemano. Hoy también repartimos etiquetas —por su pasado, su trabajo, sus errores— que nos impiden ver a la persona. El trato de Jesús invita a mirar más allá del rótulo.

El arrepentimiento verdadero se nota en los hechos. Zaqueo no solo se emocionó: devolvió lo robado y repartió sus bienes. Un cambio de corazón auténtico se traduce en decisiones concretas, no solo en buenas intenciones.

La cercanía transforma más que la condena. Jesús no cambió a los publicanos gritándoles desde lejos, sino sentándose a su mesa. Acercarse con respeto abre puertas que el reproche siempre cierra.

Reconocer la propia necesidad es el comienzo. El publicano de la parábola volvió a casa justificado porque supo decir «ten misericordia de mí, pecador». Antes de cualquier mérito, la fe empieza reconociendo con sinceridad que uno necesita a Dios.

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